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Entradas que hablan sobre «Vistas»

  1. Piedra y madera (viaje en el tiempo)

    Lo escribí el Sábado 18 de diciembre de 2010

    Ha sido una semana de lo más ajetreada y cargada, especialmente, de interesantes movimientos en el ámbito internacional: Kosovo, un ejercicio sobre el Sur Sudán, una magistral clase sobre Irán en la Historia y sus relaciones con los países vecinos…

    El miércoles disfruté, sin embargo, de una tarde libre que pude aprovechar convenientemente para acercarme hasta el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación a hacer unos papeleos.

    Descubro que el Palacio de Santa Cruz, donde tiene su sede el Ministerio, fue una cárcel en tiempos, sobre la cual (extraigo de la propia web) William Bromley escribió, en 1702:

    «La cárcel de aquí es la más elegante que jamás he visto: fue construida como palacio para un príncipe; el Cardenal-Infante, creo, hermano de Felipe IV, le dio este otro fin de Cárcel del Estado.»

    El simple acceso lateral del edificio ya revela una frialdad marmórea por las sólidas paredes de piedra, pero suavizada más adelante por las pesadas puertas de madera y el crujiente parquet de sabedios qué época.

    Entro en la sala habilitada para información y una funcionaria, tremendamente amable, me cede su ordenador para que rellene los formularios que luego presentaré en la habitación contigua («Así te queda mejor», sonríe).

    En aquella otra sala me recibirá una alucinante señora que bien podría haber sobrevivido a un cómic de Tintín: es una mujer negra, muy negra, muy mayor, que camina encorvada bajo el peso de un moño imposible y que me mira por encima de las gafas, que hacen a su vez equilibrismos sobre la punta de su nariz.

    Me reñirá por no haber llevado un sobrecito para guardar las fotos de carnet, y grapará con parsimonia pero enorme minuciosidad todos los documentos que le entrego.

    Bien, volvamos a la habitación de información. En un momento en el que la funcionaria busca el documento que tengo que rellenar e imprimir, miro a las paredes.

    Hay mapas envejecidos. El más cercano es el de África, por el que paseo la mirada desde el Cabo de Buena Esperanza hacia el Norte. De pronto, mis ojos se detienen y tengo que acercar la cabeza para dar crédito a lo que veo: Rhodesia.

    Rhodesia lleva el nombre de Cecil Rhodes, ese gran hombre que conquistó su trocito de tierra y no tuvo empacho alguno en bautizarlo con su apellido. Pero Rhodesia dejó de existir en 1964 para dividirse en dos naciones; y una década más tarde, el territorio pasó a llamarse definitivamente Zambia (al norte) y Zimbabwe (al sur). En este glorioso mapa, en aras de la actualización, han pegado dos etiquetas Dimo que indican, muy dignamente, dónde está Zimbabwe y que su capital es Harare.

    Aún queda otra sorpresa entrañable: descubro, pasada Nigeria, la República del Alto Volta. No me sonaba de nada semejante país, así que volví a abrir mucho los ojos y a acercar la cabeza al mapa. No había reparado en otro Dimo que advertía, ahora, de que se trataba en realidad de Burkina Faso. La República del Alto Volta dejó de llamarse así, comprobé más tarde, en 1984. Esto es, hace 26 años.

    Sin duda no conviene malgastar el dinero del contribuyente en inútiles mapas políticos actualizados, por mucho Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación que se sea: es más, aquí, uno, agradece y agradecerá saber dónde está la máquina del tiempo.


  2. ¡Que no controles!

    Lo escribí el Sábado 11 de diciembre de 2010

    Supongo que cualquiera que haya visto una película de acción en condiciones habrá fantaseado, aunque sea al irse a la cama, con la posibilidad de que ocurra una calamidad de la magnitud necesaria para que un Sylvester Stallone entre en escena.

    Lo de los controladores no ha sido para menos, y lo más emocionante y atinado que ha engendrado el asunto hasta el momento ha sido el ministro de Fomento cometiendo el esplendoroso desliz de disculparse por los «prejuicios» causados a los viajeros que se quedaron en tierra. Efectivamente, prejuicios nacieron: desde el viernes pasado no nos gustan ni los controladores, ni los ministros, ni los presidentes.

    Pues ahí estaba medio país, más pendiente de que el Osasuna-Barça se disputara con normalidad por culpa del estado de alarma que de la que se estaba liando.

    No desesperemos: siempre nos quedará Wikileaks. 250.000 documentos contando, esencialmente, lo que todos sospechábamos. Tratando de mantener el interés (no olvidemos que a este ritmo de publicación nos van a dar las uvas, literalmente) el fin de semana pasado vio la luz una entrevista con Julian Assange íntegra y trepidante, por chat, con emoticonos y todo. No es broma: P: «Hola, ¿aún sigue ahí?» R: … P: «¿Se acabó?» R: «Lo siento, Internet se desconectó momentáneamente». Esto es.

