Buenos alimentos

El tiempo y el temporal

Aquí no hay quien duerma, principalmente porque ya entramos en ese momento del año en el que las persianas, como hámsters, despiertan por la noche y no paran de bailar hasta la madrugada.

Luego —no es menos importante— por la enorme dificultad que plantea salir a la calle, hacer dos recados o atreverse a dar un paseo sin que suponga una odisea. Con la visera calada, la capucha empapada y la playa precintada: no se puede bajar a la arena bajo ningún concepto. Y arrecia, y asoman los pivotes enterrados bajo la arena, hace tanto tiempo.

—Y en verano, ni un metro cuadrado —observa una señora.

Ya van cuatro muertos por el temporal. Nosotros, en Asturias, parecemos vivir en una tensión permanente con el tiempo: siempre llueve, ergo la lluvia no debe asustarnos, ergo esto que pasa es normal, ergo podemos hacer vida «como siempre». La inclemencia nos molesta, pero no queremos asumirla como lo que es: un destierro a casa que nos pertenece casi en exclusiva, una fiereza (borde, incómoda) del entorno que queremos asumir, en cambio, como amable. Es el peaje por lo verde que está todo, ¿no?

Ahí dentro, entre cuatro paredes cálidas, las ideas son como caldo en una olla a presión. Pujan por salir, pero dan un par de vueltas alrededor de la lámpara y vuelven a posarse en el hombro, a seguir incordiando. No es que no puedan salir buenas cosas, pero sí es un proceso (unos meses) más tortuoso, más agónico, más lento —en el sentido impaciente del término— que los meses de más luz.

Lleva lloviendo ya tres días sin parar. Ni un instante, siempre, en todo momento, está lloviendo o el viento se lleva la lluvia un par de calles más allá (y, con ellas, el paraguas). Así es como llegamos a hacer natural este estado de las cosas. No nos parece que llueva mucho, en fin, sino que al fin llega «lo normal» tras un otoño clemente.

Buenos alimentos

Un mercado

Los mercados se han convertido en lugares bastante de moda. De cuando en cuando y con la cartera bien nutrida acuden algunos a dejarse los cuartos en viandas extraordinarias, a hacer compras excepcionales y de paso a excursionar un poco entre los puestos.

Yo he sido uno de ellos, porque he vivido mucho tiempo con la (auto)promesa de hacer allí la compra tantas veces como fuese posible. Al final, por prisa, vagancia o proximidad siempre me he acabado rindiendo a los encantos del supermercado de la esquina, con sus tomates de corcho y sus frutas incomibles.

No obstante, últimamente sí he logrado hacer el esfuerzo de ir al menos dos veces por semana a buscar en aquella jungla, porque no cocino solo para mí. He aprendido varias cosas por el camino, pero la principal ha sido dejar la timidez aparcada y empezar a preguntar sin complejos. Qué es ese pez, a qué sabe esa seta y cómo cocino ese trozo de carne. La segunda, contención y orden. La tercera, que se come mucho mejor. Y no más caro.

Me voy dando cuenta de que en esta plaza circular la confianza también es un grado, y me voy fijando en las amas de casa (en su mayoría, experimentadas) que no tienen empacho en regatear con la pescadera de toda la vida si creen que las está engañando. No tienen vergüenza y quieren, ellas también, verle las agallas a ese rey. Hay una especie de intercambio sin pudor, pero muy sano, como lanceo inocente para darle aún más sentido al acto de alimentarse.

Como experiencia, por tanto, el mercado es bastante más intenso que el aséptico supermercado. En los supermercados observo cómo la clientela suele tener más prisa y ser consciente, además, de que lo que tiene ante sí son empleados y no responsables.

En el mercado, sin embargo, hay potestad para pedir al de un puesto y comparar con el de al lado; la variedad es muchísimo mayor y las posibilidades de estar infringiendo algún código interno, desconocido, son mayores también. O sea que el esfuerzo no solo estriba en ir hasta allí: también en salir con bien. Pero la recompensa merece la pena.

Compases

Depedro en Gijón

Hace años que sigo a Jairo Zavala y a sus distintas bandas. Me volvía loco Vacazul; 3.000 hombres daba sentido a aprender a tocar otros estilos de bajo y Depedro lo confirmó, hace mucho ya, como el que posiblemente sea el mejor cantante e instrumentista que anda circulando por España. En mi opinión, claro.

Pero es que hay cosas que son objetivas: hace tres años estuvo en la Plaza Mayor de Gijón con Caléxico y no nos podíamos creer que aquello estuviese ocurriendo allí y estuviese ocurriendo gratis.

