Buenos alimentos

La tertulia

Hay unas señoras en la mesa de al lado, que creo que vienen de manifestarse, hablando bastante alto sobre lo que ocurre en el mundo. En España.

—Habrá que votar a Llamazares.

—Pero lo echan.

—No, que montó otra cosa con Garzón.

—¿No lo había echado?

—Ese no, el otro, el juez.

—Ah.

—¿Y en la alcaldía?

—Fórum.

De ahí en adelante, va creciendo la conversación con los asuntos candentes.

—Lo que Gijón necesita es una buena estación de autobuses.

Desde antes de las ocho (de la mañana) truena y suena lo que ocurre en Andalucía, en Laviana, en Málaga y Barcelona, en Ohio y en Madrid, y a estas horas de la tarde ya abruma, aburre, confunde por pura acumulación. Y eso que es posible que dentro de una hora haya más: será cuando sepamos cómo será el Brexit.

Me interesa y me importa, pero llegado el mediodía, una vez pasada la hora de comer, empiezo a sentir la necesidad de huir de todo ello y refugiarme en otros asuntos a lo mejor no más frívolos, pero desde luego más pausados.

Ellas no, ellas siguen despachando temas a una velocidad pasmosa: hemos arreglado ya las calles comerciales, el tráfico, la estación del Metrotrén y lo babayo que es Aznar. Y seguimos, con la copa de vino vacía ante sí. Están absortas en el precio del brócoli y yo, sumido en su propia cotidianidad (de verdad que hablan muy alto).

Ahora, pensándolo bien —y ya que se alejan de la política y se acercan a los ultramarinos, y por tanto bajan el tono de voz— me parece que hay algo de alimento en estos temas de conversación que durante mucho tiempo me ocuparon. Les doy importancia, pero sospecho que solo se la damos la gente como yo y algunos convencidos que no tienen nada mejor que hacer.

Quiero decir que aquí, en el cuerpo a cuerpo, no veo acritud o pasión sino la búsqueda de algo de lo que hablar. Quizás no vengan de manifestarse. Quizás nada sea importante —tan importante como creemos que es— como que se les haya olvidado que ya acabaron su vino hace rato. Resulta que solo se han juntado para charlar sobre nada en particular y todo en general.

Letras

De pago

—Yo el domingo quería seguir lo de Cataluña —advierto.

Estoy fascinado, y no solo por las enormes dosis de humor involuntario del prusés y alrededores ni por que Gijón se me haya llenado repentinamente de banderas de España o de la República, según, sino por el hecho preciso y exacto de que los muñidores del referéndum, Mediapro mediante, anden cobrando diez cochinos euros por acceder al centro de prensa habilitado para esta fantochada.

Lo quiero seguir. Mientras, pondero las derivadas: caigo en la cuenta de que una librería de Barcelona, en la que un autor muy famoso con una editorial enorme detrás va a presentar un libro, cobra tres euros por acceder al acto si no se compra la novedad. Algunos han mostrado su extrañeza por el invento; la mayoría callan.

La sorpresa y el silencio vienen dados no tanto por aquello de cobrarle al público, sino porque se ha puesto de moda entre las librerías cobrar a autores y editoriales por presentar sus novedades. No diré ni quien ni dónde, pero una librería a la que contacté para contarle que mi libro, Cuestión de oficio, era y es efectivamente mío desde julio, me ofreció el espacio para presentarlo por 325 euros más IVA y —ahora viene lo mejor— otros 200 por redactar una nota de prensa y enviarla. En total, unos 650 euros.

Para ubicarnos, calcúlese que el acuerdo normal en España es que un autor cobre el 10% de un libro por ejemplar vendido, y que eso, con un PVP de 20 euros, conlleva unos 300 ejemplares por presentación si decide vender la obra por su cuenta y riesgo. En el caso de la rueda de prensa de marras, lo de la entrada de diez euros tiene la comicidad añadida de que se acerca peligrosamente a lo que algunos de los asistentes cobrarán por la pieza resultante, convirtiendo así la inversión en ruinosa.

