Letras magia

Segundo aniversario

Hoy hace dos años que murió mi abuela, dos años que era viernes por la mañana y recibí la llamada y seguí trabajando en mis cosas antes de entender lo ocurrido. Dos años hace que me puse a escribir compulsivamente, en este diario, en el periódico, en enviar la columna del domingo, en Rigoletto, que estaba a punto de estrenarse en Oviedo, en todo.

En cambio, pienso que faltan dos días para que haga dos años que me puse a estudiar mis magias, dos años hace que pensaba que faltaban muchos más para hacer alguna obra propia (ópera, teatro, lo que fuera) y dos años en que hubiera dudado que estuviese, dos años mas tarde, razonablemente satisfecho con lo que desde entonces ha sucedido. Porque todo lo anterior ha ocurrido.

Solo las efemérides así de nítidas nos permiten darnos cuenta de lo que cambian las cosas. No es nostalgia, es asombro: hace dos años no sabíamos quién era Carles Puigdemont, por poner un ejemplo más o menos universal.

En tan poco tiempo pueden ocurrir cientos de cosas, miles, porque nunca suceden poco a poco. Son un simple instante —un chispazo, quizás— al que hay que esperar como a un pez con la caña sumergida en la mar. De pronto, todo se precipita.

He salido a pescar, este domingo, en forma de paseo con un libro de Tamariz bajo el brazo y unas músicas —de las que aún no quiero escribir, invocar— hasta bien lejos, hasta los confines de Gijón. Allí se diluye la luz, se ve todo desde mucho más lejos y me vienen algunas ideas, iluminaciones.

Lo cierto es que no convierto el aniversario en dos años de ausencia, no lo veo como todo aquello que nunca podremos vivir o compartir. Tiene un aspecto más parecido a un bloque, a algo que se ha ido consolidando y solidificando y que puede quedar felizmente integrado en mi paisaje personal. No hay asuntos o cuentas pendientes, solo promesas, códigos, equipajes y maletas que quizás solo me pertenezcan a mí, pero que en todo caso alimentan. Son útiles.

Letras magia

De pasión y perspectiva

¿Qué valor tiene lo que yo le pueda contar a nadie?

Me lo pregunto cada vez que tengo alumnos delante o que, como ahora, reviso y actualizo por enésima vez material propio para otros nuevos. Hablo de sobretitular, de teatro, de ópera e incluso les cuento por qué me apasiona lo que hago.

Digo «incluso» porque van ya unas cuantas promociones y grupos de gente que se lee o escucha la cantinela. Algunos acuden el primer día y no vuelven el segundo. Otros se asoman curiosos. Otros acaban por elegir este camino o uno que se le parezca. Y yo, que pensaba que convenía guardarse estas cosas…

No hay nada de lo enseñado, seguro, que no puedan averiguar por sí mismos. Lo único con lo que a lo mejor no habían tropezado era con el propio camino. Y puestos a ponérselo delante, ¿por qué no empezar por lo esencial, que es por qué lo elegí yo?

Me descubro, en esto y en todo, haciendo un esfuerzo por adoptar no la perspectiva del que sabe y cuenta, sino la del que descubre y se sorprende aun tras los sinsabores, las realidades, los esfuerzos imprescindibles. Qué poco nos vamos fascinando, cuánto terreno ganado tienen el cinismo y el posturismo innecesarios: qué poca falta hace fingir que se está de vuelta de todo, y cuánto se finge.

Hace unos meses ya que en el escritorio tengo un tríptico de espejos. No es para verme la cara, sino las manos al probar un juego nuevo o destrozarme los sabidos. En magia, igual que en todo, hay una premisa infalible para saber si lo que se está proponiendo funciona o no: si no me convence a mí, no puedo convencer a nadie. Hay juegos y manejos, muchos, que vistos desde el frente o los lados se desmontan de un plumazo pero engañan desde el punto de vista de uno.

