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Bizet

Puccini suele hacer dramones (Bohème, Tosca, Madama Butterfly) pero siempre, y sin falta, por el lado temático de las cosas: cada ópera suya es como entrar en Disneylandia, aunque dentro está ocurriendo algo. Él quiere contarnos una cosa, pero al mismo tiempo quiere sumergirnos en un mundo más bien atractivo, digerible y bonito.

Estos días estoy acabando de batirme el cobre con los sobretítulos de Carmen, de Bizet, que se estrena la semana que viene en la Ópera de Oviedo bajo dirección de escena de Carlos Wagner. Es la primera vez que hago una de Bizet, y por tanto el momento de descubrir que si Puccini parecía «temático», Bizet juega en otra liga: Carmen tiene dramaturgia, pero prácticamente no tiene siquiera argumento. Las idas y venidas se cuentan sin texto.

Lo importante, en cambio, es que haya toreros, bandoleros, soldadesca y misteriosas gitanas en torno al fuego. Todo lo demás no son arcos dramáticos, precisamente, sino impresiones. Son ambientes, como cuadros. La música, esta vez, sí es más importante que lo que se dice.

Fundamental la coreografía, las seguidillas, las panderetas y los aires del Sur. Eso se quiere, nada más y nada menos.

Hace unos años, Calixto Bieito le dio una vuelta a todo este barullo para llevarlo a la frontera española de hoy. No rompió lo ambiental, que es lo que mejor se le da, sino que lo potenció. Y le salió esto:

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Surfin’ Tenochtitlan

Hay bastantes motivos para escoger el bajo, pero para mí uno de ellos es el surf. No montarse a una tabla, obviamente, sino la música en cuestión.

Hay gente a la que le resulta aburrida, repetitiva; a mí no me cansa jamás, siempre que se toque con gusto y variedad.

Hace bastantes años que parte de esa cooperativa que formaban los hermanos Pardo, Javi Vacas, David Krahe, Loza y demás personajes madrileños se embarcaron en un proyecto que tenía a gala ser la primera banda de surf ibérica. Se llamaban Los Coronas.

Habían tocado bastante antes de grabar, y habían grabado bastante antes de dar forma a este, su primer disco, que se llamó Surfin’ Tenochtitlan y me ha acompañado muchos años. Básicamente, desde que se editó en 2006, aunque la banda ya llevaba una década en circulación.

Como pequeña novedad o diferencia, el disco lleva trompeta y tiene algunas versiones atrevidas (Day Tripper), pero mi favorita es y será siempre Honky Tonk. Y, por fin, lo mejor del disco: Maremoto.

Hoy, que aún hace sol, esta es mi recomendación.

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Elegir la primera ópera

De vez en cuando, pero siempre por estas fechas, alguien me dice que quiere ir a la ópera. Algo ha leído, visto u oído y le apetece acercarse, más si cabe después de un éxito como el que ha cosechado Fuenteovejuna, cuyas funciones en Oviedo acabaron el sábado.

-Entre unos y otros, me habéis metido las ganas en el cuerpo —me decía un amigo ayer.

Quedan cuatro para elegir, cada una con sus fortalezas y sus debilidades, y no todas aptas para todos los paladares. En este caso, Il turco in Italia, de Rossini (chispeante, aunque musicalmente más previsible); Tosca, de Puccini (intrigante, aunque algo melosa); La clemenza di Tito, de Mozart (Mozart, aunque Mozart) y Carmen, de Bizet (popularísima, aunque de argumento por los pelos).

Son cartas bastantes para jugar, pero que exigen, a la vez, conocer un poco a quien se le recomiendan. Por ejemplo: recomendaría un Rossini a alguien que disfrutase de la música en general y a quien le gustase entretenerse un rato, pero lo desaconsejaría a quien busque argumento y drama; propondría La clemenza di Tito a alguien muy cerebral (es una cuestión de pausa y sosiego) pero jamás a quienes, como me dijo alguien una vez, van a la ópera a morir de amor o pasión. Para ellos, sin duda, Tosca es la opción.

