Desde que el otro día descubrí en un colorista cartel que Cabueñes es ahora ‘Kbuñs’, empiezo a sospechar que me estoy quedando desfasado.
Total que ayer, en un arranque de gijonismo juvenil, me propuse hacerme con una de esas tarjetas monedero para coger el siempre tonificante servicio público de transportes y plantarme en el Jardín Botánico Atlántico (¡Perdón! En el JBA).
Me levanté pronto, acudí al cajero ciudadano de la antigua pescadería y traté de obtener mi preciado trozo de plástico. Me aproximo a un mostrador. «Pregunta en Información». Miro en la dirección indicada, y no veo a nadie. «Estará desayunando». Aparece otra funcionaria, se coloca en el mostrador y vuelvo a la carga. «Coge un número y vete allí». Cojo un número, voy allí. «Aquí no es, vete a ese». Voy a ese, me ayudan y logro mi tarjeta.
Tras esta intensa media hora de paseos, que hacen flaquear mi arranque mañanero, temo un ambiente similar en el Botánico, pero cuál es mi sorpresa al descubrir que el lema «Otro mundo» es enteramente cierto: es difícil topar con visitantes, hay más lagartijas correteando al sol que gente en la playa, un césped recién cortado como de mentira, y tanto silencio que casi asusta: una delicia sin agobios, con paz, y poca cobertura.
Y que viva el JBA.
