Letras

La novela que no has escrito

No necesitaba una certeza, pero sí un pequeño empujón para ponerme a escribir la famosa novela que no hemos escrito nunca los que decimos que escribimos y a los que se nos supone la escritura.

He pensado mucho sobre la parálisis o, mejor, sobre el motivo por el que siempre antepongo (anteponemos) otras cosas a la redacción de un manuscrito. Estoy casi seguro —lo acabo de verbalizar— que tiene que ver con una profunda falta de confianza en que el resultado, después de todo el esfuerzo, vaya a ser legible y a valer la pena.

En segundo lugar, como consecuencia de lo anterior, con que nadie vaya a querer publicarlo, ni mucho menos leerlo.

Es una utopía pensar que la escritura se hace para uno solamente, que los textos se escriben para quemarlos luego y quedarse con la íntima satisfacción de haberlos completado. Yo lo reconozco: escribo, toco, dirijo, pienso, ensayo y trabajo porque albergo la esperanza de que el resultado tenga salida. Y, lo que es más conflictivo, me cuesta mucho ponerme a hacerlo sin la convicción de que conduce a algún lugar.

He buscado el impulso, el empellón necesario, en una conversación. No en una promesa, en un contrato, ni siquiera en la petición expresa de que escriba la grandísima novela que se me supone. Lo primero no es posible, lo segundo no es deseable y lo tercero, de producirse, implica unas expectativas que no quiero sobre mi teclado.

La conversación solo es un consejo, una gota de interés y un plazo: verano. Hay que ponerse a escribir porque ahora sé, al menos, que alguien lo va a leer.

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Los días cargados

Lo más peligroso de los diarios —creo que ya lo he anotado alguna vez— es cuando dejan de serlo. El día crítico no es el que no se escribe, sino al siguiente: hoy.

Ayer tenía que hacer una cantidad absurda de cosas y, al terminar, había media hora suelta para escribir. Media hora porque sí, media hora sin preparación previa y la hoja en blanco. No, no va a pasar nada por no ponerse a escribir… O sí, por si acaso mejor hacerlo. ¡Disciplina, disciplina!

Lo peor es que todas las conversaciones y observaciones previas forman parte del tipo de cosas que uno no puede, ni debe, anotar en un diario (se publique o no) de inmediato. Hablamos de despedidas, de llegadas, de posibilidades y de porvenires. Hablamos de teatros, de libros, de autores, de risas, de ideas, de proyectos. De anchoas, de periódicos y de tiempos remotos. De cobardes y de valientes.

Son cosas demasiado grandes para ponerlas negro sobre blanco y dejarlas ahí. Requieren de un poco de ponderación: no son una receta de arbeyos y calamares, y encima pueden comprometer varias cosas. La principal de ellas, la propia percepción del mundo.

Precisamente hablábamos de lo complicado que es hacerse una película de la propia vida, con sus planos, sus diálogos y escenas bien separadas. A lo mejor (a lo mejor no, seguro, lo he comprobado porque ya ha ocurrido) cuando se emprende esa tarea directamente, cuando anotas lo excesivo en un par de párrafos, al cabo de poco tiempo no te reconoces.

Tampoco reconoces lo que dices, lo que sientes, lo que ves y lo que escribes, por tanto. Parece haberlo hecho otra persona y, de hecho, así es: cuando se escriben las entradas sin digerir ni madurar no son las propias manos las que actúan, sino las de alguien que intenta entender y procesar al mismo tiempo que trata de sintetizar y narrar. Una locura inasequible.

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Fase ejecutiva, fase creativa

Se acabó la creatividad. Eso sucede por la noche, caído el día y terminadas las tareas o compromisos o quehaceres varios, como puede ser escribir este diario. Visto todo lo que hay que ver, la mente se relaja y empieza a dar vueltas, a pasear hasta que llega a un punto de genialidad (u ocurrencia) al que hay que seguir dándole aún más vueltas después.

Eso es precisamente lo que sucede en la fase ejecutiva, que por oposición supone planchar horas, tachar asuntos, marcar casillas de completado, contemplar porcentajes. Esa solo fructifica con las primeras horas del día. A ser posible, incluso, con las anteriores: las que se encuentran atrapadas entre que es demasiado tarde para acostarse e insultantemente temprano para levantarse.

