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Entradas que hablan sobre «Verano fatal»

  1. Agosto y compañía

    Lo escribí el Miércoles 12 de agosto de 2009

    Un día de estos salimos a dar una vuelta por la tarde, como de costumbre; a «hacer el playu», que dicen algunos. Las tres C: Cerro, Corrada, Cholo.

    Sopla brisa refrescante y se ven semblantes relajados por todas partes; nos separamos para darnos una ducha y quedamos después de cenar. Esto es vida.

    Qué bien se está en Gijón en verano: clima excelente, tranquilidad, playa… Nos metemos en uno de los bares habituales, normalmente vacío a estas horas. Y entonces entra un forastero, y dos, y tres, y doce.

    Volvemos a Cimadevilla: con un poco de habilidad y de picardía gijonesa quizás logremos sortear a las masas. Error. La plaza del Marqués está tan repleta que si se empuja a un trasnochador en una esquina parece que el efecto dominó derribará al de la opuesta.

    Anteayer, sin ir más lejos, el concierto de Los Chichos recordaba más al FIB que a otra cosa; en el de Spiritualized corearon y bailaron hasta los abonados al Festival de Tonada…

    El otro día había incluso gente en el bus turístico (también conocido como, ejem, bus fantasma); cuesta caminar más de dos metros sin topar con visitantes provistos de mapas queriendo ir a tomar unos «culiños», que gustan decir ellos… ¿Qué regalarán en Gijón?


  2. Strippers y sustantivos

    Lo escribí el Lunes 10 de agosto de 2009

    Mi sufrido tío suele remitirme, con una breve entradilla bañada en exasperación dieciochesca, las noticias más selectas de las que topa en sus habituales recorridos por la prensa. En esta ocasión, me llega la información de que en las fiestas de Carballedo (Lugo) se ha organizado un rocambolesco sorteo de dos strippers, un hombre y una mujer. Es más, tal fue el éxito de la iniciativa que el impulsor cambió a la zagala por otra «más potente». Directamente.

    Si ya se organizó una buena por estas latitudes con aquel asunto de los acondroplásicos de feria, era de esperar que, al meterse en las cenagosas honduras de la Igualdad (así, con mayúscula) el afortunado autor de la idea terminara en el pilón. Creo que es la ocurrencia más brillante desde que se inventó el cachopo de dos pisos…

    Tampoco tiene desperdicio el vocablo que se han sacado de la manga los adalides del Gobierno, que han encontrado, entre «soez» y «barriobajero», aliento para proferir una «cosificación de la mujer», dejándome totalmente sustantivado e incluso algo perplejo.

    Y nosotros, mientras, con insulsos fuegos artificiales y ferias de muestras millonarias: con lo fácil que es darle un par de patadas al DRAE y despelotar a dos mozos…


  3. La vida analógica

    Lo escribí el Sábado 8 de agosto de 2009

    El jueves, tras una plácida tarde de ordenador apagado, observando el orvallo desde detrás de una ventana, se me ocurrió consultar el correo electrónico antes de confinar definitivamente el cacharro a una esquina, hasta el día siguiente, con un olímpico y agradecido puntapié.

    Pero en cuanto lo encendí, no pude evitar descubrir que Twitter se había inmolado y que Facebook ardía en mensajes de desesperación con demasiadas mayúsculas; en otras palabras, lo que el jueves experimentaron quienes se enchufan a Internet hasta en la cola del supermercado sería el equivalente a enviar cartas a Correos quejándose de que la correspondencia no llega.

    Un par de mis amigos (virtuales) pertenecen a esta estirpe, capaz de mandar un mensaje desde el móvil para lanzar el titular: «Estoy en la playa», «Voy a hacerme un café», «Me pica la espalda» y otras delicias de lo cotidiano.

    Una práctica sin duda estimulante, pero ¿qué ocurrirá cuando Internet se autodestruya definitivamente, cuando el malvado en la sombra pulse el botón rojo, cuando tengamos que volver a quedar por tam-tam? Supongo que mirar el orvallo volverá a ser divertido. Pero de momento, respiremos aliviados: españoles, Twitter ha vuelto a la vida.


  4. Calor y sidra

    Lo escribí el Jueves 6 de agosto de 2009

    El concierto empezaba a dormir al respetable que, tratando de sortear el sopor, se abalanzaba sobre las sidrerías que rodean la Plaza Mayor.

    Ahí estaba, en tercera línea de barra, viendo al camarero sudar la gota gorda ante el repiqueteo contra la barra de las más alucinantes manicuras a este lado del Río Piles.

    Las señoronas de cabellera oxigenada y moreno posmoderno dejaban escapar sus «Ye pa hoy, ho» mientras que el otro, cercano a la desesperación, terminaba por decirle a una clienta que no pensaba atenderla.

    El sector más pacífico, calculo que en el que me encontraba yo, se limitaba a agitar billetes de diez euros con timidez, como intentando llamar su atención sin éxito.

    Fuera, el concierto seguía arrastrándose pertinaz hacia su final, y dentro, el calor empezaba a convertir aquello en una ingrata marmita.

    Tras seis canciones, logré ganar la barra y colocarme entre el respetable, que veía correr al atribulado camarero como si de una corrida de toros se tratase.

    Un par de codazos y cinco canciones después, casi en los bises, lograba por fin hacerme con una botella de sidra, un vaso y la consabida monedina.

    Logré salir del coso, saltar a dos niños y, pletórico, escanciar unos culinos.


  5. Saber vivir 2.0

    Lo escribí el Martes 4 de agosto de 2009

    Muchas son las bromas que ha suscitado la noticia de que TVE dejará de emitir publicidad: que si vuelve la carta de ajuste, que si 59 segundos tendrá que pasar a llamarse 59 minutos

    Pero ayer por la mañana, haciendo tiempo en la estación de Chamartín, caí en la cuenta de que sobre nuestras coronillas se cierne un peligro aún mayor: Saber vivir. Veía a su presentador, con ese bigotito tan gracioso, blandir lo que parecía un desfibrilador frente a la cámara, intuyo que tratando de venderlo, cuando vino a mi memoria la vampírica sonrisa del doctor Torreiglesias: ¿con qué piensan llenar sus horas de programa, si no sólo les quitan los cortes de publicidad sino que les obligan a dejar de promocionar tensiómetros?

    Cruzo los dedos, mientras que el tren corre raudo, deseando que en mi próximo viaje desde Madrid pueda volver a acodarme en la barra de la cafetería de la estación y refulja ante mis ojos ese acogedor plató con un sonriente Eduard Punset, quizás glosándonos las ventajas neurológicas de comer huesos de melocotón, mientras que Juan y Medio obliga a niños a bailar pasodobles sobre motocicletas en llamas. Por favor, no se echen atrás ahora, súbanme los impuestos y sufrago lo que sea. Todo por la pública.