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Entradas que hablan sobre «Vistas»

  1. Seprotec, mon amour

    Lo escribí el Jueves 11 de febrero de 2010

    Una entrañable señora de la limpieza atraviesa las puertas de los juzgados con parsimonia, y toma asiento. Me gusta imaginarla con el pañuelo atado en la cabeza y ropa de señora de pueblo: no viene a pasar los suelos, sino que se trata de la intérprete de algún idioma del este enviada por la ínclita Seprotec a la Audiencia Provincial de Madrid.

    Hace unos dos años, Interior decidió privatizar los servicios de traducción y contratar una empresa externa por concurso público, en lugar de formar y pagar a su propia plantilla, como se había hecho hasta entonces.

    La elegida fue Seprotec, empresa modélica y sospechosamente barata, que desde entonces no ha hecho más que acumular una ristra de escándalos dentro y fuera del mundillo de la traducción más que delicioso: aún no he oído a nadie hablar bien de ellos y, lo que es más, cuando se les ha mentado, no ha sido precisamente para ponerles por las nubes.

    Ejemplo práctico: 1 de mayo de 2008, la Policía Nacional requiere, en Barajas, a un intérprete de portugués. Se presenta, al punto, un paquistaní (!), al cual los agentes solicitan la documentación. No, no, no, mejor no, dice el intérprete. Sí, sí, sí, mejor sí, dicen los agentes. Introducen los datos en el ordenador y ¡bingo!: seis antecedentes penales: dos por falsificación, uno por tráfico de drogas y una orden de busca y captura. No me lo invento.

    La juez Pilar de Luna se ha plantado, diciendo que se va a poner a suspender juicios, tras haber denunciado que habían enviado una intérprete que no hablaba el idioma del acusado o a un intérprete de árabe que no hablaba español, y es que ahora, la Consejería de Interior de la Comunidad de Madrid ha renovado la concesión a Seprotec. El Defensor del Pueblo se ha quejado.

    Esto salió ayer en las noticias de TVE, con su plano general de las oficinas de Seprotec repletas de pre-licenciados sin experiencia y una representante negándolo todo, como tiene que ser. A mí me asaltan diversas preguntas, a saber: ¿Cómo es posible que nuestro eficiente Ministerio del Interior sea capaz de encontrar, por ejemplo, a Rodríguez Menéndez en una maldita jungla tropical y no sea capaz de BUSCAR EN GOOGLE Seprotec para darse cuenta de la cera que le dan TODOS los profesionales? Parece ser que el problema radica, a este respecto, en que sólo se han presentado dos (2) empresas al concurso público, y es necesario un historial económico que, dicen, no es muy fácil de cumplir.

    Por otro lado, la empresa se escuda en que los casos que han saltado no representan ni un 1% de los servicios que presta Seprotec, pero yo me pregunto: ¿Podemos permitirnos un 1% de error en estas cuestiones? Un 1% de error, en un pequeño juicio, es confundir la palabra “copa” con “coca”, pongamos por caso: un acusado cometiendo perjurio, un no delito convertido en uno contra la salud pública…1% de mediocridad, 99% de eficiencia dudosa, así nos va.


  2. Siempre quise ir a Hollywood

    Lo escribí el Martes 2 de febrero de 2010

    Acaban de salir, hace un rato, las nominaciones a los Oscar 2010.

    Bueno, cada año suelo oír a alguien que era oscarófilo afirmar que “no pienso volver a pasarme la noche en vela buscando canales de Azerbaiyán para ver esa gala de mierda.” Todo es culpa de que está comprado, amañanado; de que no hay nada más fácil que una quiniela de los Oscar con unas posibilidades de éxito enormes.

    En la página web oficial, Oscar.com, no es difícil percibir ese aroma tan genuinamente yanqui que tanto repatea a los desertores de las madrugadas de algún domingo de febrero: el diseño blanco y sencillo, el vídeo de Steve Martin y Alec Baldwin pasándolo TAN bien que dan hasta un poco de repelús, el rollo de la ilusión y la magia del cine, etc.