Con el tiempo, voy descubriendo que la crisis de esta década ha servido para muchas cosas, pero no para erradicar a los intermediarios que se han arrogado el derecho a cobrar, canalizar o cobrar algo por nada. Meto en el saco a todos, a todos los que sin añadir o producir arrumban el talento ajeno: sea este un libro o una operación política de altos vuelos.

Letras

Un drama catalán

Lo de Cataluña: ayer, anoche, se consumó el consabido desafío separatista, proceso de desconexión o golpe de estado encubierto, según se quiera llamar. Y ni le he querido dar mucha importancia ni lo he seguido en exceso, conque no tengo una opinión absolutamente formada al respecto o, mejor dicho, no la he tenido hasta ahora. Y creo que no soy el único. Por eso lo más interesante ha sido ir viendo hasta dónde había que llevar las cosas para que las posturas se decantasen.

Hasta ahora, hasta hoy, hemos vieto y oído a los que tenían radicalmente claro por dónde había que intentar el asalto a la independencia y los que insistían en atajarlo cuanto antes. Los dos flancos, sin embargo, eran más bien minoritarios, y solo ahora que la opción se ha hecho corpórea, tangible e inmediata (con fecha y apellidos) la mayoría otrora silenciosa ha entrado al juego.

El consenso que va cuajando en torno a las formas y dislates de ayer ha barrido el cómodo parapeto para no pronunciarse, que era aquel de «no tiene nada de malo que la gente pueda votar pero preferiría que se quedasen». A medida que se van afilando las fechas y se acerca el inefable 1 de octubre, con todo, ya ha quedado claro que lo sucedido ayer es una barbaridad, y de pronto han empezado a desaparecer ingredientes de la ensalada en la que estábamos sumidos.

Ya no hablamos del tres por ciento, de vale, el Gobierno tiene razón pero tal o cual partido no me gusta, ni hablamos de emotivos sentimientos. Llegados a este punto solo existen dos opciones: defender que la Ley está mal hecha y es lícito saltársela o defender que la Ley está bien hecha y debe cumplirse bajo cualquier circunstancia. Del enconamiento previo y de las complejidades artificiales no queda nada, nada más que alguno va a acabar en la cárcel, inhabilitado o procesado.

Con eso claro, solo nos queda vislumbrar lo que va a venir luego: que el debate (el público) solo lo va a ganar quien mejor lo cimente ahora. Y ahí no tengo del todo claro quién va ganando.

Letras

Mientras que España os duele

Hace unos días me di cuenta del desinterés, o mejor desapego, con el que leo los periódicos desde hace un tiempo. Es, probablemente, para que no me duela tanto España como detecto hoy que le duele a tanta gente, hoy que Mariano Rajoy ha declarado como testigo en la investigación de la trama Gürtel. Ha sido anecdótico verle ahí sentado: no me ha conmocionado, no me ha sugerido un tuit en el que expresase mi vergüenza por ser español ni un larguísimo artículo aquí, por ejemplo, analizando qué y por qué.

Se suele decir, ante esta placidez, que es por falta de compromiso, que se debe a la equidistancia o afiliación con el enemigo; en cambio, lo veo como un ejercicio de perspectiva que mitigue las pasiones encendidas, y que ayude a ser mucho más eficaz en la digestión de lo que está pasando. Por ejemplo, a bote pronto, me llama mucho la atención el repentino fervor nacional exhibido en editoriales y opiniones y tertulias ante esta declaración (lo dicho, la vergüenza de ser español), que en cambio se diluye si hablamos de cualquier otro asunto de Estado.

