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Entradas que hablan sobre «Vistas»

  1. Calor y sidra

    Lo escribí el Jueves 6 de agosto de 2009

    El concierto empezaba a dormir al respetable que, tratando de sortear el sopor, se abalanzaba sobre las sidrerías que rodean la Plaza Mayor.

    Ahí estaba, en tercera línea de barra, viendo al camarero sudar la gota gorda ante el repiqueteo contra la barra de las más alucinantes manicuras a este lado del Río Piles.

    Las señoronas de cabellera oxigenada y moreno posmoderno dejaban escapar sus «Ye pa hoy, ho» mientras que el otro, cercano a la desesperación, terminaba por decirle a una clienta que no pensaba atenderla.

    El sector más pacífico, calculo que en el que me encontraba yo, se limitaba a agitar billetes de diez euros con timidez, como intentando llamar su atención sin éxito.

    Fuera, el concierto seguía arrastrándose pertinaz hacia su final, y dentro, el calor empezaba a convertir aquello en una ingrata marmita.

    Tras seis canciones, logré ganar la barra y colocarme entre el respetable, que veía correr al atribulado camarero como si de una corrida de toros se tratase.

    Un par de codazos y cinco canciones después, casi en los bises, lograba por fin hacerme con una botella de sidra, un vaso y la consabida monedina.

    Logré salir del coso, saltar a dos niños y, pletórico, escanciar unos culinos.


  2. Operación salida

    Lo escribí el Domingo 2 de agosto de 2009

    El viernes, por fin se quitó la corbata y se encerró en casa de un amigo a quemar la consola. Luego, a salir por ahí.

    Él forma parte de esa casta que, a partir de entonces, está oficialmente de vacaciones, congelando definitivamente medio país. En julio quedaban pocos y reblandecidos por el sol, pero la ciudad seguía desprendiendo cierto tufillo a trabajo; en agosto, podría organizarse un picnic en el carril bus del Paseo de la Castellana sin mayor problema.

    Intento charlar con esa mitad paralizada de España: «¿Te vas de viaje?» Me responde que sí, y se pregunta en voz alta qué se puede llevar para matar las horas en la tumbona, con un mojito en la mano: «Bueno», empiezo, crecido en mi papel de recomendador, «yo ahora estoy leyendo un libro de Stendhal con una delicadeza en las descripciones francamente increíble.»

    Mi amigo hacía un buen rato que no me estaba escuchando, por supuesto, fascinado por una bola de espejos, como el resto de celebrativos oficinistas que habían desterrado el traje al fondo de armario.

    Se giró y me dijo: «Mira, a menos que el Stendhal ese haya escrito el folleto del hotel o venda camisas hawaianas, olvídate. Esto es la operación salida: salir de currar, y a descansar.» Y amén.


  3. Personalidades

    Lo escribí el Viernes 31 de julio de 2009

    En el centro de Madrid se puede practicar un divertido pasatiempo que, muchos forasteros, de visita en la capital, suelen pedir con la boca piñonera. Me refiero al reverso tenebroso de leer el ¡Hola!: consiste en apostarse en algún café de la calle Fuencarral y ver lucir palmito al famoseo, dejarse sorprender por aquel futbolista estrella que camina deprisa y con la gorra calada hasta la nariz («¡Es enano!») o por este secundario de la última serie española de moda.

    Pero nada hay como los de tres al cuarto, esos personajes que se encuentran en el escalafón inmediatamente inferior al de los tertulianos bandarras de los viernes por la noche: así ocurrió el pasado sábado, puede que al volver de un plató; el pequeño naturalista que todos llevamos dentro  entra en ebullición cuando se detiene un taxi, se baja una señora con cara de pocos amigos y un bolso aparentemente pesado colgando del brazo; se apea su hija, con su cara de alien, y alguien exclama: «¡Tamara!». El «yo esas cosas no las veo» queda anegado por móviles con cámara, todos los presentes pegan la cara al cristal del portal en el que han entrado con curiosidad mal disimulada, y la otra, en plan starlette, se da la vuelta, saluda, y se mete en el ascensor con su madre-rottweiler.


  4. La purga

    Lo escribí el Lunes 27 de julio de 2009

    No hay nada más gratificante del verano que salir de casa a las cinco de la tarde con un libro bajo el brazo, en chanclas y gafas de sol, y descubrirse bien entrada la madrugada berreando canciones de Carlos Baute rodeado de amigos y de ingleses quemados por el sol castellano. Liarse, que se dice comúnmente.

    Claro que al día siguiente, cuando uno abre el ojo y se prepara el café, descubre horrorizado que las chanclas que tan alegremente lucía, contando en un principio con una tarde de relajo a la sombra, han quedado firmemente soldadas al parqué tras varias horas de maceración en los jugos y residuos que han ido absorbiendo con el paso de la tarde-noche precedente.

    Tras varios intentos, logro darle la vuelta a una de ellas y encuentro en la suela una crónica detallada de cada lugar en el que fui poniendo el pie, desde las calles rebosantes de bohemios del atardecer hasta los restos de un arroz tres delicias que cierto vendedor ambulante ofrecía a los viandantes tiempo después.

    Así paso la tarde, tratando de disolver el conglomerado que se ha formado en las chanclas con vinagrazo y prometiéndome que a partir de hoy mismo, no salgo de casa sin unos playeros en los bolsillos. Por lo que pueda ser.


  5. Limpieza y pulcritud

    Lo escribí el Sábado 25 de julio de 2009

    Lo de la fijación de Madrid con el olimpismo no es ninguna broma. Aquello de repartir camisetas y abrasarnos con más ganas que si se tratase de una Expo era sólo el principio: llega la parte en que tenemos que aparcar el botijo y los callos un rato y ponernos cosmopolitas.

    Y es ahora en verano cuando, aparte de cambiar hasta los botones de los ascensores en un frenesí de obras públicas rayano en lo faraónico, parecen haber decidido limpiarlo todo a conciencia. Viendo el ahínco de los operarios, uno teme empezar a resbalar sobre las aceras por lo pulidas que las puedan dejar, parece que hasta los chicles van a dejar de pegarse al suelo para rebotar sobre las baldosas.

    En esto andaban la otra noche en una céntrica plaza, con un camión cisterna y unos manguerazos de impresión, cuando uno de los limpiadores,  acercándose a un arbusto como quien no quiere la cosa, se llevó las manos a los pantalones y con un sibilino silbido y una mirada vigilante se desahogó tranquilamente. Esa es la actitud.

    Al final puede que se cumpla la ley esa de los continentes, y que tengamos que padecer Madrid 2020, pero al menos tendremos una villa tan lustrosa que podremos comer los callos directamente sobre la acera.