Compases

Bizet

Puccini suele hacer dramones (Bohème, Tosca, Madama Butterfly) pero siempre, y sin falta, por el lado temático de las cosas: cada ópera suya es como entrar en Disneylandia, aunque dentro está ocurriendo algo. Él quiere contarnos una cosa, pero al mismo tiempo quiere sumergirnos en un mundo más bien atractivo, digerible y bonito.

Estos días estoy acabando de batirme el cobre con los sobretítulos de Carmen, de Bizet, que se estrena la semana que viene en la Ópera de Oviedo bajo dirección de escena de Carlos Wagner. Es la primera vez que hago una de Bizet, y por tanto el momento de descubrir que si Puccini parecía «temático», Bizet juega en otra liga: Carmen tiene dramaturgia, pero prácticamente no tiene siquiera argumento. Las idas y venidas se cuentan sin texto.

Lo importante, en cambio, es que haya toreros, bandoleros, soldadesca y misteriosas gitanas en torno al fuego. Todo lo demás no son arcos dramáticos, precisamente, sino impresiones. Son ambientes, como cuadros. La música, esta vez, sí es más importante que lo que se dice.

Fundamental la coreografía, las seguidillas, las panderetas y los aires del Sur. Eso se quiere, nada más y nada menos.

Hace unos años, Calixto Bieito le dio una vuelta a todo este barullo para llevarlo a la frontera española de hoy. No rompió lo ambiental, que es lo que mejor se le da, sino que lo potenció. Y le salió esto:

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