    Probablemente los controladores, la huelga general, Wikileaks, la visita del Papa, el caso Gürtel, la Pantoja, la muerte de Berlanga, que hayamos ganado el Mundial y todas esas cosas tan interesantes que nos han ido ocurriendo a lo largo de este año que se nos acaba hayan marcado la Historia. Sí, seguro. Dentro de dos generaciones. Y… ¿hoy qué? Hoy juega el Getafe, me han dicho.


  3. Son los padres

    Lo escribí el Viernes 10 de diciembre de 2010

    Mucho se habla estos días de una noticia que, después de Copenhague y Kioto, parece cada vez más claro que se trata por inercia y un compromiso ético poco claro que por auténtica relevancia. No, de Cancún no va a salir nada.

    ¡Que viene el cambio!

    Hace algún tiempo le leí a un neurocientífico una afirmación interesante; si pensamos un poco nos parecerá de cajón: cuando la mente humana se enfrenta a una idea, a un sistema, a un concepto demasiado grande como para comprenderlo, utiliza su capacidad para elaborar metáforas para servirnos una imagen que podamos asumir. De ahí esas explicaciones tan simpáticas del tipo: cada día, en el Amazonas, se deforestan tantas hectáreas, es decir, nosecuantos campos de fútbol.

    Nos perdemos, igualmente, con los ceros. Podemos hacernos una idea de lo que es un billón de euros así, en general, pero si viéramos esa cifra aparecer en la pantalla del cajero estaríamos totalmente perdidos –en todos los sentidos–.

    El caso es que con el cambio climático ocurre algo parecido: desde que el asunto empezó a ponerse de moda (que nadie me venga con urgencias medioambientales, por favor) cuando yo nací (1988), más o menos, se abrió la veda para las explicaciones y fabricaciones absurdas: la cantidad de maneras de explicar, desmontar, arreglar y plantear el funcionamiento de ese sistema que es nuestro planeta es casi infinita. Porque es inasible, complicadísimo y nadie va a lograr (al menos en esta generación) simplificarlo sin cometer errores: son demasiados factores los que hay que tener en cuenta.

    Digo exactamente 1988 porque fue el año en que se creó el IPCC, el Grupo Intergubernamental para el Cambio Climático de la ONU, el organismo científico que se ha ocupado de dar forma a informes, planes, teorías y, en general, el que mueve el engranaje de este negocio.

    He tenido oportunidad de leer, con el tiempo, a no pocos divulgadores del asunto. Me he visto la película de Al Gore, y sé lo que piensan él y sus detractores. Están todos bastante equivocados, pero aquí nos quedamos con lo que nos conviene.

    No olvidemos que la inmensa mayoría la literatura (y digo literatura) científica que ha nacido en torno a este tema viene de Estados Unidos, uno de los países más contaminantes del mundo y en el que la preocupación por el cambio climático está más que justificada: ellos, con su sueño de los dos coches en el garaje, el chalecito en un suburb y la promesa de un nivel de vida alto –aunque acaricies la pobreza–, lo tienen mucho más difícil que nosotros.

    Sin embargo, un debate científico de esta magnitud está abocado al empate técnico. Son tantos, como decía, los factores que hay que tener en cuenta para formarse una opinión (¡opinión!) clara y nítida sobre qué está ocurriendo y qué debería ocurrir en nuestro planeta que los de un lado y los del otro –sean cuales sean sus intenciones– llevan las de estar en lo cierto. Hasta que llegó el caballo ganador: el miedo. ¿Nadie se ha dado cuenta de que todos los inviernos, primaveras, veranos, otoños son los más fríos, cálidos, lluviosos, áridos, devastadores de los últimos nosecuantos años? ¿Que estamos batiendo récords semana sí semana no?

    En una operación (casi) sin precedentes, el IPCC primero y toda una ristra de figuras públicas después auparon, sin conemplaciones, el cambio climático y el calentamiento global al podio de peligro público número 1, situándolo al ladito del terrorismo internacional. De esta forma, todo argumento contrario queda desactivado: se refieren a quienes niegan el cambio climático como «negacionistas», término que tiene un toque Tercer Reich de lo más interesante; cuelgan el sambenito de pagado por el lobby petrolero a todo aquel que les lleve la contraria. Con una foto de una fábrica funcionando a pleno rendimiento y de un secarral africano ya la tenemos liada: se acaba el mundo.

    Y así, poco a poco, el cambio climático se ha colado en las preocupaciones colectivas, en los libros de texto, etc.

    ¿Calentamiento? ¿Qué calentamiento?

    Que los chinos tienen un problema con este asuntillo es un hecho. Que los norteamericanos también, es otro. Que nosotros tenemos mejores cosas que hacer es indudable.

    Veamos: existe contaminación. Existe un cambio en el clima, influido por la acción del hombre. Esos son dos hechos que podemos apreciar nosotros de manera inmediata, podemos percibirlos directamente. Ahora vienen las explicaciones: un señor de corbata con los bolis metidos en el bolsillo de la camisa me dice que los polos podrían fundirse, elevando el nivel del mar (o del mal) y sumergiendo el mundo…

    ¡Eh! Un momento: eso es una metáfora. ¿Os da miedo? ¿Sí? Pues eso es porque vuestra mente se lo imagina más o menos como lo que ocurriría si metierais hielos en un vaso con agua y le aplicárais calor (que no se desborda, por cierto). Ahora reflexionemos: ¿en serio cree alguien que se puede comparar un vaso de agua a un océano? Debemos de estar todos mal de la cabeza.

