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Entradas que hablan sobre «Verano fatal»

  1. Alta gratuidad

    Lo escribí el Sábado 4 de julio de 2009

    Es de todos sabido que en cualquier acto público, presentación o congresillo existen tres elementos fundamentales para que se pueda considerar exitoso: comida, gente guapa y cosas gratis, como si se tratase del título de una novela de Stieg Larsson.

    Tuve oportunidad de comprobarlo en la entrega de premios del Gamelab anteanoche, edición esta con más gente, menos sillas y más presupuesto para comida que el año pasado.

    Sala Acapulco, 10:52 de la noche, «Muchas gracias a todos por haber asistido a este Gamelab», empieza a sonar We are family (extended version). Los presentes hablan con el ceño fruncido por la erudición y una copa de vino en la mano mientras que van tomando posiciones (disimuladamente) en torno a las mesas, vacías de momento, pronto llenas de manjares.

    Una camarera deposita una cesta con pan que se volatiliza al instante. Giro la cabeza, un redactor me dice, con los ojos inyectados en sangre y la boca llena «Pruébalo, tío, sabe a pizza».

    Luego llega el embutido, los tacos de queso, los milhojas de anchoas y el postre, que hace temer lo peor: nos echan, hora de apurar, de llenar el tupper.

    Minutos después, en la calle, comento: «Este año estaba genial montado, ¿no?». Me miran, guardan silencio, y responden por fin: «Vamos al McDonald’s, anda».


  2. Una noche, una jam

    Lo escribí el Viernes 3 de julio de 2009

    Se abre la puerta y entra un parroquiano en el café, en torno a la medianoche. Nosotros ya estamos sorbiendo té, embobados por lo inesperado del espectáculo: acabamos de descubrir que el dueño, que ya hace años que importó a Gijón su concepto de bar bohemio y nocturno, toca la guitarra española. Y que algunos días, por semana, cuando reina la tranquilidad, se pasan los amigos y se montan una jam session de tomo y lomo al final de la barra. Sólo se interrumpen cuando un cliente se acerca a pedir, y él deja la guitarra con resignación y cuidado sobre el taburete, sirve y cobra.

    Tras un par de disquisiciones melódicas («Es un do, hombre, es un do») se arrancan a tocar todos juntos; vientos, bajo, dos guitarras.

    El té se enfría, crece el ambiente de club de jazz y parece que Miles Davis o Django Reinhardt van a salir de debajo de la mesa de un momento a otro; el silencio entre los escuchantes se hace sepulcral y alguno incluso cierra los ojos.

    En lo más alto del solo, en pleno éxtasis de sordina y metal, el parroquiano que acababa de entrar se carga un vaso y el saxofonista aparta la boquilla de sus labios para proferir: «¡Cagonmimáquina, Manolín, ya tas dando la nota!». Volvemos de golpe a la Tierra, pero el solo sigue y Manolín, resignado, recoge cristales.


  3. El mundo perdido

    Lo escribí el Jueves 2 de julio de 2009

    Pasé buena parte de mi modorra post-comida viendo una y otra vez un vídeo de un engendro de origen desconocido, con patas de pollo y cuerpo de ratón. Y es que hubo un tiempo pasado en el que mezclar bichos era un objetivo genéticamente encomiable, en el que vestir a un perro de Darth Vader o poner a un mono a fumar era más gracioso que ilegal.

    Pero ayer por la tarde, paseando por el centro, descubrí que no todo está perdido. Entre el gentío que atestaba las calles, me llegó el inconfundible sonido de un sintetizador y distinguí un sombrero ajado, bajo el cual se encontraba un hombre de 75 años con un plato de plástico cubierto de monedas en una mano y la correa de un perro que se sostenía sobre las dos patas traseras en la otra.

    Y detrás del hombre —esto es lo jugoso —, una escalera con la consabida cabra encima, ofreciendo a los viandantes su trasero y sembrando la acera de «conguitos», que dijo aquel. Los paseantes quedaban tan alucinados que, entre exclamación y exclamación, le echaban sus buenos euros al tipo. No sé si será porque enfrente de aquella pollería existe un vórtice espacio-temporal o porque el espíritu del Grand Prix, con sus vaquillas y azafatas, no ha muerto del todo. La esperanza no se ha extinguido. Crucemos los dedos…


  4. Manual de los malditos

    Lo escribí el Miércoles 1 de julio de 2009

    La otra noche topé con un amigo al que hacía tiempo que no veía, que me explicó, con las Wayfarer puestas en un bar a las 12 de la noche, que estaba tramando un relato sin minúsculas ni tildes sobre la turbia relación entre su caniche y su tele de plasma. «Realismo gocho: es el futuro», me susurró convencido.

    Acudí entonces al último videoclip de cierto artista local, maestro en esto del malditismo: desfilaron ante mí el músico (y amigos) durante ocho minutos y medio en un impecable blanco y negro; mientras que yo trataba de convencerme de que la muerte de su lavadora era un acontecimiento traumático, empecé a dar cabezadas.

    Ahora bien, me propuse repasar la colección de malditos con la que contamos en España y, aunque Joselito ya tenía lo suyo, me sorprendí ante Raphael y Julio Iglesias. Y es que el estilazo de los especiales de Nochebuena del primero y la sonrisa profidén del segundo suelen deslumbrarnos cuando cantan en televisión; pero por Bukowski, concedamos un segundo de atención a las letras: «Me gustan las mujeres, me gusta el vino; si tengo que olvidarlas, bebo y olvido» y «descubriré que el amor es mejor cuando todo está oscuro». Y parecían tontos cuando los compramos…

    Puede que un lifting y una casita en Malibú a tiempo eviten acabar persiguiendo a jovencitas por Beverly Hills. O puede que no. Pero lo imposible, querido Jacko, es convertirse en Raymond Carver y en Paul Anka al mismo tiempo. RIP.


  5. Un verano… fatal

    Lo escribí el

    Vuelvo a El Comercio en régimen veraniego por estos dos meses. Hasta el 12 de julio, diariamente; en cuanto se incorpore mi compañera Azahara Villacorta, cada dos días.

    Supongo que comprenderéis que escriba menos/nada en el blog: estas semanas van a ser ajetreadas.

    ¡Gracias por estar ahí!