Compases

Bizet

Puccini suele hacer dramones (Bohème, Tosca, Madama Butterfly) pero siempre, y sin falta, por el lado temático de las cosas: cada ópera suya es como entrar en Disneylandia, aunque dentro está ocurriendo algo. Él quiere contarnos una cosa, pero al mismo tiempo quiere sumergirnos en un mundo más bien atractivo, digerible y bonito.

Estos días estoy acabando de batirme el cobre con los sobretítulos de Carmen, de Bizet, que se estrena la semana que viene en la Ópera de Oviedo bajo dirección de escena de Carlos Wagner. Es la primera vez que hago una de Bizet, y por tanto el momento de descubrir que si Puccini parecía «temático», Bizet juega en otra liga: Carmen tiene dramaturgia, pero prácticamente no tiene siquiera argumento. Las idas y venidas se cuentan sin texto.

Lo importante, en cambio, es que haya toreros, bandoleros, soldadesca y misteriosas gitanas en torno al fuego. Todo lo demás no son arcos dramáticos, precisamente, sino impresiones. Son ambientes, como cuadros. La música, esta vez, sí es más importante que lo que se dice.

Fundamental la coreografía, las seguidillas, las panderetas y los aires del Sur. Eso se quiere, nada más y nada menos.

Hace unos años, Calixto Bieito le dio una vuelta a todo este barullo para llevarlo a la frontera española de hoy. No rompió lo ambiental, que es lo que mejor se le da, sino que lo potenció. Y le salió esto:

Letras

Callas, Kennedy

Hace unos días que emitieron en La 2 (ya no está disponible por derechos de autor, aunque confío en que lo repongan) un documental extraordinario sobre Maria Callas, Jacqueline Kennedy y Aristoteles Onassis. Así se llama: Callas-Kennedy-Onassis. Vale la pena buscarlo.

El documental contiene absolutamente todo lo que se puede saber y contar sobre el triángulo —uno tan sórdido como fascinante—, coloreado con algo de amarilleo sexual de cada uno de sus integrantes pero, así y todo y obviamente, irresistible.

Los tres personajes son, una vez más, como personajes de un cómic o de una buena novela de intrigas: la diva, el magnate, la mujer más poderosa del mundo. Se van abriendo los ojos como platos ante sus miserias, sus pasiones, sus despechos y los puñales que vuelan de acá para allá.

Al final, con el paso de los días, noto que no es más que la historia de tres soledades enormes y bastante mal gestionadas. La Jackie traicionada y viuda; la cantante perdida, desorientada en su grandeza. El hombre que todo lo tenía, pero no sabía qué hacer con ello.

Uno a uno van cayendo en diversas desdichas, aunque todas están recubiertas de cierto glamour con su aroma viejo, desangelado. Estas, posiblemente, son historias de las que ya no quedan.

Letras

Ni un día

Apenas una semana he tardado en cometer el primer error de publicación de 2019: la entrada de ayer fue escrita con poca cobertura, no publicada y convenientemente adormilada hasta darle al botón hace un instante. Ahora, la tentación es otra: dejar de escribir la entrada de hoy (porque la de ayer ya estaba escrita, pero no publicada, y bien hubiera podido pasar por la de hoy… ¿o no?).

No obstante, no debe pasar ni un día sin anotar algo en este diario. Ese es el sentido de la escritura, se entiende: hacerlo para uno y no para los demás; aunque, bien mirado, ¿por qué habría que publicarlo si está escrito solo para uno? Como siempre, la respuesta es que algo obliga a no «fallar» a quienes esperan que algo aparezca con la fecha del día. Un círculo vicioso habitual.

La cuestión es que paso el día revisando unos textos interminables para entregar. Son puramente informativos y su función, estrictamente comunicativa. Ni se espera ni se pide estilo, solo llegar al final (al grano) cuanto antes. Del modo más transparente posible. Ahí no me resulta muy complicado escribir y escribir y escribir, aunque antes necesite poner en orden las ideas.

Si bien aquí, o en cualquier escritura «para mí», siempre me da guerra buscarle el inicio al siguiente párrafo, en la escritura para contar cosas el problema es el contrario: que se agolpan las ideas y no les encuentro el principio. Solo veo una inmensa pared cubierta de párrafos densos. Un panorama que tengo que apilar (como cincuenta y dos cartas) en un orden que no puede ser ni aleatorio ni erróneo.

