Letras

Escritores y editores que comen pan

Esta tarde se ha muerto en Barcelona Claudio López Lamadrid, que era editor de Penguin Random House y, por ende, quizás una de las personas más poderosas en el mundo de libro en España, en Latinoamérica, en el mundo. Ha sido una muerte trágica y a destiempo. Por lo que leo en alguna crónica, incluso le ha pillado la Parca en la oficina.

No me he enterado por ningún periódico, sino por el primer y más ágil autor que ha llorado la pérdida en Twitter. Luego, ya sí, por una reseña excesivamente sentida. Por fin, porque se me ha inundado la red social de lamentos. Y, lo que es peor, de selfis. Acabo de ver a uno que solo ha escrito «Claudio» y ha colgado, debajo, una foto de sí mismo con el finado en una alegre cena.

Se ven copas medio vacías, servilletas arrasadas y panes a medio comer. Claudio. Claudio sale sonriendo a la cámara, pero no puedo entender que este sea el homenaje a un amigo llorado. Claudio.

Es evidente que la conmoción ha pillado a algunos con el pulgar en el botón de publicar; a otros, más tardíos, los ha cogido con la impagable necesidad de demostrar que lo tocaron, lo conocieron mientras vivió. Es muy necesaria, hasta oportuna, una condolencia cuando cae un mito del mundillo que se habita, pero es perfectamente prescindible convertir las condolencias en exhibicionismo.

Alguien me dijo una vez que lo bueno que tienen los tanatorios es que te ahorras el funeral y quitas de en medio el trámite. Qué verdad: puede uno ahorrarse ir a soportar misas y tediosos prolegómenos, puede simplemente aparcar en la puerta, entrar, saludar, firmar y marchar.

De eso, más o menos, hablo. He leído hoy a Juan Gómez-Jurado decir que la industria del libro se equivoca mucho si no mantiene a los lectores en el centro del negocio. Se refiere a que firma libros en contenedores si cierra la librería de turno, que contesta a todos los correos y cosas así. No creo que mienta o imposte, porque él mismo reconoce que está al borde del colapso por hacerles tanto caso. Pero tiene asumido que es su trabajo.

Por eso, justo por eso, me puede este nido de víboras sin lectores, de huérfanos repentinos del hombre que podría, quizás, recuperarles un manuscrito insoportable y alzarlo a las cotas de la alta literatura. A Lamadrid le hemos visto hacer cosas extraordinarias, pero también catapultar al estrellato a perfectos mentecatos. Y no ocurría nada por ello, porque había libros que él dirigió que valían por todo lo demás.

Descanse en paz, en fin. Y que le dejen.

Letras

Callas, Kennedy

Hace unos días que emitieron en La 2 (ya no está disponible por derechos de autor, aunque confío en que lo repongan) un documental extraordinario sobre Maria Callas, Jacqueline Kennedy y Aristoteles Onassis. Así se llama: Callas-Kennedy-Onassis. Vale la pena buscarlo.

El documental contiene absolutamente todo lo que se puede saber y contar sobre el triángulo —uno tan sórdido como fascinante—, coloreado con algo de amarilleo sexual de cada uno de sus integrantes pero, así y todo y obviamente, irresistible.

Los tres personajes son, una vez más, como personajes de un cómic o de una buena novela de intrigas: la diva, el magnate, la mujer más poderosa del mundo. Se van abriendo los ojos como platos ante sus miserias, sus pasiones, sus despechos y los puñales que vuelan de acá para allá.

Al final, con el paso de los días, noto que no es más que la historia de tres soledades enormes y bastante mal gestionadas. La Jackie traicionada y viuda; la cantante perdida, desorientada en su grandeza. El hombre que todo lo tenía, pero no sabía qué hacer con ello.

Uno a uno van cayendo en diversas desdichas, aunque todas están recubiertas de cierto glamour con su aroma viejo, desangelado. Estas, posiblemente, son historias de las que ya no quedan.

Letras magia

De pasión y perspectiva

¿Qué valor tiene lo que yo le pueda contar a nadie?

Me lo pregunto cada vez que tengo alumnos delante o que, como ahora, reviso y actualizo por enésima vez material propio para otros nuevos. Hablo de sobretitular, de teatro, de ópera e incluso les cuento por qué me apasiona lo que hago.

