Buenos alimentos

El tiempo y el temporal

Aquí no hay quien duerma, principalmente porque ya entramos en ese momento del año en el que las persianas, como hámsters, despiertan por la noche y no paran de bailar hasta la madrugada.

Luego —no es menos importante— por la enorme dificultad que plantea salir a la calle, hacer dos recados o atreverse a dar un paseo sin que suponga una odisea. Con la visera calada, la capucha empapada y la playa precintada: no se puede bajar a la arena bajo ningún concepto. Y arrecia, y asoman los pivotes enterrados bajo la arena, hace tanto tiempo.

—Y en verano, ni un metro cuadrado —observa una señora.

Ya van cuatro muertos por el temporal. Nosotros, en Asturias, parecemos vivir en una tensión permanente con el tiempo: siempre llueve, ergo la lluvia no debe asustarnos, ergo esto que pasa es normal, ergo podemos hacer vida «como siempre». La inclemencia nos molesta, pero no queremos asumirla como lo que es: un destierro a casa que nos pertenece casi en exclusiva, una fiereza (borde, incómoda) del entorno que queremos asumir, en cambio, como amable. Es el peaje por lo verde que está todo, ¿no?

Ahí dentro, entre cuatro paredes cálidas, las ideas son como caldo en una olla a presión. Pujan por salir, pero dan un par de vueltas alrededor de la lámpara y vuelven a posarse en el hombro, a seguir incordiando. No es que no puedan salir buenas cosas, pero sí es un proceso (unos meses) más tortuoso, más agónico, más lento —en el sentido impaciente del término— que los meses de más luz.

Lleva lloviendo ya tres días sin parar. Ni un instante, siempre, en todo momento, está lloviendo o el viento se lleva la lluvia un par de calles más allá (y, con ellas, el paraguas). Así es como llegamos a hacer natural este estado de las cosas. No nos parece que llueva mucho, en fin, sino que al fin llega «lo normal» tras un otoño clemente.

Letras magia

Segundo aniversario

Hoy hace dos años que murió mi abuela, dos años que era viernes por la mañana y recibí la llamada y seguí trabajando en mis cosas antes de entender lo ocurrido. Dos años hace que me puse a escribir compulsivamente, en este diario, en el periódico, en enviar la columna del domingo, en Rigoletto, que estaba a punto de estrenarse en Oviedo, en todo.

En cambio, pienso que faltan dos días para que haga dos años que me puse a estudiar mis magias, dos años hace que pensaba que faltaban muchos más para hacer alguna obra propia (ópera, teatro, lo que fuera) y dos años en que hubiera dudado que estuviese, dos años mas tarde, razonablemente satisfecho con lo que desde entonces ha sucedido. Porque todo lo anterior ha ocurrido.

Solo las efemérides así de nítidas nos permiten darnos cuenta de lo que cambian las cosas. No es nostalgia, es asombro: hace dos años no sabíamos quién era Carles Puigdemont, por poner un ejemplo más o menos universal.

En tan poco tiempo pueden ocurrir cientos de cosas, miles, porque nunca suceden poco a poco. Son un simple instante —un chispazo, quizás— al que hay que esperar como a un pez con la caña sumergida en la mar. De pronto, todo se precipita.

He salido a pescar, este domingo, en forma de paseo con un libro de Tamariz bajo el brazo y unas músicas —de las que aún no quiero escribir, invocar— hasta bien lejos, hasta los confines de Gijón. Allí se diluye la luz, se ve todo desde mucho más lejos y me vienen algunas ideas, iluminaciones.

Lo cierto es que no convierto el aniversario en dos años de ausencia, no lo veo como todo aquello que nunca podremos vivir o compartir. Tiene un aspecto más parecido a un bloque, a algo que se ha ido consolidando y solidificando y que puede quedar felizmente integrado en mi paisaje personal. No hay asuntos o cuentas pendientes, solo promesas, códigos, equipajes y maletas que quizás solo me pertenezcan a mí, pero que en todo caso alimentan. Son útiles.

Letras magia

De pasión y perspectiva

¿Qué valor tiene lo que yo le pueda contar a nadie?

Me lo pregunto cada vez que tengo alumnos delante o que, como ahora, reviso y actualizo por enésima vez material propio para otros nuevos. Hablo de sobretitular, de teatro, de ópera e incluso les cuento por qué me apasiona lo que hago.

