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Entradas que hablan sobre «Verano fatal»

  1. El arte del paisanismo

    Lo escribí el Sábado 22 de agosto de 2009

    El otro día tuve la ocasión de charlar durante un rato con uno de esos paisanos –no tienen otro nombre– que pertenecen a otro tiempo, a aquella generación que, por tarde que se acostara por andar de verbena, recibía del frente paterno un buen cubo de agua fría o una sonata a base de cazerolazos si no saltaba de la cama a una hora imprudentemente temprana.

    Nuestro protagonista, en concreto, se disponía a marchar para casa a dormir seis horas antes de entrar a trabajar, y no iba a encamarse  precisamente sobrio, todo sea dicho.

    Conduce una ambulancia en algún rincón de Asturias, y él mismo, que a estas horas estará salvando alguna vida, se rebela contra la juventud de estos tiempos: «La B12 es una gigantesca mentira: igual por atender a un borrachu con dos copes de más, no llegamos a un infarto. Dos bofetaes y a dormila. ¿Para qué te crees que tienen camillas en Cabueñes? Para que duerman.»

    Y como este conductor de ambulancia, tantísimos otros paisanos de los que poco o nada llegaremos a saber jamás, hasta que se pasen y (es un suponer) se instalen al volante de un autobús de EMTUSA de la línea 4 repleto de enfermeras un lunes a las 8 de la mañana con una tasa de alcoholemia tres veces superior a la permitida.

    Paisanos somos, y en paisanos nos convertiremos.


  2. El gran paseo [2]

    Lo escribí el Jueves 20 de agosto de 2009

    Ver la primera parte.

    Hacía un día tan excepcional que no pude dejar de seguir caminando, bordeando la costa con dirección a la Providencia: pasé al lado de los campistas apiñados y me dejé sorprender por la espléndida tarde que caía sobre la bahía. Glorioso calor, sorprendentemente excesivo para estas latitudes, y un sol de los que invitan al moreno marbellí que más de una y más de uno lucen por estas fechas (nos vemos en diciembre…).

    La cuestión es que sobrepasar aquel recodo, el del camping, y enfilar la empinada cuesta es como superar una frontera inesperada: parece que sólo los elegidos la cruzan, porque más allá se terminan súbitamente las parejas de paseantes calmos y sólo quedan o bien enérgicos andarines o bien deportistas de pro, además del viento atronador.

    Desde allí se domina todo, se ve la ciudad en una dirección y, hacia la otra, tan sólo verde y azul, sin más. Esto, unido a una buena ducha tras desandar el camino y una ración de terraza en buena compañía es, a buen seguro, la impagable recompensa de sobrevivir a las eventuales inclemencias de esta villa: prometer lluvia por la mañana, amenazar niebla a la hora de comer y regalar tardes claras y agradables de vez en cuando. Días como este son los que, a fin de cuentas, dan sentido al verano. Y sería una pena desperdiciarlos.

    Ver la tercera parte.


  3. Nuevo cine español

    Lo escribí el Martes 18 de agosto de 2009

    Pongamos a un showman que se encuentra rodando la última esperanza del cine patrio por estas latitudes y que, como casi todos los famosos y pseudofamosos que pasan por Gijón, realiza sus salidas nocturnas.

    El encuentro tiene lugar un sábado, tras haber topado con buena parte del resto del reparto y haberles visto
    departir y fotografiarse con quien tenía a bien acercárseles.

    Nuestro hombre, haciendo gala de una labia privilegiada, se encuentra acodado a una hora, ejem, tardía, en cierto bar del barrio pescador tomando la última y, por qué no, charlando con la camarera, azorada por las babas que el gran genio parece estar a punto de derramar por la impoluta barra. Entran dos amigos, y preguntan: «¿Podemos comprar tabaco?» El otro se vuelve, y niega con rotundidad y los ojos inyectados en sangre. La taquilla de cine español de la próxima temporada acaba de perder dos espectadores.

    A continuación sale (solo) y, sin pensárserlo dos veces, se adosa a otro par de zagalas que circulan por las calles mojadas. Allá que se va, pellizcando a una de ellas donde la espalda pierde su nombre y desairando con un elegante gesto de muñeca a otros dos fans: bravo, dos menos.

    Ésa es la actitud, levantando la industria a golpe de simpatía: próximamente, en los mejores cines.


  4. Modernos al Cabrales

    Lo escribí el Sábado 15 de agosto de 2009

    Me llegan noticias de que uno de los grupos que esta semana han amenizado las noches de la Plaza Mayor, muy modernos y lánguidos ellos, se cebaron a base de bien antes del recital en un restaurante cercano.

    Según el informante, que compartió bar con los músicos en cuestión, éstos pasaron aproximadamente tres horas comiendo y bebiendo y riendo, hasta tal punto que el bar olía a Cabrales por culpa suya. Un inicio prometedor

    Pero la rocanrol actitud manda: aparecieron en el escenario, a las 9, con semblante serio, casi de espaldas al público y en una actitud soporíferamente solemne. Así se eternizaron con temas ambientales y profundos (intensísimo), sin mover ni un pie de sus respectivas posiciones, hasta hipnotizar a algunos y dormir a otros, marchando con la misma gravedad con la que habían entrado.

    Reaparecieron, finalmente, en cierto bar de Cimadevilla riendo y bebiendo (no comiendo, lo que nos faltaba) como una pandilla de colegas tomando algo en una noche cualquiera.

    Charlaban con los lugareños acodados hasta las mil en una terraza, compartían risas con quien quisiera acerárseles y todo para propinar un concierto soso, soso. Son como Gremlins: les das Cabrales y pasa lo que pasa.


  5. Un día municipal

    Lo escribí el Viernes 14 de agosto de 2009

    Desde que el otro día descubrí en un colorista cartel que Cabueñes es ahora ‘Kbuñs’, empiezo a sospechar que me estoy quedando desfasado.

    Total que ayer, en un arranque de gijonismo juvenil, me propuse hacerme con una de esas tarjetas monedero para coger el siempre tonificante servicio público de transportes y plantarme en el Jardín Botánico Atlántico (¡Perdón! En el JBA).

    Me levanté pronto, acudí al cajero ciudadano de la antigua pescadería y traté de obtener mi preciado trozo de plástico. Me aproximo a un mostrador. «Pregunta en Información». Miro en la dirección indicada, y no veo a nadie. «Estará desayunando». Aparece otra funcionaria, se coloca en el mostrador y vuelvo a la carga. «Coge un número y vete allí». Cojo un número, voy allí. «Aquí no es, vete a ese». Voy a ese, me ayudan y logro mi tarjeta.

    Tras esta intensa media hora de paseos, que hacen flaquear mi arranque mañanero, temo un ambiente similar en el Botánico, pero cuál es mi sorpresa al descubrir que el lema «Otro mundo» es enteramente cierto: es difícil topar con visitantes,  hay más lagartijas correteando al sol que gente en la playa, un césped recién cortado como de mentira, y tanto silencio que casi asusta: una delicia sin agobios, con paz, y poca cobertura.

    Y que viva el JBA.