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El juego del periodista

Puede que el título de esta entrada sea algo sensacionalista, porque ni he estudiado periodismo ni me atrevo demasiado a considerarme como tal: aunque, como dice un buen amigo, ¿quién es el periodista sino el que escribe en un periódico?

El caso es que aventurar qué o quién puede colgarse esa etiqueta me parece muy osado en los tiempos que corren (¿Cuatro años escuchando dinosaurios te habilitan como profesional? ¿Tener el móvil de la Pantoja te da voz o voto frente a reporteros agudos, aventurados, hábiles?); pero la semana pasada, en que tuve el privilegio de llenar diez contraportadas de El Comercio pateándome la calle y buscando historias hasta debajo de las piedras, pude darme cuenta de algo importante. Seguir leyendo

El imperio de los gordos

Llevo varios días dándole vueltas a un artículo sobre una noticia, aparecida en el diario Público, titulada «La ministra británica de Salud pide llamar “gordos” a los obesos». Qué tema espinoso: trataré de no herir sensibilidades.

Pulsando impresiones, he recalado en la web de la Asociación Española para la Aceptación de la Obesidad (ellos lo escriben así, con mayúsculas), que, ironías de la vida, se llama gordos.org. Sólo quería mencionarla, porque uno podría pasarse horas navegando por esta organización casi equiparable a la de fans del cubo de Rubik.

Volviendo a la ministra: opina que con este cambio terminológico, las personas con sobrepeso se sentirán culpables y adelgazarán más rápido (o al menos así lo relata Público). Como razonamiento deja bastante que desear, pero esconde el mismo proteccionismo grimoso que rezumaba aquel intento por prohibirnos el Burger King.

El problema de los gordos, obesos, gente con sobrepeso u orondos es el de siempre: lo políticamente correcto enfrentado a una realidad social, añadiéndole el factor patológico. Nadie podrá decirle nada a quien padezca una enfermedad que le condene a una vida de curvas e inseguridades; pero a mí, personalmente, el gordo por deporte me da bastante reparo. Si has elegido comer como un animal, enchufarte tres bocadillos de chorizo en un trayecto Asturias-Madrid, cinco cervezas y dos cocacolas ¿por qué tengo que ceder los preciosos centímetros que arrebatas a mi asiento?

Y alguien dirá que si el otro obeso, el patológico, no me molesta. Sí, claro, igual que –quien no quiera, que no lo reconozca– alguien con un problema de salud mental que se pasa el mismo viaje gritando. Pero como enfermedades tenemos todos, uno se aguanta y se calla –o lo intenta, o se va a otro vagón–.

Hablando de esto el otro día con un amigo que defiende las curvas –y eso, sorprendentemente, le ha costado más de una crítica feroz– llegamos a la conclusión (novedosa) de que todo radica en hasta qué punto se nos ha ido la cabeza. Como bien indican en gordos.org, el problema no es tanto el volumen como la autoestima, la seguridad. Vivimos en una sociedad (tranquilos, trataré de esquivar el tópico) que no ve con buenos ojos determinados físicos; pero como la sociedad no es La Sociedad, S.A., esquivar aquello que nos acompleja, o incluso afrontarlo es mucho más fácil de lo que pretenden hacernos creer.

Se montó una buena con aquella compañía aérea que pretendía cobrar dos asientos a quienes ocuparan demasiado espacio, y hubo quien se quejó. Bueno, es comprensible, pero yo en los aviones sigo procurando coger pasillo para encajar más a gusto mi metro ochenta generoso.

Lo llevan repitiendo unos cuantos siglos: no somos todos iguales, y pretenderlo es absurdo; no es fácil haber nacido de esta o de aquella manera; lo único por lo que podemos pelear, no obstante, es por establecer un sistema de convivencia aceptable y digno para todos pero que, al mismo tiempo, establezca unos límites razonables a la libertad individual y a la colectiva: déjame fumar, maldito; déjame engordar, maldito; déjame decir tacos, maldito; pero evita que con ello moleste a los demás. No puedes hacer más, y si lo intentas, fracasarás.

Y ya que estamos, a nivel nacional

Son muchas las ocasiones en las que me he regocijado por el jugoso potaje de berzas y patatas con el que los analfabetos funcionales que pululan por la red alimentan a los marranos del lenguaje por excelencia, que no son ni más ni menos que aquellos que parecen haber aprendido a leer y/o escribir –ambas, no– puestos hasta las cejas de absenta y mescalina.

No lo digo por nada en especial, es sólo que de vez en cuando las ocurrencias que me topo por la red me dejan absolutamente fascinado: entiendo ciertos errores al colocar esas molestas amiguitas que son las tildes –en ocasiones, de criterio dudoso, aunque no se pueda aplicar al ejemplo de aquí abajo–; entiendo incluso el cambio de bes por uves al teclear con esos deditos de golem fartón de más de uno; pero no me da la mente para asumir joyas como las que siguen.

