Estoy concentrado —en el sentido futbolístico del término — la noche anterior a un examen. Y, no sé si como futbolista también, me dispongo a alternar entre cierto programa musical de la Primera y otro que, no mentiré, es Operación Triunfo.
Cuando enciendo la televisión, encuentro a un par de jóvenes airados propinándole al Born to run de Bruce Springsteen una coreografía eurovisiva. Ya se sabe: camisa de cuadros a medio sacar del pantalón: 15 euros; mensaje al 5557 con la palabra RUN: 20 euros; Ramoncín lamentando la versión en un emocionante alegato por el rock’n’roll («llevo 30 años viendo a Springsteen en directo»): no tiene precio. Me voy a TVE. Al cantante de Los Diablos parece habérsele caído Un rayo de sol (uoh, oh, oh) encima, con ese moreno nocillesco.
Vuelta a Telecinco, unos reconfortantes anuncios y el cásting para el musical de Mecano. Una concursante se inquieta: «Me parece muy fuerte que tenga que hacer de chico». Cambio, a la pública. El Koala, King África y un cuerpo de figurantes digno de la playa de Palomares (por lo nuclear y por lo añejo) se apiñan en una esquina del plató, debidamente acondicionada con una palmera hinchable.
Esto es lo bueno de los exámenes de Traducción, que aparte de pasar la víspera leyendo prensa extranjera, nadie sabe exactamente cómo se estudian. Todos en igualdad de condiciones; todos menos yo que, con mis técnicas balompédicas, juego con ventaja: el inglés fresco («guanchuzrifor») y Mueve tu cucú en el corazón. Y pobre del que quiera…
Anoche Buenafuente entrevistó a Julio Salinas, y estuvo bromeando con él, entre otras cosas, sobre un vídeo titulado El delantero más malo de todos los tiempos. Salinas, después de la sucesión de cantadas futbolísticas, se puso medianamente serio y soltó una verdad como una casa: “En este país siempre nos acordamos primero de lo malo.” Buenafuente se quedó pensativo por un momento, y el ex futbolista planteó entonces una serie de ejemplos, dirigiéndose al público:
— ¿Por qué nos acordamos de Arconada? — Por la cantada del 84— respondieron a coro. —¿Y de Carlos Sáinz? —“Carlos, trata de arrancarlo”— clamaron. —¿Y de Induráin?
Así siguieron un buen rato, y yo no pude evitar preguntarme por qué será tan cierta esta teoría, por qué hemos convertido ese morbo que despierta el error ajeno en una religión pura y dura: como decía, bastaba abrir los periódicos de hoy para darse cuenta.
La final del Athletic-Barça viene envuelta en una aureola de terrorismo futbolístico propiciada por la final de hace 25 años, casualmente la última que ha ganado el Athletic. Basta rebuscar mínimamente en YouTube para encontrar este vídeo de Maradona repartiendo, con la música del Mortal Kombat de fondo: 57.000 visionados y toda una ristra de vídeos relacionados.
En El País dedican dos páginas enteras a Antonio Vega, indiscutible musicazo que recibe el consabido cocktail necrológico de sentimientos amargos y revisión de su carrera artística aderezado, como no podía ser de otra manera, con lo que todos esperábamos (¿y deseábamos?) oír: qué caña se metía, cuánta heroína en el cuerpo, no sé cómo aguantó tanto tiempo.
Y qué decir del enfrentamiento político (no lo digo yo: cualquier periódico de tirada nacional sustantiva “cara a cara” o “duelo” y apostilla “agrio”, “amargo”, “violento”) de la jornada: Zapatero vs. Rajoy, vencedores y vencidos, el morbo de las réplicas más impertinentes en bandeja. El mismo engranaje que mueve la apisonadora Operación Triunfo (un Risto Mejide) mueve el interés ciudadano por el debate. Luego no, luego la crispación es detestable y todos lamentamos que nuestros políticos no se lleven bien y arreglen la crisis. Pero mientras, pan y circo.
Los programas de vídeos caseros de niños chinos dándose cabezazos contra una mesa jamás dejarán de tener audiencia, y esos realities que tanto odiamos, esos programas tan deleznables en los que se abren las tripas de los concursantes y se sirven al respetable con un poquito de caspa no son sólo una apuesta segura, sino un síntoma exagerado, una manifestación que todos vemos con claridad, de un rasgo tremendamente arraigado en nuestra sociedad y que no resulta necesariamente evidente: el interés por lo oscuro, por lo menos bueno de la gente.
La basura que nos rodea nos atrae como a las moscas, cuesta resistir la tentación de echar un vistacito por la cerradura de la imperfección, aunque sólo sea para darnos cuenta de que ese famoso tan pluscuamperfecto en el fondo no lo es tanto; para odiar a algún político, periodista, comentarista, fantoche o caradura cuya ideología es del signo contrario a la nuestra (me encanta esa frase); para conocer lo que nadie más conoce y sentirnos más sabios; para odiar por envidia ciega e irracional; o, sencillamente, para tapar con la basura ajena la propia (“No, si es que llevarse dinero del Ayuntamiento siempre se hizo, lo hace todo el mundo.”).
Esto no pretende ser un pescozón, ni siquiera una crítica: me descubro a mí y a todos mis compañeros de viaje en el metro mirando con atención sibilina la silueta renqueante y apagada del creador de La chica de ayer en una foto junto a su esquela, buscando las cicatrices que una vida de excesos había dejado en él.