Hay lógicas internas, sin embargo, que son inexpugnables. Acabo de caer encima de una de ellas, por ejemplo, que remite a ese engaño de lo imposible. Una vez descubierto el secreto, corro a probarlo sin espejo primero, y aunque sea consciente de lo que están tramando los dedos me engaña, me sorprende como si no supiera lo que están haciendo mis propias manos.

Luego, lo pruebo con el espejo. Se ve, no funciona: no puedo compartirlo. Necesita ser pulido, alineado con lo que yo me estoy contando para que sea lo mismo que le estaré contando al espectador. Se trata de una versión del Reset de Paul Harris: cuatro ases en un montón; cuatro reyes en otro. Los ases se convierten progresivamente en reyes. Al final, todo vuelve a su sitio y nadie entiende nada. (No adjunto vídeo porque no he encontrado ni uno que valga la pena. Si nos vemos, estoy dispuesto a enseñarlo.)

Lo que ahora viene es machacarlo hasta tenerlo en dedos. O sea, hasta que la comunicación sea completa y milagrosamente posible: hasta que cuente exactamente lo mismo que me cuenta a mí.

Por ahí, por esa zona, se encuentran los mejores motivos para escribir limpio, crear claro y disparar certero.

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Una magia en construcción

Estábamos en la trastienda. Había unos cuantos magos a los que admiro y, finalmente, enseñé una idea en construcción. Se me ha ocurrido que los espectadores puedan cortar la baraja por donde quieran y, de una manera algo enrevesada (aunque algún día será vistosa) sean las propias cartas las que puedan «adivinar» cuántas se separaron del mazo.

Caras de sorpresa, frialdad, ceños fruncidos.

—¿Eso era un…?

—No.

—Pues lo parecía, y no debiera.

—¿No puedes hacer un…?

—No se me había ocurrido.

A lo mejor la idea no era mala, pero desde luego, no funcionaba. Lo que en la cabeza y los paseos es ingeniería mágica y aplausos desaforados puede volverse, en la vida real, un laberinto sin salida. Me llevé todos sus consejos, ideas, fallos y observaciones. Y aciertos. Y los tengo esparcidos encima de la mesa para que la idea, por fin, funcione.

Ahora bien, tengo lo que queda de enero para preparar algo que dure como máximo doce minutos. Es una prueba, un reto y, sí, un examen ante magos y público «profano»: de un lado, pesa la voluntad de aplicar lo aprendido y enseñar lo ideado; de otro, sobrevuela el temor a que esas movidas tan pintonas fallen. O, peor, aburran. O que no funcionen.

Entonces ¿hay que volver a lo básico? ¿Basta con darle una vuelta a algún clásico y jugar sobre seguro o debo asumir riesgos?

(Dice Max Maven, que es un gran mago, que si no estás dispuesto a asumir riesgos mejor te dediques a otra cosa.)

Al final, he vuelto a ver la triple coincidencia de Juan Tamariz. Este juego debe de tener más años que la baraja española, lo sé hacer desde hace bastante tiempo e incluso la explicación es fácil de encontrar por ahí. Perfecta para hacerlo con los pies y romper la ilusión: en sí, la mecánica es sencilla, pero Tamariz lo envuelve con tantísimo talento, tan buena guía del personal, que podría estar viéndolo y haciéndolo hasta quedarme sin manos ni sonrisa. Es una maravilla y un destructor absoluto.

Menos, a veces, es muchísimo más.

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Un pensamiento distinto: un juego mágico

Al fin me he atrevido. Algunos amigos de la Sociedad Oviedo Mágico se decidieron, hace unas semanas, a abrir un canal en Youtube desde el Cañas, sede oficiosa de reunión por semana. Allí acudimos algunos y grabamos algún que otro juego.

El mío, Un pensamiento distinto, es este:

El juego contiene algunas ideas muy viejas en su ejecución, pero el esqueleto se debe a un mago y «tramposo» escocés que se llama R. Paul Wilson. Mis añadidos son el cambio de color de la carta y la presentación. El reto, otro bien viejo e imposible: ¿Puedes pensar una carta en una baraja mezclada y que sea la única de 52 de un color distinto?

