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Un órgano y doscientos bastones

Me despierta todas las paranoias que doscientos alcaldes independentistas hayan fletado un avión para ir al Bozar a encontrarse con Puigdemont y clamar contra la opresión, allí donde hace no tanto estaba disfrutando de su flamante nuevo órgano. Quedó anotado en aquella entrada que, aunque parezca banal, ese acto fuera para equiparar el lado valón al flamenco en lo que a órganos se refiere. Es decir, que en ese precioso edificio hay un instrumento valiosísimo que ha costado treinta años armar, y aparte de haber hallado los fondos en la voluntariedad y el público, han aparecido por perpetuar la competencia. Me abstrajo de los avatares, me encantó, y no deja de ser inquietante que el asunto catalán vaya pisando por donde paso.

Es un sitio paradójico para reivindicar la independencia, cuando si algo tiene de simbólico ese órgano es un orgullo propio y genuino, pero que no deja de mirar de soslayo al de al lado o al de enfrente o al de abajo —según a quién se le pregunte— para sacar pecho. ¿Es lo que se pretendía? No, solo internacionalizar el conflicto.

Abandonada Cataluña, amigos mediante, hoy me cuentan por tercera vez en pocas semanas chapuzas, omisiones o despistes cometidos por asesores fiscales, esa estirpe profesional a la que se le pagan unas decenas de euros al mes «para que me quiten de problemas». Al uno le han multado, al otro le han dejado de deducir gastos y el tercero estaba pagando impuestos que no le correspondían. La furia fiscal, que mezclada con los órganos reconstruidos todo lo mueve, confluye en un batiburrillo de sentimientos que bien ayuda a abrazar las causas imposibles.

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