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Bizet

Puccini suele hacer dramones (Bohème, Tosca, Madama Butterfly) pero siempre, y sin falta, por el lado temático de las cosas: cada ópera suya es como entrar en Disneylandia, aunque dentro está ocurriendo algo. Él quiere contarnos una cosa, pero al mismo tiempo quiere sumergirnos en un mundo más bien atractivo, digerible y bonito.

Estos días estoy acabando de batirme el cobre con los sobretítulos de Carmen, de Bizet, que se estrena la semana que viene en la Ópera de Oviedo bajo dirección de escena de Carlos Wagner. Es la primera vez que hago una de Bizet, y por tanto el momento de descubrir que si Puccini parecía «temático», Bizet juega en otra liga: Carmen tiene dramaturgia, pero prácticamente no tiene siquiera argumento. Las idas y venidas se cuentan sin texto.

Lo importante, en cambio, es que haya toreros, bandoleros, soldadesca y misteriosas gitanas en torno al fuego. Todo lo demás no son arcos dramáticos, precisamente, sino impresiones. Son ambientes, como cuadros. La música, esta vez, sí es más importante que lo que se dice.

Fundamental la coreografía, las seguidillas, las panderetas y los aires del Sur. Eso se quiere, nada más y nada menos.

Hace unos años, Calixto Bieito le dio una vuelta a todo este barullo para llevarlo a la frontera española de hoy. No rompió lo ambiental, que es lo que mejor se le da, sino que lo potenció. Y le salió esto:

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Elegir la primera ópera

De vez en cuando, pero siempre por estas fechas, alguien me dice que quiere ir a la ópera. Algo ha leído, visto u oído y le apetece acercarse, más si cabe después de un éxito como el que ha cosechado Fuenteovejuna, cuyas funciones en Oviedo acabaron el sábado.

-Entre unos y otros, me habéis metido las ganas en el cuerpo —me decía un amigo ayer.

Quedan cuatro para elegir, cada una con sus fortalezas y sus debilidades, y no todas aptas para todos los paladares. En este caso, Il turco in Italia, de Rossini (chispeante, aunque musicalmente más previsible); Tosca, de Puccini (intrigante, aunque algo melosa); La clemenza di Tito, de Mozart (Mozart, aunque Mozart) y Carmen, de Bizet (popularísima, aunque de argumento por los pelos).

Son cartas bastantes para jugar, pero que exigen, a la vez, conocer un poco a quien se le recomiendan. Por ejemplo: recomendaría un Rossini a alguien que disfrutase de la música en general y a quien le gustase entretenerse un rato, pero lo desaconsejaría a quien busque argumento y drama; propondría La clemenza di Tito a alguien muy cerebral (es una cuestión de pausa y sosiego) pero jamás a quienes, como me dijo alguien una vez, van a la ópera a morir de amor o pasión. Para ellos, sin duda, Tosca es la opción.

Por último, queda Carmen, que de momento gana las encuestas entre los allegados porque «es conocida» y, en fin, fácil para acceder a este mundo presuntamente arduo. Yo tengo mis dudas. Pero son, ya lo digo, dudas.

Porque creo que la primera ópera que se ve en la vida crea o confirma una opinión duradera. Si se va, por casualidad, a ver Carmen se corre el riesgo de confirmar el cliché y que la experiencia no emocione (o conmocione) lo suficiente o bien de que las expectativas formadas por lo que se sabe de la cigarrera salten por los aires, y se decida por tanto que eso de la ópera no es para uno.

Me parece mejor, y suelo recomendarlo, algo que tenga algún elemento de ruptura, algo que haga al espectador acudir a ciegas absolutamente e ir inventando sobre la marcha: de esto hay que enamorarse y dejarse llevar. Claro que para eso hay que atreverse…

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Nacen óperas

A la ópera la han dado por muerta tantas veces que ya se ha perdido la cuenta. También por superada, en ese arrebato tan del siglo XX de ir reformando el mundo en décadas, cuando no en días. Uno de los grandes argumentos para apoyar esta tesis es el del repertorio repetitivo, la ausencia de novedad.

Y cuando las ha habido nuevas (en el siglo XXI ya van unas cuantas) parece que el resultado palidece apabullado por los clásicos: es normal, por otro lado, que lo que se ha ido posando a lo largo de cuatrocientos años no se pueda superar con facilidad.