Hay que tener mucho cuidado para que una conduzca a la otra. Es como elaborar un repertorio con las canciones que tocamos en los Pin Pals, o con la serie de juegos que pueden formar una sesión de magia. No así con las óperas y las zarzuelas, que tienen la inmensa ventaja de venir con un orden dado. Igual que los textos para traducir. Igual, incluso, que las noticias de estructura hecha: se trata de rellenar los huecos.

Por eso solo se puede escribir un diario así, a diario, y no a saltos o a semanas (como propone alguno).

El orden, aunque sea un poco, es lo único que puede albergar el caos.

Compases

Elegir la primera ópera

De vez en cuando, pero siempre por estas fechas, alguien me dice que quiere ir a la ópera. Algo ha leído, visto u oído y le apetece acercarse, más si cabe después de un éxito como el que ha cosechado Fuenteovejuna, cuyas funciones en Oviedo acabaron el sábado.

-Entre unos y otros, me habéis metido las ganas en el cuerpo —me decía un amigo ayer.

Quedan cuatro para elegir, cada una con sus fortalezas y sus debilidades, y no todas aptas para todos los paladares. En este caso, Il turco in Italia, de Rossini (chispeante, aunque musicalmente más previsible); Tosca, de Puccini (intrigante, aunque algo melosa); La clemenza di Tito, de Mozart (Mozart, aunque Mozart) y Carmen, de Bizet (popularísima, aunque de argumento por los pelos).

Son cartas bastantes para jugar, pero que exigen, a la vez, conocer un poco a quien se le recomiendan. Por ejemplo: recomendaría un Rossini a alguien que disfrutase de la música en general y a quien le gustase entretenerse un rato, pero lo desaconsejaría a quien busque argumento y drama; propondría La clemenza di Tito a alguien muy cerebral (es una cuestión de pausa y sosiego) pero jamás a quienes, como me dijo alguien una vez, van a la ópera a morir de amor o pasión. Para ellos, sin duda, Tosca es la opción.

Por último, queda Carmen, que de momento gana las encuestas entre los allegados porque «es conocida» y, en fin, fácil para acceder a este mundo presuntamente arduo. Yo tengo mis dudas. Pero son, ya lo digo, dudas.

Porque creo que la primera ópera que se ve en la vida crea o confirma una opinión duradera. Si se va, por casualidad, a ver Carmen se corre el riesgo de confirmar el cliché y que la experiencia no emocione (o conmocione) lo suficiente o bien de que las expectativas formadas por lo que se sabe de la cigarrera salten por los aires, y se decida por tanto que eso de la ópera no es para uno.

Me parece mejor, y suelo recomendarlo, algo que tenga algún elemento de ruptura, algo que haga al espectador acudir a ciegas absolutamente e ir inventando sobre la marcha: de esto hay que enamorarse y dejarse llevar. Claro que para eso hay que atreverse…

Compases

Nacen óperas

A la ópera la han dado por muerta tantas veces que ya se ha perdido la cuenta. También por superada, en ese arrebato tan del siglo XX de ir reformando el mundo en décadas, cuando no en días. Uno de los grandes argumentos para apoyar esta tesis es el del repertorio repetitivo, la ausencia de novedad.

Y cuando las ha habido nuevas (en el siglo XXI ya van unas cuantas) parece que el resultado palidece apabullado por los clásicos: es normal, por otro lado, que lo que se ha ido posando a lo largo de cuatrocientos años no se pueda superar con facilidad.

Esta semana ha nacido una nueva, Fuenteovejuna, que la Ópera de Oviedo ha puesto en pie el domingo y que se representa en el Campoamor hasta el sábado. La ha compuesto Jorge Muñiz y le ha puesto texto Javier Almuzara, Lope de Vega mediante.

Una foto de la producción inaugural, de la Ópera de Oviedo.

De nuevo, he tenido la suerte de poder trabajar en la preparación de los sobretítulos, aunque con dos retos completamente nuevos en el trabajo: el primero, que es la primera vez que abordo un sobretitulado en el mismo idioma que el de la obra; el segundo, que el libretista estaba allí y no había compuesto un texto baladí, ni mucho menos. Estuvo dejándose la piel hasta el último día en que la cosa luciera y, tras mucho esfuerzo, logramos respetarlo sin que resultase un karaoke.

