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Soy estudiante de Traducción e Interpretación en la Universidad Autónoma de Madrid y aficionado a escribir; aquí tienes mi blog y mis colaboraciones en El Comercio, un periódico gijonés, la ciudad de la que vengo. También hay algunos relatos y mi podcast. Además, están incluidos los libros en cuya traducción he tenido algo que ver y los medios con los que colaboro o he colaborado. Puedes enviarme un mail a alejandro@alejandrocarantonna.es si quieres. ¡Gracias por tu visita!
Algo que esuchar: Espisodio 5 del podcast
¿Qué te apetece leer? Recomendaciones para marzo.
Ficción en inglés: Glamorama
Bret Easton Ellis, el autor del podcast de este mes, venido arriba.Ficción (bien) traducida: Mendel el de los libros
Llamarlo ficción es un poco osado, pero aquí va un breve y riquísimo libro de Stefan Zweig.Blogs recomendables
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Colaboraciones
Distinto
14 de Marzo de 2010 - Comentarios[0]
Por mucho que digan, no es fácil encontrar buenas obras de teatro en Madrid. Hay muchas potables, bastantes decentes, demasiadas experimentales y un puñado de joyas cuyo programa no nos atreveremos a tirar al llegar a casa, y guardaremos arrugado en un cajón por los siglos de los siglos.
Pero en el fondo, da igual: el poder del teatro, en estos tiempos en que la prudencial distancia de una pantalla y un moreno reluciente nos separan de películas, series y actores, reside, ante todo, en la propia potencia de lo que ocurre entre esas cuatro paredes.
Dejemos de atender al texto: un silencio solidario y sepulcral se apodera del teatro en cuanto sube el telón; las tablas resuenan bajo los zapatos de los personajes; cada vez que se encienden un cigarrillo, una bocanada de humo alcanza las primeras filas; y resulta que sus voces les persiguen allá donde vayan dentro de la escena. Todo está sucediendo ahí, delante, al alcance de la mano.
En el descanso somos conscientes, repentinamente, de que llevamos una hora y media callados, y rodeados de gente callada (¡milagro!), como sumidos en un limbo entre la ficción y lo tangible que sólo logramos desarmar un rato después, al desaparecer la enemistad de los dos protagonistas, o al resucitar aquel villano, que ahora sonríen, se agarran de la mano y saludan en una reverencia final. Ellos mismos se transforman, noche tras noche, en un ejercicio agotador que acota un tiempo, lo abstrae de todo lo demás y luego nos devuelve, zarandeados, al mundo real. Un gustazo, sin duda.
Colaboraciones
Un libro «de mayores»
13 de Marzo de 2010 - Comentarios[0]Siendo yo niño, niño, vi a alguien con un grueso libro, de esos que tienen «sólo texto, sin dibujos» y cuyo argumento es además difícil de explicar (una novela «de mayores») y quise leer algo parecido: las aventuras de Guillermo eran de lo más divertido, pero sentía la necesidad de tener entre las manos un volumen con la fotografía de un señor circunspecto en la cubierta. Me parecía lo más: eran montañas literarias de una densidad insoportable para mí, y admiraba a aquellos adultos que podían con ellas sin pestañear y encima las disfrutaban, mientras que yo daba cabezadas al tercer capítulo. El reto se tornó factible cuando en clase nos mandaron leer ‘El camino’: bullía solo, leí una página, dos, tres, ¡un momento! ¿Qué significa «membrudo»? Corrí al diccionario, lo averigüé y seguí.
No ocurren grandes cosas en la escritura de Delibes, no abunda el movimiento, pero al mismo tiempo las constantes descripciones no se están quietas: la apertura de ‘Las ratas’ contiene una violencia visceral durísima dentro de su anodina rutina. Mientras que nos transporta adonde quiere, tachona el texto con palabras desconocidas y acota, así, un espacio único, unos libros aleccionadores sin ser cargantes, que los currículos educativos nos enseñan a mirar con la reverencia del comentario de texto: «este», parecen decir, «es un gran libro». Pocas veces llegamos a creérnoslo del todo, pero de vez cuando salta esa chispa oculta al darle una segunda lectura en la intimidad, sin la presión de un examen, por puro placer: Delibes juega en esa liga.
Es de los pocos autores a los que se puede no coger manía después de que a uno se lo embuchen de pequeño, a destiempo: los cuadros que nos pinta rebosan una humanidad y una belleza que impactan entonces y que, años después, cuando ya estamos en condiciones de entender algo, sobrecogen en lo más hondo.
Tras de él quedan lecturas de todos los niveles, formas y sabores, en una producción tan extensa en el tiempo que se ha ido engarzando, poco a poco, con la vida de varias generaciones de españoles, siendo su Castilla un ingrediente fundamental de nuestro paisaje literario. Ahora, callado irremediablemente, ha llegado el momento de auparle a la categoría de «clásico». Sólo espero que, además de lograrlo, no deje de ser suyo el primer libro «de mayores» de muchos lectores más.