Esta semana ha nacido una nueva, Fuenteovejuna, que la Ópera de Oviedo ha puesto en pie el domingo y que se representa en el Campoamor hasta el sábado. La ha compuesto Jorge Muñiz y le ha puesto texto Javier Almuzara, Lope de Vega mediante.

Una foto de la producción inaugural, de la Ópera de Oviedo.

De nuevo, he tenido la suerte de poder trabajar en la preparación de los sobretítulos, aunque con dos retos completamente nuevos en el trabajo: el primero, que es la primera vez que abordo un sobretitulado en el mismo idioma que el de la obra; el segundo, que el libretista estaba allí y no había compuesto un texto baladí, ni mucho menos. Estuvo dejándose la piel hasta el último día en que la cosa luciera y, tras mucho esfuerzo, logramos respetarlo sin que resultase un karaoke.

En fin, ese no es el asunto. El asunto es que Fuenteovejuna me ha sabido, a pesar de ser un estreno absoluto, a obra con entidad propia y muchos vuelos posibles. La dirección de escena de Miguel del Arco, por ejemplo, es una interpretación sobre una interpretación; la versión musical de Santiago Serrate, una visión propia de la partitura.

Es decir, es como si no hubiese ocurrido lo que otras veces he visto suceder con óperas de nuevo cuño (americanas y francesas, sobre todo, que parecen vacías o sin creerse demasiado que puedan hacer historia, solo un trámite). Aquí hay ambición a raudales y una posibilidad, nada descabellada, de que entre en el repertorio: a lo mejor por haber podido verle un poco las entrañas, siento que hay impronta y que sigue y yergue una tradición especial.

Digo todo esto como espectador entusiasmado y recomendador, sin ganas de opinar o desvelar mucho más. Solo brindar por los éxitos: hay que ir a Fuenteovejuna.

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Il baccio di Tosca

Calor, muchísimo calor es el que hace ahora en Gijón. No tiene nada que envidiar al julio que hemos tenido, y seguro que va a ser mucho más cálido que el próximo noviembre. Entonces, dentro de dos óperas, se estrena en Oviedo Tosca, cuyos sobretítulos preparo con este calor.

Nos han vendido esta ópera como el gran thriller: presos políticos, mujeres empoderadas y dramáticos finales en pisos altos. Bien podría tratarse de una trama de equívocos hitchcockiana, pero lo cierto es que mantiene el aroma inconfundible de las óperas anteriores. Los amores desgarrados, las sopranos virtuosas, los tenores afectados y los barítonos malos como nada.

Me da perspectiva trabajar en estaciones distintas. Preparo la partitura ahora, que ni siquiera han empezado las funciones de la temporada, y las veo desde la butaca cuando ya visto abrigo y jersey. Es como una recreación en miniatura de la vida que han tenido estas obras monumentales y clásicas, clasicotas.

Me pongo una versión en Spotify para pautar, y elijo, un poco más por romanticismo que por precisión, la grabada por la Callas. Me gusta oírla cantar la famosa aria Vissi d’arte y me gusta, sobre todo, averiguar cómo articula al cabo la famosa frase «Questo è il baccio di Tosca», que le espeta a Scarpia mientras lo mata.

A lo mejor acaba siendo una ópera algo convencional y de argumento alambicado, pero está muy bien contada. Todo se entiende, todo se sigue y al final me queda el buen sabor de boca de las noches de verano despreocupadas, estas en las que, al menos, no tengo que pensar en la temperatura ambiente. Solo hay que sentarse, reclinarse y disfrutar.

Puedes escucharla aquí.

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Los pequeños conflictos de Pelléas

Este año que empieza se van a cumplir cien años de la muerte de Claude Debussy, un motivo idóneo para que la Ópera de Oviedo acoja, este mismo mes, su única ópera, Pelléas et Mélisande. Hoy, a buena cuenta, he dedicado casi todo el día a bregar con su traducción para los sobretítulos.

El libreto es de Maurice Maeterlinck y no tiene argumento, solo escenas, consecuciones, ausencias y, por tanto, sus personajes tampoco tienen pasado. No hay conflicto, no hay arco —solo viaje—. Hay algo muy impresionante en esta ópera, un pequeño gran truco: los conflictos son pequeños, de una o dos frases, una pregunta y una respuesta, un montón de elementos que solos cuentan historias (que juntos, sumados, forman un retrato).