En fin, ese no es el asunto. El asunto es que Fuenteovejuna me ha sabido, a pesar de ser un estreno absoluto, a obra con entidad propia y muchos vuelos posibles. La dirección de escena de Miguel del Arco, por ejemplo, es una interpretación sobre una interpretación; la versión musical de Santiago Serrate, una visión propia de la partitura.

Es decir, es como si no hubiese ocurrido lo que otras veces he visto suceder con óperas de nuevo cuño (americanas y francesas, sobre todo, que parecen vacías o sin creerse demasiado que puedan hacer historia, solo un trámite). Aquí hay ambición a raudales y una posibilidad, nada descabellada, de que entre en el repertorio: a lo mejor por haber podido verle un poco las entrañas, siento que hay impronta y que sigue y yergue una tradición especial.

Digo todo esto como espectador entusiasmado y recomendador, sin ganas de opinar o desvelar mucho más. Solo brindar por los éxitos: hay que ir a Fuenteovejuna.

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Il baccio di Tosca

Calor, muchísimo calor es el que hace ahora en Gijón. No tiene nada que envidiar al julio que hemos tenido, y seguro que va a ser mucho más cálido que el próximo noviembre. Entonces, dentro de dos óperas, se estrena en Oviedo Tosca, cuyos sobretítulos preparo con este calor.

Nos han vendido esta ópera como el gran thriller: presos políticos, mujeres empoderadas y dramáticos finales en pisos altos. Bien podría tratarse de una trama de equívocos hitchcockiana, pero lo cierto es que mantiene el aroma inconfundible de las óperas anteriores. Los amores desgarrados, las sopranos virtuosas, los tenores afectados y los barítonos malos como nada.

Me da perspectiva trabajar en estaciones distintas. Preparo la partitura ahora, que ni siquiera han empezado las funciones de la temporada, y las veo desde la butaca cuando ya visto abrigo y jersey. Es como una recreación en miniatura de la vida que han tenido estas obras monumentales y clásicas, clasicotas.

Me pongo una versión en Spotify para pautar, y elijo, un poco más por romanticismo que por precisión, la grabada por la Callas. Me gusta oírla cantar la famosa aria Vissi d’arte y me gusta, sobre todo, averiguar cómo articula al cabo la famosa frase «Questo è il baccio di Tosca», que le espeta a Scarpia mientras lo mata.

A lo mejor acaba siendo una ópera algo convencional y de argumento alambicado, pero está muy bien contada. Todo se entiende, todo se sigue y al final me queda el buen sabor de boca de las noches de verano despreocupadas, estas en las que, al menos, no tengo que pensar en la temperatura ambiente. Solo hay que sentarse, reclinarse y disfrutar.

Puedes escucharla aquí.

Buenos alimentos

Un poco de entusiasmo

Hay un momento, un punto, en que se empieza a soñar con lo que se hace. No en el sentido metafórico, de anhelo, sino literal. Últimamente aparece gente en duermevela a pedir cuentas por un encargo por hacer y, de forma recurrente, me planto en un escenario sin saber el texto de una obra por ensayar, pero con el público presente y expectante. O temo que me reclamen un plazo de una novela de mil páginas olvidada por completo: ese tipo de azares y avatares que, si bien son signo de sobrecarga, también hablan de algo más.

Cuenta un colega que se ve incapaz de impartir clases. No por pereza, no por miedo escénico, sino por agotamiento ante la inacción. Y es de suponer que todo el mundo se recuerda en un aula y al maestro, que pregunta en voz alta quién le ofrece la respuesta, ese ser que pide que alguien reaccione. Y nada sucede: ya lo hará el de al lado.

Ahora, soy yo quien está a ese lado, al de la reacción y al de la clase. Y al final del día, al acabarse todo, dos se acercan, dos preguntas y una intuición precisa de que quieren saber más. Lo van a hacer, lo van a buscar; la receta, sin más vuelta de tuerca —pero sí con lo que contiene Pelléas et Mélisande, que ya acabo—: todo está en los sueños.