Digo «incluso» porque van ya unas cuantas promociones y grupos de gente que se lee o escucha la cantinela. Algunos acuden el primer día y no vuelven el segundo. Otros se asoman curiosos. Otros acaban por elegir este camino o uno que se le parezca. Y yo, que pensaba que convenía guardarse estas cosas…

No hay nada de lo enseñado, seguro, que no puedan averiguar por sí mismos. Lo único con lo que a lo mejor no habían tropezado era con el propio camino. Y puestos a ponérselo delante, ¿por qué no empezar por lo esencial, que es por qué lo elegí yo?

Me descubro, en esto y en todo, haciendo un esfuerzo por adoptar no la perspectiva del que sabe y cuenta, sino la del que descubre y se sorprende aun tras los sinsabores, las realidades, los esfuerzos imprescindibles. Qué poco nos vamos fascinando, cuánto terreno ganado tienen el cinismo y el posturismo innecesarios: qué poca falta hace fingir que se está de vuelta de todo, y cuánto se finge.

Hace unos meses ya que en el escritorio tengo un tríptico de espejos. No es para verme la cara, sino las manos al probar un juego nuevo o destrozarme los sabidos. En magia, igual que en todo, hay una premisa infalible para saber si lo que se está proponiendo funciona o no: si no me convence a mí, no puedo convencer a nadie. Hay juegos y manejos, muchos, que vistos desde el frente o los lados se desmontan de un plumazo pero engañan desde el punto de vista de uno.

Hay lógicas internas, sin embargo, que son inexpugnables. Acabo de caer encima de una de ellas, por ejemplo, que remite a ese engaño de lo imposible. Una vez descubierto el secreto, corro a probarlo sin espejo primero, y aunque sea consciente de lo que están tramando los dedos me engaña, me sorprende como si no supiera lo que están haciendo mis propias manos.

Luego, lo pruebo con el espejo. Se ve, no funciona: no puedo compartirlo. Necesita ser pulido, alineado con lo que yo me estoy contando para que sea lo mismo que le estaré contando al espectador. Se trata de una versión del Reset de Paul Harris: cuatro ases en un montón; cuatro reyes en otro. Los ases se convierten progresivamente en reyes. Al final, todo vuelve a su sitio y nadie entiende nada. (No adjunto vídeo porque no he encontrado ni uno que valga la pena. Si nos vemos, estoy dispuesto a enseñarlo.)

Lo que ahora viene es machacarlo hasta tenerlo en dedos. O sea, hasta que la comunicación sea completa y milagrosamente posible: hasta que cuente exactamente lo mismo que me cuenta a mí.

Por ahí, por esa zona, se encuentran los mejores motivos para escribir limpio, crear claro y disparar certero.

Letras

Ni un día

Apenas una semana he tardado en cometer el primer error de publicación de 2019: la entrada de ayer fue escrita con poca cobertura, no publicada y convenientemente adormilada hasta darle al botón hace un instante. Ahora, la tentación es otra: dejar de escribir la entrada de hoy (porque la de ayer ya estaba escrita, pero no publicada, y bien hubiera podido pasar por la de hoy… ¿o no?).

No obstante, no debe pasar ni un día sin anotar algo en este diario. Ese es el sentido de la escritura, se entiende: hacerlo para uno y no para los demás; aunque, bien mirado, ¿por qué habría que publicarlo si está escrito solo para uno? Como siempre, la respuesta es que algo obliga a no «fallar» a quienes esperan que algo aparezca con la fecha del día. Un círculo vicioso habitual.

La cuestión es que paso el día revisando unos textos interminables para entregar. Son puramente informativos y su función, estrictamente comunicativa. Ni se espera ni se pide estilo, solo llegar al final (al grano) cuanto antes. Del modo más transparente posible. Ahí no me resulta muy complicado escribir y escribir y escribir, aunque antes necesite poner en orden las ideas.

Si bien aquí, o en cualquier escritura «para mí», siempre me da guerra buscarle el inicio al siguiente párrafo, en la escritura para contar cosas el problema es el contrario: que se agolpan las ideas y no les encuentro el principio. Solo veo una inmensa pared cubierta de párrafos densos. Un panorama que tengo que apilar (como cincuenta y dos cartas) en un orden que no puede ser ni aleatorio ni erróneo.