Luego ya vendrán las mitificaciones y beatificaciones; ahora lo que importa es la foto del ataúd, las causas de la muerte. Con Zapatero y Rajoy igual: ya veremos dentro de 20 años algún programa nostálgico en la tele que nos conceda distancia y sentido común para opinar (si procediera o procediese); ahora lo importante es ensimismarse en lo que no han hecho y en lo que han hecho mal, en quién tiene la lengua más viperina y los machos más grandes.
Menos mal que esta noche, como en las grandes ocasiones, podremos descalzarnos y reunirnos en torno a la televisión para disfrutar de un buen partido y de una cervecita fría. ¿A que sí?
El otro día, mientras cenaba, vi a Hugh Jackman de visita en El Hormiguero. Llevaban semanas, años quizás, publicitando la presencia de Lobezno en el programa, y ahora se encargarán de repetirla a trocitos hasta el sábado, día en que la reponen entera. No sé hasta qué punto lograrían incrementar la audiencia (competir con el fútbol no es cosa fácil), pero sí consiguieron retener al bueno de Jackman durante un buen rato.
Y es que ser invitado de El Hormiguero no es fácil. Para quien no esté familiarizado con la mecánica, permitidme ilustraros brevemente. El proceso consta de 4 fases:
Preparación del terreno: Pablo Motos entrevista al personaje en cuestión y suelta un par de chascarrillos.
Comienza el surrealismo: emergen dos pelochos de la mesa y empieza a hacer chistes al invitado, algo menos “familiares”, visto que quienes le ponen voz se ocultan en algún rincón del plató y no hay forma humana de que les puedan pegar.
“Cuando volvamos de publicidad”: Culo o codo, el juego del verano. Se muestra una foto enviada por los telespectadores de un trozo de carne con una nimia línea negra. La pregunta es: ¿se trata de un codo o de una hucha? Aquí empiezan las caras de póker.
No lo intentéis en casa: Flipy y su mesa de experimentos hacen su entrada. El cómico intelectual tiene una sección de ciencia (¿a quién demonios se le ocurrió ponerle en las manos una probeta a un tipo al que le cuesta retener su propia baba?), que suele acabar en fracaso (el experimento no sale) o en cataclismo (el experimento, sobre todo si es algo que explota, sale demasiado bien).
Luego hay extras, como la sección de Marron, a la que no siempre se quedan los invitados, en la que se muestra un juego de efecto dominó; o las secciones de Jandro o Raquel, personajes ambos que le harían un gran favor al mundo retirándose a hacer calceta en la paz de Siberia. Pero el caso es que si el entrevistado logra superar las cuatro fases antes mencionadas con una sonrisa, puede optar al pleno al 15: cantar la canción del programa en la despedida, esto es, el equivalente a una versión de la canción de los Lunnis realizada por un grupo de punk bajo la batuta de un feriante de los de cabra y escalera plegable, con su casiotone.
Huelga decir que para un invitado nacional sólo estas pruebas ya son complicadas, dado que, además, muchos de ellos están aquejados de ese virus que se expande como la gripe por el star-system español: soy una estrella, no me toques las narices, mira qué glamour tengo, me aburro, el H&M es LO MÁS, etc. Con que imaginemos para los extranjeros, con su jet lag y sus cosas.
Pues Hugh Jackman no. Con un par. Aguantó el programa de cabo a rabo, no se le borró la sonrisa ni un segundo, bailó, actuó, no cantó porque no se sabía la letra y, en definitiva, se metió en el bolsillo a toda la audiencia en menos de cuatro minutos. Ni siquiera flaqueó cuando un escuálido Flipy vestido con mallas doradas demasiado ajustadas (“hazme el plano de cintura para arriba, anda”) le invitó a que mezclara productos químicos y metiera un par de pilas dentro: se sacó el mago que interpretó en El truco final de la manga y embelesó con sus pases de manos.
Es posible, probable incluso, que al llegar al hotel Jackman despidiera a su publicista y pidiera un helicóptero para volver a Australia, pero en El Hormiguero lo único que demostró ser fue uno de esos actores que se lo han trabajado hasta la saciedad, un artista que, a fuerza de machacarse, ha llegado a lo más alto, a donde quería llegar, y que ahora no sólo se muestra agradecido por ello, sino que hace gala, en todo momento, de una capacidad innata para hacerlo bien.
Si observamos su filmografía encontraremos uno de esos actores que han trabajado mucho, mucho, incluyendo oscuras apariciones en películas televisivas. Pero desde hace algunos años, Jackman ha cogido la ola de Hollywood y se ha empeñado en no soltarla, siempre con la sonrisa en ristre, siempre dispuesto a protagonizar películas y a seguir trabajando y, de regalo, listo para marcarse una de las mejores galas de los Oscar que se recuerdan.
Recuerda a aquel Hollywood glamouroso, con toda su basura en la trastienda y todos sus personajes siniestros (siempre los ha habido y siempre los habrá), pero en el que existían, además, estrellas de tomo y lomo, personajes que le dieron sentido a esta denominación y que ya han ganado un sitio en el Olimpo. ¿Quién, hoy en día, puede aspirar a eso? Pocos, muy pocos: son estrellas en peligro de extinción. Pero siempre nos quedará Jackman. Y El Hormiguero.