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Entradas que hablan sobre «Verano fatal»

  1. En tren

    Lo escribí el Jueves 9 de julio de 2009

    Hace cuatro horas que el tren salió de Gijón con destino a Madrid. Es un día fantástico, los pájaros trinan y se forman arcoiris en los aspersores que riegan los idílicos campos castellanos. Pero eso es al otro lado de la ventanilla, eso es fuera del microcosmos que constituye el asiento 5A del vagón número 6.

    Aquí, estoy disfrutando de la compañía de una madre con su hijo («Miguel, súbete los pantalones, se te está viendo el culo») y de una espléndida señora que lleva cinco minutos discutiendo con el revisor porque había tenido que coger un taxi para llegar al tren.

    Entramos en Valladolid y mi anhelado paisaje de western se interrumpe por momentos. Aunque las pintadas que pueblan los muretes de las vías bien lo valen: leo, mientras que la madre amenaza con tirar todos los juguetes de Miguel a una incineradora: «Al-Qaeda es la CIA». Muero de ganas de llegar.

    Ya estamos a punto de atravesar el túnel de Guadarrama, mientras que nos entretienen con un excelente documental futurista, cuando un grácil y contundente regüeldo, procedente de algún asiento detrás del mío, surca el vagón de lado a lado.

    Abandono el micromundo del 5A con una bocanada de aire a 35 grados. Y por fin, estoy en una terraza de Malasaña.


  2. Tiburón (otra vez)

    Lo escribí el Miércoles 8 de julio de 2009

    Recuerdo lo ocurrido hace cuatro veranos, cuando un tiburón se plantó en Poniente y más de uno quería salir a lo Roy Scheider con el bazooka a por aquel simpático animalillo que, a pesar de su tamaño y aspecto, resultó ser totalmente inofensivo y bastante amistoso (según Wikipedia: cada cual sabrá dónde se baña). Es más, en España nunca se ha registrado un ataque mortal de tiburón. No obstante, mi adorada televisión pública decidió poner anoche, en un alarde de originalidad estival, Tiburón 2. De hecho, es la segunda vez en menos de tres semanas que tan selecto manjar deleita nuestros paladares desde canales distintos.

    Entiendo perfectamente que en Semana Santa nos calcen las megaproducciones bíblicas, y los telefilmes de cuando los actores de CSI tenían que ganarse la vida interpretando a Noé en un plató de cartón (sin piedra); entiendo los desbarres de Chuck Norris repartiendo leña a terroristas islámicos; entiendo incluso las películas de catástrofes después de un terremoto o de un tsunami. Pero la asociación de los programadores de la cadena estatal entre abrir las playas, fomentar el turismo y poner una película sobre escualos asesinos de cuatro metros se me escapa. Será porque el bicho les parece muy poco real.


  3. Gijoners & New Yorkers

    Lo escribí el Martes 7 de julio de 2009

    La pinchadiscos accidental fumaba atribulada durante los discursos, pocos minutos antes de que los invitados a la boda salieran al jardín al bailoteo. «Oye ¿Michael Jackson cómo se escribe? ¿Maicol?», preguntaba tratando de encontrar Billy Jean en el portátil.

    Al día siguiente uno de los asistentes pedía a su hija, de dos años, que hiciera el favor de dejar de volcar su nueva moto rosa por el Campo Valdés: «Piedad con tus padres en este día difícil, por favor te lo pido».

    Y no obstante el flanco del novio, una comandita estadounidense que desembarcó en Gijón con más ímpetu que el Circo del Sol, dejaba anonadados a los locales con su energía: el abuelo de 80 años rompía la pista a ritmo de pasodoble mientras que todos los demás reposábamos los pies y el modelito en un tresillo habilitado a tal efecto, como en una versión de las Meninas, la maja desnuda y los fusilamientos del 2 de mayo —todo a la vez— firmada por Francis Bacon. «A los americanos se les distingue por el afeitado y a ellas, por el modelito», escrutaba uno; «no sabía que en Zara hicieran cosas tan apañadas», sentenciaba otra.

