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Entradas que hablan sobre «Vistas»

  1. Un día municipal

    Lo escribí el Viernes 14 de agosto de 2009

    Desde que el otro día descubrí en un colorista cartel que Cabueñes es ahora ‘Kbuñs’, empiezo a sospechar que me estoy quedando desfasado.

    Total que ayer, en un arranque de gijonismo juvenil, me propuse hacerme con una de esas tarjetas monedero para coger el siempre tonificante servicio público de transportes y plantarme en el Jardín Botánico Atlántico (¡Perdón! En el JBA).

    Me levanté pronto, acudí al cajero ciudadano de la antigua pescadería y traté de obtener mi preciado trozo de plástico. Me aproximo a un mostrador. «Pregunta en Información». Miro en la dirección indicada, y no veo a nadie. «Estará desayunando». Aparece otra funcionaria, se coloca en el mostrador y vuelvo a la carga. «Coge un número y vete allí». Cojo un número, voy allí. «Aquí no es, vete a ese». Voy a ese, me ayudan y logro mi tarjeta.

    Tras esta intensa media hora de paseos, que hacen flaquear mi arranque mañanero, temo un ambiente similar en el Botánico, pero cuál es mi sorpresa al descubrir que el lema «Otro mundo» es enteramente cierto: es difícil topar con visitantes,  hay más lagartijas correteando al sol que gente en la playa, un césped recién cortado como de mentira, y tanto silencio que casi asusta: una delicia sin agobios, con paz, y poca cobertura.

    Y que viva el JBA.


  2. Agosto y compañía

    Lo escribí el Miércoles 12 de agosto de 2009

    Un día de estos salimos a dar una vuelta por la tarde, como de costumbre; a «hacer el playu», que dicen algunos. Las tres C: Cerro, Corrada, Cholo.

    Sopla brisa refrescante y se ven semblantes relajados por todas partes; nos separamos para darnos una ducha y quedamos después de cenar. Esto es vida.

    Qué bien se está en Gijón en verano: clima excelente, tranquilidad, playa… Nos metemos en uno de los bares habituales, normalmente vacío a estas horas. Y entonces entra un forastero, y dos, y tres, y doce.

    Volvemos a Cimadevilla: con un poco de habilidad y de picardía gijonesa quizás logremos sortear a las masas. Error. La plaza del Marqués está tan repleta que si se empuja a un trasnochador en una esquina parece que el efecto dominó derribará al de la opuesta.

    Anteayer, sin ir más lejos, el concierto de Los Chichos recordaba más al FIB que a otra cosa; en el de Spiritualized corearon y bailaron hasta los abonados al Festival de Tonada…

    El otro día había incluso gente en el bus turístico (también conocido como, ejem, bus fantasma); cuesta caminar más de dos metros sin topar con visitantes provistos de mapas queriendo ir a tomar unos «culiños», que gustan decir ellos… ¿Qué regalarán en Gijón?


  3. Strippers y sustantivos

    Lo escribí el Lunes 10 de agosto de 2009

    Mi sufrido tío suele remitirme, con una breve entradilla bañada en exasperación dieciochesca, las noticias más selectas de las que topa en sus habituales recorridos por la prensa. En esta ocasión, me llega la información de que en las fiestas de Carballedo (Lugo) se ha organizado un rocambolesco sorteo de dos strippers, un hombre y una mujer. Es más, tal fue el éxito de la iniciativa que el impulsor cambió a la zagala por otra «más potente». Directamente.

    Si ya se organizó una buena por estas latitudes con aquel asunto de los acondroplásicos de feria, era de esperar que, al meterse en las cenagosas honduras de la Igualdad (así, con mayúscula) el afortunado autor de la idea terminara en el pilón. Creo que es la ocurrencia más brillante desde que se inventó el cachopo de dos pisos…

    Tampoco tiene desperdicio el vocablo que se han sacado de la manga los adalides del Gobierno, que han encontrado, entre «soez» y «barriobajero», aliento para proferir una «cosificación de la mujer», dejándome totalmente sustantivado e incluso algo perplejo.

    Y nosotros, mientras, con insulsos fuegos artificiales y ferias de muestras millonarias: con lo fácil que es darle un par de patadas al DRAE y despelotar a dos mozos…


  4. La vida analógica

    Lo escribí el Sábado 8 de agosto de 2009

    El jueves, tras una plácida tarde de ordenador apagado, observando el orvallo desde detrás de una ventana, se me ocurrió consultar el correo electrónico antes de confinar definitivamente el cacharro a una esquina, hasta el día siguiente, con un olímpico y agradecido puntapié.

    Pero en cuanto lo encendí, no pude evitar descubrir que Twitter se había inmolado y que Facebook ardía en mensajes de desesperación con demasiadas mayúsculas; en otras palabras, lo que el jueves experimentaron quienes se enchufan a Internet hasta en la cola del supermercado sería el equivalente a enviar cartas a Correos quejándose de que la correspondencia no llega.

    Un par de mis amigos (virtuales) pertenecen a esta estirpe, capaz de mandar un mensaje desde el móvil para lanzar el titular: «Estoy en la playa», «Voy a hacerme un café», «Me pica la espalda» y otras delicias de lo cotidiano.

    Una práctica sin duda estimulante, pero ¿qué ocurrirá cuando Internet se autodestruya definitivamente, cuando el malvado en la sombra pulse el botón rojo, cuando tengamos que volver a quedar por tam-tam? Supongo que mirar el orvallo volverá a ser divertido. Pero de momento, respiremos aliviados: españoles, Twitter ha vuelto a la vida.


  5. Una tarde en la hemeroteca

    Lo escribí el Viernes 7 de agosto de 2009

    Ayer pasé la tarde sumido en la hemeroteca de El Comercio buscando y recopilando artículos. Hacía mal día en Gijón, y lo sigue haciendo: lleva dos días sin parar de orvallar, refrescando un agosto que se prometía caluroso cuando llegué el lunes.

    La hemeroteca se encuentra en la segunda planta del edificio del periódico, exactamente encima de la redacción y en un ángulo muerto de la señal inalámbrica. A tan pocos metros de la vorágine de internet y de la cocina de un diario, con sus prisas y azoramientos, estaba completamente solo entre gruesos tomos encuadernados en rojo, sin más preocupación que la de extraerlos de las estanterías y pasar páginas.

    En los 60las crónicas deportivas llegaban dos días tarde; el papel de los ejemplares de los 70 aún cruje, enorme, entre los dedos; los anuncios de los 80, con ese halo de modernidad casposona, fascinan; en los 90 todo parece sospechosamente parecido a lo que es hoy, pero sin llegar a serlo.

    Esto es, en mitad de la calma, un viaje en el tiempo; tanto de la manera en que se hace un periódico como en la que se percibía el mundo en otros momentos: revueltas que nunca llegaron a estallar;  guerras que jamás se declararon; falsas alarmas, en general, que cayeron en el olvido aún más deprisa de lo que habían llegado.

    Y debajo, mientras, nace un número más, otro El Comercio diferente del de ayer que, mañana, ya vivirá en otro grueso tomo rojo entre todos los demás.