Letras

Los días cargados

Lo más peligroso de los diarios —creo que ya lo he anotado alguna vez— es cuando dejan de serlo. El día crítico no es el que no se escribe, sino al siguiente: hoy.

Ayer tenía que hacer una cantidad absurda de cosas y, al terminar, había media hora suelta para escribir. Media hora porque sí, media hora sin preparación previa y la hoja en blanco. No, no va a pasar nada por no ponerse a escribir… O sí, por si acaso mejor hacerlo. ¡Disciplina, disciplina!

Lo peor es que todas las conversaciones y observaciones previas forman parte del tipo de cosas que uno no puede, ni debe, anotar en un diario (se publique o no) de inmediato. Hablamos de despedidas, de llegadas, de posibilidades y de porvenires. Hablamos de teatros, de libros, de autores, de risas, de ideas, de proyectos. De anchoas, de periódicos y de tiempos remotos. De cobardes y de valientes.

Son cosas demasiado grandes para ponerlas negro sobre blanco y dejarlas ahí. Requieren de un poco de ponderación: no son una receta de arbeyos y calamares, y encima pueden comprometer varias cosas. La principal de ellas, la propia percepción del mundo.

Precisamente hablábamos de lo complicado que es hacerse una película de la propia vida, con sus planos, sus diálogos y escenas bien separadas. A lo mejor (a lo mejor no, seguro, lo he comprobado porque ya ha ocurrido) cuando se emprende esa tarea directamente, cuando anotas lo excesivo en un par de párrafos, al cabo de poco tiempo no te reconoces.

Tampoco reconoces lo que dices, lo que sientes, lo que ves y lo que escribes, por tanto. Parece haberlo hecho otra persona y, de hecho, así es: cuando se escriben las entradas sin digerir ni madurar no son las propias manos las que actúan, sino las de alguien que intenta entender y procesar al mismo tiempo que trata de sintetizar y narrar. Una locura inasequible.

Letras

Ni un día

Apenas una semana he tardado en cometer el primer error de publicación de 2019: la entrada de ayer fue escrita con poca cobertura, no publicada y convenientemente adormilada hasta darle al botón hace un instante. Ahora, la tentación es otra: dejar de escribir la entrada de hoy (porque la de ayer ya estaba escrita, pero no publicada, y bien hubiera podido pasar por la de hoy… ¿o no?).

No obstante, no debe pasar ni un día sin anotar algo en este diario. Ese es el sentido de la escritura, se entiende: hacerlo para uno y no para los demás; aunque, bien mirado, ¿por qué habría que publicarlo si está escrito solo para uno? Como siempre, la respuesta es que algo obliga a no «fallar» a quienes esperan que algo aparezca con la fecha del día. Un círculo vicioso habitual.

La cuestión es que paso el día revisando unos textos interminables para entregar. Son puramente informativos y su función, estrictamente comunicativa. Ni se espera ni se pide estilo, solo llegar al final (al grano) cuanto antes. Del modo más transparente posible. Ahí no me resulta muy complicado escribir y escribir y escribir, aunque antes necesite poner en orden las ideas.

Si bien aquí, o en cualquier escritura «para mí», siempre me da guerra buscarle el inicio al siguiente párrafo, en la escritura para contar cosas el problema es el contrario: que se agolpan las ideas y no les encuentro el principio. Solo veo una inmensa pared cubierta de párrafos densos. Un panorama que tengo que apilar (como cincuenta y dos cartas) en un orden que no puede ser ni aleatorio ni erróneo.

Hay que tener mucho cuidado para que una conduzca a la otra. Es como elaborar un repertorio con las canciones que tocamos en los Pin Pals, o con la serie de juegos que pueden formar una sesión de magia. No así con las óperas y las zarzuelas, que tienen la inmensa ventaja de venir con un orden dado. Igual que los textos para traducir. Igual, incluso, que las noticias de estructura hecha: se trata de rellenar los huecos.

Por eso solo se puede escribir un diario así, a diario, y no a saltos o a semanas (como propone alguno).

El orden, aunque sea un poco, es lo único que puede albergar el caos.