Me da la impresión, más bien, de que las honduras políticas de este cenagal se están pasando por alto. El simple y grueso análisis de que el PP es una banda mafiosa o, directamente, una reunión de seres infernales conchavados con medios de comunicación, multinacionales y Satanás para hacernos la vida imposible cae por su propio peso. Entonces, hilando algo más fino, empezarían a aflorar los personajes, los gestos, los vicios, los años, las intenciones, la historia, los traumas, la auténtica corrupción, que no es de bolsillo sino de espíritu, generacional y toca a todo el mundo.

No se entiende el fenómeno, no, con tanta prisa y tan desmayados dolores por el país. Sin entenderlo, sin bajar a la comprensión (que no a las certezas atropelladas sobre por qué actúan como actúan las personas) hay poco remedio.

Ha quedado demostrado, o al menos así me lo parece a mí, que la emoción y el sentimentalismo conllevan riesgos enormes cuando hablamos de política: los lanzamientos sin red, las declaraciones de amor abiertas y adolescentes por una tendencia o partido suelen acabar como cualquier amor así urdido, esto es, en flechazo, descubrimiento, decepción y ruptura. Aunque luego sigan quedando a tomar un café.

Ahora bien, por el lado opuesto, las antipatías fervorosas, la convicción paranoica de que hay un plan maestro para acabar con nosotros y la asunción, en definitiva, de que hay algo personal en todo esto —cuando se olvida el egoísmo, la altivez, el aislamiento— lleva más o menos al mismo punto: al desencadenamiento de una ceguera enconada, desencantada.

Letras

Errores de cálculo (la insobornable cualidad del periodismo patrio)

Anoche cayó una pedazo de tormenta eléctrica en Oviedo, bajo un calor más que considerable. Esto me recuerda ya a los albores de la campaña electoral de hace un año, cuando lo que empezábamos a ensayar era Nabucco y lo que se jugaba era el liderazgo de Pedro Sánchez no al frente de su partido, sino de España.

Ahora, ha ganado las primarias. Hace tiempo que empecé a concentrarme más en lo que andaban contando los omnipresentes socialistas (asturianos, sobre todo) en sus redes o en El Comercio antes que seguir la batalla editorial que se libraba en periódicos, radios y televisiones nacionales. Se han convertido en un género en sí mismas y, por tanto, carentes de casi cualquier interés informativo.

La prueba está en que nadie, que yo sepa, ha acertado con lo que iba a suceder anoche. No la tormenta, esa, sino la otra tormenta. Tampoco veo mucho tino a la hora de analizar lo ocurrido, aunque sea a toro pasado, ni mucha seguridad en lo que va a ocurrir ahora. Esto no habla demasiado bien de lo que está ocurriendo en el sector, supongo, y me hace temer lo que vaya a venir en cuanto a relato y precisión en los próximos meses, años.

Ahora que ha escampado algo lo de los vaivenes políticos, elecciones y primarias mediante, disfruto cada vez más con estos ensayos urgentes que me han caído en las manos. Encuentro más relato de ese que ando buscando en los libros que tratan de aparentemente cualquier otra cosa, escritos en meses y con vocación fungible, que en la prensa a la que antes acudía con asiduidad. La respuesta está en los libros: vuelvo a fijarme en lo que un buen amigo decía, eso de que prefería preservar su voz para las novelas o los ensayos à la limite antes que fustigarnos con su opinión diaria, al momento. 

Letras

Al trapo de Jordi Cruz

Anoche escribí algunas líneas sobre cierta polémica en torno al cocinero Jordi Cruz por decir que sus becarios recibían atención y cariño, pero no un sueldo, antes de darme cuenta de que estaba entrando al trapo. La fábrica de la polémica, su elaboración, ya era evidente a esas alturas del texto: recoger declaraciones anónimas de algunos de esos becarios primero y, luego, confrontarlas con los cocineros en cuestión hasta que saltase la liebre porque alguien dijese alguna frase digna de Twitter. Y listo: tema más comentado.

