Buenos alimentos

El tiempo y el temporal

Aquí no hay quien duerma, principalmente porque ya entramos en ese momento del año en el que las persianas, como hámsters, despiertan por la noche y no paran de bailar hasta la madrugada.

Luego —no es menos importante— por la enorme dificultad que plantea salir a la calle, hacer dos recados o atreverse a dar un paseo sin que suponga una odisea. Con la visera calada, la capucha empapada y la playa precintada: no se puede bajar a la arena bajo ningún concepto. Y arrecia, y asoman los pivotes enterrados bajo la arena, hace tanto tiempo.

—Y en verano, ni un metro cuadrado —observa una señora.

Ya van cuatro muertos por el temporal. Nosotros, en Asturias, parecemos vivir en una tensión permanente con el tiempo: siempre llueve, ergo la lluvia no debe asustarnos, ergo esto que pasa es normal, ergo podemos hacer vida «como siempre». La inclemencia nos molesta, pero no queremos asumirla como lo que es: un destierro a casa que nos pertenece casi en exclusiva, una fiereza (borde, incómoda) del entorno que queremos asumir, en cambio, como amable. Es el peaje por lo verde que está todo, ¿no?

Ahí dentro, entre cuatro paredes cálidas, las ideas son como caldo en una olla a presión. Pujan por salir, pero dan un par de vueltas alrededor de la lámpara y vuelven a posarse en el hombro, a seguir incordiando. No es que no puedan salir buenas cosas, pero sí es un proceso (unos meses) más tortuoso, más agónico, más lento —en el sentido impaciente del término— que los meses de más luz.

Lleva lloviendo ya tres días sin parar. Ni un instante, siempre, en todo momento, está lloviendo o el viento se lleva la lluvia un par de calles más allá (y, con ellas, el paraguas). Así es como llegamos a hacer natural este estado de las cosas. No nos parece que llueva mucho, en fin, sino que al fin llega «lo normal» tras un otoño clemente.

Letras

La novela que no has escrito

No necesitaba una certeza, pero sí un pequeño empujón para ponerme a escribir la famosa novela que no hemos escrito nunca los que decimos que escribimos y a los que se nos supone la escritura.

He pensado mucho sobre la parálisis o, mejor, sobre el motivo por el que siempre antepongo (anteponemos) otras cosas a la redacción de un manuscrito. Estoy casi seguro —lo acabo de verbalizar— que tiene que ver con una profunda falta de confianza en que el resultado, después de todo el esfuerzo, vaya a ser legible y a valer la pena.

En segundo lugar, como consecuencia de lo anterior, con que nadie vaya a querer publicarlo, ni mucho menos leerlo.

Es una utopía pensar que la escritura se hace para uno solamente, que los textos se escriben para quemarlos luego y quedarse con la íntima satisfacción de haberlos completado. Yo lo reconozco: escribo, toco, dirijo, pienso, ensayo y trabajo porque albergo la esperanza de que el resultado tenga salida. Y, lo que es más conflictivo, me cuesta mucho ponerme a hacerlo sin la convicción de que conduce a algún lugar.

He buscado el impulso, el empellón necesario, en una conversación. No en una promesa, en un contrato, ni siquiera en la petición expresa de que escriba la grandísima novela que se me supone. Lo primero no es posible, lo segundo no es deseable y lo tercero, de producirse, implica unas expectativas que no quiero sobre mi teclado.

La conversación solo es un consejo, una gota de interés y un plazo: verano. Hay que ponerse a escribir porque ahora sé, al menos, que alguien lo va a leer.

magia

La libertad del imposible

Faltan menos de dos semanas para que hagamos el examen de ingreso a la Sociedad Española de Ilusionismo en Oviedo. Yo acabo de probar mi secuencia de juegos y ha fallado.

—¿Si no sale puedes corregir?

—No.

