Compases

Ser público

La primera vez que escribes para prensa, compras el periódico y te ves impreso. Siempre te encuentras errores, motivo por el cual muchos dejan de releerse apenas han empezado a escribir. Dejan de leerse a sí mismos, dejan de leer a los demás o a lo peor lo hacen con más fruición precisamente para verles los errores a ellos y perdonarse los propios. Yo no: aún me someto a ese martirio.

Anoche, por primera vez, vi unos sobretítulos excorpóreos. Los de Rigoletto en la Ópera de Oviedo, que traduje y preparé yo, desde el patio de butacas. Qué sensación, en un estreno, ver a Celso Albelo comérselo, a Jessica Pratt arrasarlo y a Juan Jesús Rodríguez clavarlo, gripe residual mediante, —no me olvido de José Manuel Díaz en Marullo, del inmenso Monterone de Ricardo Seguel, del notable Sparafucile de Felipe Bou y del importante Borsa de Pablo García López— con un texto, con mi versión del texto, sobre nuestras cabezas.

La sensación de hacer parte en una ópera y luego no toquetearla es como hacerte un truco de magia a ti mismo. Solo hay que centrarse en la producción, en el público, en dejar de imaginar las entretelas y que las voces, la orquesta, el coro, la escena te bamboleen hasta sumirte en el plácido sueño del espectador puro. Las manos funcionan solas. El pie, sobre las tablas del patio de butacas, sigue marcando el ritmo enfundado en los zapatos como lo marcaría en bata y calcetines en la mesa de estudio.

Requiere su esfuerzo notable, pero posiblemente sea el mayor regalo posible. Envidias a quien nunca leyó a Auster, a quien aún tiene por descubrir el cine, a quien alza dos palmos del suelo y ni siquiera sabe a qué se parece su sombra o su reflejo: envidias a quien nunca ha visto una ópera.

Siempre es conflictivo recomendar la primera toma de contacto a terceros, por aquello de que o bien te enamoras de la ópera a la primera, o la aborreces de por vida. Les tallas un traje a medida, les buscas un Verdi, una buena zarzuela de Chapí, una opereta de Lehár que los pegue a la silla, un Bartók o Debussy algo más especial si es lo que piden. Los mides, lo piensas, lo repiensas, pero es que esto no tiene nombre.

Me prometí escribir más sobre el Peter Grimes de hace cinco años que a mí me atropelló algo; aún no lo he hecho: será difícil de verbalizar. Es el momento de tomar nota —y de que acudan a escuchar y a ver el Rigoletto de la Ópera de Oviedo, que presenta dos estupendos repartos hasta el sábado de la semana que viene— para futuras entregas.

Un comentario en “Ser público

Deja un comentario