Letras

Los días cargados

Lo más peligroso de los diarios —creo que ya lo he anotado alguna vez— es cuando dejan de serlo. El día crítico no es el que no se escribe, sino al siguiente: hoy.

Ayer tenía que hacer una cantidad absurda de cosas y, al terminar, había media hora suelta para escribir. Media hora porque sí, media hora sin preparación previa y la hoja en blanco. No, no va a pasar nada por no ponerse a escribir… O sí, por si acaso mejor hacerlo. ¡Disciplina, disciplina!

Lo peor es que todas las conversaciones y observaciones previas forman parte del tipo de cosas que uno no puede, ni debe, anotar en un diario (se publique o no) de inmediato. Hablamos de despedidas, de llegadas, de posibilidades y de porvenires. Hablamos de teatros, de libros, de autores, de risas, de ideas, de proyectos. De anchoas, de periódicos y de tiempos remotos. De cobardes y de valientes.

Son cosas demasiado grandes para ponerlas negro sobre blanco y dejarlas ahí. Requieren de un poco de ponderación: no son una receta de arbeyos y calamares, y encima pueden comprometer varias cosas. La principal de ellas, la propia percepción del mundo.

Precisamente hablábamos de lo complicado que es hacerse una película de la propia vida, con sus planos, sus diálogos y escenas bien separadas. A lo mejor (a lo mejor no, seguro, lo he comprobado porque ya ha ocurrido) cuando se emprende esa tarea directamente, cuando anotas lo excesivo en un par de párrafos, al cabo de poco tiempo no te reconoces.

Tampoco reconoces lo que dices, lo que sientes, lo que ves y lo que escribes, por tanto. Parece haberlo hecho otra persona y, de hecho, así es: cuando se escriben las entradas sin digerir ni madurar no son las propias manos las que actúan, sino las de alguien que intenta entender y procesar al mismo tiempo que trata de sintetizar y narrar. Una locura inasequible.