Buenos alimentos

El tiempo y el temporal

Aquí no hay quien duerma, principalmente porque ya entramos en ese momento del año en el que las persianas, como hámsters, despiertan por la noche y no paran de bailar hasta la madrugada.

Luego —no es menos importante— por la enorme dificultad que plantea salir a la calle, hacer dos recados o atreverse a dar un paseo sin que suponga una odisea. Con la visera calada, la capucha empapada y la playa precintada: no se puede bajar a la arena bajo ningún concepto. Y arrecia, y asoman los pivotes enterrados bajo la arena, hace tanto tiempo.

—Y en verano, ni un metro cuadrado —observa una señora.

Ya van cuatro muertos por el temporal. Nosotros, en Asturias, parecemos vivir en una tensión permanente con el tiempo: siempre llueve, ergo la lluvia no debe asustarnos, ergo esto que pasa es normal, ergo podemos hacer vida «como siempre». La inclemencia nos molesta, pero no queremos asumirla como lo que es: un destierro a casa que nos pertenece casi en exclusiva, una fiereza (borde, incómoda) del entorno que queremos asumir, en cambio, como amable. Es el peaje por lo verde que está todo, ¿no?

Ahí dentro, entre cuatro paredes cálidas, las ideas son como caldo en una olla a presión. Pujan por salir, pero dan un par de vueltas alrededor de la lámpara y vuelven a posarse en el hombro, a seguir incordiando. No es que no puedan salir buenas cosas, pero sí es un proceso (unos meses) más tortuoso, más agónico, más lento —en el sentido impaciente del término— que los meses de más luz.

Lleva lloviendo ya tres días sin parar. Ni un instante, siempre, en todo momento, está lloviendo o el viento se lleva la lluvia un par de calles más allá (y, con ellas, el paraguas). Así es como llegamos a hacer natural este estado de las cosas. No nos parece que llueva mucho, en fin, sino que al fin llega «lo normal» tras un otoño clemente.

Buenos alimentos

Las mil aguas de abril

En efecto, a falta de menos de una semana de que termine abril es cuando han empezado a caer las consabidas y prometidas mil aguas, aunque sea preñadas de luz. La que hay ahora, aquí, es como de estudio de cine: encapotada, blanda, blanca pero extraordinariamente potente.

Ayer hizo uno de esos días raros que hacía vaticinar el de hoy, y que son, conjuntamente, los que explican algo del carácter local: un calor considerable, sol, cielos despejados y un viento no muy excesivo dieron pie, ya entrada la noche, a un frío atroz, seco y cortante, contundente y cortado con el calor que acumulaba la piedra de la ciudad. Esa sensación rara que comienza a levantar corrientes imposibles. Y entonces hoy llueve y se viene un otoño en miniatura. Todo se altera.

Por una parte, porque en jornadas como la víspera no fue posible, pero se decía uno que qué bien estaría sentarse a leer en una terraza. Y porque, al ir a ejecutarlo al día siguiente, la calle pide tregua, encierro y algo más reposado. Retomo un cómic abandonado, preparo un artículo, esto, aquello, lo otro. Como si fuera noviembre.

Por otro lado, porque también daban ganas de saborear los últimos estertores de lluvia y frío antes de que el verano y sus hordas se apoderen de la ciudad como lo hiciera la Semana Santa.

En esta dicotomía —ha llamado una señora al timbre a una hora bien rara preguntando por un antenista (!)— es donde parecemos desorientarnos, perdernos. A la gente de fuera le cuesta entenderlo y, a menudo, disfrutarlo. Cierto es que requiere de unos cuantos años de práctica cogerle el gusto a que cada día sea una sorpresa y a que, en pocas horas, podamos deambular por las cuatro estaciones, con sus correspondientes estados de ánimo.

Letras

Túnel de viento

Oh, qué sorpresa: hace un tiempo espantoso y un frío propio del invierno.

Esta semana dejé a Madrid nevando, y llegué a una Asturias húmeda y helada. Consulto las previsiones, organizo la semana y compruebo que hemos entrado en un túnel que durará otros siete días. Un túnel de viento.

