Letras

Fase ejecutiva, fase creativa

Se acabó la creatividad. Eso sucede por la noche, caído el día y terminadas las tareas o compromisos o quehaceres varios, como puede ser escribir este diario. Visto todo lo que hay que ver, la mente se relaja y empieza a dar vueltas, a pasear hasta que llega a un punto de genialidad (u ocurrencia) al que hay que seguir dándole aún más vueltas después.

Eso es precisamente lo que sucede en la fase ejecutiva, que por oposición supone planchar horas, tachar asuntos, marcar casillas de completado, contemplar porcentajes. Esa solo fructifica con las primeras horas del día. A ser posible, incluso, con las anteriores: las que se encuentran atrapadas entre que es demasiado tarde para acostarse e insultantemente temprano para levantarse.

Entonces estoy somnoliento y el cerebro no va muy deprisa. Sirvo café, saco las cartas del estuche y despierto con una o dos tazas de repaso, de gimnasia mental. Miro la pila de cosas pendientes, decido qué va a ser. Un personaje nocturno, anterior, ya ha hecho el trabajo duro: qué hay que escribir, qué hay que anotar, qué hay que enviar. Ya solo hay que hacerlo…

A alguien le leí, en tono jocoso, que la gente piensa que los escritores se sientan y escriben un párrafo, luego otro, luego beben y duermen y disfrutan la vida y, por fin, ponen el punto final. Nada más lejos de la verdad, de la cruda verdad que es reescribir, reempezar y tirar cosas por la ventana una y otra vez hasta que algo vale la pena. Si es que la llega a valer.

Esos son los pequeños grandes esfuerzos que rara vez se dan de noche. Ese yo —que es otro distinto del ideólogo-imaginador, que sí es noctámbulo y paseante— madruga muchísimo y exige un silencio que solo rompe la radio. A veces, ni eso. Pide lienzo blanco y cabeza despejada y, a partir de ahí, con ansia, se pone a escribir.

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Ha ocurrido: el primer día sin diario

Ayer, a las 13.21 horas hora peninsular española, me di cuenta de que por primera vez desde que empecé este diario me había dejado una entrada sin publicar. Era la del domingo, escrita durante un vuelo y (creía) publicada al aterrizar, pero que en cambio dormía plácida en la bandeja de borradores. Simplemente, la publiqué: la escritura diaria es la que no se ha perdido.

Me pregunto cada vez más por aquello del sentido, la pulsión del diario y si no hay algo de machada prescindible en toda la operación. Hoy mismo ha surgido la cuestión dos veces. Una, por la mañana:

—¿Qué objetivo tienes tú con tu diario?

—Vaciarme y ser feliz —respondo sin pensar.

Luego celebro, celebramos en un almuerzo que ya han pasado más de diez años desde que un profesor empezó a darme clase, y despertó muchas cosas de las que perduran y palpitan en estas páginas. Y me habla de la práctica, la inercia, la fluidez y la soltura: me habla de la ambigüedad intencionada o inevitable del español. Comemos a cucharadas chipirones, callos, buñuelos y un festejo del idioma. No ha perdido brillo, ilusión.

Una celebración de la escritura, impresa y escrita o manuscrita y leída: mi profesor es de esas personas que saben, desde hace tiempo, que son lectores antes que autores, suscitadores antes que intérpretes y motivadores antes que nada.

Y luego está este Madrid, que es el mismo escenario de aquellos primeros pinitos. Ahora, que han pasado dos días, el tiempo suficiente para aclimatarse y casi acostumbrarse de nuevo, empiezan a volver las sensaciones de aquellas tardes leyendo, paseando un libro con tanta petulancia como naturalidad, devorando con ojos nuevos y dándoles una pátina de Larra a los cafés de Malasaña.

Entonces, la escritura —que nunca marcha— es una actividad lujosa, que se disfruta, pero que también es muy esquiva. Ahora vamos a cenar, pero las últimas semanas han estado tan cargadas que por momentos no hubiese escrito una sola palabra si no fuera por trabajo, obligación o disciplina. Quizás sean malos consejeros para el reposo, la eternidad y ese tipo de grandilocuencias, pero tengo comprobado que una vez vencido el esfuerzo (por momentos monumental) que cuesta sentarse a escribir, el alivio, la relajación que sigue al punto final es una de las mejores sensaciones que conozco.

Por todos, un brindis. Porque sí.

