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Sobretitulando recitativos

Sobretitular las óperas de Mozart, como Las bodas de Figaro, siempre es un placer. Estos días estoy rematando Così fan tutte, de la que hablaremos aquí la próxima semana (se estrena el domingo 13 en la Ópera de Oviedo).

Y unido al placer, va el sufrimiento. El reto, al menos: los recitativos. Se trata de fragmentos de texto semicantado, con diversos acompañamientos pero que tienen un rasgo común que los acerca al teatro hablado y, por momentos, los aleja de las características inherentes la ópera: en esencia, mandan los cantantes y la orquesta les sigue.

Ver ensayar y realizar recitativos es un espectáculo en sí mismo: existe una conexión visual entre los intérpretes del foso y los del escenario, que van «cantando» su texto y son acompañados por distintas bases melódicas. Esto es lo que se conoce como bajo continuo, en el que cual pueden participar diversos tipos de instrumentaciones. La espina dorsal, en cualquier caso, es el pianoforte o clavicémbalo.

En las formas más básicas de uso del recitativo, este sirve para hacer avanzar la acción, mientras que las arias y números musicales completos quedan en general reservados al lucimiento vocal y a la caracterización de personajes o situaciones.

Por estos dos motivos, traducir recitativos es tan complicado como estiumulante: primero, exige de mucha concentración del texto —obviamente, se ofrece a mucha más velocidad que el enteramente cantado— y, segundo, en él suele recaer el peso de la trama. En ocasiones (muchas, todas) complicada y liosa.

Podríamos darle muchas vueltas, teorizar lo indecible, pero al final, el texto habla por sí mismo y adquiere su tiempo y ritmo. Es todo un arte dentro de otro arte… Fíjate en este de El barbero de Sevilla:

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