Ya lo mandé a la papelera. Ahora, se confirma el acierto. Está Carlos Alsina entrevistando a Jordi Cruz en la radio, después de que Francisco Marhuenda se haya enzarzado a cuenta de una encuesta sobre Podemos, etcétera. El chef está justificándose, dice que esto es bastante heavy y que tiene un 10% de aprendices nada más.

—Jordi, ¿puede un restaurante con estrella Michelin funcionar sin aprendices?

—Sí —resumo—. Lo que se les da es alojamiento y el mejor trato posible.

La defensa cerrada (en la que por cierto señala que todos sus aprendices actuales son de fuera) se completa con la respuesta a la valoración que ayer le pidieron a un líder sindical, entrevistado con motivo del 1 de mayo. Sigue creciendo la bola, y son solo las 9:24 de la mañana cuando escribo esta entrada.

—Opina sin tener información y muy a la ligera. Es una salvajada —responde.

—Muchas gracias, Jordi Cruz, el protagonista de la tormenta de la jornada. Ahora os pido opinión a vosotros —lanza Alsina a los tertulianos.

A partir de aquí, seguimos.

—Los sindicatos son viejos, muy viejos —apostilla Marhuenda.

Etcétera, etcétera. Tan etcétera que apago y dejo de escuchar. Miro Twitter otra vez.

Jordi Cruz, el enemigo número uno en el Día del Trabajo.

En otro tiempo, entraba a estos trapos porque pican: ayer ya hablaba de esto, más o menos. Ahora, que me doy cuenta de que no supone un avance o un debate útil, sino bailarle el agua al medio que ha levantado la liebre, desisto.

Letras

Huelga educativa

Hoy se está celebrando una huelga en todos los niveles de enseñanza, de los primeros a los últimos, contra la Lomce. El consejero de Educación de Asturias lo entiende. Se da el caso de que aquí, cerca de casa, tengo dos colegios: uno público y uno privado. Los del público, al salir de clase, suelen bajar las cuestas pasando por casa, a lo mejor para parar en el puestín a comprar algo. El otro día, iban tres:

—El jueves yo tengo examen… Si lo tengo —decía uno.

—Pues yo no pienso venir: lo primero son mis derechos —respondió ella.

—Yo —añadió el tercero entre risas— suelo hacer huelga aunque no la haya.

Y ayer por la tarde, en la cola del supermercado, una madre que estaba pagando con su uniformada hija al lado. Y la cajera, de confianza, le preguntaba a la niña:

—¿Qué tal vas?

—Bien, pero mañana, si vienen todos los niños, tenemos examen —dijo ella.

—Es una locura —dijo la madre, rebuscando monedas en el bolso—. Tienen examen todas las semanas, o semana sí o semana no, y hay que ir acostumbrándose.

—Ya lo sé yo, ya, tengo uno de catorce y lo tienen frito.

–No hay manera. Gracias, anda —zanjó, arrastrando a la niña con una mano y las bolsas con la otra.

Qué poca nostalgia.

 

Letras

Andrea Levy, el feminismo y lo vegetariano

Si bien el viernes se desató en petit comité, de nuevo, el debate sobre en veganismo y el vegetarianismo en una barra de bar razonablemente bien surtida, ayer Netflix nos ponía delante el documental Food Choices, de Michal Siewierski (2016). Visto con la esperanza de que aclarase posturas y recolocase ideas, sirvió en cambio para echarse una buena siesta con el enésimo estudio científico calado en pantalla y, a ratos, abrir mucho los ojos con algunos de los argumentos planteados.

Por resumir, el documental trata de seducir al espectador insistiendo en que no se pretende seducir a nadie de nada y que todo es aséptico y científico, aunque a lo largo del metraje se desliza que comer carne en dosis estadounidenses está detrás de un sinfín de enfermedades, alimenta el cambio climático, provoca impotencia, desequilibra el mundo y conduce a la raza humana a la extinción. El autor de un libro que se llama Meat is for pussies (algo así como «La carne es de maricas»), John Joseph, compara en un momento dado el consumo de carne con el Holocausto.

