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Entradas que hablan sobre «Televisión»

  1. Sábado tarde

    Lo escribí el Sábado 7 de noviembre de 2009

    logoculturasPrimer plano del muslo del protagonista. El director quiere hacernos creer que se le ha clavado algo al huir por esta «tupida» jungla tropical, y que se lo va a quitar de la pierna en un alarde de desagradables efectos especiales. Gime, fuerza la mueca de dolor —qué bien lo hace, el condenado— y entonces suenan tambores. Se levanta sobre la pierna mala y echa a correr. Bravo: camino del Oscar.

    Llegados a este punto decidimos que o bien puede tratarse de una película de monos asesinos, o bien de una película de caníbales. Tiene que ser lo segundo: si no tienen dinero ni para hacer una sangre falsa como es debido ¿cómo esperar un mono asesino en condiciones?

    Cambiamos de canal. «Por el poder de la espada del anillo, acabaré con él, maestro.» Vamos, si ni siquiera puedes contratar a un actor que haya salido del competitivo circuito de los anuncios de champú ¿en qué momento decides rodar una imitación de ‘El Señor de los Anillos’ con dragones?

    Preguntas, preguntas todas que asaltan a uno un sábado cualquiera por la tarde frente al televisor: un zapping en cierta franja horaria en la que todo lo que topes vale su peso en oro, en la que los títulos de las películas recuerdan sospechosamente a otros (¿La isla de los caníbales?¿El reino del anillo?), en que florecen anuncios de queso manchego que no verás en ningún otro sitio, a ninguna otra hora. Todo termina con Cine de Barrio: tras Paco Martínez Soria, el diluvio. Bendito invierno que no acaba de llegar…


  2. Nuevo cine español

    Lo escribí el Martes 18 de agosto de 2009

    Pongamos a un showman que se encuentra rodando la última esperanza del cine patrio por estas latitudes y que, como casi todos los famosos y pseudofamosos que pasan por Gijón, realiza sus salidas nocturnas.

    El encuentro tiene lugar un sábado, tras haber topado con buena parte del resto del reparto y haberles visto
    departir y fotografiarse con quien tenía a bien acercárseles.

    Nuestro hombre, haciendo gala de una labia privilegiada, se encuentra acodado a una hora, ejem, tardía, en cierto bar del barrio pescador tomando la última y, por qué no, charlando con la camarera, azorada por las babas que el gran genio parece estar a punto de derramar por la impoluta barra. Entran dos amigos, y preguntan: «¿Podemos comprar tabaco?» El otro se vuelve, y niega con rotundidad y los ojos inyectados en sangre. La taquilla de cine español de la próxima temporada acaba de perder dos espectadores.

    A continuación sale (solo) y, sin pensárserlo dos veces, se adosa a otro par de zagalas que circulan por las calles mojadas. Allá que se va, pellizcando a una de ellas donde la espalda pierde su nombre y desairando con un elegante gesto de muñeca a otros dos fans: bravo, dos menos.

    Ésa es la actitud, levantando la industria a golpe de simpatía: próximamente, en los mejores cines.


  3. Saber vivir 2.0

    Lo escribí el Martes 4 de agosto de 2009

    Muchas son las bromas que ha suscitado la noticia de que TVE dejará de emitir publicidad: que si vuelve la carta de ajuste, que si 59 segundos tendrá que pasar a llamarse 59 minutos

    Pero ayer por la mañana, haciendo tiempo en la estación de Chamartín, caí en la cuenta de que sobre nuestras coronillas se cierne un peligro aún mayor: Saber vivir. Veía a su presentador, con ese bigotito tan gracioso, blandir lo que parecía un desfibrilador frente a la cámara, intuyo que tratando de venderlo, cuando vino a mi memoria la vampírica sonrisa del doctor Torreiglesias: ¿con qué piensan llenar sus horas de programa, si no sólo les quitan los cortes de publicidad sino que les obligan a dejar de promocionar tensiómetros?

    Cruzo los dedos, mientras que el tren corre raudo, deseando que en mi próximo viaje desde Madrid pueda volver a acodarme en la barra de la cafetería de la estación y refulja ante mis ojos ese acogedor plató con un sonriente Eduard Punset, quizás glosándonos las ventajas neurológicas de comer huesos de melocotón, mientras que Juan y Medio obliga a niños a bailar pasodobles sobre motocicletas en llamas. Por favor, no se echen atrás ahora, súbanme los impuestos y sufrago lo que sea. Todo por la pública.


  4. Personalidades

    Lo escribí el Viernes 31 de julio de 2009

    En el centro de Madrid se puede practicar un divertido pasatiempo que, muchos forasteros, de visita en la capital, suelen pedir con la boca piñonera. Me refiero al reverso tenebroso de leer el ¡Hola!: consiste en apostarse en algún café de la calle Fuencarral y ver lucir palmito al famoseo, dejarse sorprender por aquel futbolista estrella que camina deprisa y con la gorra calada hasta la nariz («¡Es enano!») o por este secundario de la última serie española de moda.

    Pero nada hay como los de tres al cuarto, esos personajes que se encuentran en el escalafón inmediatamente inferior al de los tertulianos bandarras de los viernes por la noche: así ocurrió el pasado sábado, puede que al volver de un plató; el pequeño naturalista que todos llevamos dentro  entra en ebullición cuando se detiene un taxi, se baja una señora con cara de pocos amigos y un bolso aparentemente pesado colgando del brazo; se apea su hija, con su cara de alien, y alguien exclama: «¡Tamara!». El «yo esas cosas no las veo» queda anegado por móviles con cámara, todos los presentes pegan la cara al cristal del portal en el que han entrado con curiosidad mal disimulada, y la otra, en plan starlette, se da la vuelta, saluda, y se mete en el ascensor con su madre-rottweiler.


  5. Tiburón (otra vez)

    Lo escribí el Miércoles 8 de julio de 2009

    Recuerdo lo ocurrido hace cuatro veranos, cuando un tiburón se plantó en Poniente y más de uno quería salir a lo Roy Scheider con el bazooka a por aquel simpático animalillo que, a pesar de su tamaño y aspecto, resultó ser totalmente inofensivo y bastante amistoso (según Wikipedia: cada cual sabrá dónde se baña). Es más, en España nunca se ha registrado un ataque mortal de tiburón. No obstante, mi adorada televisión pública decidió poner anoche, en un alarde de originalidad estival, Tiburón 2. De hecho, es la segunda vez en menos de tres semanas que tan selecto manjar deleita nuestros paladares desde canales distintos.

    Entiendo perfectamente que en Semana Santa nos calcen las megaproducciones bíblicas, y los telefilmes de cuando los actores de CSI tenían que ganarse la vida interpretando a Noé en un plató de cartón (sin piedra); entiendo los desbarres de Chuck Norris repartiendo leña a terroristas islámicos; entiendo incluso las películas de catástrofes después de un terremoto o de un tsunami. Pero la asociación de los programadores de la cadena estatal entre abrir las playas, fomentar el turismo y poner una película sobre escualos asesinos de cuatro metros se me escapa. Será porque el bicho les parece muy poco real.