Letras

Fase ejecutiva, fase creativa

Se acabó la creatividad. Eso sucede por la noche, caído el día y terminadas las tareas o compromisos o quehaceres varios, como puede ser escribir este diario. Visto todo lo que hay que ver, la mente se relaja y empieza a dar vueltas, a pasear hasta que llega a un punto de genialidad (u ocurrencia) al que hay que seguir dándole aún más vueltas después.

Eso es precisamente lo que sucede en la fase ejecutiva, que por oposición supone planchar horas, tachar asuntos, marcar casillas de completado, contemplar porcentajes. Esa solo fructifica con las primeras horas del día. A ser posible, incluso, con las anteriores: las que se encuentran atrapadas entre que es demasiado tarde para acostarse e insultantemente temprano para levantarse.

Entonces estoy somnoliento y el cerebro no va muy deprisa. Sirvo café, saco las cartas del estuche y despierto con una o dos tazas de repaso, de gimnasia mental. Miro la pila de cosas pendientes, decido qué va a ser. Un personaje nocturno, anterior, ya ha hecho el trabajo duro: qué hay que escribir, qué hay que anotar, qué hay que enviar. Ya solo hay que hacerlo…

A alguien le leí, en tono jocoso, que la gente piensa que los escritores se sientan y escriben un párrafo, luego otro, luego beben y duermen y disfrutan la vida y, por fin, ponen el punto final. Nada más lejos de la verdad, de la cruda verdad que es reescribir, reempezar y tirar cosas por la ventana una y otra vez hasta que algo vale la pena. Si es que la llega a valer.

Esos son los pequeños grandes esfuerzos que rara vez se dan de noche. Ese yo —que es otro distinto del ideólogo-imaginador, que sí es noctámbulo y paseante— madruga muchísimo y exige un silencio que solo rompe la radio. A veces, ni eso. Pide lienzo blanco y cabeza despejada y, a partir de ahí, con ansia, se pone a escribir.

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