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Entradas que hablan sobre «Siglo XXI»

  1. De cómo perdimos la razón

    Lo escribí el Lunes 12 de octubre de 2009

    El mundo de Internet en general y el de los blogs en particular siempre me han parecido fascinantes. Y es que en esta soleada mañana de octubre acabo de toparme con dos nuevos fragmentos de la locura que ha engendrado la Red de redes: en primer lugar, Google Wave, el nuevo despropósito de la macroempresa californiana para sorbernos los sesos y que sirve para… ¡Hacer relaciones sociales, hablar con los amigos y compañeros de trabajo en directo, compartir archivos, estar conectados! Me cuesta contener la emoción ante tan innovador y práctico recurso. ¿Qué será lo próximo? ¿Google Splash, para bañar a tu perro virtualmente?

    Lo segundo con lo que he tropezado ha sido con un refrescante artículo (que no enlazo porque lo voy a poner a caer de un burro) sobre cómo escribir una entrada diariamente en tu blog. Una de las claves es la aplicada en el propio artículo: adaptar libremente otro ya publicado, incluyendo un enlace al final y procediendo, a continuación, a bombardear con él todas las redes sociales y comunidades habidas y por haber. A todos nos gusta ser leídos, pero como bien apunta la “autriz”: “Cantidad no significa calidad.” Gracias, autriz.

    Esto entronca con la peculiar noción de éxito que tiene la gente de esta calaña. Miden el éxito de un blog por los millones de visitas que recibe, por los comentarios que le dejan, por la prontitud de sus actualizaciones. Todo esto está muy bien, pero ¿dónde quedó el gusto por releer los artículos pasado un tiempo y no avergonzarse de ellos? ¿Dónde quedó la necesidad de cuidar UN POCO nuestra lengua y no vomitar frases inconexas desde un móvil para que las lean nuestros 658.000 contactos de Twitter en menos de 30 segundos? ¿Dónde quedó la calidad, suplantada por la afición a anegar la Red a base de insulsas entradas con el único fin de recibir un puñado de visitas más? Si dedicáramos algo más de tiempo a hacernos un buen café y a lecturas distintas del catálogo del Carrefour, Internet sería un lugar mejor. Creo.


  2. Canta conmigo

    Lo escribí el Domingo 27 de septiembre de 2009

    logoculturasLa escena tuvo lugar el fin de semana pasado en la RAI: neumática presentadora italiana anuncia la actuación del  grupo Muse, el más «eclettico, innovativo e coraggioso» de la música británica, con un entusiasmo digno de la era más tenebrosa de las galas ‘Murcia, qué hermosa eres’. Comienza a sonar la batería del último single de Bellamy y compañía, ‘Uprising’, y sorpresa: cada componente del trío está tocando un instrumento que no es el suyo (en general, a destiempo). Resulta que les pusieron a hacer playback y los muchachos, ni cortos ni perezosos, aprovecharon para demostrar sus «aptitudes» en otros campos. Ninguno de los presentes pareció enterarse, por cierto: entrevistaron al batería, crecido en su papel de cantante por un día, sin inmutarse lo más mínimo.

    Con el revuelo que se ha armado en Internet con este asunto han empezado a florecer otros casos célebres de ironía en «riguroso directo»: tenemos a Iron Maiden pasándose alegremente las guitarras y baquetas de mano en mano en un programa alemán de 1986 o a Oasis haciendo lo propio en la televisión inglesa, inventándose hasta la letra.

    Hay quien dice, como los fans de los grupos mencionados, que habría que lapidar a quien lo utiliza, pero, tras haber topado con un vídeo de alguna ‘starlette’ cantando en directo del bueno, no les quepa la menor duda de que más de uno nos están haciendo un favor. Y de los gordos.