    Todos esos elementos de neón primero, de tecnología 3D luego, y de humanismo a la americana ahora son los que han ido deslumbrando, desde Hollywood, al resto del mundo desde que existe: el lujo de los primeros tiempos; la tecnología y los medios al alcance de nadie más luego; los guiones desgarradores y películas selectamente buenas ahora (y luego está Avatar).

    Ahí están las nominaciones, ya salen: Sandra Bullock marcando un antes y un después en su carrera, Guy Ritchie con mejor dirección de arte, orgía 3D, orgía Tarantino y un montón de películas que aún no hemos tenido ocasión de ver, pero que probablemente en su mayoría serán peores que pegarle a un padre.

    Vale. ¿Y? Tenemos lo de siempre, tenemos lo que queríamos: pan, circo, Coca Cola y un cubo de alitas de pollo con el que pringarnos los dedos mientras que encontramos, un año más, alguna tele por internet en la que enterarnos de algo. Y que se nos vayan cerrando los ojos a medida que se acerca la hora de madrugar, y ver que, en cuanto nos metemos en la cama, un par de ventanas más se quedan sin luz: una logia silenciosa de cinéfilos a la vieja usanza.

    Que la industria de Hollywood es eso, una industria, no es ningún secreto; que la mitad de lo que ocurre es de cartón piedra bien instalado por algún equipo de arte, tampoco; que son capaces de campañas milagrosas para que veamos bazofias (¡Pero es que son tan divertidas!); que son americanos hasta para darle a la claqueta.

    Para todo lo demás, los festivales al sol europeo o al gélido frío independiente. ¡Palomitas, a mí!


  3. El texto tras el autor

    Lo escribí el Sábado 30 de enero de 2010

    Más de uno y más de dos se preguntaron ayer: «Pero ¿no se había muerto ya?» Pues no: Jerome David Salinger llevaba 36 años sin conceder una entrevista, metido en su casa de Cornish (New Hampshire) supuestamente escribiendo para sí y espantando a escobazos todo lo que oliera a mundo exterior, a fama, o a reconocimiento: a finales de los 80, por ejemplo, amenazó a un biógrafo tenaz con demandarle por plagio si se atrevía a publicar un libro basado en textos del propio Salinger (es decir, cartas personales…).

    La (no) historia personal de la figura ¾dos fotos, dos, ilustran todos los obituarios¾ tras la (escueta) obra es, probablemente, lo que ha contribuido a coronar con el aura de misterio una escritura más que valiosa por sí misma: en Estados Unidos, desde que en los años 60 un profesor valiente se atreviera a meter ‘El guardián entre el centeno’ en las aulas, se ha convertido en un imprescindible de la cultura de aquel país.

    Salinger ayudó a forjar una estirpe de escritores que aún nos resulta algo lejana en España: alérgicos a la novela de 600 páginas, currantes y amantes del relato, del arte de comprimir en un puñado de páginas todo lo fundamental junto con algo de aderezo.

    Esta tendencia, y su amistad personal con el igualmente esquivo editor de The New Yorker William Shawn («protector de los no prolíficos», cita The New York Times en el obituario del escritor) le hicieron establecerse en la revista y publicar en ella casi toda su producción, trabajando en la ficticia familia Glass desde el primer relato hasta el último, abandonándola en contadas ocasiones (una de ellas, El guardián entre el centeno, justamente).

    Esto nos conduce al otro gran rasgo de su escritura: ¿Qué pasa en las historias? Nada. Sí, puede morirse este, puede nacer aquel, pueden mudarse; pero lo importante no es el qué, sino el cómo (esto no es nuevo) y el dónde y el quién (esto sí). El trabajo de Salinger sobre el lenguaje y sobre la caracterización de los personajes son lo que deja ese regusto único al leerle: crea a alguien tangible, verosímil hasta sentárnoslo al lado y luego le insufla ficción hasta bordear el precipicio del ridículo o de la alucinación: John Updike, por ejemplo, admirador en su día, se apeó del «salinguerismo» por Franny y Zooey, dos de sus últimos relatos, por considerarlos excesivos.

