Hace cuatro horas que el tren salió de Gijón con destino a Madrid. Es un día fantástico, los pájaros trinan y se forman arcoiris en los aspersores que riegan los idílicos campos castellanos. Pero eso es al otro lado de la ventanilla, eso es fuera del microcosmos que constituye el asiento 5A del vagón número 6.
Aquí, estoy disfrutando de la compañía de una madre con su hijo («Miguel, súbete los pantalones, se te está viendo el culo») y de una espléndida señora que lleva cinco minutos discutiendo con el revisor porque había tenido que coger un taxi para llegar al tren.
Entramos en Valladolid y mi anhelado paisaje de western se interrumpe por momentos. Aunque las pintadas que pueblan los muretes de las vías bien lo valen: leo, mientras que la madre amenaza con tirar todos los juguetes de Miguel a una incineradora: «Al-Qaeda es la CIA». Muero de ganas de llegar.
Ya estamos a punto de atravesar el túnel de Guadarrama, mientras que nos entretienen con un excelente documental futurista, cuando un grácil y contundente regüeldo, procedente de algún asiento detrás del mío, surca el vagón de lado a lado.
Abandono el micromundo del 5A con una bocanada de aire a 35 grados. Y por fin, estoy en una terraza de Malasaña.
