Letras

La novela que no has escrito

No necesitaba una certeza, pero sí un pequeño empujón para ponerme a escribir la famosa novela que no hemos escrito nunca los que decimos que escribimos y a los que se nos supone la escritura.

He pensado mucho sobre la parálisis o, mejor, sobre el motivo por el que siempre antepongo (anteponemos) otras cosas a la redacción de un manuscrito. Estoy casi seguro —lo acabo de verbalizar— que tiene que ver con una profunda falta de confianza en que el resultado, después de todo el esfuerzo, vaya a ser legible y a valer la pena.

En segundo lugar, como consecuencia de lo anterior, con que nadie vaya a querer publicarlo, ni mucho menos leerlo.

Es una utopía pensar que la escritura se hace para uno solamente, que los textos se escriben para quemarlos luego y quedarse con la íntima satisfacción de haberlos completado. Yo lo reconozco: escribo, toco, dirijo, pienso, ensayo y trabajo porque albergo la esperanza de que el resultado tenga salida. Y, lo que es más conflictivo, me cuesta mucho ponerme a hacerlo sin la convicción de que conduce a algún lugar.

He buscado el impulso, el empellón necesario, en una conversación. No en una promesa, en un contrato, ni siquiera en la petición expresa de que escriba la grandísima novela que se me supone. Lo primero no es posible, lo segundo no es deseable y lo tercero, de producirse, implica unas expectativas que no quiero sobre mi teclado.

La conversación solo es un consejo, una gota de interés y un plazo: verano. Hay que ponerse a escribir porque ahora sé, al menos, que alguien lo va a leer.

Letras

Fase ejecutiva, fase creativa

Se acabó la creatividad. Eso sucede por la noche, caído el día y terminadas las tareas o compromisos o quehaceres varios, como puede ser escribir este diario. Visto todo lo que hay que ver, la mente se relaja y empieza a dar vueltas, a pasear hasta que llega a un punto de genialidad (u ocurrencia) al que hay que seguir dándole aún más vueltas después.

Eso es precisamente lo que sucede en la fase ejecutiva, que por oposición supone planchar horas, tachar asuntos, marcar casillas de completado, contemplar porcentajes. Esa solo fructifica con las primeras horas del día. A ser posible, incluso, con las anteriores: las que se encuentran atrapadas entre que es demasiado tarde para acostarse e insultantemente temprano para levantarse.

Entonces estoy somnoliento y el cerebro no va muy deprisa. Sirvo café, saco las cartas del estuche y despierto con una o dos tazas de repaso, de gimnasia mental. Miro la pila de cosas pendientes, decido qué va a ser. Un personaje nocturno, anterior, ya ha hecho el trabajo duro: qué hay que escribir, qué hay que anotar, qué hay que enviar. Ya solo hay que hacerlo…

A alguien le leí, en tono jocoso, que la gente piensa que los escritores se sientan y escriben un párrafo, luego otro, luego beben y duermen y disfrutan la vida y, por fin, ponen el punto final. Nada más lejos de la verdad, de la cruda verdad que es reescribir, reempezar y tirar cosas por la ventana una y otra vez hasta que algo vale la pena. Si es que la llega a valer.

Esos son los pequeños grandes esfuerzos que rara vez se dan de noche. Ese yo —que es otro distinto del ideólogo-imaginador, que sí es noctámbulo y paseante— madruga muchísimo y exige un silencio que solo rompe la radio. A veces, ni eso. Pide lienzo blanco y cabeza despejada y, a partir de ahí, con ansia, se pone a escribir.

Letras magia

Amor propio

Anoche me enviaron un vídeo del Mago Pop en el que desaparece de una cabina del London Eye (la meganoria de Londres) y aparece en la contigua. Malísimo, es puritita edición en vídeo. Juzgue quien tenga paciencia.

A partir de ahí, me pica la curiosidad y busco algo más en Internet. En un vídeo aparece diciendo que ha llegado la hora de devolver a la magia su capacidad de ilusión para que deje de ser lo que ha sido hasta ahora (?): un «divertimento de bar». Vaya huevos, manolín.