Compases

Voces rotundas

Vuelvo al vértigo: hoy ha arrancado un nuevo libro, documental o ejercicio de travestismo literario: abandonar la voz para adquirir otra —que aún no tiene forma en papel, que aún no es—. Solo encerrándose a escuchar tres horas puede uno entender, entre la rotundidad y las notas, lo poco que se sabe. A partir de ahí, como ya ocurrió en Cuestión de oficio, empiezo a borrarme, a desaparecer.

El placer de la escucha solo es comparable al privilegio de poder dejar balones botando y que otros los rematen a puerta. Como cualquier portero, se suele tratar de adivinar si va enfocada a la escuadra o si viene rasa y veloz, pero he aquí el privilegio: que suelen adquirir trayectorias imprevisibles. Eso fragua los relatos, construye las historias.

Por esta vez —es pronto para revelar al protagonista— hemos empezado por un mapa antes que por un índice, de modo que el trazo sea lo más abierto posible y se vaya cerrando, ciñendo, decantando hasta tener las cuatro o cinco gotas valiosas que formarán el resultado final. En fin: de vuelta al ruedo.

Letras

Un premio

El jurado acuerda… Lo siguiente que oigo es El ortiguilla, que identifico como mi relato, y accésit. Luego unas cosas muy bonitas, pero poco más: ayer premiaron una cosa que he escrito y no mucha gente ha leído en el certamen joven Tigre Juan de relato corto. Y eso es para estar contento.

Veamos, ponderemos, la satisfacción que puede dar un premio. Lo primero tiene que ver con el gusto, obvio, de que algunas personas lean una cosa visceral y propia y la aprecien. Eso entra dentro de la categoría de halago, aunque más por cimentar la fe que por suponer un triunfo. Quiero decir: no encuentro satisfacción en ser mejor que el resto de participantes porque no se sabe qué es ser mejor —toda vez que se supone un estándar unánime, conjunto, y que todo lo que sobresalga de ahí es opinable, tan subjetivo como lo escrito—.

Lo segundo es haber podido hacerlo. Se supone, se entiende que es cuestión de práctica, prueba y error poder defender un texto: luego viene todo lo demás, ya digo, que tiene que ver con el fondo y el tema y los personajes y el ritmo y la puntuación y la atmósfera. O sea: la constatación de ser capaz de escribir un cuento.

Lo tercero es presenciar la alegría de «los mayores», en este caso, gente como Pedro Mairal (que ganó el Tigre Juan de novela con La uruguaya) y Juan Gómez Bárcena (finalista con Kanada): compartirla, oírlos hablar y, qué demonios, fantasear con intentar su gesta (¡una novela entera y verdadera!). Se puede, se vale: las dos colegas premiadas, María Abella y Raquel Blanco, se llevan la misma sensación.

Lo cuarto es que todo lo anterior abruma un poco, y lejos de aupar dos palmos sobre el suelo sirve para constatar lo que queda por delante: no con miedo sino con hambre. En fin, que queda lejos pero esto se puede andar: se vale colgar el galardón de la pared y mirarlo de reojo, no cuando asalte la pereza, sino el vértigo.

Letras

Un poco más largo y levemente más tarde

Ya son casi las diez y apenas se ha hecho domingo. Javier Marías lleva algunas semanas inquieto porque, según ha repetido en un par de ocasiones, sus columnas se publican dos semanas después de que las escriba: a lo mejor por eso se leen con interés, porque no ha podido evitar, en todo octubre, escribirlas sobre lo que estaba ocurriendo en torno, pero no nos hemos enterado hasta ahora. Es decir, son como cartas desde el pasado: eso es fascinante.

La de hoy versa sobre las cargas policiales del 1 de octubre en Barcelona, que sabe Dios dónde han quedado ya: son casi las diez porque hoy se ha impuesto escapar a lo corpóreo y lo inusual que está cambiándole el rostro a España, no leerlo o deglutirlo hasta ahora. Ha sido una semana extraordinariamente larga: empezó el lunes con un amanecer que no fue, ardió una cantidad imposible de montes; fueron y vinieron los ultimátums, se entregaron los Premios, perseguí a un poeta y me encontré a otro. Ha sido como correr sin darse cuenta de la velocidad a la que se movía el suelo.

