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Entradas que hablan sobre «Suplemento Culturas»

  1. Electrificados

    Lo escribí el Sábado 18 de junio de 2011

    Hace seis días que terminó la 70 edición de la Feria del Libro de Madrid. Fernando Valverde, su director adjunto, se lamentó el domingo de un descenso del 4% en las ventas en las casetas, pero no llegó a quejarse (demasiado). ¿Por qué? Porque ese descenso supone que la cifra se sitúa en 7,95 millones de euros. No está mal para 17 días acampados en el Retiro: es una media de más de 467.000 euros al día, esté como esté repartido el pastel, además de la publicidad gratuita.

    Justo antes de que empezara la Feria, un periodista preguntó a su presidenta, Pilar Gallego, qué papel iba a desempeñar el libro electrónico en esta edición, y ella vino a decir que el libro electrónico es un aparato que, como tal, se vende en otro tipo de establecimientos y que, además, las obras en ese formato se descargan de Internet. Así, no hace falta ir a ninguna Feria para hacerse con ellos. Aplastante. El plato fuerte de la cita, había explicado minutos antes, era la posibilidad de conocer a los autores preferidos y que le dedicaran a uno su libro. Y uno se pregunta: ¿Cómo se firma un e-book?

    Al final, va a ser que el peligro digital no acecha desde tan cerca como lamentan algunos, si la Feria del Libro, fiesta del papel, factura ese dineral sin prestar demasiada atención a ese presunto peligro, si se permite cerrar de 2 de la tarde a 6 para ir a comer (el sol aprieta en Madrid, qué quieren). Pero aunque las orejas del lobo asomen desde lejos, asoman. Y ¿dónde nos va a pillar cuando llegue?


  2. ¿Botellón?

    Lo escribí el Viernes 22 de abril de 2011

    Es miércoles. Se está jugando la final de la Copa del Rey entre silbidos y el himno a un volumen «en el umbral del dolor», según dicen.

    En una marisquería no muy lejos de la playa, algunos se hinchan con buenos productos del mar y con selectos vinos blancos. Fuera, pasan dos jóvenes sospechosamente emperifolladas –mañana es jueves santo y, por tanto, fiesta–: «Tía, ¿sabes que hay una movida que la copa cuesta 150.000 euros?» «¡Calla, ho!», contesta exageradamente su acompañante.

    A simple vista, cualquier chigrero que haya vuelto a la calle, a fumar para aliviar los nervios de tan cardíaco encuentro, diría que esas dos chicas son víctimas de su tiempo, frutos de una educación que reformar y de un sistema que se derrumba.

    Un par de horas antes de que comenzara el segundo de los partidos de la tetralogía llamada a parar el país, un candidato a la alcaldía de su ciudad estaba comprometido, en las redes sociales, con su mensaje político y su consabido discurso electoral.

    Sin embargo, ahora, al filo del fin de la primera parte, con el gol (que no es gol) de Pepe, con medio país saltando del butacón y el otro medio tratando de aislarse del deporte rey, nuestro candidato retransmite un escueto pero significativo «Qué mal Arbeloa…» Ahora estamos a lo que estamos.

    Hay quien se abstrae, en esta noche de abril, con un cine y una buena cena (la minoría) y hay quien se abstrae con un buen Madrid-Barça (la mayoría), con lo que ello conlleva. Hay quien se abstrae, en primavera en general, con un terraceo. Hay quien no deja de ser cabal. Y hay quien, imitando a sus mayores o tratando de cabrearles, se apalanca en el parque de turno para circunvalar los derechos que le otorga su edad y ponerse tibio. Pues bueno.

    Podríamos examinarlo todo (empezando por los botellones, siguiendo por los patadones de Messi al respetable) a la luz del café meditado del sábado por la mañana, al calor analítico y somnoliento de los lunes. Pero de momento, mañana es fiesta, y el marcador está a ceros.


  3. Madrileño y en 3D

    Lo escribí el Domingo 27 de marzo de 2011

    Es el primer martes por la tarde de la primavera en Madrid. Los oficinistas vuelven a casa paseando por la calle Luchana. Pero allí, en el cine que hace esquina, una cola que alcanza la puerta de la discoteca contigua se aprieta para sacar su entrada. No es que vayan a ver Torrente 4: no son jóvenes, ni fans atraídos por uno de los horterísimas preestrenos de la Gran Vía. Son señores y señoras ataviados con sus mejores galas que esperan pacientemente para aprovecharse del precio especial de un euro que hoy se les ofrece.

    Porque este Madrid, Madrid, Madrid del chotis no es necesariamente elegante, pero sigue teniendo encanto. Es, incluso, un pelín cutre cuando se lo propone. Eso sí, cuida el estómago y el bolsillo a partes iguales, y alimenta una de las pocas cosas por las que algunos no nos quejamos en absoluto de vivir en la capital del reino.