Lo dice uno que utiliza compinches (esto es grave), que roba a otros magos sus creaciones (esto es un poco peor) pero, ante todo, que es muy mal mago. Torpe en la ejecución y evidente en sus historias, solo pone sonrisa de bueno y, oiga, llena teatros noche tras noche hasta poder presumir de ser el mago que más espectadores ha tenido en Europa, un millón. Y luego nos regala con esto:

Nótese, por favor, la souplesse en los cortes, la gracilidad del movimiento y, muy especialmente, que el orden de las cartas que muestra al principio es… el mismo en el que las va sacando. Creo que nada revelo.

En fin, me fui a la cama sospechando que Antonio Díaz, el Mago Pop, ha pasado más tiempo de su vida convenciéndose de que nada de lo que hacía era reprochable que ensayando. Nada hay de los estándares a los que cualquier otro ilusionista en cualquier otro momento y lugar aspiraba: aquí hay humo y muy pocos principios.

Esta mañana lo hablábamos. Hablábamos de la parálisis a la hora de abordar proyectos creativos. Me pasé 2018 —casi diría que los últimos diez años— escribiendo más sobre por qué no he escrito o enseñado mi primera novela que haciéndolo. La conclusión general ha sido la misma: siempre, que lo que iba a salir no iba a ser lo suficientemente bueno para lo que aspiraba a hacer.

Esto, huelga decirlo, es una bobada. No solo porque hasta que no esté hecho no sabremos si es bueno o malo, sino porque si hay gente haciéndolo peor (y viviendo de ello): ¿Qué nos impide hacerlo?

Letras magia

De pasión y perspectiva

¿Qué valor tiene lo que yo le pueda contar a nadie?

Me lo pregunto cada vez que tengo alumnos delante o que, como ahora, reviso y actualizo por enésima vez material propio para otros nuevos. Hablo de sobretitular, de teatro, de ópera e incluso les cuento por qué me apasiona lo que hago.

Digo «incluso» porque van ya unas cuantas promociones y grupos de gente que se lee o escucha la cantinela. Algunos acuden el primer día y no vuelven el segundo. Otros se asoman curiosos. Otros acaban por elegir este camino o uno que se le parezca. Y yo, que pensaba que convenía guardarse estas cosas…

No hay nada de lo enseñado, seguro, que no puedan averiguar por sí mismos. Lo único con lo que a lo mejor no habían tropezado era con el propio camino. Y puestos a ponérselo delante, ¿por qué no empezar por lo esencial, que es por qué lo elegí yo?

Me descubro, en esto y en todo, haciendo un esfuerzo por adoptar no la perspectiva del que sabe y cuenta, sino la del que descubre y se sorprende aun tras los sinsabores, las realidades, los esfuerzos imprescindibles. Qué poco nos vamos fascinando, cuánto terreno ganado tienen el cinismo y el posturismo innecesarios: qué poca falta hace fingir que se está de vuelta de todo, y cuánto se finge.

Hace unos meses ya que en el escritorio tengo un tríptico de espejos. No es para verme la cara, sino las manos al probar un juego nuevo o destrozarme los sabidos. En magia, igual que en todo, hay una premisa infalible para saber si lo que se está proponiendo funciona o no: si no me convence a mí, no puedo convencer a nadie. Hay juegos y manejos, muchos, que vistos desde el frente o los lados se desmontan de un plumazo pero engañan desde el punto de vista de uno.

Hay lógicas internas, sin embargo, que son inexpugnables. Acabo de caer encima de una de ellas, por ejemplo, que remite a ese engaño de lo imposible. Una vez descubierto el secreto, corro a probarlo sin espejo primero, y aunque sea consciente de lo que están tramando los dedos me engaña, me sorprende como si no supiera lo que están haciendo mis propias manos.