La pelea es contra el tiempo para ejecutarla, pero también contra la falta de libertad: podría solucionar casi todo lo que puede llegar a salir mal si limitase más algunas opciones, si la cosa fuese algo menos experimental y más procedimental. Ahora bien, entonces el imposible sería un poco menos imposible y mi satisfacción o cosquilleo o riesgo o miedo al fracaso o ridículo estrepitoso, menor.

Si no estuviese dispuesto a todo eso —sin hacer el suicida, claro está— de poco serviría la experiencia.

Hay en magia un concepto teórico muy seductor: la «vida externa». La vida externa de un juego es, por resumir, cómo los espectadores se contarán el efecto al recordarlo más tarde. La de mi secuencia, muy claramente, consiste en que elijan una baraja entre dos y la mezclen, elijan, piensen, corten y se vayan amontonando capas de caos. Al final, todo lo que iban a decidir estaba escrito y fuera de mi control.

La premisa no es nueva, pero todo lo que contiene sí. La sensación debe ser la correcta y el resultado, el adecuado, aunque hay muchas cosas que puedan torcerse.

Ese es el precio de la libertad ajena (que encadena a la propia, a la del mago) y que bien vale la pena pagar.

La receta para arreglarlo es estudiar a los grandes que en su día se enfrentaron al mismo conflicto y le dieron solución. Algunos han reconocido en público que la primera vez que probaron un sistema y salió bien no se lo podían creer (por descarado, por burdo); otras, que aprendieron que hay cosas que es mejor no hacer. Siempre, que en las primeras intentonas se duda y se falla.

Evidentemente, no entra dentro de mis planes tirarme por un barranco (mágico) a sabiendas de que voy a fallar. Confío en no hacerlo y, es más, estoy seguro de que no fallaré. Siempre y cuando no desaparezca, ni merme, la libertad que lleva al imposible.

Letras

Los días cargados

Lo más peligroso de los diarios —creo que ya lo he anotado alguna vez— es cuando dejan de serlo. El día crítico no es el que no se escribe, sino al siguiente: hoy.

Ayer tenía que hacer una cantidad absurda de cosas y, al terminar, había media hora suelta para escribir. Media hora porque sí, media hora sin preparación previa y la hoja en blanco. No, no va a pasar nada por no ponerse a escribir… O sí, por si acaso mejor hacerlo. ¡Disciplina, disciplina!

Lo peor es que todas las conversaciones y observaciones previas forman parte del tipo de cosas que uno no puede, ni debe, anotar en un diario (se publique o no) de inmediato. Hablamos de despedidas, de llegadas, de posibilidades y de porvenires. Hablamos de teatros, de libros, de autores, de risas, de ideas, de proyectos. De anchoas, de periódicos y de tiempos remotos. De cobardes y de valientes.

Son cosas demasiado grandes para ponerlas negro sobre blanco y dejarlas ahí. Requieren de un poco de ponderación: no son una receta de arbeyos y calamares, y encima pueden comprometer varias cosas. La principal de ellas, la propia percepción del mundo.

Precisamente hablábamos de lo complicado que es hacerse una película de la propia vida, con sus planos, sus diálogos y escenas bien separadas. A lo mejor (a lo mejor no, seguro, lo he comprobado porque ya ha ocurrido) cuando se emprende esa tarea directamente, cuando anotas lo excesivo en un par de párrafos, al cabo de poco tiempo no te reconoces.

Tampoco reconoces lo que dices, lo que sientes, lo que ves y lo que escribes, por tanto. Parece haberlo hecho otra persona y, de hecho, así es: cuando se escriben las entradas sin digerir ni madurar no son las propias manos las que actúan, sino las de alguien que intenta entender y procesar al mismo tiempo que trata de sintetizar y narrar. Una locura inasequible.