El caso es que el fin de semana pasado Zavala volvió aquí, esta vez al Jardín Botánico. Y no sabíamos si venía solo o acompañado, con banda o en acústico. Al final —puede que de haberlo sabido me lo hubiera perdido, me hubiera arrepentido— vino con una guitarra y nada más.

Lo primero fue temor. Al poco, relax, con esa presencia y tablas y voz que gasta. Y al fin, una especie de epifanía: todo vendido y una cantidad sorprendente de fans que se conocían el repertorio de arriba abajo. Una oscuridad veraniega, una temperatura ideal y un artista en estado puro (por satisfecho, cómodo). No se le puede pedir más. Solo que vuelva, que vuelva muchas veces.

Compases

Temporal

Aparte del ya tradicional derribo de parte de las infraestructuras costeras, las fotos de gente a la que le falta un hervor corriendo delante de las olas y el gusto que confieren las naturalezas embravecidas, esta tarde se ha declarado un incendio en un desguace que me está inundando el Facebook.

Una máxima infalible cuando se alinean de este modo las catástrofes es mantenerse lejos, lo máximo posible, para evitar cualquier mal. Es decir: la lluvia, el viento y las tormentas o temporales tienen sentido cuando se pueden ver desde la placidez del hogar, detrás de la ventana y sin que salpiquen. Lo inhóspito, fuera, lejos: como lo malo.

No sabía que en El barbero de Sevilla había un temporal (no sabía que en Sevilla hubiera temporales, en general) hasta que estudié la obra. A lo mejor, porque los temporales en Rossini no parecen tales, sino que se asemejan a esa sensación de ver el cielo desplomarse… al otro lado del cristal. Así suena:

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Ensayo (fin de año)

El viernes volvemos a tocar en Savoy, bien de noche, y calculo que con un récord de canciones estrenadas. El repertorio se multiplica pero la memoria no falla: este año ha servido para asentarlo, pero sobre todo para retomarle la medida a los trastes y a las cuerdas. A los quehaceres del resto, claro está: a entender los temas al vuelo. A fijarlos y no olvidarlos.

Estos últimos días del año van a servir para hacer balance, porque encaja bien que haya cuadrado ir a terminarlo con una buena traca final, con un concierto largo y cálido, o así se espera: volaba el cava, los dulces y llovían folios de los atriles desperdigados. Ayer todo el mundo estaba descansado, aunque cansado, y por la calle ya no había ni un alma. Solo contenedores rebosantes.

Hoy sopla un viento ululante, de los que nos despejan el cielo en Gijón. Encallan los correos, se apoltronan las polémicas y abundan los anuarios en prensa, esos que le ponen un celofán de acontecimientos a lo que a cada cual le haya ido sucediendo. Los anuncios de Navidad, la misma búsqueda emotiva o los martes barnizados de lunes, los lunes de martes (porque queda muy poco para el viernes).

Buenos alimentos

El incendio

Sonó el despertador, de buena mañana, y me convencí de que había cambiado la hora sin que me enterase o me había equivocado al programarlo. Normalmente, a esa hora se ve a través de la ventana el cielo que se va formando, y que más o menos establece el día. Entonces di la vuelta y seguí durmiendo: al cabo de una hora no había duda posible de que ya tenía que ser de día, pero lo que se veía era como si la ventana tuviese un filtro naranja, como esos que ponen en las confiterías para evitar el sol.

«Estás soñando. Es un sueño.» Aunque algo no encajaba: en sueños nunca existe esa pesadez de ojos, ese repentino reconocer las piernas, desentumecer los brazos, salir de la cama. Y que en el aire alucinado huela a ceniza, y que en efecto el mundo esté naranja, como cuando de noche se forman demasiadas nubes. Pero ya era entrada la mañana.

La explicación era una cantidad inenarrable de incendios que están asolando el cuarto noroeste de la Península, y que unidos al viento sur nos los han traído hasta aquí mismo a modo de recordatorio de lo que está ocurriendo.

Al cabo, tenía en el pelo una pasta, partículas de humo o de ceniza y un olor sutil pero constante; un picor ominoso que ha viajado más de cien kilómetros antes de llegar a posarse en la piel. Es angustioso que por la mañana simplemente no se haga de día.

Con la esperanza, aún ahora, de que escampe, de que pare. ¡Que se acabe!

Buenos alimentos

Volver a Asturias en avión

Todo parece una manta hasta llegar a Asturias desde Madrid, que entonces se convierte en un mantel de color verde con un montón de migas acumuladas en los pliegues. De entre todo el montón, en esta tarde soleada, un escarabajo blanco, enorme, un poco baboso:


Eso no puede ser más que Oviedo y su Calatrava, el campo San Francisco y la carretera hacia Gijón. No lo llegaremos a ver del todo, casi no se aprecia porque justo entonces empieza a virar el piloto hacia la izquierda. A lo lejos, muy a lo lejos, se adivina una silueta recortada contra el mar:


Eso de allá atrás, encapotado, es Gijón. Ha debido de sacar el tren de aterrizaje porque hay un ruido tremendo en la cabina, y estamos completamente ladeados. Aunque aún alcanzo a ver medio huevo cocido que ha debido de resbalarse de la ensaladera:


Eso tiene que ser Avilés. Estamos a punto de aterrizar, de nuevo, en casa.

