Letras magia

Segundo aniversario

Hoy hace dos años que murió mi abuela, dos años que era viernes por la mañana y recibí la llamada y seguí trabajando en mis cosas antes de entender lo ocurrido. Dos años hace que me puse a escribir compulsivamente, en este diario, en el periódico, en enviar la columna del domingo, en Rigoletto, que estaba a punto de estrenarse en Oviedo, en todo.

En cambio, pienso que faltan dos días para que haga dos años que me puse a estudiar mis magias, dos años hace que pensaba que faltaban muchos más para hacer alguna obra propia (ópera, teatro, lo que fuera) y dos años en que hubiera dudado que estuviese, dos años mas tarde, razonablemente satisfecho con lo que desde entonces ha sucedido. Porque todo lo anterior ha ocurrido.

Solo las efemérides así de nítidas nos permiten darnos cuenta de lo que cambian las cosas. No es nostalgia, es asombro: hace dos años no sabíamos quién era Carles Puigdemont, por poner un ejemplo más o menos universal.

En tan poco tiempo pueden ocurrir cientos de cosas, miles, porque nunca suceden poco a poco. Son un simple instante —un chispazo, quizás— al que hay que esperar como a un pez con la caña sumergida en la mar. De pronto, todo se precipita.

He salido a pescar, este domingo, en forma de paseo con un libro de Tamariz bajo el brazo y unas músicas —de las que aún no quiero escribir, invocar— hasta bien lejos, hasta los confines de Gijón. Allí se diluye la luz, se ve todo desde mucho más lejos y me vienen algunas ideas, iluminaciones.

Lo cierto es que no convierto el aniversario en dos años de ausencia, no lo veo como todo aquello que nunca podremos vivir o compartir. Tiene un aspecto más parecido a un bloque, a algo que se ha ido consolidando y solidificando y que puede quedar felizmente integrado en mi paisaje personal. No hay asuntos o cuentas pendientes, solo promesas, códigos, equipajes y maletas que quizás solo me pertenezcan a mí, pero que en todo caso alimentan. Son útiles.

Letras

Bailarán sobre tu tumba

A lo mejor es que ya nos hemos desaforado del todo: Javier Marías, a su ritmo, ha respondido hoy en su columna a la polémica en torno a sus últimos artículos. Menciona a Joaquín Reyes, que a su vez le ofreció un abrazo, de pasada; más explícitamente a Pablo Iglesias. Pero ¿son acaso los personajes principales de su respuesta? No, es… ¡Camilo José Cela! Bastante más de la mitad del texto es una ensalada de historias y acusaciones, que estoy seguro soliviantarán herederos y abrirán un nuevo frente. Se acusa al Nobel de muchas cosas. Murió hace quince años.

Esto me ha recordado a una minúscula querella desatada la semana pasada en Asturias. Seguramente pasó algo más desapercibida que los incendios tuiteros de Marías. La cuestión es que Joaquín Sabina, entrevistado en El Comercio y preguntado por la inexistencia de la Fundación Ángel González, dijo que «hay un cáncer ahí que se llama cáncer de las viudas de escritores». Un aldabonazo en toda regla que tuvo su respuesta al día siguiente, en forma de declaraciones de la viuda en cuestión. Susana Rivera acusa a Sabina de casi todo, pero muy especialmente de no haber tenido redaños de decir cosas así con el poeta en vida.

Ahora ya poco importa lo uno y lo otro, porque al igual que sucedió con aquellos artículos en torno a Roberto Bolaño, cruces de acusaciones mediante y peleas por los derechos después, los protagonistas principales no tienen nada que decir, nada que hacer.

Compases

No marchar

Es domingo 8 de enero y sigue sin llover. Dicen que no lloverá hasta el martes, y se está convirtiendo en tradición: hace cinco años, lo recuerdo como si fuera ayer, Gijón también deambulaba entre el dorado helado y la plata gélida, pero sin atisbos de lluvia o de lo que cabría esperar del invierno.

Se estaba empezando a ensayar Peter Grimes en la Ópera de Oviedo —ahora, Rigoletto, que avanza a buen ritmo en la mesa de traducción—, envuelta en una serie de sucesos paralelos que la convirtieron en la ópera total, definitiva, en un buen motivo para decidirse a jugar a esto de hacer óperas. (Hay que reescribir sobre ello.)

Hace cuatro años, hace tres, hace dos y hace tan solo uno estos solían ser los días de fraguar propósitos y llevarlos a término, o plasmarlos al menos: cuando se decide marchar o emprender o comenzar. Sin embargo, 2017 empieza con la sublimación del no marchar, probablemente el primer y mejor no propósito de todos los tiempos. Acabé el año 2016 con la lectura de Volveremos, entre otros acontecimientos —alguna que otra partida, algún que otro cierre— que han terminado por instalar la voluntad de no marchar, de quedarse, de insistir un año más.

