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Sobretitulando ópera histórica

Tras muchas y muy interesantes semanas, ya hemos terminado de actualizar la serie «Cómo se hizo el sobretitulado de…» con todo nuestro repertorio disponible. A partir de este punto, en que ya nos hemos puesto al día, voy a empezar a alternar las nuevas incorporaciones (como Così fan tutte, de Mozart y da Ponte, próximamente) con algunas entradas con pinceladas de las clases del Curso de sobretitulado.

La primera de ellas, a raíz del Nabucco de Emilio Sagi sobretitulado en Oviedo del que hablábamos la semana pasada, tiene que ver con la ópera histórica. En concreto, con la que hunde sus raíces en temas bíblicos, como el propio Nabucco o Samson et Dalila de Saint-Säens, o en acontecimientos históricos, como Don Carlo.

Este tipo de textos plantean dos dificultades sustanciales: La primera tiene que ver con el registro lingüístico, que sea cual sea el idioma tratado acostumbra a ser una mezcla de la parla del tiempo que reproduce y del tiempo en que fue compuesta la obra, es decir, los dos ámbitos más alejados que el espectador puede manejar. Esas construcciones enrevesadas y esas referencias perpetuas a Dios traban muchísimo el desarrollo de las frases, con lo que el primer paso es desbrozar los parlamentos hasta hacerlos comprensibles. Nunca hay que olvidar que la misión del sobretitulado no es reproducir fielmente lo que quedó escrito, sino permitir que el público siga la trama. Sobre todo, el público neófito: a quien quiera precisión absoluta siempre le quedará el programa de mano o buscar en la Red.

La segunda dificultad, quizás mayor incluso que la anterior, guarda relación con las convenciones que manejaba el público de la época. En una sociedad mucho más versada en la Biblia, por ejemplo, el rol del pueblo judío y el de los asirios en una ópera como Nabucco era, sin duda, mucho más transparente de lo que puede serlo para el de hoy: ellos ya traían puesto de casa el tema de la opresión y el poder, mientras que en nuestros días estas relaciones tienden a construirse desde cero. Así, es muy frecuente que nos veamos obligados a «infusionar» el texto con algunas marcas que amplifiquen el sentido de los diálogos y arias, y de este modo hagamos más comprensibles las relaciones que trata la ópera.

Pero, además de todo ello, hay que añadir un elemento fascinante y novedoso: la puesta en escena y la dramaturgia del espectáculo. Los directores de hoy en día eligen, de entre todo el repertorio de temas que una obra como cualquiera de las citadas propone, en cuáles les interesa poner el foco y de qué modo pueden volverlos relevantes para el público de hoy. Así, frases musicales o textuales de apariencia monocroma suelen adquirir nuevos matices, y esto, sin duda, puede decantar las decisiones de traducción en un sentido o en otro: si el núcleo de los conflictos se transporta a la actualidad, por poner un caso habitual, debemos decidir si desde el sobretitulado queremos mantener el aire arcaizante del libreto o actualizarlo también, elegir entre el tú y el usted, o bien darle un tratamiento diferenciado a los insultos y chanzas en función del objetivo de la dirección.

Todo, siempre, para llegar a las tres F: Fiel, fluido y fresco.

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