Digo «incluso» porque van ya unas cuantas promociones y grupos de gente que se lee o escucha la cantinela. Algunos acuden el primer día y no vuelven el segundo. Otros se asoman curiosos. Otros acaban por elegir este camino o uno que se le parezca. Y yo, que pensaba que convenía guardarse estas cosas…

No hay nada de lo enseñado, seguro, que no puedan averiguar por sí mismos. Lo único con lo que a lo mejor no habían tropezado era con el propio camino. Y puestos a ponérselo delante, ¿por qué no empezar por lo esencial, que es por qué lo elegí yo?

Me descubro, en esto y en todo, haciendo un esfuerzo por adoptar no la perspectiva del que sabe y cuenta, sino la del que descubre y se sorprende aun tras los sinsabores, las realidades, los esfuerzos imprescindibles. Qué poco nos vamos fascinando, cuánto terreno ganado tienen el cinismo y el posturismo innecesarios: qué poca falta hace fingir que se está de vuelta de todo, y cuánto se finge.

Hace unos meses ya que en el escritorio tengo un tríptico de espejos. No es para verme la cara, sino las manos al probar un juego nuevo o destrozarme los sabidos. En magia, igual que en todo, hay una premisa infalible para saber si lo que se está proponiendo funciona o no: si no me convence a mí, no puedo convencer a nadie. Hay juegos y manejos, muchos, que vistos desde el frente o los lados se desmontan de un plumazo pero engañan desde el punto de vista de uno.

Hay lógicas internas, sin embargo, que son inexpugnables. Acabo de caer encima de una de ellas, por ejemplo, que remite a ese engaño de lo imposible. Una vez descubierto el secreto, corro a probarlo sin espejo primero, y aunque sea consciente de lo que están tramando los dedos me engaña, me sorprende como si no supiera lo que están haciendo mis propias manos.

Luego, lo pruebo con el espejo. Se ve, no funciona: no puedo compartirlo. Necesita ser pulido, alineado con lo que yo me estoy contando para que sea lo mismo que le estaré contando al espectador. Se trata de una versión del Reset de Paul Harris: cuatro ases en un montón; cuatro reyes en otro. Los ases se convierten progresivamente en reyes. Al final, todo vuelve a su sitio y nadie entiende nada. (No adjunto vídeo porque no he encontrado ni uno que valga la pena. Si nos vemos, estoy dispuesto a enseñarlo.)

Lo que ahora viene es machacarlo hasta tenerlo en dedos. O sea, hasta que la comunicación sea completa y milagrosamente posible: hasta que cuente exactamente lo mismo que me cuenta a mí.

Por ahí, por esa zona, se encuentran los mejores motivos para escribir limpio, crear claro y disparar certero.

Letras

Ni un día

Apenas una semana he tardado en cometer el primer error de publicación de 2019: la entrada de ayer fue escrita con poca cobertura, no publicada y convenientemente adormilada hasta darle al botón hace un instante. Ahora, la tentación es otra: dejar de escribir la entrada de hoy (porque la de ayer ya estaba escrita, pero no publicada, y bien hubiera podido pasar por la de hoy… ¿o no?).

No obstante, no debe pasar ni un día sin anotar algo en este diario. Ese es el sentido de la escritura, se entiende: hacerlo para uno y no para los demás; aunque, bien mirado, ¿por qué habría que publicarlo si está escrito solo para uno? Como siempre, la respuesta es que algo obliga a no «fallar» a quienes esperan que algo aparezca con la fecha del día. Un círculo vicioso habitual.

La cuestión es que paso el día revisando unos textos interminables para entregar. Son puramente informativos y su función, estrictamente comunicativa. Ni se espera ni se pide estilo, solo llegar al final (al grano) cuanto antes. Del modo más transparente posible. Ahí no me resulta muy complicado escribir y escribir y escribir, aunque antes necesite poner en orden las ideas.

Si bien aquí, o en cualquier escritura «para mí», siempre me da guerra buscarle el inicio al siguiente párrafo, en la escritura para contar cosas el problema es el contrario: que se agolpan las ideas y no les encuentro el principio. Solo veo una inmensa pared cubierta de párrafos densos. Un panorama que tengo que apilar (como cincuenta y dos cartas) en un orden que no puede ser ni aleatorio ni erróneo.

Hay que tener mucho cuidado para que una conduzca a la otra. Es como elaborar un repertorio con las canciones que tocamos en los Pin Pals, o con la serie de juegos que pueden formar una sesión de magia. No así con las óperas y las zarzuelas, que tienen la inmensa ventaja de venir con un orden dado. Igual que los textos para traducir. Igual, incluso, que las noticias de estructura hecha: se trata de rellenar los huecos.

