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Entradas que hablan sobre «Vistas»

  1. El horror no mira a los ojos

    Lo escribí el Sábado 14 de noviembre de 2009

    Pasadas las 12, se abrió la puerta al fondo del pasillo y una enjuta figura de metro setenta lo atravesó a toda prisa, escoltado por dos policías nacionales que le sentaron a apenas dos metros de mí. Iba cubierto con una braga y un gorro, fuera de la sala tan solo le espetaron un «¡Eres mierda!» que nos subió un par de palmos tráquea arriba el nudo que ya arrastrábamos quienes sabíamos para qué estábamos allí.

    —Por favor, tome asiento. Sabe que tiene derecho a no testificar en su contra; tiene derecho a responder a todas, alguna o ninguna de las preguntas que se le formulen.

    —Sí, señoría —repuso la figura con la voz temblando—. No voy a responder a ninguna pregunta, no quiero declarar porque estoy muy nervioso y no quiero.

    No es habitual que estos juicios sean públicos: la causa es contra J.R.B.L., que el 14 de abril de 2008, como profesor de educación física, pidió a R.M.R.P. (7 años) que le acompañara al cuarto de materiales del colegio para enseñarle un «juego de percepción sensorial» (no es un vomitivo eufemismo: es el término utilizado por el acusado y su defensa a lo largo del juicio), del cual no daré más detalles.

    Comenzamos por escuchar, con el nudo en la garganta apretando ya alguna lágrima, la exploración que el psicólogo de la Guardia Civil practicó a la menor; media hora de declaración en vídeo con la pantalla vuelta de espaldas al público y el acusado agitando nerviosamente el pie contra el parqué, tras negarse a contemplar las imágenes.

    El horror no mira a los ojos. No miró ni a los padres, ni al director del colegio, ni a los agentes que testificaron, ni a su abogado, ni al de la acusación, ni al público, ni al presidente de la sala. Miró al infinito durante las casi 6 horas de juicio, sin dejar de mover el pie. El horror no busca más que salir lo más indemne posible de su primer delito, de recibir la menor pena de cárcel posible, de librarse tras pedir a la familia uno de los perdones menos sinceros que jamás he tenido la desgracia de escuchar.

    Como decía, no quiero dar más detalles del caso, pero lo que aquí se juzgaba era, básicamente, si había existido penetración o no. De eso pende que al pollo que caiga un año de cárcel o que le caigan diez; en cualquier caso, la inhabilitación es por seis años y luego supongo que puede volver a dar clase.

    Jueces y magistrados mantenían el semblante serio durante las más de seis horas de juicio, y sólo resoplaron con el alivio del que ha terminado otro largo día en la oficina cuando sacaron al acusado de la sala, pasadas ya las siete de la tarde: ya era de noche, reinaba el silencio en la Audiencia. Los padres de la niña esperaban en el pasillo a que saliera su abogado, con alguna lágrima reseca y mirando curiosos a todos los que salíamos como público. «Mucha suerte», les dijimos uno tras otro. Apenas quince minutos antes, el abogado de la defensa había logrado sembrar la duda. «Queda visto para sentencia.»


  2. Traducir y callar

    Lo escribí el Jueves 5 de noviembre de 2009

    Estudio cuarto de carrera de la licenciatura (sí, licenciatura) de Traducción e Interpretación, el último curso. No me pondré ahora a relatar en qué ha consistido y consiste mi formación en “la segunda profesión más antigua del mundo”; baste decir que me han dado clase 5 profesores (cinco) en toda la carrera que hayan practicado la traducción profesional en algún momento de sus vidas y que los otros (más de diez, y de 20 me atrevería a decir) eran lingüistas, filólogos, o mejor, teóricos de la traducción que nunca han traducido (paradojas de la vida).

    Ocurre con frecuencia que se organiza algún debate en clase sobre esas marcianadas que tanto nos gustan: la invisibilidad del traductor (¿hasta qué punto se tiene que notar que estamos ante una traducción?), cómo hay que afrontar la traducción de determinado tipo de texto (¿leerlo previamente o no? ¿usar software de apoyo o hacerlo a pelo?), y mi preferido: euros.

    La obsesión que ha desarrollado cierta gente en esta carrera —fomentada, en ocasiones, por conferenciantes con problemas para pagar las facturas— por los euros y la situación laboral del traductor les ha convertido en aguerridos sindicalistas de cuchillo entre los dientes antes incluso de asomarse de lejos a lo que es el mercado: escuchar hablar a veteranos del mundillo que han tenido que luchar por leyes que reconozcan nuestro estatus les envalentona y llena el espíritu de ganas de venganza contra el empresario maligno.

    Entretanto, se van nutriendo, en su burbuja de instituto —”¡Mierda, este 5,2 me baja la media!”—, de lo que los lingüistas insertan en sus cerebritos: un mundo idílico en el que se traduce un párrafo por hora, en el que cada recoveco del texto se puede y debe explorar, en el que la traducción es una actividad científica, compleja, para la que hacen falta un método y sabiduría teóricas que, por supuesto, nunca adquiriremos (e ignorantes moriremos).

    Con este unvierso cocinado en los pasillos, despachos y congresos de facultades mal iluminadas rondándome, estaba hace unas semanas en casa cuando sonó el teléfono: “Alejandro, soy X. Tengo una traducción para ti; cambio climtáico; 70 páginas; fatal escrito; te lo mando.”