Hay que tener mucho cuidado para que una conduzca a la otra. Es como elaborar un repertorio con las canciones que tocamos en los Pin Pals, o con la serie de juegos que pueden formar una sesión de magia. No así con las óperas y las zarzuelas, que tienen la inmensa ventaja de venir con un orden dado. Igual que los textos para traducir. Igual, incluso, que las noticias de estructura hecha: se trata de rellenar los huecos.

Por eso solo se puede escribir un diario así, a diario, y no a saltos o a semanas (como propone alguno).

El orden, aunque sea un poco, es lo único que puede albergar el caos.

Letras

El impulso y el tesoro del cisne negro

Me acabé deslizando fuera de la cama porque me había enganchado sin remedio a la historia del «Tesoro del cisne negro , el pecio que, según el cómic de Guillermo Corral y Paco Roca que acaba de publicar Astiberri, el Ministerio de Cultura logró recuperar de unos ávidos cazatesoros estadounidenses hace diez años.

Lo acabé terminando, como cualquier buena historia, de una sentada: este habla de espías españoles, funcionarios jovenzuelos con más entusiasmo que sentido práctico e injusticias administrativas. Algo hay de intrépidos abogados y de nobles creencias, pero al final todo sabe de otro modo: el capitán Haddock ya está «guiñado» en las primeras páginas, y el aroma a Tintín es inevitable.

Parece que entre uno y otro han querido novelar un documental, y también (esto tiene mucho mérito) intentar contar el porqué de los empeños sin caer en la autoparodia nacional. Se nota que la escuela diplomática pesa, y se nota, sobre todo, que ambos autores han sentido la necesidad de narrar que aquí, a este lado del charco, también suceden cosas extraordinarias.

Mientras, María apuraba Stock de Coque. «Hace que parezca tan fácil de dibujar…»

Y justo, la sensación que dejan los cómics excelentes (en especial los de Tintín) es que esa línea clara es improvisada, que la mano sabía a dónde se dirigía cuando puso la pluma en el papel. Eso hace que leerlos sea pasearlos, disfrutarlos, que al final es mi gran aspiración con la escritura.

Hoy, a modo de clausura de las fiestas y preludio al 2019 auténtico, ha habido ensaladilla y espárragos blancos para comer. Cuentan que dan alegría, que palian los efectos del frío y la falta de luz. «Ahora puedo decirlo: ojalá que hayas vuelto a escribir el diario sirva de impulso para escribir de lo demás.»

Ojalá. Y ojalá salga, parezca, fluya tan sencillo y limpio.

Letras

Libros y calcetines

Hay dos cosas, no exclusivas pero sí complementarias, que nunca les fallan a los Reyes Magos: los libros y las telas (jerséis, camisas, calcetines, etc.). Han llegado las dos, y las dos me reconfortan tanto como me entusiasman un par de marcos amplios, de sorpresas autoimpuestas y recuerdos para guardar.

En fin, los libros. Los libros son, de momento, El tesoro del cisne negro, de Guilermo Corral y Paco Roca, que promete muchísimo, y tiene aires tintinescos. Tintín es quien ha venido a ver a María, en forma de Stock de Coque y de Las siete bolas de cristal (posiblemente, mi favorito).

Me entusiasma especialmente (ya pasó en 2017 cuando una amiga encontró un Corto Maltés por mi cumpleaños que devoré en apenas una tarde) que me lleven a pasear por los mares, las profundidades y las obsesiones del descubrimiento. Los pecios, los empeños, las pasiones y lo desconocido.

Por eso, o no, también han llegado un par de libros magias, de clásicos (un Tamariz, un Lavand) en busca de la inspiración. Y dice Lavand —aunque seguramente mienta— que no son los naipes elemento de juego para desplumar al oponente con su habilísima mano izquierda (la que le quedaba), sino para jugar con su percepción, su acierto, su credulidad.

Ahora bien: me acabo de encontrar a un rey mago por la calle comentando la cabalgata de ayer con dos viandantes. Vestía chaleco, vaqueros y las manos a la espalda. «Les preocupaba el tema de la seguridad», explicaba señalando nosequé.

