Hay dos maneras de tomarse el fin de año: a la ligera o a la tremenda. Inevitablemente, es el momento en el que la mayoría se detiene y mira hacia atrás, hacia delante, hacia un lado y hacia el otro; salda cuentas y elabora planes.
Empezamos a tomar conciencia al descubrirnos con la familia, vistiendo el consabido jersey de lana, en Nochebuena. Dejamos pasar los días y de pronto es Nochevieja. Hay quien se queda en casa, hay a quien le toca trabajar, quien tiene calor y quien tiene frío: situémonos en el salón elegante y añejo, con todo el mundo haciendo equilibrismos para aguantar las doce uvas, en una reunión que congrega a todos los personajes que han pasado por nuestro 2010.
Uno hace balance bajo los techos altos y las lámparas, en el mismo decorado del año anterior. Cuando se quiere dar cuenta, el cuenco con las uvas se ha vaciado y está brindando con quien tiene alrededor. Todo el mundo parece festivo, pero todo el mundo está, también, empezando a hacerse a la idea de que el calendario ya ha completado otra vuelta completa.
Examina errores, aciertos y acontecimientos del año que acaba para predecir qué depara el entrante. Así hasta que amanece otro primero de enero y la luz de la mañana empieza a colarse por los enormes ventanales; en el suelo solo quedan confeti, serpentinas y colillas pisoteadas. Vuelve a casa y, sin comerlo ni beberlo, se encuentra ante un año más que estrujar, explotar y disfrutar. Feliz 2011.
