Letras

Cinco frases para una ficción

Aunque era bastante tarde, me senté en una mesa baja y anoté cinco frases una encima de la otra. Yo creo que cada una de ellas será el comienzo de un segmento, y que son lo suficientemente potentes como para dejarse llevar por ellas. Para ponerlas negro sobre blanco y luego ir abriéndolas, cascándolas, viendo qué ocultan hasta dejarlas secas. Luego, la siguiente. Y así hasta que se haya formado un relato completo. Luego, romperé el papel. No estoy muy a favor de la génesis.

Hay que esconder los trucos, o el contenido hasta que sea completamente satisfactorio. En los últimos dos días, además del estupendo Perfidia de James Ellroy (que se me cuela en frases cortas, secas y elocuentes, que me mueve a una voz en primera persona relajante, ajena y divertida), han aparecido sendas inspiraciones inopinadas, que no tienen por qué ser explícitas.

La primera sí lo es. Es uno de esos libros que no sabes por qué compras pero al que vas mucho, igual que el canon completo de Sherlock Holmes en papel biblia, tapas verdes y forrado de tela: se trata de los relatos cortos de Scott Fitzgerald. Hay algunos —no necesariamente El gran Gatsby— que me maravillan, pero en cualquier caso a Fitzgerald le suelo leer más bien las primeras páginas. Para sentarse a un relato, son sus arranques lo que más inspira.

El segundo no tiene nada, pero absolutamente nada que ver. Es lo que cuenta Ana Bustelo, una estupenda editora, en su blog: Bustelo se pasó hace un tiempo al lado autónomo de la vida, y entre otras cosas lee profesionalmente para autores en ciernes (o no tanto). Hace poco, relata en esa entrada, una escritora se molestó tanto con la opinión que le dio sobre su libro que decidió no pagarle el encargo, y cortar además todo contacto con ella.

Ana es perfectamente sabia. Y no solo eso, sino que además domina los resortes de la edición comercial. A mí es por ese lado, y por otros parecidos, por donde más me suelen picar los comentarios o valoraciones. Al escribir Cuestión de oficio algunas personas (no ella) me dijeron que era un error publicar no ficción sobre ópera (una chifladura), pero yo sé que fue un acierto.

No obstante, hay muchos profesionales a cuyo escrutinio me cuesta horrores someterme, me da casi miedo, que son los que poseen las claves y el ojo para la ficción. Tiene que llegar el día en que termine mi gran proyecto y acuda al encuentro de los lectores, pero seguramente antes de regalarme semejante triple mortal sea preceptivo que termine y enseñe unos cuantos relatos. Sobre todo porque esa novela, la primera, va a ser larga y va a ser muy buena, pero precisamente por eso merecerá reposo: porque habrá que meterle tijera con casi total seguridad y porque no será tan buena como a mí me habría gustado.

Entonces voy asumiendo que algún día no muy lejano alguien como Ana leerá lo que yo he hecho. Leerá mis cinco primeras frases, con su relleno por medio, y me dirá que quite esta frase, que recoloque aquella otra, y tendrá razón, y me asaltarán las dudas sobre mi criterio y mi relato.

Luego me acuerdo, porque es tarde y porque es de noche, que de momento solo hay que ponerse a escribir.

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