Compases

La música, la escena, Mortier y La Monnaie

Una de las últimas megapolémicas que han rodeado al Teatro de La Monnaie, en Bruselas, fue una Traviata dirigida por Andrea Breth, estrenada en 2012 y repuesta la temporada pasada. El principal motivo, amén de la desnudez y la violencia: que el coro no está en escena en ningún momento, cuando es, en la partitura de Verdi y según algunos sectores del público, lo más importante. Ese brindis del primer acto…

En fin, la crítica principal a esa producción y a otras muchísimas del teatro al que Gerard Mortier le metió un empellón que aún dura en 1981 es que la escena, en teoría, manda más que la música. Sacrilegio. Lo he oído y leído decir hasta la náusea en España, y si bien nunca he podido ver una producción en La Monnaie, anoche sí pude escuchar a su orquesta en el Bozar bajo la batuta de su director musical, Alain Altinoglu.

El motivo del festín, con piezas de Debussy, Poulenc, Barber y el estreno absoluto de una pieza de Benoît Mernier, era la alegría que se traen los bruselenses por su órgano nuevo. Al parecer, el Bozar (un juego fonético con «Beaux-Arts», el palacio de Bellas Artes) tuvo desde su construcción en los años 20 un órgano, inutilizado hace cincuenta años y que llevan casi treinta intentando restaurar, con desigual suerte, todos los contratiempos posibles y una cantidad de dinero desorbitada.

Al fin, lo han conseguido. Ahora, los bruselenses pueden cebar su histórico pique con Lieja: las dos ciudades tienen su órgano moderno y potente. Y para celebrarlo, en Bruselas han montado un festival, se han aliado con La Monnaie y han encargado la pieza antedicha, basada en poemas de Emily Dickinson.

A lo largo del programa intervinieron, además de la orquesta titular, el director musical y el órgano famoso, el coro del teatro y el coro juvenil, con tres voces solistas. Todas femeninas.

Cuentan de la sala que tiene una de las mejores acústicas del mundo, pero eso no es nada si esa orquesta no sonase como suena. No se escapa una dinámica, no se diluye un matiz, no se pierde el gusto de los intérpretes, que llevan dibujado en la cara, y sobre todo no se desboca ni el más mínimo detalle. Aunque no signifique demasiado, tengo que subrayarlo: nunca había escuchado en directo a Poulenc o a Debussy de este modo.

Entonces, más allá del disfrute y de lo pintoresco de este público, al salir del Bozar me preguntaba dónde demonios está el maltrato a la música. Si esta orquesta suena la mitad de bien de lo que anoche sonó en la ópera, le pega unas cuantas vueltas a no pocas formaciones de las que tenemos en España; y si esto es violar la memoria de los compositores, ojalá no se les pase nunca.

Aparte de todo eso, merece una mención la programación. Este acto se encuadraba en una colaboración entre La Monnaie y el Bozar, y tenía que reunir, por fuerza, el elemento órgano con la línea de programación que este año lleva La Monnaie. Entonces escogieron apostarlo todo a la voz femenina, y ya de paso elegir un texto de Dickinson, y zurcirlo con las letanías a la Virgen Negra de Poulenc, que solo cuenta con voces femeninas y… un órgano, y la próxima semana hacen La voz humana del mismo compositor, y luego, ya en el teatro, Diálogos de Carmelitas, y así hasta el año que viene.

Todo tiene sentido, todo está encadenado y constituye un discurso; todo es un todo en el que no hay detalle dejado al azar: baste señalar que hasta para esto hay un departamento de dramaturgia al servicio de la música.

No se trata de caer en lo buenos que son y lo malos que somos, pero ay. Ojalá algún día…

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