Luego, lo pruebo con el espejo. Se ve, no funciona: no puedo compartirlo. Necesita ser pulido, alineado con lo que yo me estoy contando para que sea lo mismo que le estaré contando al espectador. Se trata de una versión del Reset de Paul Harris: cuatro ases en un montón; cuatro reyes en otro. Los ases se convierten progresivamente en reyes. Al final, todo vuelve a su sitio y nadie entiende nada. (No adjunto vídeo porque no he encontrado ni uno que valga la pena. Si nos vemos, estoy dispuesto a enseñarlo.)

Lo que ahora viene es machacarlo hasta tenerlo en dedos. O sea, hasta que la comunicación sea completa y milagrosamente posible: hasta que cuente exactamente lo mismo que me cuenta a mí.

Por ahí, por esa zona, se encuentran los mejores motivos para escribir limpio, crear claro y disparar certero.

Letras

Ni un día

Apenas una semana he tardado en cometer el primer error de publicación de 2019: la entrada de ayer fue escrita con poca cobertura, no publicada y convenientemente adormilada hasta darle al botón hace un instante. Ahora, la tentación es otra: dejar de escribir la entrada de hoy (porque la de ayer ya estaba escrita, pero no publicada, y bien hubiera podido pasar por la de hoy… ¿o no?).

No obstante, no debe pasar ni un día sin anotar algo en este diario. Ese es el sentido de la escritura, se entiende: hacerlo para uno y no para los demás; aunque, bien mirado, ¿por qué habría que publicarlo si está escrito solo para uno? Como siempre, la respuesta es que algo obliga a no «fallar» a quienes esperan que algo aparezca con la fecha del día. Un círculo vicioso habitual.

La cuestión es que paso el día revisando unos textos interminables para entregar. Son puramente informativos y su función, estrictamente comunicativa. Ni se espera ni se pide estilo, solo llegar al final (al grano) cuanto antes. Del modo más transparente posible. Ahí no me resulta muy complicado escribir y escribir y escribir, aunque antes necesite poner en orden las ideas.

Si bien aquí, o en cualquier escritura «para mí», siempre me da guerra buscarle el inicio al siguiente párrafo, en la escritura para contar cosas el problema es el contrario: que se agolpan las ideas y no les encuentro el principio. Solo veo una inmensa pared cubierta de párrafos densos. Un panorama que tengo que apilar (como cincuenta y dos cartas) en un orden que no puede ser ni aleatorio ni erróneo.

Hay que tener mucho cuidado para que una conduzca a la otra. Es como elaborar un repertorio con las canciones que tocamos en los Pin Pals, o con la serie de juegos que pueden formar una sesión de magia. No así con las óperas y las zarzuelas, que tienen la inmensa ventaja de venir con un orden dado. Igual que los textos para traducir. Igual, incluso, que las noticias de estructura hecha: se trata de rellenar los huecos.

Por eso solo se puede escribir un diario así, a diario, y no a saltos o a semanas (como propone alguno).

El orden, aunque sea un poco, es lo único que puede albergar el caos.

Letras

El impulso y el tesoro del cisne negro

Me acabé deslizando fuera de la cama porque me había enganchado sin remedio a la historia del «Tesoro del cisne negro , el pecio que, según el cómic de Guillermo Corral y Paco Roca que acaba de publicar Astiberri, el Ministerio de Cultura logró recuperar de unos ávidos cazatesoros estadounidenses hace diez años.

Lo acabé terminando, como cualquier buena historia, de una sentada: este habla de espías españoles, funcionarios jovenzuelos con más entusiasmo que sentido práctico e injusticias administrativas. Algo hay de intrépidos abogados y de nobles creencias, pero al final todo sabe de otro modo: el capitán Haddock ya está «guiñado» en las primeras páginas, y el aroma a Tintín es inevitable.

Parece que entre uno y otro han querido novelar un documental, y también (esto tiene mucho mérito) intentar contar el porqué de los empeños sin caer en la autoparodia nacional. Se nota que la escuela diplomática pesa, y se nota, sobre todo, que ambos autores han sentido la necesidad de narrar que aquí, a este lado del charco, también suceden cosas extraordinarias.