Por último, queda Carmen, que de momento gana las encuestas entre los allegados porque «es conocida» y, en fin, fácil para acceder a este mundo presuntamente arduo. Yo tengo mis dudas. Pero son, ya lo digo, dudas.

Porque creo que la primera ópera que se ve en la vida crea o confirma una opinión duradera. Si se va, por casualidad, a ver Carmen se corre el riesgo de confirmar el cliché y que la experiencia no emocione (o conmocione) lo suficiente o bien de que las expectativas formadas por lo que se sabe de la cigarrera salten por los aires, y se decida por tanto que eso de la ópera no es para uno.

Me parece mejor, y suelo recomendarlo, algo que tenga algún elemento de ruptura, algo que haga al espectador acudir a ciegas absolutamente e ir inventando sobre la marcha: de esto hay que enamorarse y dejarse llevar. Claro que para eso hay que atreverse…

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La ciudad en ruinas

Hacía muchísimo que no escuchaba a Springsteen, a lo mejor por darlo ya por hecho. Como un mueble más, pero al que cuando le presto la atención suficiente me vuelve a conmover como al principio.

«Al principio» es a principios de los dosmil, y muy particularmente un 11 de marzo de 2004 a medianoche, cuando había pasado todo. Hubo una canción que me había impresionado un año antes, y que adquirió una nueva dimensión aquel día. Es esta.

No sé por qué este año, que se han cumplido 17 años del 11 de septiembre de 2001, me ha venido una especie de vaporazo de cuánto ha cambiado el mundo en este tiempo. Puede que algo influya la entrevista rescatada por Eduardo Lago a David Foster Wallace, de cuyo suicidio acaba de cumplirse, a su vez, una década.

Nunca leí a DFW, como lo llaman sus acólitos, ni creo que vaya a empezar ahora, pero leerle en esa entrevista (mezclado con el aniversario, y con el vídeo de arriba, grabado diez días más tarde) me ha hecho ver de pronto cómo fueron aquellos días. También recordar dónde, cómo, por qué estaba en esas horas que cambiaron el mundo, y verlo todo con la perspectiva del ahora.

El impacto es fortísimo, pero hay cosas que quedan, como esa canción.

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Nacen óperas

A la ópera la han dado por muerta tantas veces que ya se ha perdido la cuenta. También por superada, en ese arrebato tan del siglo XX de ir reformando el mundo en décadas, cuando no en días. Uno de los grandes argumentos para apoyar esta tesis es el del repertorio repetitivo, la ausencia de novedad.

Y cuando las ha habido nuevas (en el siglo XXI ya van unas cuantas) parece que el resultado palidece apabullado por los clásicos: es normal, por otro lado, que lo que se ha ido posando a lo largo de cuatrocientos años no se pueda superar con facilidad.

Esta semana ha nacido una nueva, Fuenteovejuna, que la Ópera de Oviedo ha puesto en pie el domingo y que se representa en el Campoamor hasta el sábado. La ha compuesto Jorge Muñiz y le ha puesto texto Javier Almuzara, Lope de Vega mediante.

Una foto de la producción inaugural, de la Ópera de Oviedo.

De nuevo, he tenido la suerte de poder trabajar en la preparación de los sobretítulos, aunque con dos retos completamente nuevos en el trabajo: el primero, que es la primera vez que abordo un sobretitulado en el mismo idioma que el de la obra; el segundo, que el libretista estaba allí y no había compuesto un texto baladí, ni mucho menos. Estuvo dejándose la piel hasta el último día en que la cosa luciera y, tras mucho esfuerzo, logramos respetarlo sin que resultase un karaoke.

En fin, ese no es el asunto. El asunto es que Fuenteovejuna me ha sabido, a pesar de ser un estreno absoluto, a obra con entidad propia y muchos vuelos posibles. La dirección de escena de Miguel del Arco, por ejemplo, es una interpretación sobre una interpretación; la versión musical de Santiago Serrate, una visión propia de la partitura.