Por un lado, las músicas, las letras y los buenos alimentos funcionan como catalizador de todos estos instantes; pero por otro, toda vez que la ceniza cubre de polvo las ventanas, se antoja complicado abstraerse, casi parece frívolo rehuir la actualidad y enfundarse las calzas de juntaletras, de tocador o de cocinillas. Es un equilibrio algo difícil, este, entre estar a la altura del momento y permitir que nos coma.

Estos días en los que la política está tan presente y la catástrofe se hace tan tangible dan la sensación de que no se tiene mucho control sobre lo que ocurre. Es de suponer que quien ha escogido las artes lo ha hecho, en alguna medida, por creer sinceramente que tiene la potestad de registrar lo sucedido, alegrar lo vivido o subrayar lo relevante; y no obstante pareciera que estas inercias, todas, han cobrado vida propia.

No tiene por qué ser una sensación negativa o amarga, pero el hecho es que es compartida. Lo noto leyendo a Marías y sus cartas desde el pasado; y lo noto también en la molicie que se está apoderando —ya lo anotaba ayer— del común de las personas, toda vez que se van acomodando a este letargo entre otoñal y prerrevolucionario. Como si todo hubiese coincidido.

A lo mejor también es la espera, la incertidumbre que provoca no saber cuál es el próximo paso, la que nivela los días y los hace parecerse tanto entre sí. De cuando en cuando, entonces, no hay que poner tanta disciplina en masticar los hechos como se hace habitualmente, sino en adaptarse y reivindicar que los domingos, al menos, siguen siendo tales.

Letras

Esperando al poeta

De verdad que Asturias sigue oliendo a ceniza, aunque no sepamos ya si es imaginación o resto. Y no ha roto a llover, como se prevé, con la intensidad que pueda limpiarlo todo.

Estoy en un auditorio enorme esperando a un poeta ilustre, que ha venido a encontrarse con los lectores. Estamos a cuatro minutos de que aparezca y, con su presencia, llene una de las dos sillas vacías y ponga fin a este cuadro, que bien podría ser el escenario de un relato (conflicto: una espera; trasfondo: un bochorno insospechado y ceniza por los aires), a lo mejor de una obra de teatro.

Esta es una obra grande, que tiene unos pocos años y es de un color blanco supuesto. De cerca ya no lo es tanto, sino que exhibe manchas y desgaste. El Norte no está hecho para auditorios inmaculados.

Van cerrando las puertas. Llegan los mandamases, bajan la luz. Todo se pone violeta, y se hace el silencio: el poeta ha llegado.

Letras

Conversaciones con gente interesante

Hay un libro glorioso que todo periodista, o no tanto, debería leer. Es una parodia que escribió Manuel Vázquez Montalbán, que se llama Mis almuerzos con gente inquietante. Está bastante desaparecido, no es fácil de encontrar pero existir, existe. En él Montalbán cuenta tres cosas: qué han comido, por qué le inquieta el personaje y de qué han hablado. Y caben ahí desde el duque de Alba hasta Bibi Andersen, así son las cosas.

Pero lo interesante ni siquiera son los titulares que le dejan, que por haber hay unos cuantos, sino el dominio de la conversación que exhibe. Es muy desapegada, altiva casi, como parecía Montalbán hasta que uno entendía que era así y que era un genio. Es muy difícil llegar a charlar con la gente, colar un punto de vista y no parecer un perfecto idiota o un petulante. Él era un maestro en eso, un maestro al que estos días se echa mucho de menos.

Entre todo el barullo, ha sido un día ecuatorial para la semana, un día de esos en los que se habla con mucha gente, en general importante e interesante pero no excesivamente inquietante —todas esas cosas subjetivas a más no poder—. Para tranquilidad colectiva, hemos hablado de todo menos de Cataluña, y el alivio ha sido absoluto, total. Sobre todo, por recordar que se puede hablar, polemizar, debatir y rascar sobre más superficies que esa.

Ay de nosotros cuando el mundo se vuelva a poner a girar.

