A todos nos ha ocurrido alguna vez: que, leyendo una trepidante novela de aventuras, no podemos evitar imaginarnos a los personajes con la cara de este o aquel actor; no queremos dejar pasar la oportunidad de recrear la acción, en nuestra cabeza, como si fuera una película. Que esto ocurra con una novela de John Grisham, vale, pero que ocurra con una sentencia de la Audiencia Nacional y otra del Tribunal Supremo ya es algo preocupante.
Es cierto que el juez Gómez Bermúdez tiene buena pluma, y que en los Hechos probados de la sentencia del 11M lo deja todo claro, prístino para periodistas y escépticos. Pero de ahí a decidir, de pronto, recogerlos y convertirlos en una miniserie media un trecho: el del sentido común.
Quizás el cupo de efemérides se agotara para los infra productos televisivos en 2011. Quizás, entonces, sin una fecha redonda que recordar (¿siete años y casi cuatro meses después?) alguna cabeza pensante se sacara de la manga esto de 11M «para que no se olvide» (¿a alguien se le ha olvidado el peor atentado de nuestra historia?). El resultado es, en cualquier caso, todo lo cauto en cuanto a los hechos que debe ser para que Manos Limpias no esté ahora mismo poniendo una denuncia.
Pero claro, al preocuparse más del rigor (la llave del pequeño polvorín con la dinamita escondida bajo una piedra, la Estación Sur de Autobuses, el McDonald’s de Carabanchel) que de la historia, ocurre que el producto es malo con ansia. Pero con mucha ansia: personajes a medio construir, una irrisoria trama humana en los trenes, la sosez más absoluta y, para variar, un acento asturiano de chiste (¿no hay actores asturianos?). Del trato a las víctimas que hablen ellas.
No es que hubiera que haberse arriesgado más con el guión, es que, estando donde y como estamos, simplemente no habría que haberse planteado hacer esta miniserie. Si eres Aaron Sorkin y eres capaz de tocarla con la varita mágica que hizo La red social, o si eres un Christopher Nolan capaz de estremecer con algo del nivel de Batman, quizás debas pensar en hacer 11M (y en emigrar). Todo lo que sea menos que brillante, atrevido, respetuoso, vibrante, riguroso, precavido, redondo y muy, muy, muy pensado es innecesario, si no pobre. En este caso, pues, el resultado es pobre y prescindible. Al menos no es ofensivo, de momento, más que para ciertos directores de periódico. Algo hemos ganado.