Actuemos en consecuencia, porque encima esta madrugada se cambia la hora y el jet lag promete ser de campeonato. Vamos a dormir una hora menos y a vivir una hora más, para que cuando llegue el momento de compensarlo se nos haya olvidado por completo. En cualquier caso, ahora mismo es de noche.

Actuemos en cosencuencia, porque esta semana que entra pienso recorrer un túnel creativo y salir por el otro lado el sábado que viene, exactamente cuando escampe; exactamente a las 18.38 horas, que es la que marca el ordenador cuando escribo estas líneas.

Vamos a jugar a crear más a lo grande, a crear otro sistema de hacer las cosas, aprovechando que se viene una semana horribilis. Tomémoslo como un paréntesis, que sirva para acotar el juego y darle la forma adecuada: en concreto, voy a tratar de crear una entrada para el sábado que viene con siete retazos dejados a lo largo de la semana, en paralelo a la entrada del diario. Al cabo, escribiré tan solo un párrafo más en una cuartilla, uno a mano y con bolígrafo para que no quepa edición posible. El sábado, sin releerlos, añadiré el último y lo colocaré aquí, intentando hacer una cadena de pura memoria.

Cuando decía el otro día que hay que escribir como cuando era lo único importante hablaba justo de estos juegos sin fin, de estos ejercicios sin resultado: los mayores y más sonados fracasos han nacido, siempre, siempre, siempre, de concepciones finalistas, o de tratar de alcanzar un objetivo concreto. Por ejemplo, una cantidad de palabras o páginas; un número de lectores; un plazo; una fecha; una idea preconcebida y lograda: eso es prácticamente imposible pero, de convertirse en realidad, significa que uno ya conoce el destino de antemano (y presta muy poca atención al viaje).

Cuánto habré insistido en esto, hoy, que casi diría que me aburro porque necesitaba aburrirme un poco trasteando con las cartas, leyendo algunas cosas, amarrándome a este teclado y sin muchas ganas de acabar la entrada del día.

Día gris, lluvia impeninetente, indolencia necesaria y gaviotas agazapadas en la chimenea de enfrente.

Letras

Tarde ambiental

Como si ya no quedase rincón por barrer, hoy ha vuelto la calma. La promesa de heladas, que se están haciendo de rogar —pero que suenan amenazantes, cuando menos—: estamos listos para lo que tenga que venir, esta es una de esas tardes de reconfigurar la rutina. La vuelta a la normalidad pasa por revisar las noticias pasadas; sobre todo, las que hablan de los rincones más estrambóticos e interesantes de quienes campan por estas tierras.

Hoy, la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil ha entrado en el sindicato UGT de Asturias y ha detenido a algunas figuras históricas. Ayer,  el ex tesorero del PP Luis Bárcenas volvió a declarar ante el juez, ahora para explicar su ingente fortuna suiza, y se conformó con explicar que era una suerte de fondo de pensiones.

Cuando estos titulares dejan de sobresaltar, uno empieza a temerse o bien que la repetición inmuniza o bien que se han quedado en perfiles en blanco y negro, que parecen ocurrir en otro mundo o, en el caso de UGT, que a lo mejor quedan en agua de borrajas.

Resultan casi convencionales, estas cosas: ora porque, como dice el dicho, en todas partes cuecen habas; ora porque la noticia inmediatamente siguiente es que estamos en enero y hace mucho frío. Como si todo respondiese a ciclos naturales, previsibles, faltos de sorpresa.

Esa sorpresa va aflorando en otros sitios, como la ficción, la creatividad, los mundos que se antojan inexplorados o, mejor aún, ininventados. Los mundos inexplorados —como estas presuntas corruptelas— entran se enmarcan en el equipo de lo que ha ocurrido pero aún no se sabe, de una historia que está escrita y aflorará. Los mundos ininventados, en cambio, son todos aquellos que no existen todavía, a pesar de la ilusión de que siempre estuvieron ahí.

Hoy, estos días catárticos, se impone escoger entre la vía de lo trillado y la vía por trillar. Un rey mago rezagado me ha dejado el tercer tomo de las obras completas de Valle-Inclán, como si queriese decir algo.