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Los dietarios

Se publicó hace algún tiempo, en Destino, un fajo de papeles de Josep Pla que complementaba los diarios de El cuaderno gris. Se llamó La vida lenta y, sin el prólogo, no se entiende que solo sean notas sobre la hora a la que se acuesta y se levanta, lo que lee, come, duerme y cómo se encuentra. Ahí se dice que Thomas Mann dejó un montón de escritos con la prohibición expresa de publicarlos hasta veinte años después de muerto: son un dietario puro, esto es, lo más escatológico e intrascendente de su vida.

Las notas no tienen mucho valor literario, pero no se pueden dejar de leer. Al final, producen sensación de familiaridad con el autor de la Vida de Manolo, nada más, y en domingos como este reconforta volver a ellos. Alguien con más tiempo y ganas podrá cruzarlos con las fechas que llevan, y reconstruir el mundo, o algún historiador remoto tendrá ocasión de reconstruir ese tiempo, ese momento.

Sigo con el esfuerzo de no releer las entradas pasadas: el ejercicio me asusta tanto como asustan las notificaciones de Facebook, que puntualmente resucita las entradas con un año de vida. Hoy, por ejemplo, hace un año que estábamos en una boda.

En menos de dos meses, este diario va a dar la vuelta: va a volver a empezar el 1 de enero y va a haber un espejo preciso de cada una de las entradas. Me suena lo de cierta disciplina horaria que al poco saltó por los aires, y tengo para mí el trazo grueso de cómo se fueron desarrollando las primeras semanas de 2017. La comparación precisa, sin embargo, puede ser muy llamativa.

Mann, sin embargo, y Pla un poquito también, prefirieron no hacer ni lo uno ni lo otro: el primero enterró consigo esos dietarios —allá os las compongáis— y, el segundo, reescribió sus propias notas hasta resultar en un diario de su agrado. Se reformuló a sí mismo. Falta averiguar por qué procedieron así.

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Luché contra un router, y el router ganó

Había escrito algo tan poco interesante que me propuse, a media tarde, deponer el texto y rehacer otro excepcionalmente. Cielos abiertos, conversaciones estimulantes, un restaurante recomendado, dos funciones de El viaje del fauno resueltas, un gallo (el pez) para cenar, el diario no se merecía algo tan poco interesante. Dicho de otro modo: el compromiso es tirarse a lo performativo, publicar lo que salga, pero por hoy valía la pena hacer una excepción para celebrar, o regalarse, los hitos de una semana tan movida como ha sido esta.

Y allá que fui, cuando me di cuenta de que, por segunda vez este año, internet se había convertido en un bien desaparecido. No hubiera importado mucho de haber dispuesto de tiempo y alegría, pero quiere la mala suerte que mañana publique algo en el periódico que no podía esperar más.

Una vez sucedió algo parecido, tratando de mandar una crónica desde un valle remoto sin cobertura y que tenía que entrar en el día sí o sí. Ni siquiera era posible dictar el texto, porque «sin cobertura» significa «sin cobertura». Acabó llegando por medios físicos a la redacción, como cuenta la leyenda que se solía hacer en los periódicos.

Esto, ahora, ha sido otra batalla. Consiste en luchar contra un router y procurar que no venza, no ya por no ir andando hasta otro sitio sino porque los proxies, las IPs, las lucecitas verdes de la tapa no merecen una victoria moral tan arrolladora.

Casi lo consiguen. Se ha ido haciendo de noche sobre Oviedo, se ha puesto a llover. Bandeja de salida: 1. Y de ahí no se movía.

Entre espera y espera, me ha dado por meditar para no tirar el ordenador, el router y mi orgullo por la ventana. Ha estado fiado el asunto a lo digital, a lo intangible, y eso ha estado a punto de desestabilizar la tarde, de desmontar la paz. Cabezazos de arrepentimiento por consentirlo, conque corrijo: saco las cartas del estuche, dispongo libros y miro con deseo culpable (hay que acabar esto antes) un precioso cuaderno Miquelrius, de esos que solían verse mucho, con el lomo de tela y cubiertas marmoladas. Con un buen bolígrafo pongo un 1 en la primera página.

Esto no se cuelga.

