Buenos alimentos

El tiempo y el temporal

Aquí no hay quien duerma, principalmente porque ya entramos en ese momento del año en el que las persianas, como hámsters, despiertan por la noche y no paran de bailar hasta la madrugada.

Luego —no es menos importante— por la enorme dificultad que plantea salir a la calle, hacer dos recados o atreverse a dar un paseo sin que suponga una odisea. Con la visera calada, la capucha empapada y la playa precintada: no se puede bajar a la arena bajo ningún concepto. Y arrecia, y asoman los pivotes enterrados bajo la arena, hace tanto tiempo.

—Y en verano, ni un metro cuadrado —observa una señora.

Ya van cuatro muertos por el temporal. Nosotros, en Asturias, parecemos vivir en una tensión permanente con el tiempo: siempre llueve, ergo la lluvia no debe asustarnos, ergo esto que pasa es normal, ergo podemos hacer vida «como siempre». La inclemencia nos molesta, pero no queremos asumirla como lo que es: un destierro a casa que nos pertenece casi en exclusiva, una fiereza (borde, incómoda) del entorno que queremos asumir, en cambio, como amable. Es el peaje por lo verde que está todo, ¿no?

Ahí dentro, entre cuatro paredes cálidas, las ideas son como caldo en una olla a presión. Pujan por salir, pero dan un par de vueltas alrededor de la lámpara y vuelven a posarse en el hombro, a seguir incordiando. No es que no puedan salir buenas cosas, pero sí es un proceso (unos meses) más tortuoso, más agónico, más lento —en el sentido impaciente del término— que los meses de más luz.

Lleva lloviendo ya tres días sin parar. Ni un instante, siempre, en todo momento, está lloviendo o el viento se lleva la lluvia un par de calles más allá (y, con ellas, el paraguas). Así es como llegamos a hacer natural este estado de las cosas. No nos parece que llueva mucho, en fin, sino que al fin llega «lo normal» tras un otoño clemente.

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