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El sentido del humor en los sobretítulos de ópera

El fin de semana pasado terminaron las funciones de Così fan tutte, una de las óperas de Mozart más divertidas. Fue la última traducción propuesta en la Ópera de Oviedo hasta ahora —I Capuleti e i Montecchi se estrena el próximo 11 de diciembre, y esa es harina de otro costal…—.

El caso es que junto a Bodas de Figaro y por supuesto a El barbero de Sevilla, son los trabajos que más esfuerzos han requerido en lo que —dicen— es más complicado que hacer llorar: hacer reír.

Ha habido otras comedias, como Don Pasquale o Falstaff, pero pocas con un sentido del humor tan fino y tan eficaz como este Così. ¿Cómo se plasma en unos sobretítulos todo esto?

En primer lugar, hay que distinguir entre los chistes que siguen funcionando aún en nuestros días y aquellos que tienen un componente muy propio de su época, que quizás no provocarían la carcajada de no ir acompañados de algún detalle escénico o de (por qué no) algún «aporte» en el sobretitulado.

La mayoría corresponden al primer grupo: en estas óperas, en general, el humor no tiene tanto que ver con un chiste en un momento preciso como con la preparación de una situación delirante, absurda y grande en la que se agolpan las revelaciones. Por ejemplo, cuando en las Bodas Figaro descubre que su pretendienta era en realidad su madre; su compinche, su padre; y todo el tartazo va rematado con la repentina aparición de la amada de Figaro, Susanna. Nunca falló: el público se desternillaba durante toda la escena. Así sucede también con los finales de acto: todas estas son situaciones que ya nos vienen casi «mascadas» por libretista y compositor.

No obstante, hay elementos de humor mucho más sutiles que en óperas como todas las citadas sí exigen de un tratamiento especial. Una de ellas, me viene a la cabeza, se daba en Così con el personaje de la alcahueta Despina, que llena la ópera de consejos resabiados, absurdos y exageradamente moralizantes. Ese personaje, que directores e intérpretes se ocupan de caracterizar convenientemente, siempre merece un tono más frívolo, más atrevido que el resto.

Pero al final —es lo más bonito del oficio—, siempre son la música y el público quienes dan la medida: es crucial no adelantar chistes; fundamental soltarlos en el momento exacto; y buscar la carcajada con el menor número de complejos posible: esto se trata de disfrutarlo.

Aprovecho para dejar aquí enlazadas unas Bodas de Figaro, de David Bösch, recientes y deliciosas. Y a disfrutar.

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