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Los días prietos

Hay dos tipos de escritores y juntaletras: los diletantes y tardones y los hercúleos y apresurados. Hoy alguien se acordó de César Vidal, aquel ínclito polemista que hace diez años, cuando todo era bonanza, «escribía» unas cien páginas al día de media. Es la epítome del esfuerzo, casi la caricatura: conocí a una poeta que se levantaba todos los días a las cuatro y media de la mañana para arrancarle tres horas de escritura al reloj antes de empezar el día.

Esta estirpe fascinante es disciplinada, decimonónica. A mí, que soy mucho de comprar libretas y llenar algo menos de la mitad con entusiasmo stendhaliano antes de perderlas de vista, esto se me hace muy cuesta arriba. Los días prietos, como hoy, despierto más temprano y prefiero un café adormilado a arrastrarme sobre las letras, y sin embargo hay gente que está plenamente convencida de que si no te sale escribir, al menos hay que teclear. Hacerlo sin sentido, en abundancia, no se sabe muy bien con qué propósito.

El proceso, en cambio, se vuelve más proceloso en el equipo de los diletantes y tardones. De verdad no es cuestión vacacional sino, como dejó dicho Leonard Cohen, de esparcer los materiales sobre la mesa en absoluto desorden e ir hundiendo allí las manos hasta sacar algo de provecho. Esto puede llevar horas, días, semanas, meses o incluso años, pero este diario, ahora que han pasado sesenta preciosos días, me ha servido para darme cuenta de la importancia que tiene esta calma en el proceso creativo.

Las prisas nunca son buenas consejeras hasta que no se acotan y se hacen imprescindibles. Por ejemplo, algo de esta extensión. Se piensa, se tornea, se le dan vueltas y entonces sí es fundamental escribirlo de una sola sentada. Algo más extenso, ídem: ha de saberse a dónde se va antes de echar a andar, y hay que recorrer el camino deprisa, como si fueran ascuas ardientes bajo los pies. Luego no hay tiempo de volver atrás.

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Salir de estas cuatro esquinas

Suelo escribir por las mañanas, o en el momento de despertar, porque se llega al teclado con la mente en silencio, las ideas claras y ningún vicio. No ha dado tiempo de mirar el correo electrónico, de contestar al teléfono, de atender al revisor del agua o de consultar el buzón: no ha habido tiempo de cruzar palabra con nadie y, de esta manera, se escribe con más claridad y pureza.

Es, al menos, lo que aparenta necesitar un buen diario. Se habla de uno, se trabaja el yo y el yo es más yo que nunca antes de terminar el primer café. Procuro escapar a los estímulos inmediatos, como leer un artículo o vivir una cola para hacer cualquier trámite antes de escribir. Entonces se construye un relato, se selecciona de manera racional —y nunca intuitiva— lo que se va a escribir, y para eso, pues bueno, no vale mucho la pena.

En cambio, con la escritura de la mañana se depositan las ideas de la víspera. Por ejemplo, que ayer hiciese sol, una buena hamburguesa, una interminable conversación con alguien a quien vale la pena escuchar, amigos, estudio, una nueva reseña publicada, rutina, más escritura, algo de música, este y este otro pequeño sobresalto alegre, el día en que empezó nosequé: los ajís amarillos que he encontrado y que pican como demonios.

Todo es carne de diario, bien mirado. Dejarlo dormir, sin embargo, lo deja reposar, lo decanta, lo filtra, lo pasa por un tamiz distinto al que sería protocolario en cualquier otra circunstancia y que, merced al oficio, permite escribir cualquier cosa con más o menos gracia. La consulta con la almohada, no obstante, produce un néctar escaso y fluido, un bien precioso que hace surgir las ideas con mucha más facilidad y las palabras, con más puntería. Me fijo en que, cerca de las cincuenta entradas, eso ya está ganado: ahora hay que intentar escribir en los ratos muertos, conquistar una nueva frontera. Salir de las cuatro esquinas delimitadas por la ventana por delante, los libros a la derecha, las partituras a la izquierda y la cocina a la espalda.

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Escribir es manosear

Ya está claro que no hay que releerse demasiado pero que, cuando se hace, no sea para borrar o corregir sino para mejorar en el futuro. La escritura no consiste más que en manosear lo que ya se tiene: aquello de poner al personaje misterioso sobre la mesa y mirarlo desde muchos ángulos. Después, ir dándole forma, poniéndole cara, preservando cada apunte para reconstruir la cadena que nos lleva hasta alguna conclusión.