Mientras, María apuraba Stock de Coque. «Hace que parezca tan fácil de dibujar…»

Y justo, la sensación que dejan los cómics excelentes (en especial los de Tintín) es que esa línea clara es improvisada, que la mano sabía a dónde se dirigía cuando puso la pluma en el papel. Eso hace que leerlos sea pasearlos, disfrutarlos, que al final es mi gran aspiración con la escritura.

Hoy, a modo de clausura de las fiestas y preludio al 2019 auténtico, ha habido ensaladilla y espárragos blancos para comer. Cuentan que dan alegría, que palian los efectos del frío y la falta de luz. «Ahora puedo decirlo: ojalá que hayas vuelto a escribir el diario sirva de impulso para escribir de lo demás.»

Ojalá. Y ojalá salga, parezca, fluya tan sencillo y limpio.

Letras

La ciudad imaginada (o volver a escribir el diario)

En el largo y tradicional sueño del 1 de enero, que empieza cuando clarea y termina al volver la noche, he soñado con una ciudad imaginada. Tenía trozos de Madrid, algún detalle belga y la luz inconfundible, silenciosa, que posee Gijón los domingos o festivos a estas horas.

En esas duermevelas suelo ser consciente de que estoy soñando, aunque no tenga mucha capacidad de influir sobre los lugares: al darme cuenta, me fijo mejor en los detalles, observo cada rincón y miro los escaparates. Creo que esta ciudad imaginada, la soñada, es una ciudad hecha de anhelos y buenos deseos.

Hace justo un año hacía justo un año que había empezado a escribir Letras, compases y buenos alimentos, que es este diario. Quise seguirlo, pero no lo hacía con la misma fuerza ni con el mismo pulso que tenía previamente. Lo notaba y, al final, en primavera, se paró. Se diluyó.

Volví a escribir algo así justo antes de verano, en un cuaderno.

Luego, ya en septiembre, me propuse retomar esto con más rigor y más estructura. Me aburría, me cansé y paré.

Los motivos para dejarlo siempre han sido los mismos: cuando uno se embotella en una escritura diaria como esta, que requiere de un esfuerzo más que considerable, se van colando cosas que afloran y no estaban previstas. También puede el ensimismamiento, claro, y a veces, en la versión de 2017, ha llegado a ocurrir que ni siquiera sabía en qué categoría iba una entrada hasta tenerla escrita.

Ahora, acabo de cambiar esta de Buenos alimentos a Letras.

A lo mejor lo ideal no es escribir el diario de continuo, sino hacerlo solo en los años impares. Los años impares suelen ser los mejores por algún motivo —casual— y este promete ser uno de ellos. Entro con proyectos, entusiasmos y una extrañísima sensación de continuidad que nunca había vivido. Como si 2019 fuese la consecuencia lógica de 2018.

Es un poco melancólico verlo así porque, como pensaba esta mañana devorando sobras de la cena (cabeza de jabalí, mayonesa de perejil, tomate, cilantro fresco y chiles), porque da vértigo que se hayan agotado los años del descubrimiento, de la novedad, de la promesa: ahora, parece que llega el momento de consumar lo buscado y de cumplir lo prometido. Ya no sirve ir a escribir, ir a dirigir, ir a imaginar, ir a hacer: ahora, parece que llega el momento de hacer las cosas. De seguir aprendiendo, pero ya sin errar en lo sustancial.

En estados anteriores de este diario, y de otros proyectos de escritura, el hallazgo era una especie de romper la corteza y descorchar una fruta brillante, que a fin de cuentas es de lo más apasionante (y sencillo) que se puede escribir o descubrir. Ahora, la novedad ya no sirve como motor, la sorpresa tiene que venir dada por más profundidad y precisión.