Entonces estoy somnoliento y el cerebro no va muy deprisa. Sirvo café, saco las cartas del estuche y despierto con una o dos tazas de repaso, de gimnasia mental. Miro la pila de cosas pendientes, decido qué va a ser. Un personaje nocturno, anterior, ya ha hecho el trabajo duro: qué hay que escribir, qué hay que anotar, qué hay que enviar. Ya solo hay que hacerlo…

A alguien le leí, en tono jocoso, que la gente piensa que los escritores se sientan y escriben un párrafo, luego otro, luego beben y duermen y disfrutan la vida y, por fin, ponen el punto final. Nada más lejos de la verdad, de la cruda verdad que es reescribir, reempezar y tirar cosas por la ventana una y otra vez hasta que algo vale la pena. Si es que la llega a valer.

Esos son los pequeños grandes esfuerzos que rara vez se dan de noche. Ese yo —que es otro distinto del ideólogo-imaginador, que sí es noctámbulo y paseante— madruga muchísimo y exige un silencio que solo rompe la radio. A veces, ni eso. Pide lienzo blanco y cabeza despejada y, a partir de ahí, con ansia, se pone a escribir.

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Segundo aniversario

Hoy hace dos años que murió mi abuela, dos años que era viernes por la mañana y recibí la llamada y seguí trabajando en mis cosas antes de entender lo ocurrido. Dos años hace que me puse a escribir compulsivamente, en este diario, en el periódico, en enviar la columna del domingo, en Rigoletto, que estaba a punto de estrenarse en Oviedo, en todo.

En cambio, pienso que faltan dos días para que haga dos años que me puse a estudiar mis magias, dos años hace que pensaba que faltaban muchos más para hacer alguna obra propia (ópera, teatro, lo que fuera) y dos años en que hubiera dudado que estuviese, dos años mas tarde, razonablemente satisfecho con lo que desde entonces ha sucedido. Porque todo lo anterior ha ocurrido.

Solo las efemérides así de nítidas nos permiten darnos cuenta de lo que cambian las cosas. No es nostalgia, es asombro: hace dos años no sabíamos quién era Carles Puigdemont, por poner un ejemplo más o menos universal.

En tan poco tiempo pueden ocurrir cientos de cosas, miles, porque nunca suceden poco a poco. Son un simple instante —un chispazo, quizás— al que hay que esperar como a un pez con la caña sumergida en la mar. De pronto, todo se precipita.

He salido a pescar, este domingo, en forma de paseo con un libro de Tamariz bajo el brazo y unas músicas —de las que aún no quiero escribir, invocar— hasta bien lejos, hasta los confines de Gijón. Allí se diluye la luz, se ve todo desde mucho más lejos y me vienen algunas ideas, iluminaciones.

Lo cierto es que no convierto el aniversario en dos años de ausencia, no lo veo como todo aquello que nunca podremos vivir o compartir. Tiene un aspecto más parecido a un bloque, a algo que se ha ido consolidando y solidificando y que puede quedar felizmente integrado en mi paisaje personal. No hay asuntos o cuentas pendientes, solo promesas, códigos, equipajes y maletas que quizás solo me pertenezcan a mí, pero que en todo caso alimentan. Son útiles.

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Amor propio

Anoche me enviaron un vídeo del Mago Pop en el que desaparece de una cabina del London Eye (la meganoria de Londres) y aparece en la contigua. Malísimo, es puritita edición en vídeo. Juzgue quien tenga paciencia.

A partir de ahí, me pica la curiosidad y busco algo más en Internet. En un vídeo aparece diciendo que ha llegado la hora de devolver a la magia su capacidad de ilusión para que deje de ser lo que ha sido hasta ahora (?): un «divertimento de bar». Vaya huevos, manolín.