Aquí sus majestades llegaron en dos tandas, por si acaso. El uno, tarde por la noche. Otro, más temprano. Ahora el salón es un mar de papeles rasgados.

¡A leer!

Buenos alimentos

Tocar en la Noche de Reyes

En la Noche de Reyes siempre pasan cosas extraordinarias, llega gente extraordinaria y suceden cosas inesperadas. Entra alguno por la ventana, se cuela y calladamente deja un puñado de paquetes sobre el zapato.

Este año, además, tocamos. Será en el Garage, en Avilés, dentro de un rato: es la primera vez que lo extraordinario es eso, recibir a sus majestades con unas tonadas de Hendrix en adelante con mis queridos Pin Pals. Las noches de reyes son, por definición, las noches de las primeras e insólitas veces.

En la Plaza Mayor suena swing navideño (que celebra a Santa Claus) y la calle Corrida, la que ayer bullía a estas horas, está desierta: todos toman posiciones en el recorrido de la cabalgata a pocos metros de allí. Esto es el final, la explosión total, el agotamiento navideño por extenuación antes de que vuelva a volver a empezar el año.

Antes, a su paso solo quedaba confeti y humo; ahora, van a quedar mandarinas, un caldo caliente y el silencio relajado que sigue a los conciertos. Habrá que ser buenos, aunque nos acostemos tarde, por lo que mañana puedan haber dejado sus majestades.

Buenos alimentos

Navidad absoluta

Los veo correr por el Muro; a otros, por la calle Corrida, la calle principal de mi ciudad. Unos están haciendo algo por sus abdómenes y los otros, por sus familias. Hoy es el día de la traca final de la Navidad y de los Reyes Magos, que mañana se ponen a lo suyo y por eso hoy, aún, pasean grandes bolsas sin demasiado disimulo.

Entran en librerías, casi a tiro fijo. Hay uno que busca, otro que atiende y otro que envuelve. Luego, el primero distrae la atención y el segundo esconde los paquetes hasta que llegue la hora.

Hay una cola inmensa para ver el Belén y un grupo tocando versiones de Los Secretos (!) en la plaza del 6 de agosto. Hay padres, muchos padres, demasiados, con todas sus criaturas —que son muchas— buscando entretenerlas con cualquier sonido, cualquier luz, cualquier escaparate y con cualquier cosa que escape mínimamente a lo común. Parece que las ideas se han acabado.

Ahora faltan los Reyes, que son en el fondo no solo el colofón sino lo más unánime de las fiestas: los Reyes Magos son un poco de cálida indulgencia en los placeres del regalo, son el momento en que todo el mundo está más bien contento y, encima, carecen de la carga horaria y puntualísima de todo lo demás. Los Reyes Magos llegan en algún momento entre el anochecer de mañana y el amanecer de pasado, pero se pueden abrir, recibir y disfrutar en cualquier otro momento. Solos o en compañía.

En fin, yo he visto a uno abalanzarse sobre un ejemplar de Origen, de Dan Brown, como quien pide cien gramos de mortadela en la charcutería. Pedirlo para regalo y marchar sin mirar atrás. No sé cuánta alma se habrá colado entre el papel de envoltura y el libro en cuestión, pero imagino que poca.

La indulgencia, el calorín ese de desgarrar el papel y sentir que aquello tiene alguna importancia en lo que queda de año me parece esencial. No se sabe a dónde conducen estos atragantones de turrón y carreras cuando son eso, atragantones sin rumbo, cuando se agolpa la gente corriendo de un lado para otro.

magia

Una magia en construcción

Estábamos en la trastienda. Había unos cuantos magos a los que admiro y, finalmente, enseñé una idea en construcción. Se me ha ocurrido que los espectadores puedan cortar la baraja por donde quieran y, de una manera algo enrevesada (aunque algún día será vistosa) sean las propias cartas las que puedan «adivinar» cuántas se separaron del mazo.

Caras de sorpresa, frialdad, ceños fruncidos.

—¿Eso era un…?

—No.

—Pues lo parecía, y no debiera.

—¿No puedes hacer un…?

—No se me había ocurrido.

