El viernes, por fin se quitó la corbata y se encerró en casa de un amigo a quemar la consola. Luego, a salir por ahí.
Él forma parte de esa casta que, a partir de entonces, está oficialmente de vacaciones, congelando definitivamente medio país. En julio quedaban pocos y reblandecidos por el sol, pero la ciudad seguía desprendiendo cierto tufillo a trabajo; en agosto, podría organizarse un picnic en el carril bus del Paseo de la Castellana sin mayor problema.
Intento charlar con esa mitad paralizada de España: «¿Te vas de viaje?» Me responde que sí, y se pregunta en voz alta qué se puede llevar para matar las horas en la tumbona, con un mojito en la mano: «Bueno», empiezo, crecido en mi papel de recomendador, «yo ahora estoy leyendo un libro de Stendhal con una delicadeza en las descripciones francamente increíble.»
Mi amigo hacía un buen rato que no me estaba escuchando, por supuesto, fascinado por una bola de espejos, como el resto de celebrativos oficinistas que habían desterrado el traje al fondo de armario.
Se giró y me dijo: «Mira, a menos que el Stendhal ese haya escrito el folleto del hotel o venda camisas hawaianas, olvídate. Esto es la operación salida: salir de currar, y a descansar.» Y amén.