Es decir, es como si no hubiese ocurrido lo que otras veces he visto suceder con óperas de nuevo cuño (americanas y francesas, sobre todo, que parecen vacías o sin creerse demasiado que puedan hacer historia, solo un trámite). Aquí hay ambición a raudales y una posibilidad, nada descabellada, de que entre en el repertorio: a lo mejor por haber podido verle un poco las entrañas, siento que hay impronta y que sigue y yergue una tradición especial.

Digo todo esto como espectador entusiasmado y recomendador, sin ganas de opinar o desvelar mucho más. Solo brindar por los éxitos: hay que ir a Fuenteovejuna.

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Depedro en Gijón

Hace años que sigo a Jairo Zavala y a sus distintas bandas. Me volvía loco Vacazul; 3.000 hombres daba sentido a aprender a tocar otros estilos de bajo y Depedro lo confirmó, hace mucho ya, como el que posiblemente sea el mejor cantante e instrumentista que anda circulando por España. En mi opinión, claro.

Pero es que hay cosas que son objetivas: hace tres años estuvo en la Plaza Mayor de Gijón con Caléxico y no nos podíamos creer que aquello estuviese ocurriendo allí y estuviese ocurriendo gratis.

El caso es que el fin de semana pasado Zavala volvió aquí, esta vez al Jardín Botánico. Y no sabíamos si venía solo o acompañado, con banda o en acústico. Al final —puede que de haberlo sabido me lo hubiera perdido, me hubiera arrepentido— vino con una guitarra y nada más.

Lo primero fue temor. Al poco, relax, con esa presencia y tablas y voz que gasta. Y al fin, una especie de epifanía: todo vendido y una cantidad sorprendente de fans que se conocían el repertorio de arriba abajo. Una oscuridad veraniega, una temperatura ideal y un artista en estado puro (por satisfecho, cómodo). No se le puede pedir más. Solo que vuelva, que vuelva muchas veces.

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Il baccio di Tosca

Calor, muchísimo calor es el que hace ahora en Gijón. No tiene nada que envidiar al julio que hemos tenido, y seguro que va a ser mucho más cálido que el próximo noviembre. Entonces, dentro de dos óperas, se estrena en Oviedo Tosca, cuyos sobretítulos preparo con este calor.

Nos han vendido esta ópera como el gran thriller: presos políticos, mujeres empoderadas y dramáticos finales en pisos altos. Bien podría tratarse de una trama de equívocos hitchcockiana, pero lo cierto es que mantiene el aroma inconfundible de las óperas anteriores. Los amores desgarrados, las sopranos virtuosas, los tenores afectados y los barítonos malos como nada.

Me da perspectiva trabajar en estaciones distintas. Preparo la partitura ahora, que ni siquiera han empezado las funciones de la temporada, y las veo desde la butaca cuando ya visto abrigo y jersey. Es como una recreación en miniatura de la vida que han tenido estas obras monumentales y clásicas, clasicotas.

Me pongo una versión en Spotify para pautar, y elijo, un poco más por romanticismo que por precisión, la grabada por la Callas. Me gusta oírla cantar la famosa aria Vissi d’arte y me gusta, sobre todo, averiguar cómo articula al cabo la famosa frase «Questo è il baccio di Tosca», que le espeta a Scarpia mientras lo mata.

A lo mejor acaba siendo una ópera algo convencional y de argumento alambicado, pero está muy bien contada. Todo se entiende, todo se sigue y al final me queda el buen sabor de boca de las noches de verano despreocupadas, estas en las que, al menos, no tengo que pensar en la temperatura ambiente. Solo hay que sentarse, reclinarse y disfrutar.

Puedes escucharla aquí.

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Un silencio artificial: Madrid al amanecer

Lo mejor de Madrid es que con sus suaves cuestas, con sus subidas y bajadas que apenas se notan ni hacen sufrir al paseante te puede situar de golpe en una posición privilegiada: por ejemplo, el barrio de Lavapiés se puede sobrevolar con subir unos pocos pisos, a mirar por esos balcones Castilla extenderse, la ciudad perderse por el horizonte.