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Temporal

Aparte del ya tradicional derribo de parte de las infraestructuras costeras, las fotos de gente a la que le falta un hervor corriendo delante de las olas y el gusto que confieren las naturalezas embravecidas, esta tarde se ha declarado un incendio en un desguace que me está inundando el Facebook.

Una máxima infalible cuando se alinean de este modo las catástrofes es mantenerse lejos, lo máximo posible, para evitar cualquier mal. Es decir: la lluvia, el viento y las tormentas o temporales tienen sentido cuando se pueden ver desde la placidez del hogar, detrás de la ventana y sin que salpiquen. Lo inhóspito, fuera, lejos: como lo malo.

No sabía que en El barbero de Sevilla había un temporal (no sabía que en Sevilla hubiera temporales, en general) hasta que estudié la obra. A lo mejor, porque los temporales en Rossini no parecen tales, sino que se asemejan a esa sensación de ver el cielo desplomarse… al otro lado del cristal. Así suena:

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Los pequeños conflictos de Pelléas

Este año que empieza se van a cumplir cien años de la muerte de Claude Debussy, un motivo idóneo para que la Ópera de Oviedo acoja, este mismo mes, su única ópera, Pelléas et Mélisande. Hoy, a buena cuenta, he dedicado casi todo el día a bregar con su traducción para los sobretítulos.

El libreto es de Maurice Maeterlinck y no tiene argumento, solo escenas, consecuciones, ausencias y, por tanto, sus personajes tampoco tienen pasado. No hay conflicto, no hay arco —solo viaje—. Hay algo muy impresionante en esta ópera, un pequeño gran truco: los conflictos son pequeños, de una o dos frases, una pregunta y una respuesta, un montón de elementos que solos cuentan historias (que juntos, sumados, forman un retrato).

Esto la hace extraordinariamente vasta; también compleja; por supuesto, peligrosa: si se relaja uno con el texto, que es bien preciso, se va a caer en la nada, cuando al final se descubre que todas las piezas están ahí colocadas por alguna razón. Hay animales salvajes, cazadores, penumbra y un mar muy salado y frío que se cuela por entre las páginas.

Por supuesto, una música, una voz:

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Pura voz

En la ópera existe una pescadilla que se muerde la cola: sin voces no hay ópera; sin escena, tampoco. Si entran en conflicto, por tanto, suele decirse que la voz tiene que ir primero, porque sin ella no es posible el espectáculo; al tiempo, si la voz se impone a todo y la escena se queda aguada, se tiene una versión concierto (que no es estrictamente ópera, lo mismo que la lectura de un texto teatral no es una obra de teatro). Así podemos seguir dando vueltas hasta el infinito: la pila de contradicciones, oposiciones, sobreposiciones es interminable.

Todo esto para decir que anoche se acabaron las funciones de Andrea Chénier en Oviedo con un trío de ases al frente: el de picas, Carlos Álvarez; el de diamantes, Jorge de León; el de corazones, Ainhoa Arteta. El de tréboles era todo lo demás. Alineados y ordenados, sale una función capaz de poner al teatro en pie y, dicen los más sabios, capaz de competir con la ristra de Chéniers que se está programando ahora mismo en todo el mundo. Es perfectamente posible.

Otro rasgo inherente a la ópera es la acrobacia, la espectacularidad del canto. A veces es tan pulcro que parece irrreal. Otras, como es el caso de esta ópera, la escritura va subrayando la dificultad creciente de sus números hasta la traca final. Eso hace que los ases ganen peso, se vean más, y el disfrute de multiplique. Nunca se suspende del todo el entendimiento del espectador, siempre queda aire para la fascinación. Para darse cuenta de que estás presenciando algo notable.

Pero esta solo es una forma de ópera. Como un juego con ases, que tampoco significa hacerles ascos a los que emplean rojas y negras, media baraja, dos de dorsos distintos, cartas vueltas, adivinaciones, predicciones, triples mortales y equilibrismos matemáticos. Es la grandeza de esto: que en la variedad esté el gusto.

A veces se yerra al explicarlo, porque no es fácil: a veces, el público no sabe a dónde se supone que tiene que mirar. Este es el otro gran éxito de una función: que se explique sola, que guíe la atención y lleve a uno de la mano. Todo logrado: pura voz.