Lo dice uno que utiliza compinches (esto es grave), que roba a otros magos sus creaciones (esto es un poco peor) pero, ante todo, que es muy mal mago. Torpe en la ejecución y evidente en sus historias, solo pone sonrisa de bueno y, oiga, llena teatros noche tras noche hasta poder presumir de ser el mago que más espectadores ha tenido en Europa, un millón. Y luego nos regala con esto:

Nótese, por favor, la souplesse en los cortes, la gracilidad del movimiento y, muy especialmente, que el orden de las cartas que muestra al principio es… el mismo en el que las va sacando. Creo que nada revelo.

En fin, me fui a la cama sospechando que Antonio Díaz, el Mago Pop, ha pasado más tiempo de su vida convenciéndose de que nada de lo que hacía era reprochable que ensayando. Nada hay de los estándares a los que cualquier otro ilusionista en cualquier otro momento y lugar aspiraba: aquí hay humo y muy pocos principios.

Esta mañana lo hablábamos. Hablábamos de la parálisis a la hora de abordar proyectos creativos. Me pasé 2018 —casi diría que los últimos diez años— escribiendo más sobre por qué no he escrito o enseñado mi primera novela que haciéndolo. La conclusión general ha sido la misma: siempre, que lo que iba a salir no iba a ser lo suficientemente bueno para lo que aspiraba a hacer.

Esto, huelga decirlo, es una bobada. No solo porque hasta que no esté hecho no sabremos si es bueno o malo, sino porque si hay gente haciéndolo peor (y viviendo de ello): ¿Qué nos impide hacerlo?

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Escritores y editores que comen pan

Esta tarde se ha muerto en Barcelona Claudio López Lamadrid, que era editor de Penguin Random House y, por ende, quizás una de las personas más poderosas en el mundo de libro en España, en Latinoamérica, en el mundo. Ha sido una muerte trágica y a destiempo. Por lo que leo en alguna crónica, incluso le ha pillado la Parca en la oficina.

No me he enterado por ningún periódico, sino por el primer y más ágil autor que ha llorado la pérdida en Twitter. Luego, ya sí, por una reseña excesivamente sentida. Por fin, porque se me ha inundado la red social de lamentos. Y, lo que es peor, de selfis. Acabo de ver a uno que solo ha escrito «Claudio» y ha colgado, debajo, una foto de sí mismo con el finado en una alegre cena.

Se ven copas medio vacías, servilletas arrasadas y panes a medio comer. Claudio. Claudio sale sonriendo a la cámara, pero no puedo entender que este sea el homenaje a un amigo llorado. Claudio.

Es evidente que la conmoción ha pillado a algunos con el pulgar en el botón de publicar; a otros, más tardíos, los ha cogido con la impagable necesidad de demostrar que lo tocaron, lo conocieron mientras vivió. Es muy necesaria, hasta oportuna, una condolencia cuando cae un mito del mundillo que se habita, pero es perfectamente prescindible convertir las condolencias en exhibicionismo.

Alguien me dijo una vez que lo bueno que tienen los tanatorios es que te ahorras el funeral y quitas de en medio el trámite. Qué verdad: puede uno ahorrarse ir a soportar misas y tediosos prolegómenos, puede simplemente aparcar en la puerta, entrar, saludar, firmar y marchar.

De eso, más o menos, hablo. He leído hoy a Juan Gómez-Jurado decir que la industria del libro se equivoca mucho si no mantiene a los lectores en el centro del negocio. Se refiere a que firma libros en contenedores si cierra la librería de turno, que contesta a todos los correos y cosas así. No creo que mienta o imposte, porque él mismo reconoce que está al borde del colapso por hacerles tanto caso. Pero tiene asumido que es su trabajo.

Por eso, justo por eso, me puede este nido de víboras sin lectores, de huérfanos repentinos del hombre que podría, quizás, recuperarles un manuscrito insoportable y alzarlo a las cotas de la alta literatura. A Lamadrid le hemos visto hacer cosas extraordinarias, pero también catapultar al estrellato a perfectos mentecatos. Y no ocurría nada por ello, porque había libros que él dirigió que valían por todo lo demás.

Descanse en paz, en fin. Y que le dejen.

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Callas, Kennedy

Hace unos días que emitieron en La 2 (ya no está disponible por derechos de autor, aunque confío en que lo repongan) un documental extraordinario sobre Maria Callas, Jacqueline Kennedy y Aristoteles Onassis. Así se llama: Callas-Kennedy-Onassis. Vale la pena buscarlo.

