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Entradas que hablan sobre «Televisión»

  1. 11M, la miniserie que nunca debió existir

    Lo escribí el Martes 5 de julio de 2011

    A todos nos ha ocurrido alguna vez: que, leyendo una trepidante novela de aventuras, no podemos evitar imaginarnos a los personajes con la cara de este o aquel actor; no queremos dejar pasar la oportunidad de recrear la acción, en nuestra cabeza, como si fuera una película. Que esto ocurra con una novela de John Grisham, vale, pero que ocurra con una sentencia de la Audiencia Nacional y otra del Tribunal Supremo ya es algo preocupante.

    Es cierto que el juez Gómez Bermúdez tiene buena pluma, y que en los Hechos probados de la sentencia del 11M lo deja todo claro, prístino para periodistas y escépticos. Pero de ahí a decidir, de pronto, recogerlos y convertirlos en una miniserie media un trecho: el del sentido común.

    Quizás el cupo de efemérides se agotara para los infra productos televisivos en 2011. Quizás, entonces, sin una fecha redonda que recordar (¿siete años y casi cuatro meses después?) alguna cabeza pensante se sacara de la manga esto de 11M «para que no se olvide» (¿a alguien se le ha olvidado el peor atentado de nuestra historia?). El resultado es, en cualquier caso, todo lo cauto en cuanto a los hechos que debe ser para que Manos Limpias no esté ahora mismo poniendo una denuncia.

    Pero claro, al preocuparse más del rigor (la llave del pequeño polvorín con la dinamita escondida bajo una piedra, la Estación Sur de Autobuses, el McDonald’s de Carabanchel) que de la historia, ocurre que el producto es malo con ansia. Pero con mucha ansia: personajes a medio construir, una irrisoria trama humana en los trenes, la sosez más absoluta y, para variar, un acento asturiano de chiste (¿no hay actores asturianos?). Del trato a las víctimas que hablen ellas.

    No es que hubiera que haberse arriesgado más con el guión, es que, estando donde y como estamos, simplemente no habría que haberse planteado hacer esta miniserie. Si eres Aaron Sorkin y eres capaz de tocarla con la varita mágica que hizo La red social, o si eres un Christopher Nolan capaz de estremecer con algo del nivel de Batman, quizás debas pensar en hacer 11M (y en emigrar). Todo lo que sea menos que brillante, atrevido, respetuoso, vibrante, riguroso, precavido, redondo y muy, muy, muy pensado es innecesario, si no pobre. En este caso, pues, el resultado es pobre y prescindible. Al menos no es ofensivo, de momento, más que para ciertos directores de periódico. Algo hemos ganado.


  2. La cocina de los Oscar

    Lo escribí el Martes 1 de marzo de 2011

    Estamos en Los Ángeles. Esta noche se entregan los Oscar, los premios -quizás- más importantes de la «industria del cine». Bueno, más bien, estamos en una cocina de una de las plantas altas del Círculo de Bellas Artes de Madrid mirando fijamente a una pantalla y esperando a que un presentador o premiado tome la palabra.

    Dos voces masculinas y dos voces femeninas llevamos cuatro horas, cuando se acercan las 2 y media de la madrugada en España, con el ceño fruncido sobre el guión de casi 200 páginas que rigió, con paso marcial, la ceremonia de entrega de los premios de la Academia.

    Los técnicos corretean entre el plató de televisión y el de radio que nos rodean, van dando buena cuenta del catering entre carrera y carrera y nosotros, entre tanto, vamos repartiéndonos los papeles: «Bueno, yo creo que seré James Franco», afirma Fernando. «Oprah. Sí, soy yo, que tú eres Anne Hathaway», dice Christine a Christina. Por supuesto, el guión no revela todos los misterios («Pero ¿quién es TBR?»): nadie sabe por dónde van a salir los premiados, nadie puede esperarse la metralleta de nombres en la que se convierte Andrew Sorkin al recoger el Oscar al mejor Guión Adaptado; tampoco que Bob Hope pueda ponerse a charlar, desde el más allá, con Jude Law y Robert Downey Jr.

    Así van pasando las horas hasta que cae el telón: son casi las seis de la mañana en un Madrid de lunes que empieza a desperezarse y entre tragos de café hemos ido tratando de poner voz, con el mayor tino posible, a todo el firmamento de Hollywood. Han caído los premios más técnicos, en los que una voz en ‘off’ felicitaba a los técnicos reconocidos por haber «desarrollado tanto ese sistema de cabrestantes»: ojipláticos, nos giramos entonces hacia Christina y le aplaudimos en silencio para que las palmadas no se colaran por el micrófono. En una noche recurrente pero inolvidable, hemos sido, por un rato y en la sombra, desde Kathryn Bigelow hasta Geoffrey Rush, desde Steven Spielberg hasta Sandra Bullock, desde Gwyneth Paltrow hasta Randy Newman. Y todo… desde la cocina.


  3. Quiero ir a la guerra

    Lo escribí el Miércoles 3 de noviembre de 2010

    Ayer nos visitó David Beriain, que es una especie de mítico personaje de cuento: firme hasta la tosquedad en el hablar, grandón y, ante todo, creyente (en el periodismo, al menos).

    Nos dio un buen puñado de consejos de esos que se dan a los estudiantes con ganas de cambiar el mundo, pero también tuvo la generosidad de permitirnos hablar de uno de los temas que a mí, al menos, más me interesaban o me inquietaban de su rama de la profesión. Beriain es de esa gente que se mete en Irak, entrevista a las FARC o, como pude comprobar el viernes pasado en Cuatro, se va a una mina inhumana en el Congo.