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Que sí, que fútbol

El domingo por la noche, tras la gesta que me hizo abrazar a más de un desconocido, más de siete de mis contactos en Facebook había colgado el vídeo de Casillas y Carbonero, con diversas músicas de fondo. La pareja del año, del siglo, ha removido corazones a lo largo y ancho de la nación; igual que el gol de Iniesta; o incluso el “otro” proyectil de Piqué.

No obstante anoche, con un buen amigo al que llevaba años –años– sin ver, estuvimos poniéndonos al día y, con el correr de licores espirituosos y la consiguiente desinhibición, fuimos contándonos esas cosas que solo se le cuentan a un amigo, por años que pasen. Vaya: me sé mejor la vida de Casillas que la de quienes me rodean. Al menos, hasta ayer.

No es nada, ni siquiera me preocupa: la conclusión que saqué de aquella conversación, volviendo a casa, es que, más bien, ese beso y las 37 horas de telediario ininterrumpido y monotemático que siguieron al Gran Gol marcan la línea entre la lágrima necesaria e histórica y la gilipollez supina que se ha apoderado de más de uno y más de dos en los últimos días.

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De Méjico a Madrid, pasando por Sarajevo

El lunes, el cártel que controla mayoritariamente el estado mejicano de Michoacán, La Familia, tendió –supuestamente, etc.– una emboscada que costó la vida a 10 o 12 (lo siento, no tengo el dato exacto) policías federales.

Precisamente estaba leyendo esta semana sobre La Familia y, hace no demasiado, sobre un grupo organizado que poco tiene que ver con ellos, procedente de Europa del Este, conocido como “Las panteras rosas”: en ambos casos, llama especialmente la atención el factor humano que se esconde detrás, la raigambre social de estas organizaciones y, por ende, la dificultad de extirparlas.

El caso de La Familia es muy similar al de la Mafia de toda la vida: súmese, a la fascinación de la juventud por la figura del gangster, la popularidad/miedo que han logrado ganarse en el tú a tú, en lo que, como apuntaban en The New Yorker, es un “síndrome de Estocolmo masivo”. El problema principal en ciertas zonas de Méjico, simplificando, es que nada funciona como debería: sobornos, incompetencia, lentitud… Bien, yo soy un mafioso; no tengo más que proporcionarle a la gente lo que el Estado no puede: tú me ayudas y, si te roban en casa, me llamas. Al día siguiente, verás en qué cuneta está el ladrón.

La muerte, la tortura, suelen estar implicadas, pero desde el momento en el que el estado de derecho flaquea por algún flanco, es tan fácil como adoptar el discurso del Robin Hood y la técnica de “la plata o el plomo”. O te soborno, o te mato.

Es así de fácil; tanto, que da miedo: Las panteras rosas, por su parte, son una de las bandas organizadas más misteriosas y, por qué no, interesantes que han parido los Balcanes. Aunque se desconoce su estructura interna, es sabido que no se conocen entre sí, que la enormísima mayoría son ex militares o ex guerrilleros y que, en general, son gente muy bien preparada y muy peligrosa. Han robado a lo largo y ancho de nuestro continente –sí, amigos, en España también– y serían una banda de guante blanco de no ser tan bestias (son muy partidarios de alunizajes, etc.).

En su tierra son la clase de gente que conduce un Mercedes por las calles semiderruidas con una mano mientras que sujeta el iPhone con la otra; fuera de ella, son la clase de gente que despierta la curiosidad.

Son dos esferas absolutamente distintas, dos representaciones criminales que inevitablemente llaman la atención pero que, ay, también tienen el oscuro lado de la arbitrariedad, la cara siniestra de depositar, sin darse cuenta, más y más poder en manos de sabedios quién.

En España no tenemos esta clase de problemas, y si se dan, lo hacen en un ámbito mucho más limitado: pienso en los narcos gallegos, en los constructores costeros y demás personajes. Conectarlos no sería difícil, pero sí se hace complicado suponer que, en este país, todo está cableado de tal manera que vivimos subyugados (¿o no?).

No obstante, sí existe un nexo centralizado para todos y cada uno de los grupos criminales que pululan por ahí: los impuestos. Así cayó en su día Al Capone y así se ha trincado a una enorme cantidad de criminales; aquí, sin embargo, más que una cuestión de Hacienda parece que la evasión fiscal es lo que les armoniza y, como buenos Robin Hoods, canoniza socialmente: ¿Qué hay más osado, valiente y frecuente que las transacciones “en B”? ¿Cuánta gente conocéis capaz de contener una sonrisilla de niño malo al clavarle a Hacienda un par de banderillas?