El documental contiene absolutamente todo lo que se puede saber y contar sobre el triángulo —uno tan sórdido como fascinante—, coloreado con algo de amarilleo sexual de cada uno de sus integrantes pero, así y todo y obviamente, irresistible.

Los tres personajes son, una vez más, como personajes de un cómic o de una buena novela de intrigas: la diva, el magnate, la mujer más poderosa del mundo. Se van abriendo los ojos como platos ante sus miserias, sus pasiones, sus despechos y los puñales que vuelan de acá para allá.

Al final, con el paso de los días, noto que no es más que la historia de tres soledades enormes y bastante mal gestionadas. La Jackie traicionada y viuda; la cantante perdida, desorientada en su grandeza. El hombre que todo lo tenía, pero no sabía qué hacer con ello.

Uno a uno van cayendo en diversas desdichas, aunque todas están recubiertas de cierto glamour con su aroma viejo, desangelado. Estas, posiblemente, son historias de las que ya no quedan.

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De pasión y perspectiva

¿Qué valor tiene lo que yo le pueda contar a nadie?

Me lo pregunto cada vez que tengo alumnos delante o que, como ahora, reviso y actualizo por enésima vez material propio para otros nuevos. Hablo de sobretitular, de teatro, de ópera e incluso les cuento por qué me apasiona lo que hago.

Digo «incluso» porque van ya unas cuantas promociones y grupos de gente que se lee o escucha la cantinela. Algunos acuden el primer día y no vuelven el segundo. Otros se asoman curiosos. Otros acaban por elegir este camino o uno que se le parezca. Y yo, que pensaba que convenía guardarse estas cosas…

No hay nada de lo enseñado, seguro, que no puedan averiguar por sí mismos. Lo único con lo que a lo mejor no habían tropezado era con el propio camino. Y puestos a ponérselo delante, ¿por qué no empezar por lo esencial, que es por qué lo elegí yo?

Me descubro, en esto y en todo, haciendo un esfuerzo por adoptar no la perspectiva del que sabe y cuenta, sino la del que descubre y se sorprende aun tras los sinsabores, las realidades, los esfuerzos imprescindibles. Qué poco nos vamos fascinando, cuánto terreno ganado tienen el cinismo y el posturismo innecesarios: qué poca falta hace fingir que se está de vuelta de todo, y cuánto se finge.

Hace unos meses ya que en el escritorio tengo un tríptico de espejos. No es para verme la cara, sino las manos al probar un juego nuevo o destrozarme los sabidos. En magia, igual que en todo, hay una premisa infalible para saber si lo que se está proponiendo funciona o no: si no me convence a mí, no puedo convencer a nadie. Hay juegos y manejos, muchos, que vistos desde el frente o los lados se desmontan de un plumazo pero engañan desde el punto de vista de uno.

Hay lógicas internas, sin embargo, que son inexpugnables. Acabo de caer encima de una de ellas, por ejemplo, que remite a ese engaño de lo imposible. Una vez descubierto el secreto, corro a probarlo sin espejo primero, y aunque sea consciente de lo que están tramando los dedos me engaña, me sorprende como si no supiera lo que están haciendo mis propias manos.

Luego, lo pruebo con el espejo. Se ve, no funciona: no puedo compartirlo. Necesita ser pulido, alineado con lo que yo me estoy contando para que sea lo mismo que le estaré contando al espectador. Se trata de una versión del Reset de Paul Harris: cuatro ases en un montón; cuatro reyes en otro. Los ases se convierten progresivamente en reyes. Al final, todo vuelve a su sitio y nadie entiende nada. (No adjunto vídeo porque no he encontrado ni uno que valga la pena. Si nos vemos, estoy dispuesto a enseñarlo.)

Lo que ahora viene es machacarlo hasta tenerlo en dedos. O sea, hasta que la comunicación sea completa y milagrosamente posible: hasta que cuente exactamente lo mismo que me cuenta a mí.

Por ahí, por esa zona, se encuentran los mejores motivos para escribir limpio, crear claro y disparar certero.