Esto la hace extraordinariamente vasta; también compleja; por supuesto, peligrosa: si se relaja uno con el texto, que es bien preciso, se va a caer en la nada, cuando al final se descubre que todas las piezas están ahí colocadas por alguna razón. Hay animales salvajes, cazadores, penumbra y un mar muy salado y frío que se cuela por entre las páginas.

Por supuesto, una música, una voz:

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Pura voz

En la ópera existe una pescadilla que se muerde la cola: sin voces no hay ópera; sin escena, tampoco. Si entran en conflicto, por tanto, suele decirse que la voz tiene que ir primero, porque sin ella no es posible el espectáculo; al tiempo, si la voz se impone a todo y la escena se queda aguada, se tiene una versión concierto (que no es estrictamente ópera, lo mismo que la lectura de un texto teatral no es una obra de teatro). Así podemos seguir dando vueltas hasta el infinito: la pila de contradicciones, oposiciones, sobreposiciones es interminable.

Todo esto para decir que anoche se acabaron las funciones de Andrea Chénier en Oviedo con un trío de ases al frente: el de picas, Carlos Álvarez; el de diamantes, Jorge de León; el de corazones, Ainhoa Arteta. El de tréboles era todo lo demás. Alineados y ordenados, sale una función capaz de poner al teatro en pie y, dicen los más sabios, capaz de competir con la ristra de Chéniers que se está programando ahora mismo en todo el mundo. Es perfectamente posible.

Otro rasgo inherente a la ópera es la acrobacia, la espectacularidad del canto. A veces es tan pulcro que parece irrreal. Otras, como es el caso de esta ópera, la escritura va subrayando la dificultad creciente de sus números hasta la traca final. Eso hace que los ases ganen peso, se vean más, y el disfrute de multiplique. Nunca se suspende del todo el entendimiento del espectador, siempre queda aire para la fascinación. Para darse cuenta de que estás presenciando algo notable.

Pero esta solo es una forma de ópera. Como un juego con ases, que tampoco significa hacerles ascos a los que emplean rojas y negras, media baraja, dos de dorsos distintos, cartas vueltas, adivinaciones, predicciones, triples mortales y equilibrismos matemáticos. Es la grandeza de esto: que en la variedad esté el gusto.

A veces se yerra al explicarlo, porque no es fácil: a veces, el público no sabe a dónde se supone que tiene que mirar. Este es el otro gran éxito de una función: que se explique sola, que guíe la atención y lleve a uno de la mano. Todo logrado: pura voz.

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Drama histórico

Rematando Andrea Chénier, que se estrena la semana que viene, gozo de las acotaciones: se ve al fondo a Robespierre pasando, y toda la corte, como en Don Carlo pasean reyes y condenados.

Estamos en un tiempo de teatros históricos y triunfales, pero que inevitablemente abundan en los dos o tres personajes protagonistas: ¿No echamos un poco de menos esa grandeza, a lo Puccini, de meter en las óperas barcos de guerra enteros? Hace ya años que no se pintan en los fondos, que no se ven y solo se intuyen, pero al menos no ha muerto, en la ópera, la ambición de los trasfondos.

En medio de esa Revolución quebrada, con visos de caricatura y exceso, a Giordano no le temblaba el pulso al poner todo el contexto que fuese necesario. Fuera del convento de los Diálogos de carmelitas de Poulenc también explotaban las furias, muchos años después… Esta grandeza se la merece el espectador, pero supone todo un reto. Bravo por quienes recogen el guante.

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Pulso Donizetti

—Manolín ya tiene sustituto.

Me lo dijeron ayer en la puerta del Campoamor, durante el descanso del Elisir felizmente estrenado. Caía una lluvia fina, que casi no era, y al otro lado del paso de peatones había un nuevo mendigo que, como puesto por el Ayuntamiento, no estaba dispuesto a dejar Vetusta sin alguien que animase las pausas de la ópera.