    Razonamientos como este pueden encontrarse en boca de muchos que no se creen el discurso del calentamiento global más asesino, y que no están necesariamente pagados por demoníacas petroleras a las que compramos gasolina a diario.

    Pero da igual lo que uno crea. Vendrá un Al Gore con sus informes del IPCC en la mano a darnos capones, o a señalarnos como si nos fuéramos a apalear focas en nuestros fines de semana de descanso.

    Así funciona. Ahora, por un momento, des-polaricémonos. ¿Existe contaminación? Sí. ¿Es asquerosa? Sí. Hay que acabar con ella. Hasta aquí, de acuerdo.

    ¿Está cambiando el clima? Sí. ¿Es necesariamente apocalíptico? No lo sé. ¿Y tú?


  4. Admonición (o los controladores, parte III)

    Lo escribí el Martes 7 de diciembre de 2010

    Quién tiene razón en todo este conflicto?

    Espero.

    ¿Ya?

    Bien. Me he intentado leer el famoso decreto de febrero; el del viernes pasado; el del viernes por la noche; el del sábado; la carta abierta de un controlador al ministro de Fomento; y un buen puñado de blogs aparentemente redactados por un equipo de monos borrachos (de un bando, del otro y de en medio). Me he aburrido mucho.

    Como decía en el anterior episodio sobre los controladores aéreos, ya el sábado por la tarde los medios de comunicación empezaban a retornar a sus respectivas trincheras para atacar a quien correspondiera: presidente, controlador o ministro. Elija su cabecera, siéntese en el sillón de pensar y a disfrutar.

    Si hay algo que me preocupa seriamente es, una vez más, la escasez de plumas y mentes que parecen no haberse dado cuenta de que nadie lleva razón. O al menos, nadie lleva suficiente razón como para que podamos decantarnos por un bando con la más mínima convicción.

    Iba a poner subtítulos, como en la entrada anterior, pero tampoco tiene mucho sentido. Recapitular no nos llevará más que dos frases: una vez más, probablemente los controladores tengan razón en sus reivindicaciones pero se equivocaron hondamente en su planteamiento; una vez más, probablemente el Gobierno haya montado una maraña difícil de desenmarañar (y el que la desenmarañe, buen desenmarañador será); una vez más, la opinión pública (pienso en las redes sociales) se comporta como un resplandeciente banco de arenques: juntito e indeciso en su rumbo.

    La opinión del común de los españoles parece avanzar a trompicones, en función de los dos o tres artículos del día. Nos abalanzamos sobre ellos, los descuartizamos y a otra cosa. Todo ello, cómodos comentarios anónimos mediante en webs de todo pelaje y condición, desde periódicos hasta los mencionados blogs, pasando por tweets enfervorecidos.

    Queda esperanza, sin embargo. Probablemente el motivo por el que Ignacio Escolar es el bloguero político más leído en este país sea porque es de los pocos (si no el único) que tiene el sentido común de publicar cosas como esta entrada confesando su indecisión (que no prudencia, y hace bien) en pleno fragor de la batalla. Y mira que cuando se pone sectario no hay quien le pare, pero al César lo que es del César. A ver si nos cae algún césar más. Se les echa de menos.


  5. Jurado popular

    Lo escribí el Sábado 13 de noviembre de 2010

    Me ha crecido un flequillo que tengo que cortarme. Aún no he sucumbido a las gafas (no me hacen falta, por suerte); ni se me han ceñido los pantalones tanto a las piernas. Sí tengo una rebeca (por si refresca, ya se sabe) en el fondo de armario, pero me falta una pashmina con la que dar empaque a mis palabras en las tertulias. Pero ese día puede llegar de un momento a otro.

    En el Café Dam las espirales de humo y conversaciones en torno a lo más granado del Festival se multiplican por estas fechas, y en casi cualquier rincón de la ciudad pueden divisarse encendidas conversaciones. Conversaciones que pueden no ser tales, ojo, sino deliberaciones del jurado joven del festival, compuesto, en general, por perfiles como el arriba descrito. Esto es, el 92% de la población cimavillense, en algún momento de su vida.

    Será difícil tener a Julia Roberts correteando por la alfombra roja, aunque Joaquin Phoenix esté en las pantallas de la Laboral; eso sí, ese mismo espíritu que llevará al gijonés joven a plantarse, dentro de cinco décadas, a pie de obra para comentar la calidad del mortero, encontrará una buena formación en este primer acercamiento.

    Sin duda, lo mejor del Festival: como si Perry Mason se pasara por La Plaza; como si Jessica Fletcher se dejara caer por el Sonotone: durante unos días, cualquier cineasta puede caer fulminado en el rincón más insospechado y, cuando se abra el plano, descubriremos que una imagen desconocida y juvenil está detrás del veredicto. No hay como esta cita para recordar que, por suerte, este festival sigue siendo como Hacienda: somos todos.