Pero en el fondo lo que vende el documental no es tan radical, a pesar de lo disparatado de sus hechuras: se viene a proponer una dieta plant-based, esto es, con las verduras y frutos como ingrediente principal. Lo que viene siendo la dieta de cualquier persona razonable en España. Es decir, es un documental diseñado para remover las conciencias de Estados Unidos, donde sí tienen un problema efectivo con el consumo de carne, la industrialización de la comida y otras salsas. Hecho, eso sí, a gritos.

Al llegar los títulos de crédito, volvió a aflorar un sentimiento de decepción por lo imposible que resulta encontrar documentales equilibrados o informativos sobre algo que nos interesa: igual, concluíamos unas horas antes, que ocurre con la política. ¿Por qué? Porque la alimentación también se ha convertido en pasto de las ideologías. No bastaba con que le ocurriera al arte, a la religión, al urbanismo o a la práctica deportiva: incluso aquí, cada vez más, manifestar públicamente qué se come y qué no es objeto de una lucha intestina y es susceptible de valernos una etiqueta poco deseada y mucho menos merecida.

(Una nota: He empezado a escribir tres veces esta entrada buscando la manera de no dar mi parecer sobre el consumo de carne, con la mera intención de hablar de un documental que está hecho con los pies. Seguramente no lo haya conseguido.)

Precisamente, el artículo para El Comercio de la semana pasada iba no ya sobre la autocensura, sino sobre el cada vez más complicado ejercicio de presentar las ideas de modo que no ofendan a nadie. El objetivo no es dejar de ofender por ahorrarse diatribas y anatemas, sino porque creo con sinceridad que de poco sirve publicar opinión si solo la van a leer quienes estén de acuerdo conmigo. Prefiero tratar de no apartar a quien piensa distinto, de no faltar al respeto y de que quien disienta tenga la puerta abierta a hacerlo en iguales términos, quizás para matizar mis opiniones, quizás para matizar las suyas. Todo un acto de inocencia en estos tiempos de contundencia dialéctica.

Porque se están convirtiendo en un serial los reportajes y artículos sobre acoso y violencia en redes sociales. Hoy, sin ir más lejos, Iñako Díaz-Guerra publica otro en El Mundo, muy basado en su experiencia personal pero en el que, otra vez, sale la que siempre sale en estos textos: Andrea Levy.

La vicesecretaria de Estudios y Programas del Partido Popular es diana por ser de derechas, pero lo es ante todo y sobre todo porque le gusta el indie, es mujer, es guapa y es joven. Con estos cinco delitos alineados, un muy intelectual y mucho intelectual sector de productores de opinión la trata con condescendencia a veces y con una falta de respeto manifiesta siempre. Incluso quienes blanden con más fervor su supuesto feminismo la excluyen de su equipo: en los últimos dos meses (incluyendo esta mañana) he oído o leído hasta tres rumores sobre supuestos líos de alcoba de Levy. Dice ella en las declaraciones al artículo que bueno, que vale, que será por ser mujer, pero digo yo que no solo no se lo merece sino que ella encarna(ba) una ocasión de oro para que los unos y los otros empezasen a hablarse. Esta posibilidad, creo, ha sido arrasada por el tratamiento que se empeñan en dispensarle, y que está basado única y exclusivamente en juicios averiados y ajados.

Me admira que con la reciente entrada en vigor de los primeros pasos de Trump, que impiden la entrada de inmigrantes en Estados Unidos, quienes disentían hayan reaccionado con fuerza y contundencia pero sin tirarse piedras a la cabeza. No por mantener lo estético de la protesta, sino porque los opositores a Trump parecen haber entendido que el objetivo no es tener razón sino seducir al contrario y sumarlo a su causa. No hay mucho más fin que construir una comunidad mejor.