    Como aquellos mayores, procuro ir a cines de barrio cuando toca. Sigo prefiriendo las butacas desvencijadas y el estampado gastado de las paredes de esta sala al mega emporio de enfrente (los horrores de Las Rozas, a la vuelta de la esquina). Claro que la última vez que me acerqué a uno de estos cines, lo que topé fue a una taquillera borde negándome el descuento por llevar el carnet joven y a 4 personas ociosas desperdigadas por el patio de butacas. Igual que el pescadero sospechosamente sonriente y pesetero que suele intentar colarme estas doradas, «fresquísimas».

    Los viernes en el Camacho no cabe un alma, porque los camareros gruñirán con entusiasmo, pero nadie se resiste a la llamada de esos vermús alquímicos a euro y poco. En el Palentino corretean sin cesar los sábados, pero es que ¿quién puede hacer caso omiso a esos grasientos pepitos de ternera?

    Ahí lo tenemos: ¿por qué llena nuestro policía más insigne las salas del país? ¿Es lo que es, o es el 3D?


  4. ¿Quién es el loco?

    Lo escribí el Sábado 5 de febrero de 2011

    El dinero está para gastarlo. Y más, aún, cuando uno puede meterse en una librería y dejarse los cuartos en algo que quizás guste o quizás no, pero que quedará precioso en la estantería del salón por el simple volumen de su lomo.

    El otro día, entre los vastos dominios de una vendelibros de las grandes, recordé la repentina decisión francesa de exiliar a Ferdinand de Céline de su patrimonio y, curioso, rebusqué en el rincón internacional alguna de sus obras para legitimar el no siempre fácil paso por caja.

    Céline, de cuya muerte se cumplen 50 años el próximo 1 de julio, era nazi. Es un hecho, pertenecía a un equipo de pensadores o de escritores o de indeseables que nadie querrá recordar jamás, estuviera hoy del lado de los combativos pueblos árabes o del inefable Israel (¡menudo dilema!).

    Y Céline también es un autor cuya lectura, en cuatro años de licenciatura profusamente bañados en la francofonía, solo han hablado profesores a los que recorría cierto sentimiento de transgresión por el simple hecho de pronunciar su nombre.

    ¿Por qué justamente él, padre de algunos de los renglones mejor escritos del siglo XX, merecerá quedar olvidado el próximo 1 de julio? ¿Por qué una de las firmas esenciales para entender un siglo que ya empieza a oler a caduco, a histórico, merece semejante paliza intelectual?

    Pregunté a una de las dependientas dónde caía Céline, entonces, y solo acertó a decirme que no había nada en su lengua original y que sería necesario pedirlo, con un condicional así de grande («Habría que…»), como para disuadirme de que se lo encargara.

    Había despertado el repentino recuerdo del de Courbevoie una charla, horas antes, sobre la alucinante crítica que ha padecido Umberto Eco con ‘El cementerio de Praga’, su última novela, por la mera construcción de personajes de calaña moral y socialmente reprobable.

    En definitiva: Céline inexistente, nazi y despojado del francesismo que tan bien le sentaba; Eco, segundo en la lista de ventas. Ambos, pensando, creando y contando. Lo primero, a su manera; lo segundo, inapelablemente bien; lo tercero, magistralmente. Y ¿quién de los dos dicen que es el loco?


  5. Lo que viene

    Lo escribí el Sábado 22 de enero de 2011

    Hay autores que dedican toda una vida a un objetivo. De esos que son capaces de levantarse a diario a labrarse un Nobel; o de los que guardan, pegada en la nevera, una lista de todos los premios literarios que conceden las cajas rurales constantemente por ese relato ya escrito, por esa novela manida. Y hay autores como Johnathan Franzen, que se dedica a dar con su novela perfecta. Saltó a la fama a principios de la década (ya) pasada con The Corrections, con un estilo tan expansivo como adictivo. Un género tan propiamente estadounidense como personal, unos libros que andan a medio camino de la ficción y del ensayo contemporáneo. En septiembre del año pasado, tiró la casa por la ventana con Freedom, mismo estilo, mismo género, pero no más de lo mismo. Un novelón de los que podrían tener más de un siglo y que alguien de la editorial Salamandra aún se debe de estar deslomando para traducir, pero que llegará en 2011 a España.

    Otra buena noticia: el solemne, canadiense, barbudo y entrañablemente erudito Robertson Davies regresa de la tumba (21 años hace ya que nos dejó), una vez más, de la mano de Libros del Asteroide. «Monté la editorial porque un día me di cuenta de que no leía nada que tuviera menos de 10 años», contaba el editor en una ocasión. Y así fue: dos de las trilogías de este genio olvidado ya han aterrizado impecablemente publicadas. Pronto, muy pronto, llegará la primera parte de otra más, la de una compañía de teatro que se enfrentará, en esta entrega, al montaje de The Tempest, de Shakespeare.

    No será difícil perderse en la ensalada editorial del año que entra, pero así, de mano, estos dos bocados vale la pena buscarlos.