Aparentemente, no.

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Amigos del Mississippi

Hay una gente muy maja que posee la que posiblemente sea la tienda de magia más sugerente de Madrid —Magia Estudio, en Tribunal— y que, entre otras cosas, practica este oscuro y delicioso arte. En cierto afán de comunicación, también mandan vídeos y consejos, que duran lo suficientemente poco como para deglutirlos entre empellón y empellón a la montaña de tareas. Hay uno llamativo, el de los guiones prohibidos: queda vedado contar historias de jugadores del Mississippi para hacer demostraciones con ases, explica Ricardo.

Cierto es que pocas cosas hay más ridículas que un prestidigitador de las cartas de veintipocos explicándole a sus amigos que una vez estuvo en una partida a lo Maverick, pero muy poca gente lo reconoce: el viejo René Lavand, el hombre de un solo brazo que era capaz de contar sórdidas timbas con gauchos de la Pampa era demasiado atractivo como para que no le salieran imitadores por doquier. Incluso de su charla, de su guión, de su forma de hablar.

Pienso en esto ante el reto de tocar cosas en inglés, o montar pequeñas sociedades, o inculcar modos de trabajo, y procurar no recalar en la pretenciosidad de ser un yanqui, cuando nuestros despachos están mucho más iluminados e indefectiblemente cubiertos de gotelé. No me suena haber visto muchas películas de carretera en las que los protagonistas trabajen en un entresuelo lóbrego.

Tenemos nuestros puntos en común; nada es tan distinto como para no asimilarlo. Pero a veces, solo a veces, la gente se olvida de la importancia de meterle verdad a sus palabras. A Lavand, el mago manco, nunca le faltó de aquello:

Letras

Un aviso a navegantes de Tamariz

No se han dado cuenta de que estaba nervioso, porque en la oficina de la empresa de paquetería había, que viera, siete cajas de sidra por el suelo, unos palos de golf, una bolsa de naranjas, una báscula, un señor preguntando si era más caro poner la etiqueta de fragilidad a una caja y una mujer con el DNI equivocado. No se dieron cuenta de que el paquete de papel marrón era importante.

Se conoce la sensación de desgarrarlo, de ver si está completo y, a la cuarta envoltura —descubierto el milagro—, de pronto, dedos mimosos y atención absoluta: ha llegado un libro largamente deseado, profusamente ahorrado y bastante meditado, que viene a ser la culminación a unas cuantas pesquisas.

Luego, encontrarlo no ha sido fácil: no lo tienen en La casa del libro, precisamente. Es la gran obra de Tamariz, que si se llega a perder me da un parraque. Tiene un aviso para navegantes: estudia, estudia, come y cena este libro y si no, no te atrevas a enseñarlo. Ni a perderlo…

Buenos alimentos

Agua y aceite

Hubo un día un ingeniero español, de oficio respetable y vida prístina, que encontró en un mazo de cartas su pasión. Arturo de Ascanio, nunca mago profesional pero uno de los mejores del mundo —un movimiento de cartas lleva su nombre— es ejemplo, modelo y creador de algunos de los mejores efectos de la historia, de los que uno no se cansa de estudiar y de aprender.

Aunque tiene poquísimas visitas, resulta que un usuario de Youtube encontró hace cinco años el vídeo en el que exhibe su vuelta de tuerca a un clásico: el agua y el aceite. Hipnótico, helo aquí.

Es tan esencial manejar este juego, o alguna de las infinitas versiones que existen, que conviene irse a las fuentes. Y lo primero, por supuesto, es dejarse fascinar. Otro, y a paseo:

Compases

El baúl

Tocamos esta noche, dentro de unas horas. A la 1 y a las 3 en el Memphis, un nuevo bar que han abierto en Gijón. Para calentar las manos y la cabeza he desayunado algunos temas nuevos, y ha sido parte crucial del día tomar la baraja para explorarla un poco, trastear con índices, medios y pulgares y apuntalar los diez dedos diez que tienen que lidiar con las cuatro cuerdas, como cuatro palos.

