Contar ensayos

Nunca me había ocurrido que saliéramos más de cincuenta personas llorando de la risa de una sala de ensayos. No es exageración, es Maharajá, la zarzuela en marcha que desde el lunes se cocina en el Campoamor. Buen ambiente, buena gente, y mucho más. Procuro, a raíz de una conversación que ya tiene una semana, preservar las sensaciones de alguna forma, pero estos días solo han servido para darse cuenta de que el teatro, cuando es tal, no se puede contar. Si no, a lo mejor sería otra cosa.

El primer impedimento, y grande, es el cansancio. Pensamos en muchas cosas, se pasan horas en tensión, en punta, y al término es complicado sentarse a reflejar nada en un cuaderno. Apetece pensar en cualquier otro asunto antes que ponerse a revivir la jornada.

El segundo, que no es menor, es que el humor es irreproducible. Cuando la carcajada es espontánea, encerrada y liberada de golpe, siempre sucede que no se le puede transmitir a quien no estuviese allí. Solo retazos, pero no toda la carga electrostática previa que nos ha empujado a la explosión colectiva. Colectiva: por eso este trabajo solo funciona cuando se fragua una historia común, siquiera de corto alcance.

Con los días y la paulatina formación del espectáculo, una idea: qué va a ocurrir el 15 de junio por la tarde. Se intuye el sabor de una noche explosiva, inolvidable calculo, para muchos de los que acudan a visitar esta música desconocida y este texto por descubrir.

Hay ganas.

Pero además hay un factor ambiental, meteorológico. El registro de las cosas que ocurren ahí dentro puede tener algún valor, pero al final lo que perdura son las horas intermedias. Estas, de calor alucinado y tormentones inopinados, no son una excepción y dibujan un mapa indeleble del trayecto que vamos recorriendo.

Es hora de vestirse y salir: seguimos.

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