Ha sido una semana de lo más ajetreada y cargada, especialmente, de interesantes movimientos en el ámbito internacional: Kosovo, un ejercicio sobre el Sur Sudán, una magistral clase sobre Irán en la Historia y sus relaciones con los países vecinos…
El miércoles disfruté, sin embargo, de una tarde libre que pude aprovechar convenientemente para acercarme hasta el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación a hacer unos papeleos.
Descubro que el Palacio de Santa Cruz, donde tiene su sede el Ministerio, fue una cárcel en tiempos, sobre la cual (extraigo de la propia web) William Bromley escribió, en 1702:
«La cárcel de aquí es la más elegante que jamás he visto: fue construida como palacio para un príncipe; el Cardenal-Infante, creo, hermano de Felipe IV, le dio este otro fin de Cárcel del Estado.»
El simple acceso lateral del edificio ya revela una frialdad marmórea por las sólidas paredes de piedra, pero suavizada más adelante por las pesadas puertas de madera y el crujiente parquet de sabedios qué época.
Entro en la sala habilitada para información y una funcionaria, tremendamente amable, me cede su ordenador para que rellene los formularios que luego presentaré en la habitación contigua («Así te queda mejor», sonríe).
En aquella otra sala me recibirá una alucinante señora que bien podría haber sobrevivido a un cómic de Tintín: es una mujer negra, muy negra, muy mayor, que camina encorvada bajo el peso de un moño imposible y que me mira por encima de las gafas, que hacen a su vez equilibrismos sobre la punta de su nariz.
Me reñirá por no haber llevado un sobrecito para guardar las fotos de carnet, y grapará con parsimonia pero enorme minuciosidad todos los documentos que le entrego.
Bien, volvamos a la habitación de información. En un momento en el que la funcionaria busca el documento que tengo que rellenar e imprimir, miro a las paredes.
Hay mapas envejecidos. El más cercano es el de África, por el que paseo la mirada desde el Cabo de Buena Esperanza hacia el Norte. De pronto, mis ojos se detienen y tengo que acercar la cabeza para dar crédito a lo que veo: Rhodesia.
Rhodesia lleva el nombre de Cecil Rhodes, ese gran hombre que conquistó su trocito de tierra y no tuvo empacho alguno en bautizarlo con su apellido. Pero Rhodesia dejó de existir en 1964 para dividirse en dos naciones; y una década más tarde, el territorio pasó a llamarse definitivamente Zambia (al norte) y Zimbabwe (al sur). En este glorioso mapa, en aras de la actualización, han pegado dos etiquetas Dimo que indican, muy dignamente, dónde está Zimbabwe y que su capital es Harare.
Aún queda otra sorpresa entrañable: descubro, pasada Nigeria, la República del Alto Volta. No me sonaba de nada semejante país, así que volví a abrir mucho los ojos y a acercar la cabeza al mapa. No había reparado en otro Dimo que advertía, ahora, de que se trataba en realidad de Burkina Faso. La República del Alto Volta dejó de llamarse así, comprobé más tarde, en 1984. Esto es, hace 26 años.
Sin duda no conviene malgastar el dinero del contribuyente en inútiles mapas políticos actualizados, por mucho Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación que se sea: es más, aquí, uno, agradece y agradecerá saber dónde está la máquina del tiempo.