Manolín el gitano murió hace poco. Era, como indica el diminutivo, un señor pequeño, como indica el apodo, gitano, y bastante ladino. Una especie de bufón agridulce de la vieja Oviedo. Y este era el primer estreno de una ópera en el que no iba a colgarse con insistencia de los abrigos caros y los esmóquines de gala, pero hubiera sido impensable que nadie cumpliese con el papel.

Dentro pasaron muchas cosas, la mayoría emotivas (léase: eran sendos aniversarios de los queridos José Bros y Beatriz Díaz), sin perder no obstante la encantadora calidad teatral que tiene esta villa cuando se montan donizettis. Fiscales, curas, consejeros, paseantes, aficionados, familiares, alcaldes, empresarios y público casual —que también lo hay— llenaron el teatro.

Da una sensación de familiaridad ritual que siempre se repita cierto esquema, como reconfortante recordatorio de que el pulso es el que es y nunca decae: los coches amontonados a la entrada, las carreras para tomar un refrigerio a la pausa, los comentarios savants al término y la impertérrita supervivencia de Donizetti. Todo eso es esta ciudad.

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Tres mil quinientos sorbos

A veces la lluvia aquí no es tan grave: por ejemplo este doce de noviembre viene aliñado con un calor considerable y una luz altísima y sin sombras. El agua es un poco menos agua en la medida en que cae caliente, como las tres mil quinientas copas que en un par de horas vestirán el Elisir d’amore que se estrena en el Campoamor.

Hoy es domingo y día de estreno. Much anticipated, que diría un inglés, porque ir a Oviedo siempre tiene algo de ceremonial, nunca de rutinario, y porque presenciar el estreno de una ópera no debe ser cosa baladí para un domingo cualquiera. En este caso hay un gran reparto y una hermosa historia: la comedia del filtro de Tristán e Isolda, hecho crecepelo para consumo de los crédulos aldeanos.

Por otro lado, y casualmente —o no— anoche descubrí que al famoso árbol de botellas de sidra que nos adorna el Puerto le han añadido algo más, han subido la apuesta: ahora, en las noches de noviembre ociosas no le refulge desde las entrañas una aburrida luz blanca, sino una discoteca de luces azules, moradas y verdes, por turnos, que deslumbran a cierto turista y alinean el monumento con los bares de copas de la avenida siguiente.

No se sabe si la iniciativa quiere, en efecto, mejorar la fachada de ese lado del barrio o desviar la atención de cualquier otro elemento, pero desde luego es lo que más atrae y distrae en cualquier retorno a casa. Puede que más que la regasificadora parada al otro lado de la bahía, o que el balneario urbano que sobresale entre malecones.

No he contado las botellas: puede que sean menos que las copas que constituyen la escenografía del Elisir. Pero son, al menos tres mil quinientos sorbos: ¡Brindo!

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Un sonido familiar

Cuando descubres a un compositor como Verdi no quieres que se acaben sus arias, sus cabaletas, sus cadencias y sus coros. Luego, con el tiempo y el paso de las óperas, es posible que empiece a resultar un poco irritante saber en algunas de ellas qué va a ocurrir a continuación (y no por los libretos, que de todo hay, sino porque se le adivinan las intenciones musicales).

De vez en cuando, te rompe los esquemas. Pasa en muchas, hasta desembocar en Falstaff, que sin duda constituye la ruptura de todo: es una sorpresa tras otra. Ahora estoy rematando Trovatore, que se estrena la semana que viene en la Ópera de Oviedo, con una sonrisa, de complicidad en parte y de gusto en gran medida.

La complicidad es por aquello de haberle tomado las medidas al maestro; el gusto, sobre todo el gusto, por que no se me haya acabado Verdi. Hay un montón de óperas de él que me quedan por traducir, todas por dirigir y algunas por usar como material de escritura, conque nos queda toda una vida por delante: pero es increíble cómo con cada nueva lectura, cada nuevo enfoque se le descubren nuevas aristas a los personajes, a los timbres, a las voces, a los quiebros propuestos.

Y también que, aburrido quizás de repetir obsesivamente este fragmento o aquel otro, se pueda pasar a otro rincón del repertorio y encontrar más material de la misma sastrería, aunque cortado de distinto modo y acabado con otra madurez, con otro estado vital. Este Trovatore es lo que tiene: que es un regalo volver a Verdi. Es un sonido familiar.