Cabía consultar con asiduidad las ofertas de empleo, formación y oportunidades fuera de España, al menos para aquello de hacer ópera. Los periodistas —hay dos que salen en Volveremos, precisamente— están algo más limitados por la inherente barrera lingüística, pero con unos rudimentos mucho menos costosos se puede hacer ópera en casi cualquier lugar del mundo. Y en esto, surgió una oportunidad brillante y estupenda.

—Vete a Alemania—me dijeron.

—Tienes que buscar algo fuera: aquí es imposible—me repitieron una y otra vez. Lo sigo escuchando.

—Ni te lo pienses.

A pesar de lo que la razón sustenta, aún no he logrado desentrañar el auténtico porqué a la urgencia de irse y lo que esconde esa presunta imposibilidad de no irse. En general, en ese librito la gente que sale ha tenido que marcharse, como alguno que otro que se arruinó, o a lo mejor se ha encontrado con la dolorosa tesitura de que no había otra opción más que marcharse para emprender la carrera deseada, como la joven que recaló en Alemania tras verse sumida en un mercado de sueldos precarios y prácticas perpetuas (y que no se dedicaba a la ópera).

En el caso de la ópera y la zarzuela, hete aquí que España es la cuna de la zarzuela, con miles de títulos aún por representar y que tenemos, como mínimo, una decena de teatros de dimensiones europeas y algunos de los mejores artistas y directores del mundo. Casi todos se han fogueado fuera de España, pero casi todos han vuelto para construir las carreras aquí.

Y pregunto: con esas décadas de importación afortunada, ¿no nos toca a algunos arrancar ya desde España?

La pregunta persigue, persiste, insiste, y se va dibujando la respuesta: claro que se puede. Al menos, en teoría. Solo es cuestión de paciencia y cabezonería. Si no falta el talento, si no falta la maestría, si incluso hay un repertorio propio, ¿qué más puede hacer falta?

Es justo en este punto en el que suele irrumpir la política (cultural o de la otra, que vienen a ser lo mismo) como un trolebús. Los autónomos pasamos a pagar 20 euros más al mes de Seguridad Social en 2017, casi 300 euros; un 21% de IVA; en total, algo menos de la mitad de lo facturado para tapar desmanes y sostener lo insostenible. Esos son los motivos para marchar, pero ha resultado que aún son más potentes los motivos para quedarse, toda vez que sea más o menos posible resistir el temporal.

Hay un trasfondo de resistencia terca; también algo de raigambre. Nada de sentimientos exaltados, que agotan cualquier determinación antes de lograr llevarla a término: es más bien una espera serena hasta dirigir producciones o, a lo peor, hasta obtener una respuesta convincente a la duda. ¿Marchar? No marchar.

Por un lado, la profusión de impresentables, incompetentes y demás ralea invita a irse, pero al tiempo uno se pregunta si se merecen quedarse con todo. Como suele repetir Aarón Zapico, el mayor de los tres hermanos que integran Forma Antiqva, clavecinista y director musical que sigue viviendo en su Sama natal, «que marchen ellos»: es el otro motivo de peso. Aunque no sea esta la más cómoda de las posiciones, probablemente sea la mejor.

Letras

Pero magia de esa no, de la otra

El otro día, hablando de David Blaine y su paso por el programa de Jimmy Fallon, dejaba otro nombre colgando: el de Ricky Jay. Hacía de secuaz en una película de James Bond y lo recuerdo en un capítulo de Expediente X bastante gracioso, pero fue al ver esta fotografía

Retrato de Ricky Jay por Richard Avedon, enlazado desde The New Yorker. Pulsa la imagen para verla en su formato y fuente original.

cuando me acordé de ese perfil en The New Yorker, que tiene ya casi veinticuatro años, y en el que se explica quién es.

Ricky Jay es probablemente el mejor manipulador de cartas del mundo, pero no actúa para públicos que no haya escogido él, está en contra del ilusionismo paniaguado para niños o para otros magos, está aún más en contra de revelar secretos y los espectáculos se los suele dirigir un señor que se llama David Mamet. Mark Singer cuenta todo eso y más en aquel perfil. Por ejemplo, la urticaria que le provoca David Copperfield.

La historia de Jay es la de un erudito apasionado por el ilusionismo, coleccionista de pósters, biblófilo extremo, metódico organizador de ilusiones y enamorado del oficio de epatar. Los juegos que se cuentan en el perfil (di una carta, gira el mazo, he ahí tu carta, yo no lo he tocado) responden exactamente a aquello que planteaba el otro día: devanarse los sesos hasta dar con el método que permita hacer lo imposible.

Singer volvió a encontrarse con él el año pasado, en una breve pieza que da cuenta de una inauguración a la que acudió en Nueva York. Mayor, con la cadera rota y presentando un libro sobre un mago, calígrafo y dibujante alemán del siglo XVII sin brazos ni piernas de nacimiento.

Todo tiene esa textura como de oscuridad y misterio, tan sugerente, tan maravillosa. Míralo y llora.