Buenos alimentos

El día después o el cielo tras la tormenta

Al bajar de casa, estaba humeando el toldo de la sidrería de enfrente. Acababa de abrir el día después de un chaparrón monumental por la mañana, y era el día después: anoche, los Pin Pals tocamos en el Savoy.


En ese escenario, igual que en los que lo han precedido, han sucedido muchas cosas. Ha tocado mucha gente. Ha habido muchas bandas y los más jóvenes del lugar hemos fantaseado, hace mucho tiempo, con subirnos a él alguna vez. Ayer ocurrió: ayer presidimos la noche desde allí cinco amigos.

Quiero decir, sin ánimo de sumarle un gramo de épica a lo ocurrido, que fue una noche feliz y extenuante. Ahora nos recuperamos, y nos mandamos mensajes pastelosos porque lo hemos conseguido.

A Gijón, y a nosotros mismos, nada nos sienta mejor que el cielo después de una tormenta de septiembre.

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Mirando pa ti

Anoche estuvimos rematando flecos para el concierto de esta noche de los Pin Pals en el Savoy, en Gijón, a la medianoche. Tocamos algunas cosas de la semana pasada, sorteamos los errores y nos aseguramos de que todo el mundo tiene su camisa dispuesta para esta velada especial. También se nos ocurrió hablar de algo que saltaba a la vista: que había que mirar más al público.

No hará falta que explique, a cualquiera que haya tocado o hablado en público, que el primer impulso (y natural) es buscar cualquier asidero que no pase por mirar a los ojos a la gente que está escuchando. Te puedes llevar una sorpresa desagradable, si hay una media sonrisa o una cara de desaprobación; o si están bebiendo cerveza en lugar de fijarse en ese fraseo que tanta guerra ha dado. 

En mi caso, no obstante, el tic viene dado porque ensayamos en círculo, de manera que estoy acostumbrado a verles las caras y las manos a Willy, a Pablo y a Rubén. Es un poco desconcertante no verlos, solo oírlos (y además hacerlo mirando a una masa de gente), de manera que la tendencia natural es a poner todos los sentidos en lo que ocurre al lado, y no en lo que ocurre enfrente.

El remedio vino dado a la mitad del recital del viernes, más o menos, cuando el público era un conjunto con el que se podía dialogar. Me refiero a que donde sabíamos que algo iba a estallar estallaba, y que donde iban a relajarse, se relajaba. Esa es una pequeña comunión de las que suponen una victoria, de las que alientan una conversación y no un monólogo, que es lo peor que cualquier artista puede hacer.

Hablar para otros, o tocar para otros, implica mirar pa ti.

Buenos alimentos

El lunes era una fiesta

Que septiembre se acerca inexorablemente es una obviedad, y así lo atestigua la paulatina reducción de fotografías de pies en playas, la irrupción de la agenda política y la profusión de proyectos que se van acumulando. Los deberes, la cartera nueva, el papel limpio y, por supuesto, el asalto a la papelería para tener bolis nuevos, lápices filosos y gomas impecables.

Se van a amontonar virutas de papel borrado, claro, y por eso el lunes se parece un poco más que el último y un poco más que el próximo a un lunes en condiciones normales. No obstante, hoy, este lunes es fiesta. En Gijón es la antesala de la patrona: hoy se tiran los fuegos artificiales bajo un cielo sospechoso (pero nada que ver con la bruma del año pasado) y mañana, a lo mejor, va a ejercer de despertador el restallón.

Hoy nos encontraremos. La calle se siente bulliciosa, a punto del colapso: se nota que debería ser lunes pero, en efecto, no lo es. Nadie quiere que lo sea, y en ello pone tanto empeño como puede.

Organizo. El lunes no da para más: tareas mecánicas, listas ambiciosas y lecturas lentas, abotargadas por el calor o por la certidumbre de que el cielo se va a poner rojiblanco en unas pocas horas.

Se busca la sustancia de los relatos, la inspiración de las puestas en escena y el material del que estén hechos los triunfos. No aparece, o a lo mejor se ha vuelto invisible: si bien este tipo de días nunca son una mina per se, también se antoja más que probable que todo el mundo haya decidido suspender las responsabilidades por un día. Eso nos hemos dado: el olvido, la mascarada y el ocio puro y simple.