    El caso es que esas minas, de las que se extrae casiterita, ya tenían pinta en el reportaje de ser de lo más inhóspito, peligroso y sofocante de la Tierra: metros y metros y metros de galerías, cavadas como quien se fuga de una cárcel, que en cualquier momento se pueden caer encima de ti. En un momento del reportaje, Beriain aparece, lívido, en la entrada de la mina diciendo que ha sido su cámara, Sergio Caro, quien ha entrado, solo, hasta el fondo. Él no ha sido capaz.

    –¿Por qué no entraste? –lancé ayer, al final de la charla.

    –Porque me cagué. Y no tengo miedo en reconocerlo.

    –No es una crítica, lo decía más bien porque me pregunto… ¿Qué hace uno, perdido en el Congo, queriendo ir con su mamá, cuando su cámara se ha metido hasta las entrañas de una mina de casiterita?

    –Fue uno de los peores momentos de mi vida. Sergio es como un hermano y, además, sentí vergüenza de no entrar ahí.

    Bien. Todo esto son sentimientos humanos, lo cual confirma mi teoría de que tras los corresponsales de guerra hay, al final, humanos. Pero queda otra cosa:

    –Y cuando estás volviendo ¿no te arrepientes? ¿No te entra una sensación como la de cuando vas al Parque de Atracciones, no te atreves a subirte en algo, y estás volviendo a casa arrepentido?

    –No. A un compañero, en Irak, un jefe le dijo que ya que había llegado a donde había llegado, debería ir un poco más lejos, como habían hecho otros medios. Al día siguiente, lo hizo, y se mató.

    David Beriain defiende que esta clase de periodismo no puede ejercerse ni desde el ego (te pegarán un tiro cuando trates de ganarte un Pulitzer en mitad de una calle lejana) ni desde otro sitio que no sea una creencia férrea, casi fanática, en el periodismo. Porque me gustaría saber cuánta gente, perdida en mitad de la selva colombiana o de una escaramuza entre insurgentes y estadounidenses, piensa en la relevancia de la historia si no es por lo que he dicho antes: vanidad.

    No sé si lo que hay que tener se cría o se tiene de antemano, no sé qué hace falta. ¿Estar loco? No, creo que no.


  4. El mejor canal

    Lo escribí el Domingo 31 de octubre de 2010

    Desde que en una cena reciente alguien contó que se había encontrado, paseando por la Gran Vía madrileña, vestido de punta en blanco, a aquel cabrero de ‘Granjero busca esposa’ que nunca se lavaba los dientes, la confianza en la televisión actual se ha desvanecido: la intrahistoria televisada, trampeada. Es lo último. Ya no tiene sentido ver ‘realities’, los telediarios han perdido la enjundia. Pero en mitad de la ingente cantidad de canales, queda un rayo de esperanza.

    Hay un canal que siempre se puede poner, un canal en el que 22 horas al día pasan algo interesante, instructivo y entretenido: me refiero, obviamente, al Canal Cocina.

    Tiene trepidantes concursos en los que cocineros profesionales se juegan la eliminación en función del punto que hayan logrado darle a la reducción de Chardonnay; es posible topar con el siempre diminutivo («un cacito», «un poquito», «una gambita») chef asiático tiñendo un arroz de rosa fluorescente; es más, el otro día, mientras planchaba, aprendí a cortar una cáscara de huevo con láser.

    El hecho es que buscar el último episodio de la serie preferida en la parrilla es una actividad absolutamente insulsa, aburrida, desde que descubrí que todo el cosmos se concentra tras estos fogones: en lugar de asistir a arengas en el debate del estado de la nación, conviene asomarse al fascinante ejercicio retórico de la cocinera vegetariana para convencernos de que una hamburguesa de tofu sabe «casi igual» que una de buey; en vez de padecer los desgarradores datos de paro y fracaso escolar, mejor aprender a preparar un brownie con petazetas (verídico). Visto lo visto, quizás prefiramos examinar un inolvidable fumé de pescado que la última filtración de Wikileaks. ¿No?


  5. Ganas de llorar (o la princesa del pueblo)

    Lo escribí el Jueves 23 de septiembre de 2010

    Las ganas de llorar me están dando a mí en este preciso instante, en el que en TeleCinco se está emitiendo un documental que, según mi televisión, dura unas 4 horas.

    He decidido ponerlo por vocación informativa, por curiosidad por lo que estará viendo la mitad de este país ahora mismo, y porque sé que me dará pereza hasta buscarlo en páginas piratillas en el futuro. Su historia está siendo comparada, simultáneamente, con telenovelas marrulleras y con la gesta de Eva Perón (!).

    Lo peor de todo es que esta Princesa del pueblo, efectivamente, lo es. Y ojo, que su representante se esté forrando es estupendo; que TeleCinco haya sabido exprimir esta vaca está muy bien, pero no me da ninguna pena que la destrocen: porque es a su personaje, a lo que vende, a por lo que va esa (aparentemente exigua) cantidad de conciudadanos que la conocen y la odian. A esa proletaria de San Blas no me atreveré a decirle nada por freírle las putas croquetas a su hija.

    Pero no puedo evitar que me dé asco que en ese momento del día en el que quiero ver algo decente en la televisión uno de los canales generalistas esté copado por este producto y que, mientras, el resto de canales estén achantados por el exitazo que seguramente está lloviendo.

    Empiezo a creer que este somostodosiguales de tufo yanqui mal llevado nos está contaminando hasta extremos peligrosos. Yo aviso. Eso sí, cuando esta entre en la Moncloa de la mano de Vasile, hago las maletas y que os vaya bien, majos.