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Ni un día

Apenas una semana he tardado en cometer el primer error de publicación de 2019: la entrada de ayer fue escrita con poca cobertura, no publicada y convenientemente adormilada hasta darle al botón hace un instante. Ahora, la tentación es otra: dejar de escribir la entrada de hoy (porque la de ayer ya estaba escrita, pero no publicada, y bien hubiera podido pasar por la de hoy… ¿o no?).

No obstante, no debe pasar ni un día sin anotar algo en este diario. Ese es el sentido de la escritura, se entiende: hacerlo para uno y no para los demás; aunque, bien mirado, ¿por qué habría que publicarlo si está escrito solo para uno? Como siempre, la respuesta es que algo obliga a no «fallar» a quienes esperan que algo aparezca con la fecha del día. Un círculo vicioso habitual.

La cuestión es que paso el día revisando unos textos interminables para entregar. Son puramente informativos y su función, estrictamente comunicativa. Ni se espera ni se pide estilo, solo llegar al final (al grano) cuanto antes. Del modo más transparente posible. Ahí no me resulta muy complicado escribir y escribir y escribir, aunque antes necesite poner en orden las ideas.

Si bien aquí, o en cualquier escritura «para mí», siempre me da guerra buscarle el inicio al siguiente párrafo, en la escritura para contar cosas el problema es el contrario: que se agolpan las ideas y no les encuentro el principio. Solo veo una inmensa pared cubierta de párrafos densos. Un panorama que tengo que apilar (como cincuenta y dos cartas) en un orden que no puede ser ni aleatorio ni erróneo.

Hay que tener mucho cuidado para que una conduzca a la otra. Es como elaborar un repertorio con las canciones que tocamos en los Pin Pals, o con la serie de juegos que pueden formar una sesión de magia. No así con las óperas y las zarzuelas, que tienen la inmensa ventaja de venir con un orden dado. Igual que los textos para traducir. Igual, incluso, que las noticias de estructura hecha: se trata de rellenar los huecos.

Por eso solo se puede escribir un diario así, a diario, y no a saltos o a semanas (como propone alguno).

El orden, aunque sea un poco, es lo único que puede albergar el caos.

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El impulso y el tesoro del cisne negro

Me acabé deslizando fuera de la cama porque me había enganchado sin remedio a la historia del «Tesoro del cisne negro , el pecio que, según el cómic de Guillermo Corral y Paco Roca que acaba de publicar Astiberri, el Ministerio de Cultura logró recuperar de unos ávidos cazatesoros estadounidenses hace diez años.

Lo acabé terminando, como cualquier buena historia, de una sentada: este habla de espías españoles, funcionarios jovenzuelos con más entusiasmo que sentido práctico e injusticias administrativas. Algo hay de intrépidos abogados y de nobles creencias, pero al final todo sabe de otro modo: el capitán Haddock ya está «guiñado» en las primeras páginas, y el aroma a Tintín es inevitable.

Parece que entre uno y otro han querido novelar un documental, y también (esto tiene mucho mérito) intentar contar el porqué de los empeños sin caer en la autoparodia nacional. Se nota que la escuela diplomática pesa, y se nota, sobre todo, que ambos autores han sentido la necesidad de narrar que aquí, a este lado del charco, también suceden cosas extraordinarias.

Mientras, María apuraba Stock de Coque. «Hace que parezca tan fácil de dibujar…»

Y justo, la sensación que dejan los cómics excelentes (en especial los de Tintín) es que esa línea clara es improvisada, que la mano sabía a dónde se dirigía cuando puso la pluma en el papel. Eso hace que leerlos sea pasearlos, disfrutarlos, que al final es mi gran aspiración con la escritura.

Hoy, a modo de clausura de las fiestas y preludio al 2019 auténtico, ha habido ensaladilla y espárragos blancos para comer. Cuentan que dan alegría, que palian los efectos del frío y la falta de luz. «Ahora puedo decirlo: ojalá que hayas vuelto a escribir el diario sirva de impulso para escribir de lo demás.»

Ojalá. Y ojalá salga, parezca, fluya tan sencillo y limpio.