A lo mejor la idea no era mala, pero desde luego, no funcionaba. Lo que en la cabeza y los paseos es ingeniería mágica y aplausos desaforados puede volverse, en la vida real, un laberinto sin salida. Me llevé todos sus consejos, ideas, fallos y observaciones. Y aciertos. Y los tengo esparcidos encima de la mesa para que la idea, por fin, funcione.

Ahora bien, tengo lo que queda de enero para preparar algo que dure como máximo doce minutos. Es una prueba, un reto y, sí, un examen ante magos y público «profano»: de un lado, pesa la voluntad de aplicar lo aprendido y enseñar lo ideado; de otro, sobrevuela el temor a que esas movidas tan pintonas fallen. O, peor, aburran. O que no funcionen.

Entonces ¿hay que volver a lo básico? ¿Basta con darle una vuelta a algún clásico y jugar sobre seguro o debo asumir riesgos?

(Dice Max Maven, que es un gran mago, que si no estás dispuesto a asumir riesgos mejor te dediques a otra cosa.)

Al final, he vuelto a ver la triple coincidencia de Juan Tamariz. Este juego debe de tener más años que la baraja española, lo sé hacer desde hace bastante tiempo e incluso la explicación es fácil de encontrar por ahí. Perfecta para hacerlo con los pies y romper la ilusión: en sí, la mecánica es sencilla, pero Tamariz lo envuelve con tantísimo talento, tan buena guía del personal, que podría estar viéndolo y haciéndolo hasta quedarme sin manos ni sonrisa. Es una maravilla y un destructor absoluto.

Menos, a veces, es muchísimo más.

Letras

Las grandes lecturas para 2019

Hace unos meses entré en la librería y pedí algo que me diera ilusión leer. Algo policíaco, emocionante, liviano, entusiasmante. Me vino otra idea: cómics. «Es que me duran poco, me saben a poco para lo que digo», protesté.

Al final, el elegido fue Crímenes, de Ferdinand von Schirach, que en España edita Salamandra. Schirach es un jurista alemán que hace unos años se puso a recopilar y novelar casos reales en los que había trabajado con un éxito tremendo. Resultaron una especie de fábulas sin moraleja, relatos colgados y alguna ambición literaria (pero muy parca, muy poca, más vencida hacia la limpieza germana). Y me duró un par de noches, fue una lectura bien agradable. Sí, daban ganas seguir leyendo. No hay vergüenza en ello.

Lo digo porque, como siempre los primeros días del año, se vienen algunos propósitos que tienen que ver con las grandes lecturas. Por ejemplo, leí hace poco una reseña del nuevo libro de Eduardo Lago en El País donde se habla de la gran novela americana, y en esencia se viene a reconocer que hay una literatura «de la dificultad» que puja y empuja en este tiempo que nos ha tocado vivir. Por mucho que ahora se diga, ahí mismo, que Jonathan Franzen es el hazmerreír de las nuevas generaciones de lectores, a mí me sigue pareciendo que las piruetas de los supuestamente grandes son insoportables.

Vamos a ver: me compré un ensayo sobre la cultura y la forma de hacerla hoy en día y no logré pasar de la página 10. Era y es insufrible, igual que debe serlo, por fuerza, una novela recién horneada de la que alguien escribió el último día del año 2018 que era un «artefacto verbal», ni más ni menos, lleno preguntas incómodas. La propia reseña era de digestión dificilísima.

Yo me voy negando, cada vez con más convicción y explícitamente, a aceptar que no me gusta la literatura. La buena literatura. Me entusiasma, como nos debe de entusiasmar a todos, aunque a veces necesitemos sentir la calidez de las historias bien contadas y no necesitemos correr veinte o treinta páginas como quien sube una cuesta con piedras a la espalda. De hecho, me niego a creer que un libro que cueste leer sea un buen libro, porque los libros bien construidos se pueden disfrutar desde la emoción, desde el cerebro y desde las tripas, y no necesariamente desde un máster en montañas literarias.

Decía el librero que me puso en la manos a Schirach que no había tenido arrestos para leer Solenoide, que a Jugadores de billar le sobraban páginas (y eso lo sabía ya hace quince años) y que yo vería dónde me metía, pero que había algunas lecturas reservadas para aquellos a los que «les gustan los retos». No creo que sea uno de ellos. Lo voy aceptando, cada año mejor, en busca de bocados más concentrados, y no peores.