O parecida cosa en la Gran Vía, tan fotogénica de las primeras plantas hacia arriba y tan caótica, atribulada, desgarbada y liosa, sucia y confusa a ras de calle. Como es Madrid.

Todo esto me trae los ecos de zarzuela castiza, por aquello de que de la calle siempre suben gritos, las fachadas siempre son murales y las biografías siempre están a la vista. Otro rasgo de Madrid: que no es uniforme, que no es una sola y que no es silenciosa. En todo eso está su encanto, y en que siempre hace ruido (aunque sea meramente de respiración, de pulso, de ronroneo).

Y por eso cuando alguna que otra calle de Madrid se me pone uniforme no la reconozco. Anoche, en un larguísimo paseo, iba contando cafés o bares o gastrobares con las paredes cubiertas de azulejos blancos; cuántos tenían mesas de madera gastada y taburetes dispares y altos. Sin prestar mucha atención, una decena. Toda una decena.

El otro aspecto imposible, irreconocible, es el silencio. Se me antoja muy extraño este Madrid que amanece sin la radio o sin la música, sin camiones o sin gritos ebrios de madrugada. Este Madrid —que a veces ocurre— que por un motivo u otro está callado. Eso es extrañísimo, sobrecogedor y elocuente de los barrios, o parte de los barrios, que se están convirtiendo en algo distinto de lo que en tiempos fueron.

Luego, poco a poco, en su superficie o en sus alturas, la ciudad va despertando. Se despereza, canta, se mueve, palpita, y vuelve a parecerse a la ideal. A la que soñamos, a la que nos cantan… A la que recordamos.

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Temporal

Aparte del ya tradicional derribo de parte de las infraestructuras costeras, las fotos de gente a la que le falta un hervor corriendo delante de las olas y el gusto que confieren las naturalezas embravecidas, esta tarde se ha declarado un incendio en un desguace que me está inundando el Facebook.

Una máxima infalible cuando se alinean de este modo las catástrofes es mantenerse lejos, lo máximo posible, para evitar cualquier mal. Es decir: la lluvia, el viento y las tormentas o temporales tienen sentido cuando se pueden ver desde la placidez del hogar, detrás de la ventana y sin que salpiquen. Lo inhóspito, fuera, lejos: como lo malo.

No sabía que en El barbero de Sevilla había un temporal (no sabía que en Sevilla hubiera temporales, en general) hasta que estudié la obra. A lo mejor, porque los temporales en Rossini no parecen tales, sino que se asemejan a esa sensación de ver el cielo desplomarse… al otro lado del cristal. Así suena:

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Los pequeños conflictos de Pelléas

Este año que empieza se van a cumplir cien años de la muerte de Claude Debussy, un motivo idóneo para que la Ópera de Oviedo acoja, este mismo mes, su única ópera, Pelléas et Mélisande. Hoy, a buena cuenta, he dedicado casi todo el día a bregar con su traducción para los sobretítulos.

El libreto es de Maurice Maeterlinck y no tiene argumento, solo escenas, consecuciones, ausencias y, por tanto, sus personajes tampoco tienen pasado. No hay conflicto, no hay arco —solo viaje—. Hay algo muy impresionante en esta ópera, un pequeño gran truco: los conflictos son pequeños, de una o dos frases, una pregunta y una respuesta, un montón de elementos que solos cuentan historias (que juntos, sumados, forman un retrato).

Esto la hace extraordinariamente vasta; también compleja; por supuesto, peligrosa: si se relaja uno con el texto, que es bien preciso, se va a caer en la nada, cuando al final se descubre que todas las piezas están ahí colocadas por alguna razón. Hay animales salvajes, cazadores, penumbra y un mar muy salado y frío que se cuela por entre las páginas.

Por supuesto, una música, una voz: