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Entradas que hablan sobre «Siglo XXI»

  1. Sacrebleu!

    Lo escribí el Sábado 16 de enero de 2010

    logoculturasHace no demasiado acudí, en busca del tema de conversación del mes, a ver ‘Avatar’, y no pude más que esperar curioso a leer alguna crítica (francesa) sobre la enésima voladura cerebral de James Cameron. Háganse cargo: «François, necesitamos que nos escribas un par de páginas.» ¡Menudo papelón!

    Señalaba el semanario ‘The New Yorker’ en un reportaje previo al estreno de la película la cantidad de plumillas de todo el mundo caídos en desgracia tras descuartizar, a raíz de los pases de prensa, ‘Titanic’: alguno aún lleva el rabo entre las piernas por haber vaticinado un trompazo de proporciones épicas (porque la película buena, lo que se dice buena, no es) que resultó en el mayor éxito de todos los tiempos. Con Oscars, y todo.

    Ahora añádase a la prudencia del entendido cauteloso el inevitable requisito al que hacen frente los colegas del cruasán: insertar un par de reflexiones sobre la modernidad y derivados en cualquier crítica, algo peliagudo en este empastillamiento ‘new age’ ecologista de agradables tonos azules. ¿El resultado?

    En el ‘Libération’ del 16 de diciembre está: en el tercer párrafo se cuela un tímido «imperialismo cultural»; en el séptimo, en un esfuerzo de contención, aparece la ‘Ilíada’; y en el octavo, ya con la gota condensándose en la frente, Lévi-Strauss hace su aparición estelar: cine palomitero, sí, pero con cabeza. Y mientras, la mitad de la humanidad duerme plácida tras sus gafas de 3D.


  2. De vez en cuando

    Lo escribí el Viernes 15 de enero de 2010

    De vez en cuando, se cruzan discos, libros o películas que llevábamos años sin escuchar, o que incluso dormían semi inexplorados en algún lugar: eso, exactament,e acaba de ocurrirme con un estilo que se quedó en las profundidades de los bares hace tiempo.

    La historia es la siguiente: últimamente ando buscando nuevos grupos, algo que escuchar que actualice el iPod y me permita apartar temporalmente los discos que más escucho o, al menos, ampliar la nómina de imprescindibles en ese pequeño compañero musical.

    En un barrido por lo último de lo último, le di un buen puñado de oportunidades a Kasabian:

    Vale, sí, está muy bien, pero psché. Sólo me salía eso, psché: un single molón, una melodía pegadiza y un desarrollo infinito sobre todo tipo de recursos enchufables, sintéticos, desenchufables y, en general, artificiales. A la quinta escucha, preferí volver a algo que sonara a música, a fuerza, algo que, al menos, me sugiriera la potencia del músico tras las notas, y no el simple tacto de unas teclas, de un control, de un botón.

    De pronto, aterrizó por un flanco inesperado (como siempre ocurre con los revivals) el mítico punk-rock californiano que pegó el patadón en los 90, pero que ya llevaba suficiente tiempo de cocción. Grupos buenos, malos, regulares… Al final, opté por profundizar levemente en Bad Religion, grupo cuya fama máxima me pilló demasiado, ejem, joven, y cuyos discos me habían pasado al lado sin llegar a tocarme. Hasta ahora.

    Puede que sea pretencioso afirmarlo, pero creo que ambas canciones, incluso que ambos grupos, tienen mucho en común: nada en lo musical (aunque bien escuchado…), nada en las letras, nada en la actitud, nada, pero no puedo evitar tener la sensación, escuchando una canción tras otra, de que esta especie de moderneo de nuestro siglo no es más que la versión descafeinada, plastificada y envasada de lo que en su día fue el punk-rock: ambas se pretenden músicas directas e impactantes, ambas venden personalidad y fuerza frente a fragilidades sentimentalonas, ambas quieren entretener, ambas quieren resultar expresivas… La diferencia, amigos, es que Bad Religion huele a mala leche; tras ese bajo hay un tipo haciendo fuerza con la púa bien agarrada; tras la batería hay urgencia; tras las guitarras, saltos: hay mucho de impostura, pero aunque el aroma sea intencionado, es.

    Hoy lo vemos con una sonrisa en la cara y nos damos cuenta de lo caricaturesco de los nerds de la generación de tus hermanos mayores, llenos de granos, metiénose en pogos, pero tras toda esa “actitud” quedan musicazos, una gran banda y no puedo sino sospechar que, tras Kasabian (igual que ha ocurrido con el 95% de grupos nacidos de los 2000) sólo quedarán camisas planchadas y melenas impecables.


