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Primeras escenas
Una de las maneras más provechosas y cómodas de lograr que el lector quede atrapado por la novela o el relato de turno es rellenar el texto de imágenes, de escenas cuya representación mental resulta bastante más duradera que cualquier otra noción. Ejemplo: de las múltiples festividades que siguen al fin de exámenes será duro recordar la fecha o el número exacto de asistentes; no obstante, recordaremos con precisión milimétrica el plato de huevos con chorizo al amanecer, tras una infinita sesión de bailoteos en traje y corbata.
Este es uno de los baremos infalibles para, recién entrado el verano, medir la calidad de los dos meses largos que están por venir.
Haciendo Historia
Resulta que hace exactamente una semana estaba tirado en el sofá, contemplando fascinado el almidonado cuello de Carmen Sevilla presentando la película de turno en ‘Cine de Barrio’, cuando lanzaron el consabido «esto es lo que ocurrió aquel año». 1969, para ser exactos.
Desfiló por la pantalla una velada sucesión de cortes recuperados de la videoteca, con esa entusiasta vocecilla tan del NO-DO uncida con música algo velada por el paso de los años y, por encima, una narradora relatando los triunfos de Eurovisión, las visitas a la Luna y demás gestas.
Un día antes de aquel sábado, había empezado el Mundial; cuatro días después, los suizos se la iban a armar a la roja. A miles de kilómetros, el vertido del Golfo de Méjico; y nuestra Asturias a punto de hundirse o de ponerse a flotar…
Dentro de unas cuantas décadas, imagino que estaré tirado en el sofá y la Carmen Sevilla correspondiente mandará «un besito… para esa artihta… que la quiero musho…» y volverán a desfilar las imágenes; pero entonces serán de Villa con las manos en la cara, de la mancha naranja flotando en el mar, o de suelos anegados en el occidente astur: y entonces, imagino que no recordaremos sólo lo que ocurrió en este junio de 2010, sino, además, que el inefable cuello de Carmen no hacía más que impedirme volver a coger los apuntes, y que brindamos por el penúltimo examen de la carrera minutos antes del gol de Suiza, y que contemplamos la mancha de petróleo desde la cafetería de la Facultad, justo después de que el dueño volviera a cambiar furtivamente de canal para ver ‘Pasión de gavilanes’…
No habrá voz del NO-DO, ni esa musiquilla velada, pero sienta tan bien saber que habremos hecho Historia…
Ahumados
En mi facultad está prohibido fumar desde el 1 de enero de 2006, lo cual no fue óbice para que la gente siguiera haciéndolo por los pasillos. Estaba aquel hombre de tupida barba blanca, de Filología Francesa, creo, que se enfrentaba a quienes echaban unos cigarros entre clase y clase, pero poco más.
Luego vino la campaña publicitaria; después, las amenazas; finalmente, dos vigilantes de seguridad cuya única misión, que yo sepa, es vigilar tan innoble hábito. No obstante, a más de uno y más de dos profesores hemos visto, furtivamente, salir a vaciar los ceniceros de sus despachos a las 8 de la tarde, cuando ya quedan pocas almas por los pasillos.
Además, la cena de graduación que tendrá lugar dentro de un par de semanas será «libre de humos», por consenso del sector talibán de mi carrera; y seguro que dentro de tres o cuatro promociones se van a un vegetariano a beber zumo de soja y a comer tofu hasta que les salga por las orejas: la culpa de que un puñado de pobres malnacidos de blando cerebro se dedicaran a fumar era de una sociedad anticuada y de unos referentes pochos, claro.
Es una pena que quienes fuman vayan a tener que irse a la calle siempre que quieran echar unas bocanadas; y que la próxima cruzada vaya a ser contra la comida basura; sin embargo, uno no puede más que dar saltos de alegría por seguir poder llegando hasta la Universidad en un vagón de metro que huele a perro mojado por la dudosa higiene de los viandantes; por poder seguir disfrutando del reggaeton a todo trapo en los móviles de ciertos especímenes; porque nunca nos vayan a quitar esos audaces bocinazos infantiles, que ponen a prueba las frecuencias sónicas, y que tanto nos alegran la estancia en bares, trenes, restaurantes… Fumar ya no mola; ser un cabestro, sí: para todo lo demás, Ministerio de Sanidad.