  3. Malditos Bastardos

    Lo escribí el Jueves 24 de septiembre de 2009

    Malditos Bastardos

    Qué miedo da Tarantino cuando se pone detrás de una cámara. Su habilidad para forzar estilos y lenguajes cinematográficos le ha llevado, con los años, a producir grandes maravillas y obras fallidas (nunca truños, porque bueno es): de ahí el temor y el recelo con el que acudimos a ver Malditos Bastardos: ¿una incursión de más de dos horas y media en el género bélico-nazi? Caramba…

    El experimento no sólo sale bien, sino que sale redondo: cójase Kil Bill y subsánense los errores narrativos cometidos; aderécese todo con una buena dosis de sobriedad y elegancia y se tendrá esta película. Puede que el hecho de que a servidor la filosofía oriental le de exactamente lo mismo tenga algo que ver, pero vaya, quedándonos en lo puramente cinematográfico, le da mil vueltas.

    Posee un ritmo pausado, casi teatral y muy deudor del mejor cine clásico: no abundan los escenarios, predominan los diálogos y un argumento sólido, que se aguanta por sí solo incluso fuera del contexto histórico. La trama no gira en torno a los Bastardos, en realidad, sino que reposa sobre los hombros del Coronel Landa, uno de los personajes mejor construidos por Tarantino. Es él quien se hace con las escenas de diálogo, quien crea la desasosegante sensación de saber siempre algo que el espectador desconoce, quien posee la clave de toda la historia.

    Por otro lado, la historia progresa firme y contenida, aunque algunos detalles (no doy datos por no reventarla) hacen pensar en una concepción más cercana al cine negro: empezando por el final y llegando al principio, desde donde se irá avanzando, perdiendo y confundiendo al espectador, hasta desvelar la sorpresa final. Una vez más, Malditos Bastardos hace gala, en este sentido, de una buena cantidad de referencias, sin por ello apabullar al espectador con su erudición u obligándole a “darse cuenta”  de una brillantez del autor

    El resultado es una historia cerrada y redonda, sin fisuras; de ritmo cadencioso, complicado pero perfecto… Un peliculón, arriesgado y no para todos los públicos, pero un peliculón con todas las letras.


  4. Hablar de lo que no se sabe

    Lo escribí el Domingo 6 de septiembre de 2009

    Estoy despachando los New Yorkers atrasados y he encontrado, en el del 20 de julio, un incisivo reportaje sobre el sheriff del Condado de Maricopa (Arizona). El pollo se llama Joe Arpaio, podéis leer un resumen del artículo aquí.

    Bueno, la gracia del personaje reside en que es un inmigrante italiano de 77 años de los que las pasó canutas de pequeño, creció sin madre y, en general, ganándose la vida desde que era un chaval en las fuerzas del orden. Luego se retiró y en 1992 se presentó como candidato a sheriff (allí funciona como unas elecciones, se elige sheriff cada cuatro años) y en el puesto lleva desde entonces, saboreando la peligrosa miel resultante de mezclar política chusca con poderes policiales.

    Cuenta el artículo que su nueva obsesión es la inmigración ilegal: apuntaré, sólo como ejemplo de sus expeditivos métodos, la solución impuesta para solventar el problema de la saturación de las cárceles: instalar tiendas de campaña militares al sur de Phoenix (que cae en su jurisdicción), a tiro de piedra de una perrera, un vertedero y una planta de tratamiento de residuos; rodearlas de alambre de espino; y colgar de una de las torres vigilancia un neón que reza “Plazas libres”.

    Huelga decir que, aunque hasta aquí no haya llegado, la figura del sheriff Arpaio es tan odiada como idolatrada por aquellos lares: es la típica historia que, bien filtrada por el tamiz de un estudiante de 3º de Ciencias Progres, daría cuenta de lo paletos y de lo analfabetos que son estos yanquis, que siguen votando a esta especie de ogro neonazi. En fin, lo de siempre.

    Ahora bien, este artículo me ha hecho cruzar la frontera en dirección sur y ponderarlo usando la balanza de dos noticias que recientemente nos han llegado: en primer lugar, esta semana hemos sabido que 18 personas habían sido asesinadas en Ciudad Juárez a sangre fría por unos sicarios, que dos quedaron con heridas graves y que tres se desvanecieron (y van…). La situación allí es insostenible, creo que de eso no nos cabe ninguna duda. Estamos hablando, cuidado, de un lugar que se encuentra a pocos kilómetros de la frontera con los States, donde tenemos una buena remesa de Arpaios esperando para cazar al ilegal, ponerse un par de chapitas y empezar a usar los méritos en sus carreras por los pasillos de Washington.