Compases

Bizet

Puccini suele hacer dramones (Bohème, Tosca, Madama Butterfly) pero siempre, y sin falta, por el lado temático de las cosas: cada ópera suya es como entrar en Disneylandia, aunque dentro está ocurriendo algo. Él quiere contarnos una cosa, pero al mismo tiempo quiere sumergirnos en un mundo más bien atractivo, digerible y bonito.

Estos días estoy acabando de batirme el cobre con los sobretítulos de Carmen, de Bizet, que se estrena la semana que viene en la Ópera de Oviedo bajo dirección de escena de Carlos Wagner. Es la primera vez que hago una de Bizet, y por tanto el momento de descubrir que si Puccini parecía «temático», Bizet juega en otra liga: Carmen tiene dramaturgia, pero prácticamente no tiene siquiera argumento. Las idas y venidas se cuentan sin texto.

Lo importante, en cambio, es que haya toreros, bandoleros, soldadesca y misteriosas gitanas en torno al fuego. Todo lo demás no son arcos dramáticos, precisamente, sino impresiones. Son ambientes, como cuadros. La música, esta vez, sí es más importante que lo que se dice.

Fundamental la coreografía, las seguidillas, las panderetas y los aires del Sur. Eso se quiere, nada más y nada menos.

Hace unos años, Calixto Bieito le dio una vuelta a todo este barullo para llevarlo a la frontera española de hoy. No rompió lo ambiental, que es lo que mejor se le da, sino que lo potenció. Y le salió esto:

Buenos alimentos

Calamares y arbeyos

Hay en la cola de la pescadería unos dos millones de personas. «Merluza», braman. «Docena y media de parrochas, que tengo que marchar», piden. Cojo el número y falta una vida: me giro a la frutería.

Ahí hay unos arbeyos resplandecientes y tiernos, basta con verlos. Hay una cebolla. Ya no quiero gallos de ración para dorarlos hasta que crujan: quiero calamarinos frescos.

—Estuvimos de monte —explica la frutera— y al volver, un tipo nos ofreció chipirones con garbanzos a la hora de comer, pero no me atreví. ¿Arbeyos con calamares? Luego me arrepentí, al probarlo en casa.

Llega el turno, qué quieres vida, calamarinos.

Los despedaza sobre la tabla, que limpia con manguera. En el suelo hay una cabeza de salmonete arrebujada con unas espinas indescifrables, agua, sangre y tinta.

—Así que arbeyos, ¿eh? Yo, para hoy, fabes con berberechos.

—Eso tiene que estar bueno —interviene otra clienta.

—Está brutal.

(En esta pescadería todo está brutal.)

Mi receta de arbeyos y calamares

Muy poca cosa: una cebolla extraordinariamente picada, a rehogar en la cazuela con aceite. Mientras, enrollo perejil, lo pico más con un diente de ajo. Al cabo, cuando aquello dora, añado los calamares cortados en cuadrados, el perejil, el ajo y una cayena seca minúscula. Encima de todo, la tinta.

En cuanto está más o menos saltarín, añado al asunto un buen puñado de arbeyos frescos. Solo entonces echo sal y remuevo. Falta, nada más, un generoso chorro de ribeiro, subir el fuego y dejarlo estar. En menos de diez minutos la carne se ha contraído, adocenado: está tierna, tan tierna como la verdura.

No hay más que tostar pan. Por lo demás, brutal.

Buenos alimentos

La tertulia

Hay unas señoras en la mesa de al lado, que creo que vienen de manifestarse, hablando bastante alto sobre lo que ocurre en el mundo. En España.

—Habrá que votar a Llamazares.

—Pero lo echan.

—No, que montó otra cosa con Garzón.

—¿No lo había echado?

—Ese no, el otro, el juez.

—Ah.

—¿Y en la alcaldía?

—Fórum.

De ahí en adelante, va creciendo la conversación con los asuntos candentes.

—Lo que Gijón necesita es una buena estación de autobuses.

