Me voy a lanzar con un mini relato en tres partes. Hoy, aquí, con la libertad de que se trata de mi blog; mañana, en El Comercio, disimulando y pasando de puntillas; pasado, termino en el blog. Aunque por una vez, creo que las palabras sobran bastante:
Salimos sin buscar ningún tipo de problema, y yo al menos los encontré todos reunidos bajo el justiciero sol de agosto: el muy cabrón me lo largó así, en una terraza, sin pensarlo dos veces y aparentemente ajeno a lo que me pudiera ocurrir. Efectivamente, lo dijo en aquella ciudad que aún me resultaba lejana y a mí, idiota, no se me ocurrió nada mejor que ponerme a caminar.
En la playa se arremolinaban familias enteras, me llegaba el olor a crema protectora y sólo con imaginar el tacto de aquellas pieles, dispuestas sobre la arena, sólo con intuir la temperatura del agua entre aquel maremágnum de norteños que se bañaban sin piedad, me recorrió un malestar que se sumó al anterior y redondeó mi glorioso estado de ánimo; no quise mirar atrás pero él, seguramente, estaría contemplando cómo me marchaba con decisión (aunque sin saber bien qué hacía).
A medida que notaba alejarse las calles y el bullicio del centro de El Norte; cuanto más cemento recorrían mis pies y más engordaba la (aún) fina capa de sudor que cubría mi piel, más libre me sentía; el nudo en el estómago desaparecía poco a poco. En este punto del paseo marítimo empezaron a florecer pescadores aficionados; en las calas de piedra, bañistas y submarinistas confundiéndose en el agua cristalina con las rocas y la espuma. Más allá, se terminaba todo: municipalmente hablando, donde nace el camino de piedras el paseo ya no es tal, sino que se convierte en senda costera. Y yo tan aturdida, enfundada en un vestido y unas bailarinas, con mis gafas de sol, fumando sin parar y evitando pensar en nada.
Ver la segunda parte.

