Ya es lunes 31, un pequeño apéndice al mes de agosto, un minúsculo epílogo que marca el retorno definitivo, la vuelta a las pequeñas cosas de lo cotidiano y (esperemos que no demasiado) rutinario aunque, como bien narraba ayer Azahara Villacorta en este mismo espacio, la actualidad de la temporada otoño-invierno desprende, desde ya, cierto tufillo a soporífera monotonía.
Hoy comienza la diáspora de amigos reunidos en Gijón a lo largo de este mes: uno aquí, otro allá; los que se quedan retornan a la reclusión estudiantil o laboral y, en general, vuelven a sonar implacables despertadores a horas imposibles, con sus 5 minutos de remoloneo y la inevitable nostalgia de las tardes al fresco.
Han sido dos meses abalanzándonos sobre la calle y sus personajes, agarrando el verano con ganas y zarandeándolo para sacarle lo mejor: desde aquel tipo que se ha pasado estas semanas paseándose con un cartel al cuello pidiendo «Huelga general» hasta la riquísima vida interior de El Molinón, pasando por la selección musical que hemos podido encontrar en las calles de este Gijón: el demonio del acordeón, los lánguidos modernos y -claro- cienes de gaitas.
Ayer por la tarde aún hacía sol, paseábamos discretamente como tratando de evitar que se escapara el verano y la Fiesta de la Sidra da sus últimos coletazos. Dentro de poco viene San Mateo; luego contaremos los días hasta los puentes, las vacaciones, la Navidad, Semana Santa, mayo… Y vuelta a empezar: ya queda un lunes menos.