    La cosa queda entre Gijoners y New Yorkers: una boda sin puros, pero con speeches; el vals, de Sinatra, pero con un gaitero tamaño natural a la vista; la manzana, del pomar, pero frente a la Gran Manzana. Y que no se diga.


  4. Faquires maliayos

    Lo escribí el Lunes 6 de julio de 2009

    Cuenta la leyenda que hace años, en París, un asturiano deambulaba por el metro cuando topó con un faquir, un encantador de serpientes perfectamente maqueado y que mantenía a un reptil erguido con la sola melodía que brotaba de su instrumento.

    Prosigue el mito explicando que al asturiano en cuestión le resultó extremadamente familiar aquello que sonaba y que, igual que la serpiente había quedado prendada, él permaneció inmóvil frente al faquir por espacio de varios minutos.

    Sabía que era una versión, sabía que había escuchado el tema en alguna parte pero no lograba recuperarlo de la memoria.

    Algo similar nos ocurrió cenando en el Lavaderu esta semana con un par de madrileños visitantes. El celebérrimo trío de rumanos que circulan por las terrazas de Cimadevilla con su tambor, su guitarra y su acordeón vinieron a dedicarle su particular tocata a nuestro plato de croquetas y al chorizo a la sidra mientras que pedían «una ayuda para la música».

    Sabía que aquella fanfarria me decía algo, sabía que no se trataba de folk rumano (!) y, efectivamente, tras un par de vueltas logré discernir la pegadiza melodía del hit minero Santa Bárbara bendita.

    Pero volvamos a París, a nuestro asturiano legendario atrapado frente al faquir y al misterio que estaba a punto de resolverse.
    Por la frente del eventual versionador empezaron a caer gotas de sudor frío, a medida que miraba de reojo a su escrutador oyente y se hacía más y más claro que se acercaba peligrosamente a la respuesta a la incógnita.

    De pronto, el visitante cayó en la cuenta de qué le sonaba aquella música, los verdes prados astures se abrieron ante él al descubrir, atónito, que se trataba de Villaviciosa hermosa.


  5. El potaje del siglo

    Lo escribí el Domingo 5 de julio de 2009

    Si hay algo más peligroso que un pitoniso o futurólogo carterista eso es, sin duda, un científico con demasiada imaginación. Y si no que se lo digan a los que marcharon a vivir a una cueva el 31 de diciembre de 1999 creyéndose los más espabilados del lugar.

    El otro día tuve la oportunidad de leer un artículo de 1966 sobre cómo sería la vida en el año 2000, de aquella época en la que estaban plenamente convencidos de que fumar era bueno; beber, divertido; y en la que los marines americanos se sentaban en el desierto de Mojave a ver explosiones nucleares con gafas de sol y una sonrisa de oreja a oreja. Eran otros tiempos.

    Allí embutido entre anuncios de camisas que se planchaban solas y cosméticos novedosos («¡Maquíllese como en Norteamérica!»), el autor, de nombre francés, sugería que en los albores del siglo XXI el 80% del trabajo lo realizarían las máquinas y no los obreros, y preconizaba -inquietante- que por estas fechas sería perfectamente natural congelar y descongelar humanos a voluntad: Jacko ya tiene un hueco en el olimpo del refrigerado -dicen-.
    Pero todas estas quinielas científicas, en las que más o menos andaba atinado nuestro corresponsal sesentero, incluían otra premonición realmente espectacular y a la que no daba excesiva importancia: hombres-rana se dedicarían a cultivar algas bajo el mar para una alimentación más saludable y barata, desplazando al resto de alimentos; y anunciaba que vivirían en casetas asentadas en las profundidades oceánicas.

    Unos habitáculos confortables, decía el pollo, en los que podrían sobrevivir durante semanas, meses incluso, produciendo toneladas del preciado vegetal submarino: el mejor potaje de berzas de todos los tiempos, la ensalada definitiva… Ver para creer.