Un año en Culturas
Casi sin pretenderlo, el suplemento Culturas que con tan buen tino dirige María de Álvaro, cumplió un año ayer: 53 números, que se dice pronto.
Para celebrarlo, se publicaron dos relatos inéditos de Ignacio del Valle y de Miguel Rojo, además de la habitual ristra de firmas de cada fin de semana, entre las cuales, por suerte, me cuento.
Inicialmente, publicaba sencillamente la columna de la contraportada del suplemento cada dos semanas, hasta que llegó el verano y, por mi dedicación a Verano Fatal, me despedí de tan agradable hogar hasta septiembre. Pero la vuelta fue mejor: una entrevista enorme a Miguel Munárriz fue el principio de una larga ristra de artículos y de conversaciones más y más interesantes con escritores, músicos, artistas…
Por un motivo o por otro, tengo la inevitable sensación de que quienes tenemos la pata metida, de alguna forma, en Culturas, nos identificamos con algo. Con un proyecto, con una forma de entender la cultura que a mí, por lo menos, sigue dándome un leve cosquilleo: las buenas ideas, lo puramente intelectual, rebozado con el aroma estrictamente asturiano que le da un encanto definitivo.
En fin, gracias por hacerlo posible.
El Retiro 16.16
Un 1 de junio en Madrid que parece un 15 de agosto. Tres asturianos caminando arduamente por el Parque del Retiro, con el fin de visitar, un año más, la Feria del Libro. Y digo: «Uy, qué poca gente, vaya a gusto que vamos a estar.» Pero, ay, son las 16:16 de la tarde y aquí no hay ni un alma: literalmente, las casetas están cerradas y no hay más que un par de atribulados vigilantes de seguridad tratando de huir del sol.
Encontramos a una editora con un escritor en una de las terrazas: «No, es que está cerrado de dos a seis para comer.» ¿Cómo? «De hecho, ayer abrí el puesto a las seis menos diez y me dijeron que si volvía a hacerlo, me penalizaban.»
Tras un par de horas de espera en un banco, empezamos a surcar los puestos. Susana, en el de TREA, habla del bajón que se está notando en las ventas: «Es cierto que aún llevamos pocos días y que el primer fin de semana de Feria coincidía con el último del mes, pero así todo se está notando que se vende menos con respecto al año pasado.» Juan, por su parte, aguanta el calor a pocos metros, en la caseta del Gremio de Editores de Asturias: «Lo más sorprendente está siendo la cantidad de asturianos que se acercan por aquí, piden la revista Ábaco, preguntan por autores… Especialmente, y no sé por qué, veo mucha presencia de gente de Gijón.»
A decir verdad, impresiona ver el enorme Paseo de Coches tan repleto de puestos: librerías, editoriales e instituciones se intercalan por las largas filas; entre ellas, los cada vez más necesarios, publicitarios y abundantes pabellones promocionales: el cartel de la Feria de este año es de un gris sombrío, con un hombre que, sobre dos pilas de libros, mira hacia el cielo; dicen que la explicación a la ilustración no tiene nada que ver con «la que está cayendo, o similar», pero el hecho es que, a pesar de tratarse de «primera» hora de un martes, la visita resulta bastante más relajada que en años anteriores. Y sí: «ahora miran mucho; pero no compran tanto».
Pero libros electrónicos y crisis aparte, los trescientos y muchos puestos que forman parte de esta edición de la Feria lucen igual de repletos que en años anteriores, con catálogos rebosantes de novedades más o menos apresuradas («La verdad es que en TREA no solemos preparar el catálogo con vistas a la Feria», a diferencia de muchas otras editoriales), más o menos interesantes, siempre pertinentes; con sus familias y casi veraneantes curiosos: por este parque, y por esta Feria, no pasan los años, ocurra lo que ocurra fuera.