El concierto empezaba a dormir al respetable que, tratando de sortear el sopor, se abalanzaba sobre las sidrerías que rodean la Plaza Mayor.
Ahí estaba, en tercera línea de barra, viendo al camarero sudar la gota gorda ante el repiqueteo contra la barra de las más alucinantes manicuras a este lado del Río Piles.
Las señoronas de cabellera oxigenada y moreno posmoderno dejaban escapar sus «Ye pa hoy, ho» mientras que el otro, cercano a la desesperación, terminaba por decirle a una clienta que no pensaba atenderla.
El sector más pacífico, calculo que en el que me encontraba yo, se limitaba a agitar billetes de diez euros con timidez, como intentando llamar su atención sin éxito.
Fuera, el concierto seguía arrastrándose pertinaz hacia su final, y dentro, el calor empezaba a convertir aquello en una ingrata marmita.
Tras seis canciones, logré ganar la barra y colocarme entre el respetable, que veía correr al atribulado camarero como si de una corrida de toros se tratase.
Un par de codazos y cinco canciones después, casi en los bises, lograba por fin hacerme con una botella de sidra, un vaso y la consabida monedina.
Logré salir del coso, saltar a dos niños y, pletórico, escanciar unos culinos.