Desde antes de las ocho (de la mañana) truena y suena lo que ocurre en Andalucía, en Laviana, en Málaga y Barcelona, en Ohio y en Madrid, y a estas horas de la tarde ya abruma, aburre, confunde por pura acumulación. Y eso que es posible que dentro de una hora haya más: será cuando sepamos cómo será el Brexit.

Me interesa y me importa, pero llegado el mediodía, una vez pasada la hora de comer, empiezo a sentir la necesidad de huir de todo ello y refugiarme en otros asuntos a lo mejor no más frívolos, pero desde luego más pausados.

Ellas no, ellas siguen despachando temas a una velocidad pasmosa: hemos arreglado ya las calles comerciales, el tráfico, la estación del Metrotrén y lo babayo que es Aznar. Y seguimos, con la copa de vino vacía ante sí. Están absortas en el precio del brócoli y yo, sumido en su propia cotidianidad (de verdad que hablan muy alto).

Ahora, pensándolo bien —y ya que se alejan de la política y se acercan a los ultramarinos, y por tanto bajan el tono de voz— me parece que hay algo de alimento en estos temas de conversación que durante mucho tiempo me ocuparon. Les doy importancia, pero sospecho que solo se la damos la gente como yo y algunos convencidos que no tienen nada mejor que hacer.

Quiero decir que aquí, en el cuerpo a cuerpo, no veo acritud o pasión sino la búsqueda de algo de lo que hablar. Quizás no vengan de manifestarse. Quizás nada sea importante —tan importante como creemos que es— como que se les haya olvidado que ya acabaron su vino hace rato. Resulta que solo se han juntado para charlar sobre nada en particular y todo en general.

Letras

Fase ejecutiva, fase creativa

Se acabó la creatividad. Eso sucede por la noche, caído el día y terminadas las tareas o compromisos o quehaceres varios, como puede ser escribir este diario. Visto todo lo que hay que ver, la mente se relaja y empieza a dar vueltas, a pasear hasta que llega a un punto de genialidad (u ocurrencia) al que hay que seguir dándole aún más vueltas después.

Eso es precisamente lo que sucede en la fase ejecutiva, que por oposición supone planchar horas, tachar asuntos, marcar casillas de completado, contemplar porcentajes. Esa solo fructifica con las primeras horas del día. A ser posible, incluso, con las anteriores: las que se encuentran atrapadas entre que es demasiado tarde para acostarse e insultantemente temprano para levantarse.

Entonces estoy somnoliento y el cerebro no va muy deprisa. Sirvo café, saco las cartas del estuche y despierto con una o dos tazas de repaso, de gimnasia mental. Miro la pila de cosas pendientes, decido qué va a ser. Un personaje nocturno, anterior, ya ha hecho el trabajo duro: qué hay que escribir, qué hay que anotar, qué hay que enviar. Ya solo hay que hacerlo…

A alguien le leí, en tono jocoso, que la gente piensa que los escritores se sientan y escriben un párrafo, luego otro, luego beben y duermen y disfrutan la vida y, por fin, ponen el punto final. Nada más lejos de la verdad, de la cruda verdad que es reescribir, reempezar y tirar cosas por la ventana una y otra vez hasta que algo vale la pena. Si es que la llega a valer.

Esos son los pequeños grandes esfuerzos que rara vez se dan de noche. Ese yo —que es otro distinto del ideólogo-imaginador, que sí es noctámbulo y paseante— madruga muchísimo y exige un silencio que solo rompe la radio. A veces, ni eso. Pide lienzo blanco y cabeza despejada y, a partir de ahí, con ansia, se pone a escribir.

Letras magia

Segundo aniversario

Hoy hace dos años que murió mi abuela, dos años que era viernes por la mañana y recibí la llamada y seguí trabajando en mis cosas antes de entender lo ocurrido. Dos años hace que me puse a escribir compulsivamente, en este diario, en el periódico, en enviar la columna del domingo, en Rigoletto, que estaba a punto de estrenarse en Oviedo, en todo.

