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Entradas que hablan sobre «Vistas»

  1. Fin de año, etc. (dos) Paráilos

    Lo escribí el Jueves 30 de diciembre de 2010

    Hoy es día 30. Ya va tocando ponerse a pensar un poco, aunque sea en el modelo de Nochevieja –digo–, aunque el mundo ha decidido seguir coleando a nuestro alrededor hasta el último segundo.

    Así, hoy el PP ha decidio prescindir de Cascos y presentar a Isabel Pérez-Espinosa, lo cual, como ya escribí hace algún tiempo, me parece un error como una catedral. Pero ese no es el asunto ahora; es, sencillamente, que nuestra clase política se ha ocupado de echar más leña a un fuego que no es, precisamente, la hogareña chimenea de la que penden los calcetines.

    Un poco más abajo, en la misma portada de El Comercio, me encuentro con la entrañable noticia de dos pícaros que decidieron falsificar 100 entradas para la fiesta del restaurante Bellavista, con tal astucia que se plantaron en la imprenta más cercana con una entrada original y un pen-drive con el anverso y el reverso escaneados, pidiendo que se las hicieran lo más exactas posibles.

    En fin, son solo dos pinceladas: una, de las que importa, la otra, de las que hace sonreír… Pero ¿no estaría bien que dejaran de pasar cosas, aunque fuera un rato?


  2. Fin de año, etc. (tres) Ranking(s)

    Lo escribí el Miércoles 29 de diciembre de 2010

    Me había propuesto ceñirme a un español pulcro e irreprochable, ya que aprovecho los días finales del año para leer, entre otras cosas, El nuevo dardo en la palabra, pero compruebo alucinado que la Academia no reconoce «ránquin». ¿Cómo pluralizar, pues, el concepto ranking?

    En fin, evidentemente con esta entrada me refiero a la gloriosa proliferación de listas con lo mejor, lo peor y lo anodino del año en todos los medios. En esta ocasión, con más entusiasmo que nunca debido sin duda al efecto 2.0 y a las abominables técnicas de posicionamiento en buscadores.

    Me he sentido muy tentado de hacer una lista, aunque fuera de la compra, pero en lugar de eso he preferido comprarme un puro como una casa para despedirme de los bares en Nochevieja y me he centrado, ante todo, en el menú de lecturas que me aguarda en la entrada del año.

    Digo lecturas como podría decir freidoras, visto que el año 2010 ha dejado más bien poco que recordar dentro de otra década: cada vez más, disfrutamos dejándonos recomendar por cosas (sí, cosas) que atesorar primero, almacenar después y acabar odiando.

    Hoy, más que nunca, recuerdo la filosofía de Libros del Asteroide: «Un día me di cuenta de que no compraba libros que tuvieran más diez años». Pues eso. Me niego a renunciar a la pretensión de comprar o vivir experiencias que me duren, por lo menos, otros diez años.


  3. Fin de año, etc. (seis) Parcela en Hiroshima

    Lo escribí el Domingo 26 de diciembre de 2010

    Ahora empieza la auténtica semana de fin de año. Una semana normal, en la que las tiendas abrirán y la gente trabajará, pero que se encuentra atrapada entre el bullicioso sábado de Navidad y la fiesta masiva que supone Nochevieja.

    Ayer pasó todo, ayer salimos de casa y tomamos algo; hoy, comimos sobras (y las cenaremos); y ahora hemos logrado establecernos en una parcelita en Hiroshima.

    Me refiero al apasionante libro de John Hersey, que estoy devorando sin prestar atención a nada más. Antes de ocupar la butaca, me senté a la mesa y, con el telediario de fondo, confirmé las sospechas: este fin de semana no ha ocurrido absolutamente nada interesante. No, nada que no pueda esperar hasta mañana o hasta 2011.

    Por eso, mientras que nuestras pantallas de televisión y de ordenador se esfuerzan por seguir burbujeando con su ritmo habitual, yo me abstraigo en Hiroshima. Me quedan tan pocas páginas que ya miro de reojo, con ganas, el resto de volúmenes que tengo al alcance de los dedos.

    Maquino notas, mantengo el silenio y enfilo, como debe ser, el fin de 2010: procuraré, ahora, salir de la trinchera. Pero no olvidemos que es el último domingo de 2010, el domingo definitivo: ¡que nadie lo desaproveche!


  4. Fin de año, etc. (siete) Café cargado

    Lo escribí el Sábado 25 de diciembre de 2010

    Pues sí, hemos sobrevivido a la cena de Nochebuena y a la comida de Navidad con bastante dignidad, mientras que tuppers y tuppers de sobras desfilan hacia la nevera para alimentarnos, por lo menos, hasta el lunes.

    La familia es multitudinaria, ruidosa, y habla, ríe y brama más a medida que las servilletas, inmaculadas hasta ayer, se van manchando de vino y salsas. El roast-beef está delicioso un año más, el puré, sedoso un año más; aunque todos vayan cumpliendo y las más pequeñas se hagan, con cada, fiesta, más grandes.

    Decido salir a pasear para bajar ambos festines. Aprovecho primero el viento frío para visitar el Muro, escuchar algo de música entretanto y tomar un té antes de volver a casa. Los café están más llenos que nunca un día de Navidad por la tarde.

    Cada nuevo visitante trae una bocanada de frío que deposita a su lado al sentarse, las familias sacan a los niños sin pudor alguno y, a medida que el té va bajando descubro que en realidad el calor que contrasta tanto con la temperatura de la calle no es obra de ninguna calefacción, sino de los lametazos de aire que todos ocultan bajo los abrigos. Ese es el calor que acaba por comerse el frío previamente instalado, el que torna los locales en lugares cargados y ruidosos.

    Paseo un poco más bajo las luces, volviendo a casa ya. Ha sobrado roast-beef para la cena.


  5. Bailes y gritos, sobre todo gritos

    Lo escribí el Domingo 19 de diciembre de 2010

    Es domingo. Estoy solo en casa, como siempre, tanquilo, en bata. Regalándome un desayuno a la una de la tarde, porque yo lo valgo; regalándome, también, un buen trago de lectura reconfortante antes de lanzarme sobre un insufrible acta del diario de sesiones del Congreso que deberé haberme leído mañana.

    Mi piso está en un patio interior. Disfruto de noches calmadas, sin un solo ruido de la calle, y es muy difícil que algo pueda turbar mi sueño. Es más, disfruto enormemente de los domingos como este, en los que lo único que corta el silencio del salón es el zumbido de la nevera. ¿Lo único? No.

    Mis vecinos de abajo llevan gritando desde hace una hora generosa. Creo que estoy en condiciones de bajar con una sentencia redactada (oídas las partes…) y hacerla cumplir por las buenas o por las malas («¡Me dejas terminar? ¡ME DEJAS TERMINAR?»).

    Me cuesta seguir inmerso en mi libro, con lo que me doy un garbeo por la Red. El Twitter de La Información me cuenta que una tertuliana se ha enfrentado a los controladores en un plató. Pincho el vídeo, y veo al pequeño monstruito gritarles sin pudor. ¿Puedo contestarle? Siguen los gritos. Más altos, más acusadores, y el público rompe cada dos comas en una ovación acompañada de pataleos y gritos. Más gritos.

    Creo que ni la tertuliana ni mis vecinos han arreglado nada. Yo voy a intentar seguir leyendo, aunque sea el acta del Congreso –que, paradójicamente, también tiene gritos–. Frito, me tienen.