    Otra vez la adrenalina, otra vez noches sin dormir, otra vez correr, volar, pasar páginas del diccionario, comer delante del ordenador. Otra vez curro del que nos motiva  a los que nos gusta el tipo de trabajo que en algún momento te lleva a preguntarte: “¿En qué hora…?” Otra vez traducir el doble de lo recomendable en un día, otra vez sonreírse al pensar en el libro acabado. Otra vez, la satisfacción que pocos entienden o quieren entender: otra vez, traducir y callar.


  3. Hoy es… viernes

    Lo escribí el Viernes 9 de octubre de 2009

    Llevo prácticamente dos semanas sin actualizar este blog. Una vergüenza, no tengo ni excusa ni perdón (pero sí explicación):

    El martes pasado comenzó el curso académico: “Oh, là, là, bonjour, somos muchos; este anyo voy a dagos Traducsión juridique de français.”

    El miércoles, siguió el curso: “Hoy no me apetece daros clase, pero que sepáis que hablaremos de Platón.”

    Y el jueves, trabajo.

    Y el jueves por la noche: “Oye Carantoña, ¿tienes algo que hacer este fin de semana? Tengo un reportajillo.”

    Así hasta hoy. Hoy es viernes, viernes por la mañana y estoy atando los últimos asuntos de la semana para apagar alegremente el ordenador y olvidarlo todo, todo, hasta el lunes y simplemente entregarme a la vida findesemanera: el café recién hecho con montañas de periódicos, días tirados a la basura trasteando frente al ordenador, partidos de fútbol en el bar con cienes de tapas, paseos por Fuencarral con las manos a la espalda hasta la casa del libro, y sumergirse en compras absurdas de domingo.

    El verano era otra cosa, más repetitiva, de una libertad casi rutinaria; coincidirá conmigo todo aquel que haya tenido que reincorporarse recientemente al trabajo o a los estudios: salir de trabajar o de la facultad un viernes, como hoy, por la tarde, pasar por casa, darse una ducha y saber que se ha acabado.

    Feliz fin de semana, currantes.


  4. Lunes 31

    Lo escribí el Lunes 31 de agosto de 2009

    Ya es lunes 31, un pequeño apéndice al mes de agosto, un minúsculo epílogo que marca el retorno definitivo, la vuelta a las pequeñas cosas de lo cotidiano y (esperemos que no demasiado) rutinario aunque, como bien narraba ayer Azahara Villacorta en este mismo espacio, la actualidad de la temporada otoño-invierno desprende, desde ya, cierto tufillo a soporífera monotonía.

    Hoy comienza la diáspora de amigos reunidos en Gijón a lo largo de este mes: uno aquí, otro allá; los que se quedan retornan a la reclusión estudiantil o laboral y, en general, vuelven a sonar implacables despertadores a horas imposibles, con sus 5 minutos de remoloneo y la inevitable nostalgia de las tardes al fresco.

    Han sido dos meses abalanzándonos sobre la calle y sus personajes, agarrando el verano con ganas y zarandeándolo para sacarle lo mejor: desde aquel tipo que se ha pasado estas semanas paseándose con un cartel al cuello pidiendo «Huelga general» hasta la riquísima vida interior de El Molinón, pasando por la selección musical que hemos podido encontrar en las calles de este Gijón: el demonio del acordeón, los lánguidos modernos y -claro- cienes de gaitas.

    Ayer por la tarde aún hacía sol, paseábamos discretamente como tratando de evitar que se escapara el verano y la Fiesta de la Sidra da sus últimos coletazos. Dentro de poco viene San Mateo; luego contaremos los días hasta los puentes, las vacaciones, la Navidad, Semana Santa, mayo… Y vuelta a empezar: ya queda un lunes menos.


  5. Un paso más cerca de Ibiza

    Lo escribí el Sábado 29 de agosto de 2009

    Ha cundido la sorpresa entre gijoneses y veraneantes habituales por la sorprendente afluencia de visitantes que han aguantado en la ciudad esta segunda quincena de agosto, una vez superados los conciertos, restallones y demás festivales.

    La crisis no afecta al sector turístico: al contrario, lo impulsa; tenemos una de las proporciones de bares por habitante más elevadas de España; y por si todo esto fuera poco, llegan noticias de que barrios como la Calzada o Pumarín cuentan ahora con una presencia hostelera más que boyante.

    Tal es el optimismo que por no afectarnos, no nos afecta ni el clima: proliferan ‘a veira do mar’ terrazas y chiringuitos de corte ibicenco-mediterráneo, con su rollo lounge y sus sillones blancos («Pero eso ¿cómo harán pa lavarlo?», se preguntaba el otro día una nativa) que quedan preciosos en el litoral astur y le confieren ese toque sofisticado que tanto nos gusta por estos lares.

    La gente bien se apoltrona encantada, con sus gin-tonics a precio de oro, rodeados de palmeritas disfrutando de las noches de verano. Y si se tuercen, poco importa: en vez de jersey por los hombros nos ponemos el polar en agosto para salvar el orbayo y tan panchos. Pa gallos, nosotros: Ibiza está ahí. Y si no, al tiempo