En cambio, pienso que faltan dos días para que haga dos años que me puse a estudiar mis magias, dos años hace que pensaba que faltaban muchos más para hacer alguna obra propia (ópera, teatro, lo que fuera) y dos años en que hubiera dudado que estuviese, dos años mas tarde, razonablemente satisfecho con lo que desde entonces ha sucedido. Porque todo lo anterior ha ocurrido.

Solo las efemérides así de nítidas nos permiten darnos cuenta de lo que cambian las cosas. No es nostalgia, es asombro: hace dos años no sabíamos quién era Carles Puigdemont, por poner un ejemplo más o menos universal.

En tan poco tiempo pueden ocurrir cientos de cosas, miles, porque nunca suceden poco a poco. Son un simple instante —un chispazo, quizás— al que hay que esperar como a un pez con la caña sumergida en la mar. De pronto, todo se precipita.

He salido a pescar, este domingo, en forma de paseo con un libro de Tamariz bajo el brazo y unas músicas —de las que aún no quiero escribir, invocar— hasta bien lejos, hasta los confines de Gijón. Allí se diluye la luz, se ve todo desde mucho más lejos y me vienen algunas ideas, iluminaciones.

Lo cierto es que no convierto el aniversario en dos años de ausencia, no lo veo como todo aquello que nunca podremos vivir o compartir. Tiene un aspecto más parecido a un bloque, a algo que se ha ido consolidando y solidificando y que puede quedar felizmente integrado en mi paisaje personal. No hay asuntos o cuentas pendientes, solo promesas, códigos, equipajes y maletas que quizás solo me pertenezcan a mí, pero que en todo caso alimentan. Son útiles.

Letras magia

Amor propio

Anoche me enviaron un vídeo del Mago Pop en el que desaparece de una cabina del London Eye (la meganoria de Londres) y aparece en la contigua. Malísimo, es puritita edición en vídeo. Juzgue quien tenga paciencia.

A partir de ahí, me pica la curiosidad y busco algo más en Internet. En un vídeo aparece diciendo que ha llegado la hora de devolver a la magia su capacidad de ilusión para que deje de ser lo que ha sido hasta ahora (?): un «divertimento de bar». Vaya huevos, manolín.

Lo dice uno que utiliza compinches (esto es grave), que roba a otros magos sus creaciones (esto es un poco peor) pero, ante todo, que es muy mal mago. Torpe en la ejecución y evidente en sus historias, solo pone sonrisa de bueno y, oiga, llena teatros noche tras noche hasta poder presumir de ser el mago que más espectadores ha tenido en Europa, un millón. Y luego nos regala con esto:

Nótese, por favor, la souplesse en los cortes, la gracilidad del movimiento y, muy especialmente, que el orden de las cartas que muestra al principio es… el mismo en el que las va sacando. Creo que nada revelo.

En fin, me fui a la cama sospechando que Antonio Díaz, el Mago Pop, ha pasado más tiempo de su vida convenciéndose de que nada de lo que hacía era reprochable que ensayando. Nada hay de los estándares a los que cualquier otro ilusionista en cualquier otro momento y lugar aspiraba: aquí hay humo y muy pocos principios.

Esta mañana lo hablábamos. Hablábamos de la parálisis a la hora de abordar proyectos creativos. Me pasé 2018 —casi diría que los últimos diez años— escribiendo más sobre por qué no he escrito o enseñado mi primera novela que haciéndolo. La conclusión general ha sido la misma: siempre, que lo que iba a salir no iba a ser lo suficientemente bueno para lo que aspiraba a hacer.

Esto, huelga decirlo, es una bobada. No solo porque hasta que no esté hecho no sabremos si es bueno o malo, sino porque si hay gente haciéndolo peor (y viviendo de ello): ¿Qué nos impide hacerlo?