Podcast
Episodio 5: Bret Easton Ellis + el primer cumpleaños
11 de Marzo de 2010 - Comentarios[0]¡Como quien no quiere la cosa, este blog cumple un año! Comento la jugada, y un poco de charleta sobre Bret Easton Ellis.
Bah (3)
Rock’n'roll
10 de Marzo de 2010 - Comentarios[0]Rock’n'roll de Tom Stoppard
Naves del Matadero, Madrid
Toda la información aquí.
Tom Stoppard era, hasta el sábado pasado, un dramaturgo de lo más desconocido para mí; pero resulta que no sólo es importante sino que, además, es guionista prolífico (y no menos reseñable). Con lo que vi entonces, y lo que leo ahora, no me cuesta confirmar la imagen mental del escritor de origen exótico reconvertido en autor perfectamente anglosajón, e inserto en su cultura y su forma de entender el arte a la perfección.
Eso, desde el minuto uno, es Rock’n'roll: un relato pseudohistórico a caballo entre Praga y Cambridge con una densidad ideológica e histórica detrás (no, lo siento, no estoy muy puesto en regímenes autoritarios en Checoslovaquia) que, por suerte, Stoppard sabe encauzar de manera que no resulte plomiza (otro escollo: 2 horas 50 minutos).
Los diálogos son ágiles y el espacio escénico está perfectamente aprovechado en el montaje de Teatre Lliure dirigido por Álex Rigola, con una presentación ambiciosa pero bien cuidada y en absoluto excesiva o grandilocuente. Los actores contribuyen a esta sensación, la traducción suena bastante natural, pero…
Pero. Hay un pero, y cuesta definir cuál es: existe un problema oculto en Rock’n'Roll, que reside quizás en el texto original, quizás en el español, quizás en la dirección, no lo sé –porque todo el mundo parece desempeñar su labor competentemente– que lastra en exceso la primera parte. Va gustando, camina, pero casi antes del descanso el espectador empieza a tener la sensación de que el ritmo se está enfangando y de que, de pronto, algo falla.
La sospecha se confirma con la segunda parte, mil veces más ágil, aguda y liviana que la primera, en una oposición bestial que sólo puede radicar en la obra original; no obstante, también cabe la posibilidad que, siendo el principio de la obra el de mayor contenido histórico-político, y tener un ambiente, un tono, un discurso teatral absolutamente distinto, a alguno de los responsables de la adaptación se les haya ido la mano.
Sin embargo, no me hagáis ningún caso e id a verla. En estos tiempos que corren, pillar un teatro de calidad medianamente decente, bien montado y que encima proporcione conversación al salir ya es todo un regalo. Y seguro que disfrutáis del Rock’n'Roll que le da título…
Bah (3)
De Spotify y otras genialidades
4 de Marzo de 2010 - Comentarios[0]La semana pasada conseguí acceder a ese excelso club que es el Spotify. Por si alguien, a estas alturas de la película, aún no sabe en qué consiste el invento, lo explico brevemente: se trata de un programa conectado a internet que funciona, básicamente, como un Youtube, pero con música. Se ofrece en dos modalidades: la de pago (9,99 e al mes que dan derecho a disponer off-line de hasta 3.333 canciones y un puñado más de ventajas) y la suculentamente gratuita (cuyo único inconveniente es que incluye anuncios cada cierto tiempo, como una radio). Ah, y lo más importante: es completamente legal (y al parecer moralmente aceptable).
El invento aún no está disponible en todos los países en los que cabría esperar, pero por suerte el nuestro es uno de ellos, y según alguna que otra noticia ya está dando beneficios: parece que esta fórmula, la de brindarnos el acceso a un catálogo enormísimo de canciones (aunque aún tenga boquetes, como los Beatles) gratuitamente con métodos de autofinanciación como la publicidad o el pago voluntario es la solución definitiva a los lloriqueos discográfico-progres.
Ahora bien, no debemos obviar el reverso de la moneda: de aquí a un tiempo, y si no nacen opciones alternativas YA, corremos el riesgo de vivir un efecto Google y que estos señores se monten un monopolio encubierto para cobrarnos, alegremente, el triple o el cuádruple de lo que piden ahora por el mismo servicio.
No obstante, uno no puede sino estar contento y feliz con este nuevo servicio: para empezar, por el simple hecho de poder ponerme música cómodamente sin tener que escrutar webs pseudoescondidas, descargar megas y megas de porno surcoreano antes de dar con lo que busco o, qué narices, mover carpetas de un lado a otro; para seguir, porque estoy descubriendo hordas de grupos y toneladas de música que desconocía; para acabar, porque la tecnología empieza a permitir colocarlo en tu móvil y, por tanto, permitirte disfrutar de esa música por la calle, tan alegre.
De cara al futuro yo sería el primero en hacerme con los discos que me gustaran, pero supongo (y espero) que, en ese sentido, aún estamos en la fase de transición: ¿cómo puede ser que un disco que no es novedad cueste lo mismo que una suscripción de pago durante un mes? Cuestión de darle una vuelta.