Letras

El mismo cielo (o uno similar)

Seguro que no es verdad, que son solo impresiones distorsionadas, pero cada vez que marcho de viaje llueve. Un poco, lo justo para despedir Asturias y llegar a la estación. A partir de ahí, en caso de avión, se despega entre una niebla espesa, y entonces llega ese momento en que el comandante supera las nubes, apaga la señal luminosa de los cinturones y solo sobresalen los Picos de Europa.

Desde ese momento, el cielo es prácticamente igual, se vaya hacia el Oeste, el Este, el Norte o el Sur. No importa hacia dónde ha sido esta vez; importa que si ahora subiese una fotografía del atardecer y una cerveza resultaría complicado discernir de qué ciudad se trata. Todo lo demás son hormiguillas, desde el aire, sentimientos o desazones.

Me he traído, como por instinto, La vuelta a Europa en avión de Manuel Chaves Nogales, que todo lo contempló a lomos de un aeroplano, de Madrid a Rusia, para concluir que al hecho de volar aún le hacía falta poesía por aquellos años 20 y que, desde arriba, todo era menos hermoso y más parecido entre sí.

Quede el misterio, pronto resuelto.

Letras

Fruta madura

Las ideas son como fruta madura: es agradable ver cómo se hace en el árbol y mirar con impaciencia a ver si cae de una vez al suelo; es fantástico arrancarla y arrearle un mordisco allí mismo; es un regalo lograr que caiga sola, cuando decida la rama y venza, y abalanzarse sobre ella. Así se hacen los cuentos.

Acabo de terminar uno que lleva escrito, colgado de la rama, un buen tiempo. Era una idea a la que le calculo cuatro meses, de cuando el verano asomaba, que anoté en el reverso del cuaderno marmolado. Que no escribí entonces, que no recogí, que me quedé mirando cómo trataban el viento, el sol y la lluvia ocasional.

Hoy, con la rama ya muy combada, hundida; con la historia lustrosa y gorda, por fin ha vencido y se ha caído. Al acercarme corriendo, muy emocionado, a contemplarla de cerca apetecía no tocarla mucho, no manosearla. Solo utilizar los dedos para abrirlo por la mitad y ver lo que había dentro. Jugo, concentrado pero suficiente, y carne en abundancia para darle una vida o dos.

Teclear, teclear… Habría sido fácil rematar la faena, o podría haberlo parecido: no lo ha sido. Un placer, sí, pero por haber sido pacientes. 

Habemus relato.

Letras

Otoño

Cuentan que el otoño entra mañana a las 20.02 horas, pero ya es bastante evidente que es mentira: hoy es otoño y, por primera vez en algún tiempo, no hay ningún viaje a la vista.

Leo con voracidad insólita, escribo con un recogimiento sereno y se me ocurren ideas contenidas, minuciosas para relatos, espectáculos, efectos, pantomimas, sueños, versiones, óperas y barajas. Son las consecuencias inmediatas del otoño, de que a las siete y cuarto ya sea prácticamente de noche, llueva fuera y apetezca quedarse un rato más entre las páginas de un libro.

Las mañanas se van a volver empinadas; las tardes, sombrías; y todavía vamos a saludar con más efusividad los eventuales domingos de sol que tenemos por delante, en lo que resta de 2017.

Es un momento, también, algo particular en lo tocante al diario: empiezo a atisbar a la vuelta de la esquina el primer aniversario de la determinación que nos ha traído hasta aquí, y que solo ha conllevado cosas buenas. Las tardes de lluvia —que seguro están regando, las señoras de la calle Corrida, con chocolate y con churros— son el preludio contenido a la expansión de la primavera, son la cristalización de las cosas, la decantación de las ideas y la curación de las frases potentes.

No hay que negar que dan algo de vértigo, lo que en tiempos daríamos en llamar miedo a que no haya otra banda sonora más que la de la lluvia. Eso ocurre porque ahora, de pronto (hoy es San Mateo) se van a apagar todos los bocinazos que amortiguan el sonido de los pensamientos, se van a callar los guajes y los acordeones y las gaitas entrelazados con las ganas de anotar cosas. Ahora, por fin, nos quedamos solos ante todo lo acumulado. Y lo cierto es que apetece. Hasta marzo, al menos…