Hace seis días que terminó la 70 edición de la Feria del Libro de Madrid. Fernando Valverde, su director adjunto, se lamentó el domingo de un descenso del 4% en las ventas en las casetas, pero no llegó a quejarse (demasiado). ¿Por qué? Porque ese descenso supone que la cifra se sitúa en 7,95 millones de euros. No está mal para 17 días acampados en el Retiro: es una media de más de 467.000 euros al día, esté como esté repartido el pastel, además de la publicidad gratuita.
Justo antes de que empezara la Feria, un periodista preguntó a su presidenta, Pilar Gallego, qué papel iba a desempeñar el libro electrónico en esta edición, y ella vino a decir que el libro electrónico es un aparato que, como tal, se vende en otro tipo de establecimientos y que, además, las obras en ese formato se descargan de Internet. Así, no hace falta ir a ninguna Feria para hacerse con ellos. Aplastante. El plato fuerte de la cita, había explicado minutos antes, era la posibilidad de conocer a los autores preferidos y que le dedicaran a uno su libro. Y uno se pregunta: ¿Cómo se firma un e-book?
Al final, va a ser que el peligro digital no acecha desde tan cerca como lamentan algunos, si la Feria del Libro, fiesta del papel, factura ese dineral sin prestar demasiada atención a ese presunto peligro, si se permite cerrar de 2 de la tarde a 6 para ir a comer (el sol aprieta en Madrid, qué quieren). Pero aunque las orejas del lobo asomen desde lejos, asoman. Y ¿dónde nos va a pillar cuando llegue?