  3. Un siglo después

    Lo escribí el Sábado 2 de enero de 2010

    logoculturasCuando llegó el año 2000, aparte de lo exótico de la cifra, me dio por pensar en la visión que ahora tenemos del siglo pasado, más allá de análisis históricos: atrás quedaron las roídas maletas de cartón de los malos tiempos; qué lejana resuena la biografía de un Truman Capote bañado en lujo neyorkino; qué extraña se ve Ava Gardner tomándose sus cócteles en el castizo Chicote de la Gran Vía madrileña.

    ¿Les dará a nuestros sucesores, dentro de un siglo, por verle el encanto a lo que ahora estamos viviendo? Seguramente se reirán de esa payasada del libro electrónico, ese armatroste que el bisabuelo guardó en un cajón un par de navidades después de recibirlo, en 2010.

    Qué lejanos quedan los manifiestos contra la piratería, con aquellas llantinas que les daban a los atribulados intelectuales, cuando tenían la solución delante de las narices.

    Y montarán un ‘Curso del 2010’ que levantará ampollas, o un Gran Hermano con animales –«Rebelión en la casa»–.

    Ansiarán la efímera (pero resultona) ropa de H&M que ahora tanto nos gusta; en algún momento se pondrán de moda las AllStar, el rosa, los sombreros, los mostachos, y ‘Colgando en tus manos’ será  considerada ‘vintage’.

    Cunde la preocupación, no obstante, porque algunos desaprensivos consideran que en lo cultural vamos cuesta abajo en la rodada: ¡No, por Dios! ¡Brindemos porque dentro de 100 años sea una Belén Esteban biónica quien presente las campanadas!: ¿Quién quiere premios Nobel pudiendo criar campeones de las ondas?


  4. Gran Torino

    Lo escribí el Jueves 19 de noviembre de 2009

    torinoposterClint Eastwood, dirigiendo, es un auténtico dolor de muelas para todo aquel que quiera comentar su cine o incluso entenderlo en toda su extensión.

    Esta película no iba a ser menos: otra que avanza con su ritmo pausado y dimensiones pequeñas; otra en la que el espectador tiene permanentemente la sensación de que algo se está perdiendo entre línea y línea.

    No hay problema con utilizar este recurso, con ponerle algo difícil las cosas al espectador y exigirle un mínimo esfuerzo; aunque se corre el riesgo de que lo que parecía un mensaje enterrado bajo una narración sencilla empiece a hacer aguas a mitad de la película.

    Se abren muchos frentes en Gran Torino, a cada cual más interesante, que resultan quedarse en nada o aparcados indefinidamente en la cuneta, como si Eastwood no tuviera reparo en señalarnos dónde hemos errado en nuestra interpretación como espectadores.

    El resultado es, por un lado, un batiburrillo excesivo de ideas, algo mareante y poco fluido; y por otro, una película que obliga en el último momento a aferrarse a su lectura más simple para no perderse, precisamente, en el mogollón: el problema es que esta lectura más básica es, en efecto, demasiado simple.

    El final también cojea, dejándonos, en definitiva, con una sensación agridulce que nos impide saber bien si nos encontramos ante una obra maestra o un producto fallido. Yo, tras cuatro días de darle vueltas, he llegado a la conclusión de que se trata de lo segundo.

    Me la defendían, no obstante, arguyendo un magistral lenguaje de imágenes o ciertas referencias a Harry el Sucio. Esto sí resulta claro: Eastwood ha intentado algo tremendamente complicado. Y bien por él, pero no lo ha logrado: uno no puede ensimismarse en las dificultades (nimiedades, al final) y olvidarse del espectador que, con la mente cansada y la cabeza desenchufada, quiere disfrutar de una película el domingo.


  5. Tengo una banda

    Lo escribí el Sábado 24 de octubre de 2009

    logoculturasLlevaba tiempo metido debajo de la cama. El flamante bajo con el que tan buenos ratos había pasado exprimiéndole el jazz que podía, aporreándolo tras un día largo y cansado frente al ordenador, o esforzándome por sacar grisáceas escalas llevaba tiempo mudo.

    Hasta que, hace unas semanas, lo desempolvé una tarde tontorrona sin saber por qué. Quizás alguna línea que me apetecía emular, quizás simple mono: allí estaban las cuatro cuerdas de acero, envueltas en la aterciopelada funda negra; volvía a sentir el peso de la madera maciza contra la pierna, la tracción de las cuerdas al encallecerme los dedos, la resistencia de los trastes al buscar un sonido limpio.

    Toqué, y toqué, y toqué, y pronto volvía a encontrarme forzando notas en este o aquel compás, preocupándome más por embellecer que por atinar en la armonía.

    Y justamente hace hoy una semana volví a enchufar el cable a un amplificador, y volví a darle al ‘Power’. Volví a sentir un pequeño crujido, luego algo de ruido: está bien afinado, las manos calientes, la estructura en la cabeza.

    Volví a los cuatro baquetazos, al «un, dos, tres, cuatro», al primer acorde saliendo despedido; volví a darlo todo; volví a saber lo que es tener una banda. Y bien que mola.