El otro día tuve la ocasión de charlar durante un rato con uno de esos paisanos –no tienen otro nombre– que pertenecen a otro tiempo, a aquella generación que, por tarde que se acostara por andar de verbena, recibía del frente paterno un buen cubo de agua fría o una sonata a base de cazerolazos si no saltaba de la cama a una hora imprudentemente temprana.
Nuestro protagonista, en concreto, se disponía a marchar para casa a dormir seis horas antes de entrar a trabajar, y no iba a encamarse precisamente sobrio, todo sea dicho.
Conduce una ambulancia en algún rincón de Asturias, y él mismo, que a estas horas estará salvando alguna vida, se rebela contra la juventud de estos tiempos: «La B12 es una gigantesca mentira: igual por atender a un borrachu con dos copes de más, no llegamos a un infarto. Dos bofetaes y a dormila. ¿Para qué te crees que tienen camillas en Cabueñes? Para que duerman.»
Y como este conductor de ambulancia, tantísimos otros paisanos de los que poco o nada llegaremos a saber jamás, hasta que se pasen y (es un suponer) se instalen al volante de un autobús de EMTUSA de la línea 4 repleto de enfermeras un lunes a las 8 de la mañana con una tasa de alcoholemia tres veces superior a la permitida.
Paisanos somos, y en paisanos nos convertiremos.