Este diario no tiene fin. Desde la primera entrada, donde podé la conclusión que tanto trabajo suele dar en los artículos para prensa, cada paso era como un escalón en falso que conduce al siguiente, y al siguiente, y al final la escritura se transforma en un bucle que se antoja muy complicado detener. Es el estado adecuado, probablemente.

Pero eso es solo una cuestión de estilo, una formalidad. El acto de manosear ideas y textos —lo veo en las 41 entradas que ya van acumuladas— conlleva un encadenamiento, y revela conexiones lógicas, ambientales y con las lecturas de cada momento que sirven para realimentar la máquina. Entonces, ha llegado el momento de preguntarse para qué sirve este experimento.

Habíamos quedado en que para leer más, mirar con más mimo, exorcizar los malos pensamientos y descontaminar la pluma. También, por supuesto, para demostrarse que hay la potencia, la solvencia y la disciplina necesarias para proponer algo todos los días. Pero, con el paso de las semanas, descubro también que los diarios sirven para manosear la propia escritura.

No digo solo los recuerdos o anécdotas (que, en primera instancia, se tienden a disfrazar o desdibujar para no descubrirse demasiado ante los lectores), sino la escritura misma, toda vez que por este medio los lectores no esperan mucho (porque no se les promete nada) y, así, se puede incurrir en la escritura banal, ociosa y gustosa. A veces se acierta y a veces se yerra. La cosa, sin embargo, es manosear.

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Tres motivos

-Y ¿por qué en público?—me preguntó ayer un amigo, al contar que había empezado este diario.

-Por tres motivos.

A priori, el primer motivo es obvio y universal, por mucho que se lo quiera disfrazar: la vanidad exhibicionista que comparte cualquiera que firme, exponga, muestre. Esto era verdad cuando mi amigo Mario y yo empezamos con Generación Alsa en 2006 y es más verdad hoy, que uno se entera antes de la filiación política, gustos gastronómicos y lecturas de la gente que de cómo son en la distancia corta. Bienvenidos a las redes sociales.

Ese motivo solo lo era a priori.

Primero: Por hacer lectores y entablar el contacto. No tiene sentido encerrarse a volcar miserias en folios que luego destrozarás. Ahí acabas haciendo terapia, autoayuda, cualquier cosa que sabes que nadie más leerá. Es importante ejercitar la conciencia sobre los propios actos y la escritura, y responder de ellos en público. Es un compromiso de escritura más o menos conflictivo, en la medida en que cuando tropiezas puedes sentir vergüenza de tal o cual revelación o texto. No está mal que, sin el filtro del reposo, sientas de vez en cuando un poco de resquemor porque lo habrías hecho de otro modo. Te obliga a seguir haciéndolo, para hacerlo mejor.

Segundo: Te obliga a escribir. Si no, siempre encontrarás buenas razones para hacer el doble mañana, o para hacer el triple hoy y descansar los próximos dos días, con el previsible balance a final de año. Un diario, o una bitácora semanal, te colocan también el cinturón de la puntualidad, de la regularidad, de cierta disciplina: hoy ya sé que voy (de momento) tres horas y media tarde con respecto a mis propias intenciones. Ya busco la manera de organizarme para que no ocurra ni mañana ni los 360 días restantes.

Tercero: Por último, si has decidido no sumirte en la actualidad o en la negatividad absoluta, exige de una pequeña gimnasia que haga aflorar algo bueno cada día. Algo positivo: voy a procurar sortear la muerte de esa chica asturiana por no haber sido operada a tiempo, la posibilidad del atentado en Madrid en Nochevieja, el perturbado que la ha emprendido a machetazos con un policía jubilado mientras que quedaba en libertad otro que degolló a un niño, ambos en mi ciudad, y las maquilladas cifras del paro que han salido esta mañana. Todo eso abre el periódico de hoy, y todo eso y mucho más recubren de un cielo de panza de burro como el que hoy tenemos en Gijón la existencia.

Desde el Periodismo se puede hacer mucho por cambiar tendencias y subsanar esos horrores para el futuro; desde la ópera, el arte, se puede iluminar un poco entre ese cielo plomizo, suspender esa negritud durante las horas que dure la función o la lectura; pero desde un diario, mucho más cercano, la misión es encontrar entre todo letras, compases y buenos alimentos no para obviarlo u olvidarlo, sino para reescribirlo mañana más, mejor y a tiempo.