Por eso solo se puede escribir un diario así, a diario, y no a saltos o a semanas (como propone alguno).

El orden, aunque sea un poco, es lo único que puede albergar el caos.

Buenos alimentos

Superposición

Hay que saber medir las fuerzas, tener algunas nociones sobre las propias necesidades de sueño, letras, compases y buenos alimentos para enzarzarse en procesos largos y fatigosos. Esta semana que ha acabado, en la que como en una alucinación no entiendo cómo he seguido anotando el diario, ha sido una de ellas. Muchos escenarios, caras nombres, procedimientos, procesos, ciudades, aviones, trenes, buses, metros, horarios y viandas. Un trimestre en siete días.

Se han superpuesto proyectos, todo lo anterior, pero extrañamente ha sido cómodo: hasta placentero. Se acumulan tareas, la concentración baila de un lugar al otro, pero no lo hace con mucho esfuerzo porque la pasión o gusto, en fin, valen lo mismo. Aquí que allá, en la escritura y en los compases, en las músicas y magias. Todo es uno cuando el sueño tiene buena calidad, cuando la duermevela ilumina las horas siguientes y las sonrisas abundan.

Hasta los diferentes rocíos del amanecer, de las ciudades desperezándose, tienen alguna relación entre sí.

Si hay una moneda crucial en todo ello es la noche: la televisión del vecino acaba de callarse; y a ciertas horas no se escucha ni la manecilla de un reloj, que también marcha a dormir. A veces, no pocas, he llegado a esas horas —las más fértiles, suspendidas entre días y con la ciudad en silencio— por su puerta gloriosa, la principal, la heroica, que pasa por dejar que transcurra el tiempo hasta llegar allí.

El reverso de la moneda, entonces, es anticiparse al alba, llegar el primero en lugar de marchar el último. Así se le arañan horas al día que se le roban, a su vez, a la creatividad, pero tornan la vida un lugar mucho más resolutivo. Se llega a todo, se escribe más. Se lee menos, es verdad.

Hay un regalo adicional, que para mí pierde valor en los meses de calor: es ver el mundo desperezarse, a la gente tomar la calle a primerísima hora al asalto y no por derrota. Saltar de la cama, la placidez, para salir a por el día antes de que él mismo llegue; o lo que viene a ser lo mismo, los boletines de la radio, disparados, con el olor de café recién hecho y las tostadas crujiendo en la tostadora. Todas las luces encendidas, a la espera de una nueva semana.

Buenos alimentos

Madrid por flanco sur

El tren que une Madrid y Sevilla, Sevilla y Madrid, es un poco como una extensión de una avenida andaluza que desemboca en la Puerta del Sol. Hay una mezcla de turistas —que compran billetes como quien va de paseo al campo— y un relajo, entre los viajeros, que contrasta radicalmente con el estrés aeroportuario.

Aquí el estrés es otro y es más moderado, porque a fin de cuentas, si lo pierdes hay otro. Se hace extraño pensar que hay la misma distancia entre ciudades, o quizás algo más, que entre Madrid y Gijón; sin embargo, cuando se baja de Asturias a la capital la llegada suele ser heroica, de viaje puro, A6 mediante. Aquí, en cambio, parece que se agarra un cercanías: en dos horas y media se planta uno en la capital, rodeado de gente ligera de equipaje pero cargada de quehaceres importantes. Y gestos graves.

No es lo mismo entrar en Madrid por su Norte que por su Sur. Por arriba hay corteza, protección, y se va viendo llegar el perfil de las cuatro torres desde mucho antes; por abajo nada, hay prao, prao y ovejas, con más o menos intensidad de almacenes, desguaces, cementerios, urbanizaciones, casas, pueblos, campos y naves hasta que de pronto, Madrid se materializa. Y ya estamos aquí otra vez.

Buenos alimentos

El clásico aislamiento

Ya han lanzado la alerta, la tradicional alerta por estas fechas, de que es mejor no intentar llegar a Madrid —cruzar las montañas hacia la límpida y resquebrajada Castilla— en coche por la nieve; lo mismo el tren va detrás. Mañana, sin embargo, las salto por encima, pero mucha gente va a quedarse atrapada y se nos va a instalar la sensación de estar aquí, aparcados, inundados de una gripe criminal.