En la búsqueda, ha aparecido un libro de mediados del siglo XX, que he comprado en edición digital y tiene unas ilustraciones como la que encabeza esta entrada. Es una enciclopedia, una que reúne juegos y técnicas de los cien años anteriores y que tienen nombres tan sugerentes como El diablo a la espalda o Adivinación en la oscuridad: entonces, los juegos se publicaban en revistas a medio camino entre la trampa, el espiritismo y la magia pura, hasta que en los años cincuenta un afamado conjuror los reunió todos en un volumen. ¿El resultado? Esperemos que lo pase todo el mundo bien…

Buenos alimentos

Un reto o pasatiempo

Había algunas opciones para iniciar el particular proceso de desconexión, esto es, dejar de prestarle atención a Cataluña durante al menos un día. Empiezo a creer que esta secesión no va a terminarse por el imperio de la ley, sino por el peso del más estricto aburrimiento.

Para llevar a cabo el proceso hace falta poco. Un libro no sirve, porque los libros se leen y corren el riesgo de suscitar alguna reflexión indeseada en estas horas de parón. Lo mejor, por tanto, es algún pasatiempo.

En 1929 nació un programador y matemático cuyo nombre es mejor no pronunciar, porque da nombre a uno de los movimientos mágicos más conocidos en el manejo de cartas. Tal fue su impronta, al mezclar el ilusionismo con las más puras y simples matemáticas.

Hubo otros como él que convirtieron las cincuenta y dos damas de la baraja en puntos o coordenadas, y que con ayuda de un exprimidor intelectual fascinante las tornaron en magia.

Prometido que no es difícil de hacer, sino que de ahí han brotado algunos de los mejores efectos: sin el sustento de la habilidad, o en todo caso apoyadas por él, las cartas pueden transformarse en un crucigrama de enormes proporciones, en el que no caben banderas. Así, al calor del lunes, pueden pasarse horas y horas hasta acercarse aquí:

Letras

La narración y el mago

René Lavand, el mago manco del que algo anoté ya, es quizás uno de los mejores narradores del ilusionismo con cartas: tenía un espectáculo glorioso basado únicamente en historias de jugadores, que es a la vez un viaje por el cono sur y una exhibición de habilidad con una sola mano, de técnicas fascinantes.

Todas las historias de Lavand, como cualquier buen relato, tienen agujeros, huecos dejados a la buena imaginación y gusto del espectador. La cuestión es que hasta que sabe uno dónde mirar es justo en los agujeros donde se descubre rellenando los vacíos dejados con toda la intención, que es precisamente donde se produce el engaño.

Las mejores trampas son las que se ven, las que suceden a simple vista, pero se ejecutan de tal modo que el cerebro jurará y perjurará que todo era limpio, cristalino. Esta es una lección valiosísimas que, aplicada a la creación literaria, purga, depura y se ha convertido en toda una satisfacción.

Todos nos hemos dado cuenta, lo hemos experimentado, pero llega un día en el que lo intentas reproducir y entonces comienzan los problemas: ¿Por qué, cómo ha hecho el autor para que en medio párrafo me pueda imaginar una habitación, los muebles que contiene, la luz, la hora del día, el estado emocional (y la postura) de quien está dentro, qué acciones realiza y lo que se están contando? ¿Cómo ha ocurrido todo tan deprisa y, al intentar reproducirlo, sobreviene el fárrago?

Esto se ve al volver los pasos andados y descubrir que nunca se nos dijo que fuese una habitación, que en realidad sabemos la hora desde el capítulo anterior y que nunca se explicitó que solo hubiese dos personajes. Nuestra propia habilidad, conducida por el narrador, nos ha hecho rellenarlo sin querer.

Qué obviedad, dirá uno.

Qué bobada, dirá aquel.

Claro, explíquenme qué ocurre aquí: