Compases

Bizet

Puccini suele hacer dramones (Bohème, Tosca, Madama Butterfly) pero siempre, y sin falta, por el lado temático de las cosas: cada ópera suya es como entrar en Disneylandia, aunque dentro está ocurriendo algo. Él quiere contarnos una cosa, pero al mismo tiempo quiere sumergirnos en un mundo más bien atractivo, digerible y bonito.

Estos días estoy acabando de batirme el cobre con los sobretítulos de Carmen, de Bizet, que se estrena la semana que viene en la Ópera de Oviedo bajo dirección de escena de Carlos Wagner. Es la primera vez que hago una de Bizet, y por tanto el momento de descubrir que si Puccini parecía «temático», Bizet juega en otra liga: Carmen tiene dramaturgia, pero prácticamente no tiene siquiera argumento. Las idas y venidas se cuentan sin texto.

Lo importante, en cambio, es que haya toreros, bandoleros, soldadesca y misteriosas gitanas en torno al fuego. Todo lo demás no son arcos dramáticos, precisamente, sino impresiones. Son ambientes, como cuadros. La música, esta vez, sí es más importante que lo que se dice.

Fundamental la coreografía, las seguidillas, las panderetas y los aires del Sur. Eso se quiere, nada más y nada menos.

Hace unos años, Calixto Bieito le dio una vuelta a todo este barullo para llevarlo a la frontera española de hoy. No rompió lo ambiental, que es lo que mejor se le da, sino que lo potenció. Y le salió esto:

Compases

Vuelve Tcherniakov

Es fascinante cuánto pueden llegar a abuchear a alguien. A Dmitri Tcherniakov le cayeron todas las salvas posibles con un Don Giovanni que, al tiempo, levantó pasiones, y que desde su estreno en 2013 le ha granjeado la fama de enfant terrible. Si se pulsa el enlace anterior, se verá que el espectador que graba el vídeo tenía tantas ganas de gritarle que incluso encontró el tiempo para sacar la cámara segundos antes de que saludase el director de escena.

Este año, le han encargado en el Festival de Aix-en-Provence una Carmen, de Bizet, con la que según el crítico Luis Gago ha cometido un magnicidio gracioso en su primera mitad, pero aburrido y fofo en la segunda. Todo el mundo tendrá ocasión se verlo a partir de mañana mismo, pues se retransmite por Arte y quedará disponible en la red.

La gran intriga radicaba en qué se le habría ocurrido esta vez. Según lo que cuenta Gago en su crítica de El País de hoy, y por resumir, el ruso ha convertido toda la ópera en una sesión de terapia, ha podado y reescrito todos los textos y ha insertado algunos gags «cuyas gracias fueron reídas estentóreamente siempre por el mismo espectador».

No hay nadie a quien moleste todo lo que hace este director (porque su Ciudad invisible de Kitej se cuenta entre una de las producciones favoritas en Europa), pero sus ideas, a veces, estorban tanto al respetable que parece un truco. Digo por parte de los espectadores, no de él: hay gente que disfruta tanto sintiéndose agraviada como otra rompiendo el cielo de la Provenza con carcajadas exageradas. Yo, con todo, la voy a ver.

Y lo más probable es que la disfrute.