Recuerdo, por ejemplo, que dentro de poco se van a cumplir dos años de la recepción de mi primer libro de magia serio. De los primeros juegos en los que la generosidad y el error cabían, cuando ahora estoy a un mes de hacer el examen de ingreso en la Sociedad Española de Ilusionismo y estas inocencias, supongo, ya no están permitidas.

Cuando iba a disponer de un escenario y unos cantantes podía ver la ópera, la lírica, la música, de otro modo: en 2018 ya lo he tenido, ya ha tocado satisfacer o contentar o remover o divertir a un teatro sin más apoyo que lo aprendido. Ya no eran promesas: eran realidades.

Eso es lo que trae consigo 2019, eso le pido y eso es lo que está a punto de ocurrir. Que esta ciudad soñada, irreal, ahora existe. Es de verdad.

Letras

No ficción

Siempre ha contado un poco más la ficción que la no ficción. Y si tuviese que elegir bando —que no tengo, nadie tiene por qué hacerlo— lo tendría claro: ficción siempre, que para eso es la que mejor explica el mundo.

Sin embargo, o por eso de no tener que elegir, llevo muchos años suscrito y leyendo el New Yorker, y suelo saltarme los cuentos e ir derecho a los amplios reportajes. Anoche me dormí con una pieza sobre una sórdida empresa de relaciones públicas de Londres, toda una novela de intrigas que se publicó en junio.

No obstante, como es habitual en estos tiempos de mentiras y verdades retorcidas, los textos acaban teniendo que tener una cantidad enorme de verificaciones, de datos, y tienen que abrochar su veracidad. Su verosimilitud también, por aquello de no fallar a los lectores.

Cuentan que estas son el tipo de cosas (véase el caso Weinstein) que van cambiando el mundo. El mejor periodismo, y la no ficción que pone sobre la mesa nuestras turbias verdades (Fariña) tienen un prestigio en España que probablemente no hayan tenido antes.

Con todo, los periódicos no acaban de decidirse a apostar por lo largo; y las propuestas que hay de ese tipo me parecen demasiado farragosas: pienso en las entrevistas interminables de Jot Down, que más que profundas son demasiado largas.

Echo mucho de menos que la gente escriba novelas buenas, ceñidas al suelo y bien extensas donde pueda disfrutar de una voz de autoría, también del mundo «real» y por supuesto del mundo imaginario, imaginado.

No suelo aventurarme con los autores de ficción contemporáneos hasta que ha pasado algo de tiempo. Porque si me cae en desgracia una lectura mala, insufrible, no me siento a gusto hasta haberla terminado, y a veces no soy capaz. Le reconozco a la no ficción un canon mucho más cuajado, de manera que uno puede saber lo que esperar desde el primer párrafo. En la ficción… Ay, en la ficción se publica lo bueno, lo malo y lo infumable, y son una lotería.

No obstante, lo importante era lo primero. Que no hay bandos, no hay que elegir. Lo uno lleva a lo otro, se complementa o se forma un todo.

Letras

Sacrificio y victoria

Hace no mucho que la gente se vanagloriaba de sacrificarse en extremo, que algunas almas no le encontraban sentido a las tareas si no tenían algo de titánico. Ahora parece que los veo entregados al bronceado de un enero extraño y soleado; parece que el sacrificio ha perdido valor en favor de otra palabra, una que ya encuentro sin remilgos en los titulares de los periódicos: el postureo, algo así como una mezcla entre impostura y vanidad.

La impostura viene por el lado social: siempre hay apariencia de levedad, felicidad, despreocupación. La vanidad, por exhibir más dinero, mejores amigos, valiosos contactos o inigualables puestas de sol con respecto al miserable que los contempla. Y que, además, todo ello se ha hecho del modo más eficiente y menos doloroso.

Y esto no es nuevo: me contaba un amigo la semana pasada que suele leer por turnos novela contemporánea, de gran consumo, y que de cuando en cuando encalla y se marcha a la gran novela del diecinueve. Ahora está leyendo Bel Ami, de Maupassant, que es una pequeña joya, por breve, concisa, por la cantidad de acción que contiene y por lo gustoso del trasfondo. Además, explicaba, Maupassant tiene la ventaja de que nada es en balde, todo significa algo y, por tanto, nunca deja de rodar en alguna dirección.