Es sorprendente la poca gente que hay por la calle, lo vacíos que están los bares y esta calma, aislamiento, encerramiento que ha sucedido a las Navidades. Como si quisiéramos dejar patente que se acabó la fiesta y, para eso, nos hubiéramos esfumado.

No se sabe qué puede resultar cálido y acogedor ahora, ahora que con el fin de los festejos también llega la obligación de moverse en plena ola de frío, temporal intempestivo. Embozarse, abrigarse y posiblemente quedarse a resguardo cuanto se pueda, que es bastante poco. ¿Podremos saltar las montañas?

Buenos alimentos

Sórdido y jovial

Hoy hemos cumplido una semana de año, y en Asturias solo hablamos de ocho personas, u ochocientas: hay siete chavales que decidieron subir al Angliru en coche en la peor nevada del invierno, de madrugada; y hay un ladrón de cobre que por segunda vez en poco tiempo intentó suicidarse en la cárcel de Villabona, esta vez con éxito, para resucitar al cabo de unas horas cuando estaban a punto de hacerle la autopsia.

El técnico de emergencias que atendió a los del coche ya ha saltado a la fama porque, ante la protesta de que ellos habían subido en un 4×4 les respondió que «sí, cuatro por cuatro dieciséis»; y el no muerto, porque su familia haya declarado a los medios que primero creyeron que era un milagro de Dios; ahora (que han hablado con un abogado) ya saben que es una negligencia médica.

Aquí funcionamos así, obviando el milagro y fijándonos en el célebre, gallu, grandón, absurdo, personaje más extravagante de la catástrofe. El que siempre tiene un exceso en la manga cuando el resto llora. Lo admiramos, nos reímos y, qué demonios, lo juzgamos: hasta cierto punto nos alegra la existencia.

Mal de muchos, consuelo de tontos —dice el dicho—; mal de muchos, epidemia —sentencia un cliente—.

Buenos alimentos

Nieve en la autopista

No viajaba hoy, ni anoche, pero me cuesta extraordinariamente poco imaginar la velada a la que han sido sometidos los viajeros del ALSA en plena autopista. Un temporal de nieve en la de peaje que une Madrid y Asturias, casa y casa, ha dejado atrapados a cientos de personas sin agua, pero con cobertura de móvil.

De haber estado ahí metido es casi seguro que habría empezado un Asesinato en el Orient Express del siglo XXI, visto que los viajeros cada vez necesitan más una película, batería en el teléfono y el tranquilizador zumbido azul de una pantalla. De qué no habrán sido capaces en plena angustia, sin saber cuánto tiempo iban a pasar allí metidos, al ver menguar el porcentaje de batería disponible.

Esperamos, siempre, que el asfalto que con denuedo pagamos convierta el camino en algo sencillo, evidente. Damos por hechas las horas del viaje, solo consideramos el inicio y el final y casi no llegamos, normalmente, ni a respirar el aire que está por en medio. Cuando eso se interrumpe y las previsiones fallan nos giramos, indefectiblemente, al Estado, a reclamarle que nos dé todo aquello que por derecho es nuestro.

Luego llega la UME a sacar a la gente de los coches, abandonados, y cuando se hayan dado una ducha caliente y se hayan cambiado de ropa empezarán a llover las reclamaciones no ya por la evidente chapuza, sino por la insuperable incapacidad para dominar el tiempo, el clima. A alguien habrá que echarle la culpa, pero no va a ser sencillo.

Compases

Temporal

Aparte del ya tradicional derribo de parte de las infraestructuras costeras, las fotos de gente a la que le falta un hervor corriendo delante de las olas y el gusto que confieren las naturalezas embravecidas, esta tarde se ha declarado un incendio en un desguace que me está inundando el Facebook.

Una máxima infalible cuando se alinean de este modo las catástrofes es mantenerse lejos, lo máximo posible, para evitar cualquier mal. Es decir: la lluvia, el viento y las tormentas o temporales tienen sentido cuando se pueden ver desde la placidez del hogar, detrás de la ventana y sin que salpiquen. Lo inhóspito, fuera, lejos: como lo malo.

No sabía que en El barbero de Sevilla había un temporal (no sabía que en Sevilla hubiera temporales, en general) hasta que estudié la obra. A lo mejor, porque los temporales en Rossini no parecen tales, sino que se asemejan a esa sensación de ver el cielo desplomarse… al otro lado del cristal. Así suena: