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Entradas que hablan sobre «Verano»

  1. Primeras escenas

    Lo escribí el Sábado 3 de julio de 2010

    logoculturasUna de las maneras más provechosas y cómodas de lograr que el lector quede atrapado por la novela o el relato de turno es rellenar el texto de imágenes, de escenas cuya representación mental resulta bastante más duradera que cualquier otra noción. Ejemplo: de las múltiples festividades que siguen al fin de exámenes será duro recordar la fecha o el número exacto de asistentes; no obstante, recordaremos con precisión milimétrica el plato de huevos con chorizo al amanecer, tras una infinita sesión de bailoteos en traje y corbata.

    Este es uno de los baremos infalibles para, recién entrado el verano, medir la calidad de los dos meses largos que están por venir.

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  2. Día 1 de primavera, casi verano

    Lo escribí el Miércoles 31 de marzo de 2010

    Por primera vez, se despertó en el piso nuevo y decidió bajar a dar una vuelta por su recién adquirido barrio, aquel que tan bien había aprehendido de noche, cuyos bares podía recitar de cabo a rabo pero que, ahora que se daba cuenta, nunca había visto a la luz de un día tan soleado como este.

    Respiró el primaveral aire nada más pisar la calle, se llenó de una bocanada con un mordisco de aquellas diminutas partículas de buen tiempo que flotaban a su alrededor, y empezó a andar.

    Descubriste que, intercalados entre los bares que tan conocidos tenías a otras horas, bajo la luna que de vez en cuando alcanzarías a ver desde tu nueva ventana, había tiendas de ropa y electrodomésticos y regalos, que había colmados repletos de apetitosas y carísimas latas de conserva e, incluso, algún comercio de comida precocinada para los oficinistas que se internaban en aquellas calles adoquinadas a la hora del almuerzo.

    No dudaste ni un segundo al encontrar aquel pequeño café arrinconado, con las cuatro puertas abiertas de par en par, e inmediatamente quisiste probar el té frío que aquellas muchachas somnolientas como lagartos al sol de abril sorbían haciendo tintinear la ingente cantidad de hielo del vaso.

    Me llené la boca de frío mirando alrededor, y pensé qué haría a lo largo del día. Quizás terminar de desempaquetar las cajas, o quizás lo dejaría para el día siguiente y me preocuparía, más bien, en captar la incesante conversación en italiano que sobrevolaba la coqueta mesa de madera en la que estaba sentado.

    Efectivamente, terminé por decidir que aquél sería el primer día de una nueva vida, en un nuevo barrio que acababa de cobrar, abrazándome con la brisa que antes me resbalaba, y ahora me impregnaba, un sentido totalmente desconocido para mí. Me di la bienvenida, terminé –sin pretenderlo– el vaso de té de un largo trago y pensé, encantado, que la primavera, casi verano, me esperaba ansiosa.


  3. Todo recto

    Lo escribí el Miércoles 26 de agosto de 2009

    Es conocida la dificultad de un enorme número de gijoneses para levantar la mirada de las estilosas aceras de nuestra ciudad; lo cual, unido a la supersónica velocidad a la que caminan, con las manos en la espalda, les convierte en auténticas apisonadoras.

    En las estrechas calles del centro, resulta casi más seguro pasear por el centro de la calzada que transitar por ese sanfermín humano que organizan los viandantes a media tarde; pero lo preocupante es que en el mismísimo Muro, con su anchura de autovía de dieciséis carriles, se corre riesgo de atropello.

    En esto que andaba yo pegado a la barandilla blanca, disfrutando del sol y del mar cuando, como si acabase de meterme en una justa medieval improvisada, vi acercarse en mi misma dirección a un cuasi vigoréxico y decididamente moreno gijonés bien entrado en años, con los consabidos pantalones cortos y la camiseta en la mano, concentrado, por supuesto, en la calidad del cemento que recubre el paseo.

    Decidí no apartarme, aunque sólo fuera por averiguar si el problema era de miopía, de orgullo o de convicción; el tipo, consciente ya del choque, frunció el ceño y apretó el paso cuando sólo nos quedaban un par de metros.

    Y no, no frenó: embistió y, ya de paso, me lanzó en la trayectoria de un carrito con su bebé kamikaze. Tonterías, las justas. Advertidos quedan.


  4. El gran paseo [3]

    Lo escribí el Viernes 21 de agosto de 2009

    Ver la segunda parte.

    Por eso cuando estuve cerca del mirador, toda la soledad se había esfumado. Fotografié lo que me rodeaba, me di cuenta de que, paradójicamente, no había nadie a mi alrededor y comencé la vuelta. No sabía si me estaría esperando, si ya se habría marchado, si seguiría en aquella terraza donde le había dejado, delante de una copa, tan seguro de que mi espantada no era más que un arrebato; pero sí sabía que no valía la pena desaprovechar este día.

    Se lo hubiera perdonado de no haber conocido a aquella zorra. Pero, para su desgracia, la conocía.

    El sol, ya semioculto tras los edificios, aún tenía fuerza para lanzar brillantes reflejos sobre la bahía, y yo apreté el paso. La fina capa de sudor comenzaba a cristalizar, a secarse sobre mi piel con el salitre que me traía el viento de la tarde. Parecía que todo lo que se había recalentado volvía a enfriarse, y que la tarde se encaminaba hacia la cena, repentinamente, a mucha más velocidad de la esperada.

    Apreté el paso, con un nuevo nudo creciéndome en el pecho: ahora, por la posibilidad de que las últimas horas de esta jornada súbitamente especial se me escaparan entre los dedos.

    Fantaseé con la ducha, con la sesión de terraza en buena compañía; me ilusioné con encontrarle en el hotel preparado para hacerme creer que nada (importante) había ocurrido, aceleré aún más al ver que la tarde se despedía definitivamente. Pero todo aquello empezó a desvanecerse cuando, llegando de vuelta a El Norte, la playa seguía tan llena como antes (puede que algo menos); y todo permanecía en el mismo lugar en el que lo había dejado (como un flash-back al revés, con menos luz). Quizás, el gran paseo no había servido para nada; quizás, a fin de cuentas, no era tan buena idea volver al hotel.


  5. El gran paseo [2]

    Lo escribí el Jueves 20 de agosto de 2009

    Ver la primera parte.

    Hacía un día tan excepcional que no pude dejar de seguir caminando, bordeando la costa con dirección a la Providencia: pasé al lado de los campistas apiñados y me dejé sorprender por la espléndida tarde que caía sobre la bahía. Glorioso calor, sorprendentemente excesivo para estas latitudes, y un sol de los que invitan al moreno marbellí que más de una y más de uno lucen por estas fechas (nos vemos en diciembre…).

    La cuestión es que sobrepasar aquel recodo, el del camping, y enfilar la empinada cuesta es como superar una frontera inesperada: parece que sólo los elegidos la cruzan, porque más allá se terminan súbitamente las parejas de paseantes calmos y sólo quedan o bien enérgicos andarines o bien deportistas de pro, además del viento atronador.

    Desde allí se domina todo, se ve la ciudad en una dirección y, hacia la otra, tan sólo verde y azul, sin más. Esto, unido a una buena ducha tras desandar el camino y una ración de terraza en buena compañía es, a buen seguro, la impagable recompensa de sobrevivir a las eventuales inclemencias de esta villa: prometer lluvia por la mañana, amenazar niebla a la hora de comer y regalar tardes claras y agradables de vez en cuando. Días como este son los que, a fin de cuentas, dan sentido al verano. Y sería una pena desperdiciarlos.

    Ver la tercera parte.