    Curiosamente, en nuestro país muchos le consideran un autor sobrevalorado, pero esto no se debe más que a la traducción de El guardián entre el centeno de la que «gozamos»: por ejemplo, Holden Caulfield pasa todo el libro administrando el adjetivo «phony» a discreción. En español no sólo nos quedamos sin una traducción, sino que no se repite en toda la novela. ¿Sacrificio necesario? Mejor apuntarse a una academia de inglés, por si acaso.

    Salinger deja tras de sí un legado literario que va atravesando (y atravesará), con las décadas, los niveles de lectura clásicos para instalarse en esa balda de la estantería a la que acudimos en busca del grato recuerdo de un libro pasado y disfrutado, de un relato rápido y directo, de una forma de escribir distinta y fresca. Descanse, Salinger. Si le dejan.


  4. Libros sin abrir

    Lo escribí el Viernes 8 de enero de 2010

    Cada vez que paso por delante de una librería suelo apretar el paso y, como dice esa creencia popular sobre las funerarias, agacharme para que no me tomen las medidas. Si por un casual se me ocurriera virar, empujar la puerta y meterme en la librería, tendríamos un enorme problema.

    Para empezar, caminaría entre las estanterías sin saber bien qué buscar. Entonces recordaría un trozo de periódico, una reseña, una recomendación y me encaminaría a donde estuviera el libro en cuestión. Lo abriría, lo hojearía, me gustaría. Luego otro. Y otro. Me encontraría con siete estimulantes libros en las manos, el tipo de la caja sonriendo y mi tarjeta temblando en el bolsillo.

    La última vez que me ocurrió eso (“venirse arriba”, lo llamo yo) rellené la estantería de libros por leer y llena sigue: se tarda un segundo en comprar Vida y destino; no se tarda tan poco en leerlo… Pero sí, va bajando, uno disfruta de tener tanto entre lo que elegir cuando se levanta, por ejemplo, un domingo con la literatura efervescente y tiene ganas de desayunarse con algo rico.

    Pues ahora que han venido los Reyes, estamos igual, pero con la cuenta corriente encamada: abro un paquete y Jan Potocki, desde Acantilado, me saluda con casi 800 páginas de tapa dura. ¡Viva! Y luego abro otro: Todo fluye, de Vasili Grossman, ¡alegría! Qué contento estoy con mis libros nuevos, ahora podré leerlos, toquetearlos, abrirlos, cerrarlos, contemplarlos y… ponerlos a la cola. ¡Maldición!


  5. Un siglo después

    Lo escribí el Sábado 2 de enero de 2010

    logoculturasCuando llegó el año 2000, aparte de lo exótico de la cifra, me dio por pensar en la visión que ahora tenemos del siglo pasado, más allá de análisis históricos: atrás quedaron las roídas maletas de cartón de los malos tiempos; qué lejana resuena la biografía de un Truman Capote bañado en lujo neyorkino; qué extraña se ve Ava Gardner tomándose sus cócteles en el castizo Chicote de la Gran Vía madrileña.

    ¿Les dará a nuestros sucesores, dentro de un siglo, por verle el encanto a lo que ahora estamos viviendo? Seguramente se reirán de esa payasada del libro electrónico, ese armatroste que el bisabuelo guardó en un cajón un par de navidades después de recibirlo, en 2010.

    Qué lejanos quedan los manifiestos contra la piratería, con aquellas llantinas que les daban a los atribulados intelectuales, cuando tenían la solución delante de las narices.

    Y montarán un ‘Curso del 2010’ que levantará ampollas, o un Gran Hermano con animales –«Rebelión en la casa»–.

    Ansiarán la efímera (pero resultona) ropa de H&M que ahora tanto nos gusta; en algún momento se pondrán de moda las AllStar, el rosa, los sombreros, los mostachos, y ‘Colgando en tus manos’ será  considerada ‘vintage’.

    Cunde la preocupación, no obstante, porque algunos desaprensivos consideran que en lo cultural vamos cuesta abajo en la rodada: ¡No, por Dios! ¡Brindemos porque dentro de 100 años sea una Belén Esteban biónica quien presente las campanadas!: ¿Quién quiere premios Nobel pudiendo criar campeones de las ondas?