    La otra noticia es el asesinato de Christian Poveda, en El Salvador, a manos de las Maras, sobre las cuales había realizado un reportaje. Según he leído, estas bandas se llevaron por delante a 3.700 personas el año pasado: otra animalada.

    Quiero decir con esto que William Finnegan ha podido firmar un artículo sobre Joe Arpaio que incluye conversaciones con él y con su equipo en el que no le tiembla la mano al insinuar que el sheriff es poco menos que un dictador, un personaje sin escrúpulos ni demasiados problemas para saltarse un puñado de leyes. Y nadie le ha pegado un tiro por hacerlo.

    Y toda la gente que ha votado a Arpaio teme a “lo que hay al sur”, ora debido a la burricie, ora debido a noticias como las que llegan de Juárez; la gente que le ha votado también odia, sin duda a causa del desconocimiento y, probablemente, a causa también del temor mencionado. Y si a esto le sumamos la estirpe que citaba, la de quienes manipulan, crean y recrean para beneficiarse (Arpaio, seguramente, el capitán de todos ellos), tenemos un cóctel lo suficientemente denso como para que simplificarlo y servirlo bien remozadito y masticadito no resulte demasiado complicado a ciertos medios de comunicación de cuyo nombre no quiero acordarme.

    La realidad americana (norte, sur y centro) es, si no imposible, muy complicada de entender. No digamos ya de compartir, apoltronados en esta península con una frontera de 11 km de mar y cómodamente alejados de lo que realmente está ocurriendo. Me encantaría que dejáramos de juzgar de una santa vez a Arpaios y compañía, pero no de lamentar que existan; que dejáramos de opinar sobre Ciudad Juárez como si fuéramos legisladores, pero no de horrorizarnos ante la crueldad humana; que nos diera tanta grima el asesinato de Christian Poveda como el hecho de que el gobierno de El Salvador no haya tardado ni una semana (¡milagro!) en detener a un responsable… Que dejemos, en definitiva, de hablar de lo que no sabemos.


  5. Hasta nunca

    Lo escribí el Lunes 17 de agosto de 2009

    Por fin, tras nosecuantosmil años de odio enconado y desesperación administrativa, me he decidido a abandonar Movistar e irme a otra compañía (nótese que el entusiasmo no procede tanto de llegar a un sitio como de escapar de otro; aproximadamente, una mazmorra).

    Los móviles son uno de esos inventos innegablemente prácticos y que, desde un primer momento, son deseados y codiciados por todo el mundo, hasta el extremo de absorbernos en una corriente de la que es complicado huir: muchos de los que recibimos con entusiasmo un contundente ladrillo años ha y lo hemos ido cambiando por un aparato más sofisticado firmaríamos hoy la erradicación de los móviles y la vuelta a los años 90, como el típico hermano mayor que usaba una cabina para encontrar a los colegas, que se llevaba el fijo a la habitación y que quedaba directamente (si no topaba con ellos, adiós plan).

    Ahora, por si el simple hecho de estar localizable 24 horas al día no fuera suficiente, echan encima los e-mails, el Facebook, el Twitter y un buen puñado de suculentas y adictivas aplicaciones más para que todos nos volvamos definitivamente locos o, al menos, peligrosamente dependientes de una red de cacharros que quizás implosione en unos años, no lo sabemos.

    Así llegan las facturas que llegan, así Movistar puede tratar a sus clientes como ganado y así, en definitiva, se sitúa en el top ten de empresas más odiadas del universo (ibérico) mientras que recoge suculentos beneficios de nuestros bolsillos rellenos de flamantes iPhones, Blackberrys y cacharros que dentro de cinco años parecerán de lo más desfasado. Pero de momento, tengo que ir a la tienda a recoger mi nuevo móvil…