El éxito de Maupassant radica, en parte, en la capacidad de transmitir esa ligereza para la prosa, esa facilidad para el relato que se les supone a los superdotados. Con el tiempo nos hemos ido acostumbrando a que los literatos nos descubran sus miserias, hasta la vanagloria vanidosa de los poetas que han pasado décadas peleando con un verso —como si tuviese que emocionarnos más por eso—. Como aquella frase estupenda de Tom Waits, al decir sobre sus canciones que explicarlas era como que se asomase un hombre en el cine a subrayar que la película a punto de empezar está basada en hechos reales.

Después de todo, odio la flagelación del artista, me repele, pero casi me atrevería a decir que he desarrollado una aversión mayor hacia los falsos diletantes, hacia los que han luchado con uñas y dientes contra los elementos para dar con la imagen precisa de lo que quieren ser y no son, en el fondo, sino meros fantoches.

Quizás haya que dedicar un par de líneas a justificar la anotación en el diario: es por pensar en Madrid y algunos de sus habitantes, en la capital del reino que siempre ha contenido lo mejor de cada casa y, con ello, a sus peores parásitos. Los quiero a todos juntos pero a veces, solo a veces, esta rudeza asturiana, esta sencillez tan diáfana, me sirve de remanso.

Letras

Ha ocurrido: el primer día sin diario

Ayer, a las 13.21 horas hora peninsular española, me di cuenta de que por primera vez desde que empecé este diario me había dejado una entrada sin publicar. Era la del domingo, escrita durante un vuelo y (creía) publicada al aterrizar, pero que en cambio dormía plácida en la bandeja de borradores. Simplemente, la publiqué: la escritura diaria es la que no se ha perdido.

Me pregunto cada vez más por aquello del sentido, la pulsión del diario y si no hay algo de machada prescindible en toda la operación. Hoy mismo ha surgido la cuestión dos veces. Una, por la mañana:

—¿Qué objetivo tienes tú con tu diario?

—Vaciarme y ser feliz —respondo sin pensar.

Luego celebro, celebramos en un almuerzo que ya han pasado más de diez años desde que un profesor empezó a darme clase, y despertó muchas cosas de las que perduran y palpitan en estas páginas. Y me habla de la práctica, la inercia, la fluidez y la soltura: me habla de la ambigüedad intencionada o inevitable del español. Comemos a cucharadas chipirones, callos, buñuelos y un festejo del idioma. No ha perdido brillo, ilusión.

Una celebración de la escritura, impresa y escrita o manuscrita y leída: mi profesor es de esas personas que saben, desde hace tiempo, que son lectores antes que autores, suscitadores antes que intérpretes y motivadores antes que nada.

Y luego está este Madrid, que es el mismo escenario de aquellos primeros pinitos. Ahora, que han pasado dos días, el tiempo suficiente para aclimatarse y casi acostumbrarse de nuevo, empiezan a volver las sensaciones de aquellas tardes leyendo, paseando un libro con tanta petulancia como naturalidad, devorando con ojos nuevos y dándoles una pátina de Larra a los cafés de Malasaña.

Entonces, la escritura —que nunca marcha— es una actividad lujosa, que se disfruta, pero que también es muy esquiva. Ahora vamos a cenar, pero las últimas semanas han estado tan cargadas que por momentos no hubiese escrito una sola palabra si no fuera por trabajo, obligación o disciplina. Quizás sean malos consejeros para el reposo, la eternidad y ese tipo de grandilocuencias, pero tengo comprobado que una vez vencido el esfuerzo (por momentos monumental) que cuesta sentarse a escribir, el alivio, la relajación que sigue al punto final es una de las mejores sensaciones que conozco.

Por todos, un brindis. Porque sí.